Del Gran Sueño a la
somnolencia
Crónica personal sobre la
decadencia deporte profesional actual
Este relato será publicado en la edición de la primera semana diciembre de la
revista española de crónicas Frontera D y fue finalista del concurso de
periodismo narrativo y crónica "Premio Las Nuevas Plumas 2010". El
jurado estuvo presidido por Juan Villoro, Julio Villanueva Chang y Juan Pablo
Meneses y fue organizado por la Universidad de Guadalajara y la Escuela de
Periodismo Portátil, México, 2010.
Estamos ya bastante
entrados en el siglo XXI como para darnos cuenta de que las cosas no son como
las concibió mi abuela Josefa que, con 97 años, percibe el computador portátil
de su hija, donde aparece su nieta saludándole por skype desde otro país, como un bonito
cuadro que le recuerda a la añorada niña.
Mi abuela, nacida en la ciudad minera de Oruro, Bolivia, no es capaz de ver en
ella la realidad virtual de una
persona saludándole, en directo, a cinco mil kilómetros de distancia. Y no sólo
duda de que esa sea su nieta por el desconocimiento de las nuevas tecnologías,
sino también porque mi abuela, con el paso de los años, se ha vuelto
desconfiada.
Algún año antes, cuando ella era una
católica ortodoxa militante, se ofendía y enfadaba cada vez que le contaba sobre
las fiestas rave a las que asistía en
La Troje, iglesia de las Capuchinas (o alguna orden distinta) en otro tiempo, ahora
reconvertida en santuario del posmodernismo electrónico, ácido y sísmico. En un
pub, que digo.
A mi abuela le costará entender que
para nuestra generación la plaza pública ya no es la que queda debajo de la
catedral, sino que su función la ha tomado el centro comercial, la cancha de
fútbol y la pista de skate de la
plazoleta. Nuestra nonagenaria señora, difícilmente visualizará que el púlpito
ha sido sustituido por los debates televisivos, por DJs o por diseñadores. Que las encíclicas papales son reemplazadas
por los blogs, que los profetas están cambiados por los consultores y los
entrenadores de fútbol, que las catedrales son reemplazadas por los museos y
estadios. La sacristía ahora es la televisión y nuestros confesionarios son el Facebook y el Twitter. La doctrina de la fe ha cambiado.
Josefa percibía como un sacrilegio los
excesos de miles de jóvenes consumiendo drogas en un recinto que otrora fuese
un templo de culto, por lo que siempre me insistió en que para alejarme del
mundo de la noche y la bohemia, debía hacer deporte. Mens sana in corpore sano.
Meditando en ello,
mientras apoyo mi cabeza en el brazo del sillón, imagino mi natal Cochabamba
ahora que vivo en España. Más tarde pienso en Carlos Sorín, interesante
cineasta argentino especializado en historias mínimas y guiones de relatos
simples, que nos cuenta la fe ciega de los pueblos en sus figuras deportivas.
Pienso en Sorín mientras siento la
modorra, al tiempo que vuelvo a ver su film “El
camino de San Diego”.
Mi fallida dormitación se entremezcla con la idea de esa oda al culto vehemente
por la figura de Diego Maradona como salvador de la argentinidad. Nada nuevo en
el horizonte.
Vuelvo a quedarme dormido entre tantas
cavilaciones. En mis fantasías van y vienen ilusiones y recuerdos de
deportistas que marcaron mi vida.
Se mezcla con mis sueños la eterna
ilusión incumplida de ver un medallista olímpico boliviano, la sempiterna
frustración de ver a España caer en los cuartos de final de un campeonato del
mundo de fútbol, el frecuente infortunio de ver al Wilstermann de Cochabamba
eliminado de la Copa Libertadores en la primera ronda, a manos de un equipo
peruano o ecuatoriano. Dormito nuevamente. Las pesadillas de la República Bolivariana Inacabada merodean
mi cabeza como aves rapaces. Como suchas.
Un toro cornudo me mira fijamente, con el semblante a medias entre Michael
Jordan y Andre Agassi.
Fin de la pesadilla. Demasiado jamón
serrano. La costumbre ibérica de cenar tarde todavía no ha sido asimilada por
mi metabolismo de expatriado. Las alucinaciones por la pesadez estomacal son
reiterativas. Decido dormir. Mañana será un día importante, el de la final de
la Copa del Mundo de fútbol, en la que cada vez creo menos. Aunque quizás no sea sólo yo, sino toda una generación
de incrédulos, de posmodernos como
dice mi tío. Qué alejados de aquellos verdaderos militantes que fuimos a fines
de los 60, explica. Quizás tenga razón, o quizás sea una estupidez.
Domingo. Se han apagado
las televisiones. Brota el ruido y la maraña. Se escuchan los cláxones en las
calles y se ven banderas del país en muchas ventanas, hecho casi olvidado desde
la época franquista.
Hay gritos, motocicletas haciendo
piruetas, parejas felices, niños
pateando el balón. España ha ganado el Mundial de fútbol. Yo soy español, soy el mejor del mundo, dicen. Hasta se ve en
televisión el edificio del Empire State de
Nueva York con los colores de la bandera española o de la senyera catalana. Rojo y amarillo.
El país tiene casi cinco millones de
desempleados. Parados, como aquí los llaman. Yo soy uno de ellos. He visto el
partido sentado en la terraza de la casa en la que vivo con una cerveza de marca blanca en la mano y completamente
solo. Ir a un bar significa comprar
muchas cervezas. Los euros cada vez menguan a más velocidad de mi cuenta Santander Joven, que se mantiene activa,
a pesar de mis 30 años, gracias a que soy estudiante todavía.
Me quedo quieto oyendo todo aquel
bullicio, desde una décima planta. Hace un clima agradable, lo que ayuda a que
la gente salga a las calles después de un duro invierno y de una seguidilla de
ataques multilaterales (en red, como diría el sociólogo Castells). Agresiones
campales entre el Presidente de Gobierno, el principal opositor, los grupos
independentistas y los más visibles actores políticos de Europa, concretamente
alemanes, quienes desconfían de la solvencia económica española (dudan también
de la griega y del resto de países PIIGS).
Stop. Vuelvo al fútbol. No sé por qué
me quedo quieto, escéptico a un triunfo que antiguamente me hubiese puesto los
pelos de punta. No sé si será la edad o el intento excesivo de racionalizar el
azar del juego.
Después de mirar al vacio por unos
minutos, decido no ser menos que el resto y me echo a la calle, más por
participar de la fiesta popular que por creer
en el fútbol.
De amanecida, vuelvo a
casa contento. España necesitaba un impulso de unidad, una palmadita en el hombro que signifique que muchas cosas se han hecho
bien y que el país no es tan pig como se decía.
Vuelvo al asiento que dejé hace unas
horas. Enciendo el televisor para escuchar las odas y salves de estos profetas,
más bien mesías, que han ganado a Holanda en la final del mundial de fútbol.
Debo admitir que estoy saturado del asunto.
Mientras dormito, como la noche
anterior, en el mismo sillón y con el ventilador esta vez encendido, encuentro
una noticia deportiva que no trata de fútbol: el Tour de Francia. Estamos en pleno julio y la Gran Boucle, como los franceses llaman al evento más importante del
panorama ciclístico mundial, ha comenzado.
El duelo de favoritos a la victoria
parece haberse concentrado en dos nombres: el español Alberto Contador y el
luxemburgués Andy Schleck. Ambos pertenecen a la nueva generación de corredores de entidad.
En un deporte longevo, la pareja subió
al podio en la ronda gala del año pasado, aunque Contador siendo mayor le lleva
dos años y varios títulos del Tour. No obstante Schleck, a sus 25 años, ya ha
sido un par de veces mejor ciclista joven. A su edad ni Armstrong ni Induráin,
mitos del ciclismo de los últimos veinte años, habían hecho lo que estos dos
chicos.
Aparece en casa mi compañero de piso
riéndose de la escena que encuentra, abrazado de una simpática moza mientras le
hace señas con la cabeza refiriéndose a mí y a mi peculiar rareza. Hay que
recordar que, desempleado como estoy, apenas me alcanza para pagar un piso
compartido con él, boliviano, y una chica peruana en el barrio obrero de La
Rondilla, en Valladolid.
La risa de Mauricio asoma por un lado
de su cara, asimétrica, como indicando socarronería. Me pregunta qué hago
viendo a ese par de junkies, de k´holos, drogadictos, dando pedaladas
como locos.
Para él y para muchos de los que
seguimos el deporte individual de alto nivel, el profesionalismo ha distorsionado su función natural. No en cuanto
al amor a la camiseta, sino a la
brecha entre “pobres” y “ricos”. El hecho es que unos comen más y mejor que otros. Y esta brecha no es necesariamente
entre países. Aunque hay que admitir que estas desigualdades son tan antiguas
como la vida misma. Unos comen carne de ternera, leche, pan integral, huevos,
soya, tomate y garbanzos, mientras otros café con pan. Y no siempre.
Así es el
ser humano y sobreviven los fuertes y
los que comen bien. La noción básica de fisiología deportiva en educación
física es que el cuerpo es un motor y
trabaja más y mejor en función del combustible
que recibe. Así unos pueden poner a punto
la máquina mejor que otros.
Mi compañero de vivienda, nadador semiprofesional,
llegó a España el año 2001 buscando el desarrollo deportivo y educativo que la
Junta de Castilla y León ofrecía a sus deportistas, concentrando sus esfuerzos
en los atletas de nivel nacional medio-alto (el objetivo posible era el de
lograr medallistas en campeonatos de España).
Sentándose a mi lado, saca un álbum de
fotos para verlo con su colega. Las fotos eran del año 2000. Él había competido en Sídney, en los Juegos Olímpicos en los que
Marion Jones fue la figura ganando cinco medallas. A ella le fueron desposeídas
hace tres años por haber confesado trampa, sin haber dado positivo en control
antidopaje alguno. La medalla de oro de 100 metros de aquellos Juegos debió
haber recalado, después de la sanción, en Ekaterine Thanou, a su vez sancionada
en 2004 por huir de un control antidopaje.
Trato de entrar en temas de alta
competición y manejo de drogas para la mejora del rendimiento en natación, pero
no parece ser que a mi colega le interese demasiado. Intuyo que él también está
aburrido del asunto.
Precisamente por esos días, el mejor
nadador español, Rafael Muñoz, medallista y plusmarquista mundial,
es objeto de atención por su presunta huída de controles antidopaje, además de
su reciente medalla en el Campeonato de Europa de Natación.
Seguimos con las fotos. Vamos a 2003,
año en que Mauricio clasificó a los Juegos Panamericanos. Yo me pasé todo ese
agosto en la soledad que los veranos españoles que las urbes de interior
ofrecen. Aquel que ha estado en ese tipo de ciudades sabe que agosto es como un
domingo que dura un mes. Todo a medio gas. Cines, teatros, universidades,
estadios, comercios y sobre todo la gente, de vacaciones.
Ese año me tuve que contentar con ver
por televisión los Campeonatos del Mundo de Atletismo de París. Recuerdo que el
febrero de 2003, la temporada atlética arrancó con el mejor momento deportivo del fondista español Alberto García, que quedara subcampeón del mundo de
3000 metros en la modalidad de pista cubierta unos meses antes, tan sólo detrás
de Gebreselassie, mito de la historia del atletismo. A los pocos días, el
español daría positivo en un control antidopaje, lo que le
impediría, a la postre, defender la medalla mundial en el campeonato principal
de París.
Continuamos con las fotos y llegamos
al 2004. Mauricio nos muestra un recorte de periódico de las fiestas
universitarias de la Facultad de Ciencias en las que había participado. Casualmente,
en la otra cara del recorte había una noticia sobre el caso Manzano.
Jesús Manzano es un ciclista que contó, con lujo de
detalles, las
prácticas dopantes que llevaba ejerciendo cuando militaba en el Equipo
Kelme-Comunidad Valenciana. Decidió
relatar su experiencia completa al diario deportivo As, un 24 de marzo de 2004,
y su historia fue publicada en cinco entregas sucesivas y firmada por el
periodista Juan Gutiérrez.
Por entonces, en un país con amplia tradición
ciclística, años después de las glorias de Bahamontes, Perico Delgado, Abraham Olano y, sobre todo, de Miguel Induráin,
quizás el mejor deportista español de todos los tiempos, todavía se buscaba al sucesor del
siglo XXI. Había un puñado de candidatos sólidos, pero sin cuajar del todo,
comandado por los veteranos Joseba Beloki (retirado tras unos escándalos de
dopaje en 2007), Roberto Heras (sancionado en 2005) y los jóvenes prometedores
como Ibán Mayo (sancionado en 2008), José Enrique Gutiérrez (implicado en 2006)
y Alejandro Valverde (sancionado en 2010); todos ellos ocupantes del podio en grandes vueltas ciclísticas.
Manzano, el hombre que me impactó por
esos días, no era un fuera de serie sobre la bicicleta a niveles mundiales. No
pertenecía al grupo mencionado. No era una estrella mediática por entonces, ni
había tenido pódiums en grandes
competiciones. Destacó por ser el primero en abrir la lata y cantar
todo. No obstante mucha gente le atribuyó insanidad
y muchos se negaron a creerle.
Con los años, hoy más de un lustro
después, se han demostrado como comunes muchas de sus afirmaciones.
El ciclismo es un deporte que requiere
muchas horas de entrenamiento, en las que los ciclistas se enfrentan a la
soledad y al desgaste. Esas sensaciones causan cierta solidaridad entre los que
lo sufren. Esta solidaridad parecería transformarse en complicidad cuando el
telón de fondo y el marco en el que se mueve una parte de este colectivo, para
mejorar el rendimiento, es el mundo del dopaje, de las drogas y de la trampa.
Manzano decidió violar el código
implícito más importante de un ciclista profesional sospechoso: La Ley del
Silencio. Harto de ser, según él, maltratado y engañado por sus albaceas deportivos y directores de
equipo, decidió hacer público lo que algunas personas fuera del mundillo intuyeron, pero no
visibilizaron, en su entera magnitud: la realidad de un deporte que, en algunos
de sus espacios, desde hacía varios años y progresivamente, estaba en periodo
de descomposición y putrefacción.
El caso de Manzano es el de un chico
que decidió destapar la caja de pandora
sin miedo a perder más de lo que ya perdió. Como ciclista, no ganó ninguna
vuelta ni clásica, tan sólo un par de
etapas secundarias, pero contó, con bastante veracidad, precisión y sobre todo
con pelos y señales lo que vio, de
una forma tan palpable que incluso plasmó la jerga de la manera más precisa.
Palomas
Mensajeras eran los
traficantes. Vampiros, los encargados
de los controles antidopaje. Rotuladores,
las jeringas de hormona EPO. Gas-Bus era como llamaban al Actovegin, extracto de plasma de ternera
que los ciclistas se inyectaban en vena para aumentar el rendimiento de larga
duración.
Toda una serie de datos que sazonaban
de morbo y misterio esta película de terror: escenas al borde de la muerte, mucha
sangre (en bolsas depositadas en cámaras frigoríficas para posteriores
transfusiones), medicinas de contrabando chinas y rusas, amenazas,
evasión de impuestos e, indirectamente, amaño de resultados.
Años
después, podemos pensar que las brisas del olvido han barrido hacia un lugar a salvo a toda esa caterva de tratantes
de substancias y mandanga dopante,
que comerciaban a destajo en Madrid para escribir la historia del ciclismo y
del deporte mundial.
Gracias
a estas confesiones, sabemos que doparse
no es un verbo equivalente a dar positivo.
Vemos que de cada doscientos, son cazados
dos o tres, es decir, el uno por ciento. No obstante, en foros y diarios
deportivos on-line se leen todavía comentarios de gente que defiende el lema
“no cazado = no dopado”. Manzano jamás dio positivo en un control antidopaje.
Aprendimos
que hay clases y clases. Gracias a
las investigaciones en España, nos enteramos de que el médico de estos chicos
le cobraba a Jan Üllrrich alrededor de 40 mil euros limpios (de impuestos,
claro) más o menos. Vimos que había sistemas “por objetivos”. Vimos que a veces
una caja conservadora y su contenido decidían victorias. Vimos consultorios y
clínicas encubiertos, tráfico de influencias en centros de la Sanidad Pública,
mucho dinero de por medio con más que probables evasiones al fisco, resultados
dudosos y proezas deportivas heroicas, que conjuntamente forman parte de esa fantasía.
Lamentablemente,
también vimos que de doscientos deportistas implicados salieron a la luz unos
pocos. Vimos muchas cosas y hubo otras que no quisimos ver. El miedo a la
disonancia cognitiva y el deber jurídico de presunción de inocencia nos
paralizó.
¡Basta de fotos! - Argumento cansancio
y me voy-.
Vuelvo a cambiar de lado
en el sofá. Desasosegado y triste. Me consuelo pensando que esto ocurre en
sociedades occidentales donde las ansias de victoria y dinero han corrompido
los valores deportivos, pero inmediatamente recuerdo casos de Sudamérica.
La atleta más importante de la zona,
la brasileña Maurren Higa Maggi, indiscutible superestrella de aquel país,
campeona olímpica en 2008, estuvo sancionada por dar positivo en 2003, cuando fue
medallista mundial y el gran público ni se enteró.
También en Brasil encontraron con
sustancias dopantes el año pasado a cinco atletas, días antes de comenzar el campeonato
del mundo de Berlín.
Traté de descender más en mi
autoconsuelo pero recordé otro hecho. Hace unos meses, mirando resultados del
equipo boliviano en los Juegos Sudamericanos (ODESUR), me enteré de que la
medalla de bronce conquistada por el equipo de relevos femenino de 4x400, en
atletismo, había sido desposeída porque una atleta había dado positivo.
Me sorprendió mucho la noticia ya que creía que el dopaje era todavía una
posibilidad lejana en nuestro país.
No seguí mi acotación geográfica en
búsqueda de la autocomplacencia y consuelo, ya que prefiero quedarme con un
buen concepto del pueblo donde viví, al menos.
Pero pensando fríamente, si atletas
bolivianos dieron positivo en sus exiguas salidas y con los resultados tan
limitados que hay, qué podría llegar a pasar si no se toman medidas. Recordemos
que en los campeonatos bolivianos de atletismo no hay controles antidopaje.
Entonces, si dentro no hay controles, ¿los hay afuera?
En los últimos diez años muy pocos
atletas bolivianos han pasado controles antidopaje. Si cada año aproximadamente
15 atletas mayores de edad salen de Bolivia para competir, y teniendo en cuenta
que sólo en algunos campeonatos hay controles, cabe pensar que puede haber más
dopaje que el que se detecta efectivamente. O no. Todas son suposiciones
difíciles de comprobar y que mellan el honor de los no implicados, ya que ellos
tampoco tienen cómo demostrar su inocencia. Explicar la limpieza se convierte en una tarea casi imposible, en un juego de
palabras cruzadas.
Existen motivos para el escepticismo,
ya que casi nunca un atleta admite su culpa. Hay excusas que van desde lo
inverosímil hasta lo ridículo. Boicots con injerencias de
sustancias en la pasta dental (Diëter Bauman), carne de vaca infectada (Frank
de Boer), sustancias para alargar el pene (LaShawn Merrit), sopas de tortuga
(Yunxia Qu), ingesta de caramelos con cocaína (Gilberto Simoni), hormonas
sanguíneas para su perro enfermo (Franck Vandenbroucke) o unos vasos de whisky
que subieron la testosterona el día previo a la alta montaña en un Tour de
Francia (Floyd Landys). La excusa más inocente
es la de la atleta boliviana en cuestión. La prensa nacional publicó en primera
instancia que había consumido “unas pastillas” sin causa aparente. Más adelante dijo ella: “no tenía ni idea de que en un
simple antigripal existiesen cosas
que estuvieran prohibidas”. Dio positivo por Nandrolona, uno de los
anabolizantes más potentes, que dudosamente puede estar contenido en pastillas antigripales.
Este caso y su posible sanción está en
el aire gracias a defectos legales en
el laboratorio donde se analizó la muestra, pero es un toque de atención a los
responsables de perseguir el dopaje en Bolivia y Sudamérica, ya que más allá de
las prácticas de la atleta en cuestión, se puede ver que el sistema, a nivel
estructural, no parece estar listo para detectar casos si llegara el momento.
Aún con todos estos casos y pruebas
objetivas en casos individuales, éste ya es un tema manido entre deportistas.
Después de retomar
imágenes y fotografías mentales de podios y éxitos, de laureles y medallas, de
trampas y bochornos, de mentiras y fraudes, vuelvo a mi sopor veraniego.
Cambio de canal y escucho un
comentario tímido sobre el caso Manzano. Ya han pasado seis años.
Veo, en el mismo informativo, que se
estrecha el cerco al mito del ciclismo norteamericano y mundial, Lance
Armstrong, acusado por su ex colega de equipo Landis, y ¿qué más da? No
sé si fuese el mejor de la historia, pero ya me da igual.
No logro escuchar lo que dicen los
periodistas. Tampoco hago mucho por oírlos. Simplemente veo, impasible en mi
sillón, a Alberto Contador levantar los brazos en los Campos Elíseos tras ganar
su tercer Tour consecutivo. No me emociona todo lo que me hubiese emocionado en
otras épocas. No sé cómo reaccionaré en los siguientes Juegos Olímpicos. No sé
qué le diré a mi hijo cuando me pida una bicicleta de competición o cuando me
exija que le inscriba en un campus de atletismo. No sé qué le diré cuando me
cuente que quiere ser como esos ídolos que tiene en su pared de coloridas fotos y que yo tuve también a su
edad. Sólo espero que este dejo de amargura que reboso se deba, más bien, a un
mal sabor de boca subjetivo, personal y agrio, propio de un atleta que no supo
o no pudo ser un gran campeón y que justifica insatisfacciones con hechos
aislados.
A momentos quiero creer eso y
olvidarme de amigos que se doparon, que me lo confesaron y nunca dieron
positivo, y que ganaron carreras importantes.
A los pocos minutos me
doy cuenta de que está Shakira en la televisión cantando el Waka Waka. Son las 4 a.m. y me quedé
dormido nuevamente. Al día siguiente tengo que ir a jugar al fútbol con los
colegas del barrio. No recuerdo lo qué estaba viendo en la televisión, pero seguramente
no era muy importante, o no me interesaba mucho. Definitivamente no era más
importante que mi partido entre bolivianos y ecuatorianos en la cancha de La
Rondilla.
Valladolid, Agosto de 2010.
Post Scriptum
Cuando puse punto final a esta crónica,
todavía no había acaecido el vendaval del Caso
Contador generando titulares en los diarios deportivos más
importantes del mundo. Los también ciclistas Ezequiel Mosquera y David García todavía no habían dado positivo por Hydroxyethyl ni fueron exculpados. Tampoco
había estallado la Operación Galgo en España, en la que se implicaba, entre
otros varios atletas de élite, a la campeona del mundo de 3000 metros
obstáculos, Marta Domínguez, palentina con quien compartí entrenamientos y
charlas agradables.
El
Caso Contador fue llevado a tribunales no como lo que fue, un control
antidopaje positivo por Clembuterol, (sustancia
que no produce el organismo), sino como un caso más de esas numerosas
justificaciones surrealistas. Su equipo jurídico enfocó la defensa como un caso
de contaminación alimentaria por la ingesta de carne intoxicada, aunque la
lógica y las normas sanitarias apunten lo contrario e incluso la jurisprudencia
(ya que la atleta española Josephine Oniya fue sancionada en 2009 por la misma
sustancia). Representantes de diversas
asociaciones de especialistas del sector cárnico en España expresaron su malestar con el asunto. Incluso el diario francés L´Equipe indica la posibilidad de que hayan
sido hallados en la sangre del ciclista restos de plástico, lo que significaría
claramente indicios de una autotransfusión, también prohibida por el
reglamento. Esta hipótesis no llegó a más ni se profundizó su investigación
puesto que todavía no estaba homologada como forma de detección por la Agencia
Mundial Antidopaje.
En
la semana en que este post scriptum
fue entregado al editor (abril de 2011), precisamente Alberto Contador ganó la
etapa contrarreloj de la Vuelta a Castilla y León. Contador aún se encontraba
compitiendo, siendo más que probable que reciba sanción por el mentado caso y
desposeído de los títulos a partir del Tour de Francia del 2010, ya que la
Asociación Mundial Antidopaje apeló la sentencia de la Real Federación Española de
Ciclismo ante el Tribunal de Justicia Deportiva, en la que se absolvía al
corredor pinteño.
Por
su parte, atletas como Domínguez o más explícitamente Alemayehu Bezabeh están
envueltos en el maremágnum jurídico de una nueva intervención de la Guardia
Civil denominada Operación Galgo destapada el 9 de diciembre de 2010, que
perseguía una extensa (¡y aún presunta!) red de dopaje, en la que se implica
otra vez a Eufemiano Fuentes y al experimentado entrenador español Manuel
Pascua Piqueras, preparador del subcampeón olímpico de los 100 metros planos
Francis Obikwelu o del medallista mundial Reyes Estévez, entre otros.
Bezabeh
fue hallado, en el momento de la intervención del operativo de la Guardia Civil
con una bolsa de sangre entre manos (recordemos que las autotransfusiones están
penadas en caso de demostrarse). En cuanto a la persona asociada al médico
Eufemiano Fuentes, según el sumario desvelado por diversos diarios españoles,
se trataba del ex mountain biker Alberto
León, quien unos días después del incidente, murió ahorcado en su apartamento de El Escorial. Otro cadáver más que
se cobra esta industria.
Ante
la desaparición del principal testigo y con el caso empantanado en los
juzgados, se antoja muy complicada la solución del caso. A día de hoy,
Domínguez ha sido exculpada y el Consejo Superior de Deportes ha
solicitado la reapertura del caso.
En
cualquier caso, el deporte ya hace muchos años estaba en una espiral de
descrédito. Esta es una puntilla más, a una actividad que tal como la
concebimos hoy, con la reglamentación vigente, se encuentra arcaica. Muchos
deportistas no creen ya ni en que el sistema jurídico o las distintas versiones
de los controles médicos puedan poner las cosas en orden. Un ejemplo es el indulto parcial al
subcampeón olímpico Paquillo
Fernández, quien recibió una sanción por dopaje proveniente de otra operación
de la Guardia Civil, en este caso denominada Grial, que vio reducirse de dos años (tiempo generalmente
establecido) a un año por prestar “colaboración en la lucha contra el dopaje”.
Por si fuera poco algunas voces asociadas a la cadena radial COPE,
han señalado que el Fútbol Club Barcelona, actual campeón de España y que cuenta
con 8 de los 23 jugadores que ganaron la Copa del Mundo de Sudáfrica, estaría
relacionado con prácticas dopantes, hecho desmentido inmediatamente desde el
club.
Además
el médico Fuentes, tras permanecer aprehendido por unas horas, igualmente que
en el ya lejano 2006, ahora colabora con el equipo de fútbol canario
Universidad de Las Palmas.
Así,
la actualización de este circo parece no tener fin. Mañana, cuando la galerada
(o el pdf) de esta crónica esté
lista, en Moscú o en Manaos quizás, habrá otro caso de dopaje. Muy
probablemente ninguno de ellos sea desvelado, alguno incluso será mentira.
Quizás mañana mismo caiga la siguiente red de dopaje mientras se prepara la
sucesora. Quizás se exculpen nuevamente a sus implicados. Quizás se cambie el
reglamento y se legalice el uso de sustancias hasta hoy prohibidas. Hasta eso,
continuaré mirando aletargado ese deporte que sigo por inercia y con cada vez menos
convicción, espoleado por las tradiciones familiares y fraternales,
santificadas los domingos en el estadio.
Washington, DC, Abril de 2011.
Post-Scriptum II y final (se podría llegar al P.S.ⁿ)
Alberto Contador se coronó la
temporada 2011 ganador del Giro de Italia y quinto lugar del Tour de Francia;
Mosquera sigue en el limbo judicial; Paquillo
prepara los Juegos de Londres; el Barça ganó la Champions europea y Marta Domínguez fue absuelta de las acusaciones
por tráfico de sustancias dopantes, archivando el caso la jueza por falta de pruebas
concluyentes. Ella ahora afina su preparación para los Juegos Olímpicos de
Londres del siguiente verano, es candidata a Senadora por Palencia representando
al PP y lo fue al Premio Príncipe de Asturias este año. Como ella misma lo
dice, “todo fue un mal sueño”. Quizás tenga razón.
Fadrique Iglesias Mendizábal, atleta olímpico por Bolivia y subcampeón iberoamericano de 800 metros en 2006. Foto: LIONEL BONAVENTURE | EFE. El Periódico.