19 de agosto de 2016

Río 2016: La larga marcha de Ronal Quispe

Publicado en Los Tiempos.

Los bolivianos estamos acostumbrados a marchar cuando nos vemos envueltos en conflictos. Algunos también cuando quieren ser los campeones olímpicos. Ése es el caso de Ronal Quispe, un chico tímido y pausado que, para cuando usted haya leído esta columna, habrá comenzado su participación en los Juegos de la XXXI Olimpiada de Río de Janeiro, prevista para las 7:00 de la mañana de este 19 de agosto.

Quispe, oriundo de Achacachi, en la aguerrida provincia paceña Omasuyos, está acostumbrado a avanzar paso a paso, cocinando su éxito a fuego lento. Quizás por eso su prueba deportiva es la prueba más larga del atletismo olímpico: los 50 kilómetros marcha.

En cuatro horas de caminata, en la que está terminantemente prohibido tener los dos pies en el aire simultáneamente ni flexionar la rodilla de apoyo, Ronal luchará con su cabeza y con sus agotadas articulaciones, por hacerse un hueco en la historia nacional, pues es él el primer boliviano que participa en esta prueba. Un pionero en estas lides fue Eloy Quispe, descubridor de Geovana Irusta, además de campeón bolivariano en Cochabamba 93 y representante nacional en los mundiales de Gotemburgo 95 y Stuttgart 93. Quispe falleció en extrañas condiciones en los juegos Odesur de 1998, y desde entonces no había una figura nacional tan solvente en esta prueba.

Así como Ronal Quispe en el suelo competitivo no puede despegar las suelas simultáneamente, en la vida misma tiene los pies sobre la tierra. Es entrenador de atletismo licenciado por el Insef, y en sus ratos libres árbitro de fútbol. Es una persona que sabe buscarse la vida. Es becario del programa Tunkas de CBN y el año pasado participó del Programa de Apoyo al Empleo financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo e implementado por el Ministerio de Trabajo, que ha permitido a más de 30.000 personas que buscan empleo en Bolivia ingresar al mercado laboral, 8.000 de los cuales lograron una ayuda económica para hacer prácticas en empresas y la mayoría de estos siguen trabajando en un área en la que ellos creen tener talento.

Ronal ve la competición como una batalla en la que no utiliza las armas, sino sus habilidades físicas y talento. Él mismo atribuye parte de su éxito al haberse entrenado en lago Titicaca, no sólo por su altura, sino también por el poder de su cultura –la aimara-- y por las propiedades de su ambiente natural, al tiempo que destaca la utilidad de haberse criado en un clima adverso que forja el carácter.

Lo que comenzó como curiosidad, ha terminado con 24 campeonatos nacionales, una corona sudamericana y una participación olímpica. Gran currículum para un chico que comenzó entrenando con un par de zapatillas rotas y sin ningún tipo de apoyo.

La dirección técnica de Ronal está a cargo de la mejor entrenadora de Bolivia, Martha Marín, quien concibe el atletismo como un tema de largo plazo y de premio al esfuerzo. Marín lleva casi 25 años sacando lo mejor de talentos como Ángela Castro, Stefany Coronado y Wendy Cornejo, que participarán también en los 20 kilómetros marcha de hoy.

Marín aprendió mucho de lo que sabe gracias a su interacción con sus homólogos mexicanos, verdaderos especialistas mundiales en las pruebas de marcha. Entre ellos destacó especialmente Bernardo Segura, exrecordista mundial y medallista de bronce en Atlanta 96, asiduo del lago sagrado.

De ella y de su pupilo tenemos muchas lecciones para aprender: el esfuerzo, los valores olímpicos, su amor por Bolivia, pero sobre todo la necesidad de premiar el conocimiento y el talento, ese recurso natural que sobra en este país y que tan poco se aprovecha.
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Actualización:

Acaba de finalizar la participación olímpica de nuestro marchista boliviano, Ronal Quispe, con un gran tiempo de 4 horas y 2 min. en la exigente prueba de 50 kms marcha, dejando un nuevo récord nacional. Quedó en el puesto 30, 80 participaron, 12 fueron descalificados por faltas técnicas y 19 abandonaron, quizás por el duro contexto de la prueba y el calor. 

9 de agosto de 2016

La cámara de llamadas y el purgatorio

El dogma católico apunta a que el purgatorio es un estado o espacio transitorio en el que las almas de personas creyentes, una vez finalizada su vida corpórea, purgan sus culpas antes de llegar a la gloria o pudrirse definitivamente en el infierno.
Los agnósticos pueden refutar esta afirmación. Lo que no pueden hacer es negar la pertinencia de esa definición para las cámaras de llamadas en las competiciones olímpicas contrarreloj.
Estos sitios son espacios en los que, luego de haber calentado y estando listos para entrar al ruedo,los deportistas permanecerán los 35 minutos previos a salir a competir oficialmente moviéndose de una lado al otro, como en cautiverio, para no dejar los músculos estáticos.
En ese interregno, los jueces, oficiando de agentes aduaneros, revisan mochilas –en las que antaño no estaba permitido ningún tipo de objeto electrónico–, y los debidos trajes de competición con las siguientes restricciones: la marca deportiva representada en no más de dos centímetros cuadrados, un rótulo con el nombre de del país y el escudo del comité olímpico nacional –que cabalmente debe coincidir con el material de competición que se ha enviado a evaluación unos días antes en el congresillo técnico. Todo con el fin de evitar propaganda política, activismo o la liberalización del patrocinio, un tema que el Comité Olímpico Internacional custodia con celo canino.
En las cámaras de llamada del atletismo también estos jueces, ayudados de un palo con el que revuelven las pertenencias del deportista cual materia orgánica en descomposición, miden la longitud de los clavos de las zapatillas, nunca superiores a 6 milímetros. Si uno cree que los aeropuertos se extralimitan, en una competición internacional pocos muleros saldrían impunes, pues las revisiones pasan a ser repetitivas hasta en 3 salones consecutivos.
Entre sala y sala, y entre revisiones, lo único que queda es el silencio entre los atletas. Las miradas discretas por el rabillo del ojo, sin mostrar vulnerabilidad, pero tampoco nerviosismo. La defensa ulterior es, para los más introspectivos, recluirse en sus cavilaciones y mostrar seguridad, o para aquellos más provocadores y burlescos, desconcentrar al rival.
Finalmente, después de competir, la evacuación de los competidores sucede por un túnel trasero, en donde están agolpados los miembros de la prensa, quienes desesperados por cazar al ganador –o si lo hubiere al violento o peculiar–, se arremolinan a codazos, asunto que recuerda a la versión del Denis Rodman más clásico (la del basquetbolista, no el amante de Madona), dejando a agencias de noticias secundarias el espacio para entrevistar a atletas de países en desarrollo sin corresponsales acreditados.
Luego, tanto el ganador de la prueba como el deportista ungido por un sorteo, deberán cumplir un último trámite, el control antidopaje, en el cual el denominado vampiro, o bien extrae sangre, o bien pide una muestra de orina, sin despegar ojo del acto de micción, no vaya a ser que el atleta intercambie en un giro de prestidigitación pene por globo con orina de atleta pulcro, para no ser cazado con sustancias prohibidas en el análisis posterior, como haría algún levantador de pesas húngaro en los años 90.
En cualquier caso, sería tan divertido ver una cámara oculta en una antesala competitiva, como ver la competición misma. Si no, díganselo a Michael ‪#‎Phelps‬ y a Chad Le Clos antes de la final de 200 metros mariposa, en su particular paso por el purgatorio.

7 de agosto de 2016

El alto al fuego de Carina García Kradolfer.


La imagen puede contener: 4 personas , personas sonriendo
Con Carina coincidí en los Juegos Panamericanos de Río 2007. Es de esas deportistas que cuando compite, por fuera parece jugadora de póker, aunque por dentro lleve una procesión. Lo maneja muy bien, con sencillez. Lo camufla sin problemas, de un modo diplomático.
En los concursos deportivos, como competidor, sueles estar preparado para tener entre el público a amigos, familiares, algún vecino, y muchos desconocidos, para quienes tú también eres desconocido y a veces el enemigo. En el fútbol, si eres argentino, brasileño o británico, también tienes a hooligans o “torcedores”, como los llaman en Río. Hay deportes más refinados, como el tenis o el golf, donde tu público está formado por empresarios. 
En el tiro, sin embargo, sueles tener a aficionados realmente interesados en la disciplina, a conocedores del oficio.

Esta mañana una tranquila -en principio- Carina García, era la encargada de ser la primera boliviana en abrir fuego en estos Juegos Olímpicos, y tenía entre sus fans a ilustres de la diplomacia como Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, y a Ban Ki Moon, Secretario General de Naciones Unidas, quien se acercó a la pista exclusivamente para verla participar.
Precisamente en una de las ramas alimentadas por la ONU, la Organización Mundial del Comercio trabaja de lunes a viernes como consultora de acceso a mercados –en el International Trade Centre—la especialista boliviana de tiro, en la categoría de carabina de aire. Maneja varios idiomas indistintintamente, ya sea francés, inglés y por supuesto castellano.
Se trata de una deportista atípica. Vive desde hace nueve años en Suiza, donde hizo una maestría en Economía por la Universidad de Friburgo. 
La participación de esta boliviana de 31 años, reflexiva, lectora y aficionada al hicking, fue muy positiva. Su prueba rclasificatoria la ganó la china Du Li con un nuevo récord olímpico: 420,7 puntos, aunque luego sería medalla de plata. Karina, con 405,6 quedó en el puesto 44 muy cerca de su marca personal, ganando a las competidoras de Bután, Cuba, India, Kosovo, Egipto, Brasil y Andorra.

Tras darle al gatillo, a la hora del desayuno, respiraría tranquila y aliviada, volviendo a su modo sereno y confiado. Buen resultado. Como siempre, diplomática y educada, guardaría sus armas en la mochila -como cuando hacía danza de pequeña en La Paz-, cambiando esa cara de jugadora de póker por su tranquila sonrisa nuevamente.

6 de agosto de 2016

Las lágrimas de los Quintanilla


La prensa internacional de todo el mundo está hablando del nadador Jose Alberto Quintanilla y su emoción hasta las lágrimas en el desfile de anoche.
Lo que páginas como BuzzFeed o Fox Sports no saben es que cuando este chico aprendía a caminar, su madre, Katerine Moreno ya había participado en una olimpiada (Seúl 88), y lo haría en otras tres (2000, 2004 y 2008), siendo la deportista boliviana que más veces nos ha representado.
Las notas de las agencias de noticias internacionales no dicen que su padre y entrenador, Jose Quintanilla Rosado comenzó pelando chanchos en Santa Cruz y luego de varios años de trabajo esforzado terminó construyendo su propia piscina, ladrillo a ladrillo y aburrido de esperar a que el apoyo público llegue. Quintanilla es de esos cruceños que se anticipan y van con la acción.
Quintanilla, el padre, me apostó, hace 12 años, que tendría a uno de sus hijos con marca mínima en el futuro, y que llegaría a entrenar a un campeón olímpico. De momento ya ha cumplido con su primera promesa --primer nadador con mínima olímpica--. 
Esta es la evidencia de que los atletas, los deportistas, no salen de laboratorios o de plantar cemento sino del trabajo con sus entrenadores. 

Felicidades a la familia y a su club Samix. ‪#‎Rio2016‬ ‪#‎Bolivia‬

5 de agosto de 2016

Río 2016: llegó el día de ver la luz al final del túnel


Publicado en Los Tiempos. 

Eran las 8 pm del 08/08/08, un capicúa mágico en el Nido de Pájaros de Pekín, y 91.000 gargantas gritaban no se sabía muy bien qué, como confundidas entre tanta pasión. De aquella vez recuerdo un murmullo ambiguo, un cúmulo de emociones complejo. Se festejaba la posibilidad de victoria, de mejora. Se estaba celebrando la mayor y más diversa fiesta cultural que el ser humano ha podido concentrar en una sola noche, cada cuatro años. Se vivía una idea de integración que realmente no existe ni existirá. Se festejaba —aquella vez y hoy por la noche— una ilusión.

De la ilusión vive el ser humano, y la inauguración de uno de los 31 Juegos Olímpicos modernos celebrados en algo más de un siglo, es uno de esos momentos en los que el espacio temporal se distorsiona. Por fin ha terminado la espera, la zozobra, la especulación. Brasil sí pudo hacerlo, y lo hizo sin presidenta, sin terrorismo ni zika, sin equidad.

La entrada de los casi 11.000 atletas en el mítico Maracaná, aquel Titanic que estuvo a punto de hundirse tras chocar con Uruguay en su inauguración en 1950, durará algunos minutos muy largos. En 2007 ya nos dieron una muestra de lo que eran capaces en los Juegos Panamericanos. Aquella vez el cantautor Jorge Drexler puso el tono a una especie de ensayo general de la candidatura. Hoy Río, casi una década después, formaliza su pretensión global en una ceremonia que estará dirigida por el ganador del Oscar y el Globo de Oro, Fernando Meirelles, famoso por su profética película “Ciudad de Dios”.

Meirelles tratará de rodar en vivo y en directo, lo que será su obra cumbre. Dos horas de un performance que ensalzará la capacidad de todo un hemisferio ansioso por contar sus propias historias y que precederá al momento mágico del encendido de la antorcha. Y lo hará tomando el relevo de otros ilustres que dirigieron ceremonias inaugurales como el realizador chino Zhang Yimou —multipremiado en Cannes, Berlín y Venecia— o el director de la oscarizada “Slumdog Millionaire”, Danny Boyle.

Ese fuego que corona la antorcha, otrora encendida por un tembeleque Mohamed Alí o por un tirador de arco a gran distancia, simbolizará la intensidad del gran momento vital de todo deportista, la entrada al túnel del estadio que conducirá a estos afortunados individuos al desfile de banderas, portando las siete letras que forman el concepto más importante que uno puede lucir en la espalda: Bolivia.

En ese momento, el cerebro de Ángela, Wendy, Stefany, Marco, Ronald, Rosmery, Karen, José, Rudolf, Carina, Michel y Óscar estará aturdido con toda esa estampida de energía. Nuestros chicos esperarán en un pabellón al lado de la pista principal a que los altavoces del estadio y de nuestras televisiones los reclamen por orden alfabético.

Bolivia, entre sonrisas y nervios, será corpórea por unos instantes y saldrá entre el primer cuartil de países, con 12 curtidos guerreros que han exprimido sus posibilidades para estar entre los elegidos. Todos han dejado gotas de sangre sobre las pistas, tanto quienes alcanzaron la clasificación cuantitativa como quienes alcanzaron la cualitativa. Todos lo merecen. Será el momento de honrar a compañeros que no pudieron lograrlo y quedaron en el camino. A sus padres, que soñaron con darles lo mejor en la vida para verlos algún día allí. A sus amigos, que conservarán esa sonrisa tonta de enamoramiento en sus escuelas y trabajos durante tres semanas, y que jurarán orgullosos que comparten con ellos su cariño y fraternidad.

Nuestros 12 titanes sentirán esta noche esa insoportable presión temporal de estar condenados a recordar un instante toda la vida.

Mañana será otro día, y viviremos una resaca que nos durará dos semanas. Esa quincena en la que raramente se escucharán a ancianas, niños, funcionarios públicos, vendedores ambulantes y azafatas hablar de deporte, copiosamente, en bares, en reuniones, en ascensores, y construir y destruir esos mitos que soñaron con ser.

Río 2016: llegó el día de ver la luz al final del túnel


Eran las 8 pm del 08/08/08, un capicúa mágico en el Nido de Pájaros de Pekín, y 91.000 gargantas gritaban no se sabía muy bien qué, como confundidas entre tanta pasión. De aquella vez recuerdo un murmullo ambiguo, un cúmulo de emociones complejo. Se festejaba la posibilidad de victoria, de mejora. Se estaba celebrando la mayor y más diversa fiesta cultural que el ser humano ha podido concentrar en una sola noche, cada cuatro años. Se vivía una idea de integración que realmente no existe ni existirá. Se festejaba —aquella vez y hoy por la noche— una ilusión.

De la ilusión vive el ser humano, y la inauguración de uno de los 31 Juegos Olímpicos modernos celebrados en algo más de un siglo, es uno de esos momentos en los que el espacio temporal se distorsiona. Por fin ha terminado la espera, la zozobra, la especulación. Brasil sí pudo hacerlo, y lo hizo sin presidenta, sin terrorismo ni zika, sin equidad.

La entrada de los casi 11.000 atletas en el mítico Maracaná, aquel Titanic que estuvo a punto de hundirse tras chocar con Uruguay en su inauguración en 1950, durará algunos minutos muy largos. En 2007 ya nos dieron una muestra de lo que eran capaces en los Juegos Panamericanos. Aquella vez el cantautor Jorge Drexler puso el tono a una especie de ensayo general de la candidatura. Hoy Río, casi una década después, formaliza su pretensión global en una ceremonia que estará dirigida por el ganador del Oscar y el Globo de Oro, Fernando Meirelles, famoso por su profética película “Ciudad de Dios”.

Meirelles tratará de rodar en vivo y en directo, lo que será su obra cumbre. Dos horas de un performance que ensalzará la capacidad de todo un hemisferio ansioso por contar sus propias historias y que precederá al momento mágico del encendido de la antorcha. Y lo hará tomando el relevo de otros ilustres que dirigieron ceremonias inaugurales como el realizador chino Zhang Yimou —multipremiado en Cannes, Berlín y Venecia— o el director de la oscarizada “Slumdog Millionaire”, Danny Boyle.

Ese fuego que corona la antorcha, otrora encendida por un tembeleque Mohamed Alí o por un tirador de arco a gran distancia, simbolizará la intensidad del gran momento vital de todo deportista, la entrada al túnel del estadio que conducirá a estos afortunados individuos al desfile de banderas, portando las siete letras que forman el concepto más importante que uno puede lucir en la espalda: Bolivia.

En ese momento, el cerebro de Ángela, Wendy, Stefany, Marco, Ronald, Rosmery, Karen, José, Rudolf, Carina, Michel y Óscar estará aturdido con toda esa estampida de energía. Nuestros chicos esperarán en un pabellón al lado de la pista principal a que los altavoces del estadio y de nuestras televisiones los reclamen por orden alfabético.

Bolivia, entre sonrisas y nervios, será corpórea por unos instantes y saldrá entre el primer cuartil de países, con 12 curtidos guerreros que han exprimido sus posibilidades para estar entre los elegidos. Todos han dejado gotas de sangre sobre las pistas, tanto quienes alcanzaron la clasificación cuantitativa como quienes alcanzaron la cualitativa. Todos lo merecen. Será el momento de honrar a compañeros que no pudieron lograrlo y quedaron en el camino. A sus padres, que soñaron con darles lo mejor en la vida para verlos algún día allí. A sus amigos, que conservarán esa sonrisa tonta de enamoramiento en sus escuelas y trabajos durante tres semanas, y que jurarán orgullosos que comparten con ellos su cariño y fraternidad.

Nuestros 12 titanes sentirán esta noche esa insoportable presión temporal de estar condenados a recordar un instante toda la vida.

Mañana será otro día, y viviremos una resaca que nos durará dos semanas. Esa quincena en la que raramente se escucharán a ancianas, niños, funcionarios públicos, vendedores ambulantes y azafatas hablar de deporte, copiosamente, en bares, en reuniones, en ascensores, y construir y destruir esos mitos que soñaron con ser.

29 de julio de 2016

Río 2016: ¿Con quién nos quejamos?

He aquí otra vez, a una semana del comienzo de los primeros Juegos Olímpicos en la historia que se celebran en Sudamérica, y nuevamente nos hacemos un montón de preguntas de última hora. Las más repetidas son qué tan cerca estamos de una medalla olímpica y quiénes nos representarán.
Somos el único país sudamericano que jamás ha ganado una de las 16.770 medallas que se han repartido en más de un siglo entre 143 países del mundo. Y aunque este año es histórico en cuanto al número de participación de atletas bolivianos –12 inscritos– duplicando el registro de Londres 2012, todavía estamos muy lejos de una medalla.
Y esta ignorancia no es sólo atribuible a la dirigencia, sino compartida por una mayoría de críticos de sofá, que durante dos semanas en agosto pasan a ser expertos en política pública deportiva.
Cuando se le cuestiona a la gente qué es lo que falta, las respuestas suelen ser parecidas: falta de inversión en infraestructura, en equipamiento o en becas directas a los deportistas. Justamente fue eso lo que se preguntó, con motivo del Foro Regional 2015, cuando se preparó una encuesta representativa al 95 por ciento de la población adulta en las tres áreas metropolitanas del eje central.
Las respuestas daban prioridad a dar becas económicas a los deportistas con un 55 por ciento. El equipamiento era prioritario para un 18 por ciento de los encuestados y un 26 por ciento opinaba que la prioridad era la infraestructura. Las respuestas variaban poco por género. Las personas de la tercera edad se inclinaban casi igualmente por invertir en equipamiento que por entregarle dinero a los deportistas, quizás recelosos de que éstos malgasten la plata.  Por último, los paceños eran más proclives a dar dinero a sus deportistas que los cochabambinos, que preferían infraestructura con respecto de aquellos  y de sus pares cruceños.
La mayor parte de la población se inclinó por darle los recursos directamente al deportista, quien finalmente sería el administrador que mejor conoce las necesidades, eliminando intermediarios.
La forma más eficiente empoderar a la población en estos temas es con transferencias directas, pero también potenciando al sector privado, justo lo contrario de lo que ha hecho Rusia y que ha desencadenado en el dopaje de Estado, dejándolos al borde de la marginación de estos juegos.
El Gobierno nacional ha facilitado la participación del sector privado a través de la persuasión de manera efectiva. Empresas como Cervecería Boliviana Nacional y Herbalife han secundado la iniciativa estos años y en el pasado también lo hizo Entel y Taquiña.
No obstante, ante la ausencia de una ley de mecenazgo –coordinada con cultura y desarrollo social–, que potencie las donaciones de filántropos y empresarios que escojan el destino de sus aportes desgravando impuestos, no se llegarán a crear fondos sostenibles que compitan entre sí. En el mundo anglosajón compiten –igual que los deportistas– parroquias, teatros, museos, oenegés, equipos deportivos y asociaciones de discapacitados por lograr esos patrocinios mutuamente beneficiosos para el contribuyente-patrocinador, que se quita un intermediario y premian directamente a una instrucción sin fines de lucro y con un explícito carácter social.
Si no podemos competir en igualdad de condiciones con otros países es porque nosotros, los espectadores –y contribuyentes– no somos lo suficientemente exigentes con legisladores, servidores públicos, clubes deportivos y periodistas. Toleramos que los recursos se pierdan en el camino, toleramos inexactitudes en información vertida por agencias de noticias y hasta en políticos de primera línea, atribuyéndose estas estadísticas históricas imprecisas.
Somos pasivos con los que toman decisiones, pero impacientes con el eslabón más débil de la cadena: los entrenadores y las familias de los deportistas, que son los que menos aplausos se llevan, pero quienes más se desgañitan gritando y animando.

24 de julio de 2016

El efecto multiplicador y los entrenadores


Tan solo cuatro países en América Latina nunca han logrado medallas olímpicas. Al infortunio boliviano se suman las ausencias en los podios de premiación de El Salvador, Honduras y Nicaragua.
No obstante, Bolivia este último cuatrienio ha tenido una mejora sustancial comparativamente con el último cuarto de siglo. Si desde Atlanta 96 únicamente dos atletas lograron marcas mínimas – Geovanna Irusta y Claudia Balderrama—ambas marchistas afincadas entonces en La Paz, este año han cumplido con dicho requisito formal hasta ocho atletas. Realmente el salto cualitativo más grande de la historia de nuestro deporte.
Ello nos puede llevar a repensar los indicadores de éxito del deporte nacional. Por un lado, y a mi modo de ver la faceta más importante, está el deporte formativo y lúdico. Su éxito o fracaso se puede medir a través de indicadores de inclusión, uso del espacio público, acceso a campos deportivos, participación, salud, y sobre todo satisfacción de la población.
El punto que nos atañe a pocos días del comienzo de Rio 2016, el deporte competitivo, es mucho más cruel en cuanto a los indicadores de éxito, puesto que en principio son más objetivos, ya que generalmente se miden con medallas y marcas.
Por supuesto que un tránsito de dos clasificados con marca mínima / clasificación directa en las dos previas décadas a ocho en el último año, es un salto cualitativo importantísimo, pero a fin de optimizar nuestros  escasos recursos habría que afinar la puntería para seguir creciendo en esta mejora.
La evidencia demuestra que aun cuando hay correlación entre infraestructura deportiva y resultados positivos, no se trata de una condición suficiente, y a veces ni siquiera necesaria, como puede verse en los conocidos casos de Kenia, Etiopía, Eirtrea, Uganda, Marruecos, Jamaica, Cuba y Trinidad y Tobago, por citar los más conocidos. Se trata de países con gran dotación de capital humano y talento, pero escasa infraestructura física dedicada a deportes.
El verdadero éxito de este salto del deporte nacional estos años sobre todo tiene como responsables a cuatro individuos principalmente –los entrenadores de los atletas, en este caso Martha Marín, José Quintanilla, Marco Condori y Marcos Ramírez. Y han llegado a resultados destacados luego de un largo tiempo de acumulación de conocimientos, de selección de recursos humanos –horas de horas en patios de colegio y en campos deportivos observando prospectos de campeones--, y sobre todo mucha energía invertida luchando con o contra la dirigencia deportiva.
La clave para que se consigan resultados deportivos escalables y replicables con recursos limitados, es ser eficientes, y la forma más eficaz de hacerlo es afectando positivamente a los nodos que detonan con mayor influencia estos núcleos de energía que son los clubes deportivos de base.
Nuestra aspiración deberá ser cuidar de esa base de la mejor forma posible, para que se tenga cantidad, pues la calidad será un efecto casi natural del proceso.
Hasta que no tengamos políticas que apunten directamente a estos núcleos multiplicadores –que ahora son cuatro entrenadores que afectan positivamente a cientos y miles—nos costará competir en igualdad de condiciones. Es hora de apostar y reconocer a los entrenadores, a los padres de familia y a los gestores de esos clubes que hacen soñar a los chicos que nos representan hoy y a los que nos representarán en las siguientes décadas.

13 de mayo de 2016

¿La cultura no vale nada?


Publicado en Los Tiempos.
Esta semana se publicaba en El Deber un artículo de opinión titulado “Sobre la subvención a la cultura”, alegato en el que se minimizaba la utilidad de la cultura como bien público, olvidando su contribución al desarrollo.
Podemos teorizar con las posibilidades de la cultura como espacio de experimentación, como foro de discusión intelectual, como medio de resignificación de la realidad y como plataforma de interpretación de la identidad. Inclusive como símbolo de diversidad o estético, y luego de horas no llegaríamos a una respuesta unánime de para qué sirve la cultura, pues sirve para muchas cosas.
Lo que sí podemos hacer, ante un cuestionamiento tan utilitarista como el de por qué debemos invertir en cultura o no, con subvenciones o no, es el de resaltar su valor de mercado, para hablar un mismo lenguaje con aquellos argumentos vertidos por un individuo que no entiende la necesidad del Estado de Bienestar.
Y está en su derecho; lo que ya es más complicado, es minimizar la importancia de un sector que permea en otros –por eso ya se le llama economía creativa–, sin explicar la complementariedad de sus fuentes de financiación. Porque cuestionar la importancia de las subvenciones, sin entender las dimensiones de un sector, es cuando menos, temerario.
Son muchos los economistas y teóricos que han estudiado la importancia de la cultura en distintas áreas. Richard Florida lo hace subrayando la capacidad de las ciudades a la hora de atraer talento, o lo que él llama “clase creativa”. Las ciudades más competitivas del mundo se encuentran en una feroz pugna por atraer capital, sobre todo humano. Estudios empíricos han demostrado que los investigadores más intrépidos, los intelectuales más prolíficos y los emprendedores más exitosos no viven en páramos desiertos sino en ciudades vibrantes, con calidad de vida alta. Además, las industrias creativas son un contribuyente neto de la economía, y son el origen de más del 6% del PIB mundial. El valor económico que genera la economía creativa es mayor que toda la economía de Alemania o que los gastos militares mundiales. Pero no sólo es que mueven mucha plata, sino que además son una tendencia en crecimiento: las exportaciones de bienes y servicios culturales mundiales se han duplicado en la última década (UIS, 2016), y han alcanzado 155 millones de dólares en Bolivia en 2012. Todo ello enmarcado en la llamada edad digital, aquella en la que la propiedad intelectual es un elemento de diferenciación. 
Ello no necesariamente significa que la fórmula de estímulo de este sector de la economía que emplea a casi 2 millones de personas en América Latina y el Caribe (EY, 2015) sea mediante transferencias directas al artista. Estamos ya bastante avanzados en el siglo XXI como para ver modelos mixtos de financiación, involucrando también al sector privado, a través de leyes que impulsen el mecenazgo, todavía inexistentes en nuestro país.
Algunos de los países más liberales del mundo, como EEUU o Gran Bretaña no se cuestionan financiar museos públicos gratuitos para sus ciudadanos, cuando los consideran una seña de identidad y una fuente de conocimiento que da réditos directos e indirectos a la ciudadanía. En Washington DC a nadie se le ocurre quitar las subvenciones  (lo que equivaldría a cerrar) a sus casi 20 museos Smithsonian, que recibieron el año pasado alrededor de 30 millones de visitantes.
Evidentemente que la capacidad de decidir qué es cultura y qué no, no debe recaer en un selecto grupo de “iluminados” que repartan sus dádivas arbitrariamente. Pero para que la cultura sea sostenible, el Estado puede facilitar incubadoras de negocios culturales, iniciativas comunitarias y redes en las que fluyan los recursos y las ideas.
El sector cultural, como el resto de sectores, necesita de apoyo, y de coordinación, de modo que iniciativas puntuales y gustos particulares dejen paso a ecosistemas que beneficien a la mayoría.

29 de abril de 2016

Tráeme tu medalla, que quiero una foto

Han pasado días, meses y años de llantos, sufrimiento y emociones. Ilusiones y proyectos, goles y brazadas al agua, y finalmente, como por arte de magia, los resultados llegan. Además de los otros muchos que no llegan. Y sin querer casi, nos damos cuenta de que tenemos a siete u ocho deportistas listos para representarnos en los primeros Juegos Olímpicos que sucederán en Sudamérica, y todos ellos con marca mínima, clasificados por derecho propio.
Y de repente, nos damos cuenta de que estamos a tres meses de la cita cultural más importante de la humanidad, que ocurre cada cuatrienio. A 100 días de esas jornadas en las que se desplaza de la sobremesa al clima, a las marchas y huelgas, a la inflación y al querido  Wilstermann.  Esos días en los que bares, oficinas de burócratas, revistas y mesas de café se pasean, cual recorrido exótico, por los deportes más recónditos e inusuales. El pentatlón moderno, la lucha grecorromana, el lanzamiento de disco, piragüismo o el bádminton pasan a importarnos, e incluso a removernos emociones. Y los bolivianos, a última hora –como ya es un clásico–, tratamos de comprender por qué nunca hemos podido meter a uno de los nuestros en el podio. Por qué si Polonia lleva a 300 deportistas, Bielorrusia 250 y Japón 450, nosotros apenas tenemos siete deportistas y 20 dirigentes engrosando la delegación.
Son esas jornadas en las que también nos cuestionamos si toda esa inversión de cemento y césped artificial han valido la pena. Y si realmente necesitamos y queremos un representante en lo más alto del podio. Y es bueno cuestionarnos todo eso; el problema radica en que quienes toman las decisiones relevantes en materia deportiva hagan este ejercicio también cada cuatro años. O quizás ni eso.
¿Soy desconfiado por anticipar esto? Quizás. No tengo motivos para pensar lo contrario, precisamente cuando la evidencia nos demuestra que a todos nos gusta conversar y sacarnos fotos con esos atletas que están en la cresta de la ola ahora, pero que poco nos interesan –su vida y problemas al día siguiente del evento--, cuando tenemos el ch´aki deportivo.
Nos es indiferente que esta gente –sí, gente, no personajes de telenovela-- quizás dentro de tres meses y un día no tenga cómo pagar una cita en el dentista, y que haya diferido su maternidad/paternidad en busca de una medalla o de un récord que caducó tan rápido como pasó el desfile de clausura. No nos afecta que ellos hayan terminado su carrera deportiva prácticamente analfabetos por culpa de sus decisiones y de un sistema que no valora las capacidades intelectuales de un deportista, más que para no arremeter contra la dirigencia. El deportista se habrá sacrificado por voluntad propia, pero pasada la fiesta nadie se acordará que no tuvo acceso a calidad educativa y no importará si tiene cómo afrontar su vida laboral a partir de sus 30 años, con un conocimiento tan mal valorado en el mercado laboral como es la fisiología deportiva, si es que llega a eso.
Y si el ente público es incapaz de asumir estas responsabilidades, deberá ceder campo de acción al sector privado en una relación de corresponsabilidad, como ya se ha comenzado a hacer, pero con mayor decisión, para lo cual no nos cansaremos de repetir la necesidad de una Ley de Mecenazgo.
Así como este semestre estamos viviendo el periodo más fértil en cuanto a resultados individuales en el último cuarto de siglo en Bolivia, valdría la pena entender la situación con mayor amplitud. Ni esta decena de deportistas han tenido estas mejoras por decisiones de corto plazo, ni por haber sembrado cemento.
Los principales responsables de estos éxitos son ellos mismos, sus familiares, y sobre todo, sus entrenadores. Esos señores que son la parte más vulnerable de la cadena, y que siguieron su ilusión, sin importar las subvenciones y promesas. Y que en las siguientes semanas, deberán soportar, incómodos, un aluvión de flashes, y mordiéndose la lengua concentrarán su prioridad en aquellos atletas que están a punto de vivir el evento de sus vidas. Estamos a 100 días: nuestros mejores deseos.

15 de abril de 2016

Cine latinoamericano: inclusión a la fuerza


La ceremonia de los Óscar 2016 dejó varios temas de debate abiertos. Uno de ellos, quizás el más explotado por los gags cómicos, fue el de la inclusión de las “minorías”, pues había una manifiesta escasez de artistas afroamericanos entre los nominados.
Hace medio siglo, se veía al bahameño Sidney Poitier, primer actor afroamericano en ganar el Óscar al mejor actor, como una verdadera excepción, algo anecdótico. Él seguramente no se imaginaría que las producciones que en estos últimos tres años ganaron el premio a mejor dirección en los Óscar –Gravity, Birdman y The Revenant– fueron dirigidas por cineastas latinoamericanos, que forman parte de una industria que emplea a más de 115.000 personas en la región y que aporta 5.400 millones de dólares en ingresos en 2013, según un reciente estudio de EY.
También este año se llevó el Óscar al mejor cortometraje de animación la película chilena Historia de un oso, y en la categoría de mejor fotografía  el mexicano Emmanuel Lubezki, por su contribución en The Revenant, repitiendo premio por segundo año consecutivo. Colombia metió por primera vez en su historia a una candidata al Óscar con El abrazo de la serpiente. Y unas semanas antes se llevó un Globo de Oro Gael García Bernal y estuvo nominado Pablo Larraín, por su largometraje El Club.
De acuerdo con datos publicados por la Motion Pictures Association of America, entre 2009 y 2013 los países latinoamericanos registraron el crecimiento más alto a nivel mundial en taquilla, con un 78%, pasando de 1.700 a 3.000 miles de millones de dólares, lo que significó un incremento en la taquilla mundial del 5,78% al 8,35%, especialmente porque México, Brasil y Argentina se ubicaron entre los 15 países del mundo que generaron mayores ingresos.
Estos datos son una pequeña muestra de lo que los artistas hispanos son capaces de hacer, y del hambre por el séptimo arte en la región. Lo mejor de todo es que estos creativos no sólo hacen películas y obras de teatro, sino que son capaces de impactar con nuevas soluciones disruptivas a los desafíos de América Latina y el Caribe. Hoy no es extraño para nadie la circulación de capitales, talento e innovación.
El cine latinoamericano pasa por un momento dulce en términos creativos, pero no podemos quedarnos atrás. Necesitamos algunos avances más en políticas públicas encaminadas a crear ecosistemas creativos.
Los trofeos en certámenes de relumbrón no son indicadores reales de gestión pública eficiente –ejemplo de ello es la ausencia de hispanos en la competición oficial de Cannes esta semana–, sin embargo hay que disfrutarlos mientras duren.
Cantinflas, uno de los primeros en lograr cosas importantes en Hollywood, estaría orgulloso de ver a sus compatriotas Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón impactando de esa forma al epicentro audiovisual mundial, y más todavía de ver cómo América Latina le cuenta al mundo sus propias historias, viviendo de ello. La inclusión en la élite planetaria se la han ganado a pulso.

1 de abril de 2016

Mecenazgo con los mecenas


En una multitud de ocasiones, algunos tomadores de decisiones y gestores, desde la atalaya de sus cargos públicos y sus centros culturales, han alimentado el debate bizantino acerca de quién debe tomar la iniciativa de financiación del sector cultural y creativo entre el Estado o el sector privado, como si fueran excluyentes.
La tradición grecolatina nos ha acostumbrado a esperar el primer movimiento desde el ente público, y ello es necesario, aunque no suficiente.
Estas ideas me vienen a la mente esta semana justamente, en que se ha discutido en La Paz sobre la nueva ley del cine, un sector maltratado históricamente. También la semana pasada en los premios nacionales de cultura Eduardo Abaroa se vieron consignas a favor de una nueva ley de culturas.
Uno de los temas más espinosos y relevantes es –y ha sido– el presupuestario. Tradicionalmente se habla de la asignación de recursos desde el ente público, en este caso, el Ministerio de Culturas. Sin embargo, esta recurrente conversación no sólo sucede en el ámbito del cine, sino de la cultura, el arte, las industrias creativas, y va más allá todavía. Llega a centros de pensamiento e  investigación, a organizaciones deportivas, educativas, religiosas, de ayuda humanitaria y a asociaciones civiles sin ánimo de lucro.
Por más que parezca una obviedad el repetirlo, los pesos deben venir de todas partes. Del Estado, como tutor y garante de los derechos culturales –no como juez inquisidor de la estética nacional– y, sobre todo, de la sociedad civil y del sector privado, verdaderos motores del tejido social.
Ello no implica darle la manija cualitativa al mercado, ni mucho menos. Significa más bien dotar de capacidad de decisión, responsabilidad en la gestión y descentralización en la toma de decisiones. Atribuciones que un gobierno no puede contener, por más grande y apto que sea para la gestión.
Pero para que la platita sea algo más que calderilla, se necesitan normas e incentivos. Sin una Ley de Mecenazgo que transgreda a una Ley de Culturas y llegue al resto de actividades de interés público que el mercado no es capaz de satisfacer –los llamados bienes públicos–, no se lograrán sinergias que logren modificar el sistema tributario y de asignación de recursos. Hasta que esas fuerzas se unan –la unión es la fuerza dice nuestra moneda–, estaremos siempre a merced de inclinaciones políticas –con sus velocidades y rezagos–, de poderosos lobistas y de los movimientos mastodónticos de los funcionarios, acaso los más lentos actores del reparto. Y esto no debe ser antagónico a un modelo participativo y consultivo que converse con los actores interesados.
Se debe ver el denominado Tercer Sector –aquel que no es privado exclusivamente ni público– como un universo mucho más relevante y dotarle de autonomía recaudatoria.
El mecenazgo es aquella acción de protección o ayuda dispensadas a una actividad cultural, artística o científica. Llegó la hora de que le demos un empujón a la acción misma, y se proteja al protector. 

31 de marzo de 2016

Mitos y realidades del deporte boliviano



El deporte boliviano debería estar de fiesta, pero nadie parece haberse enterado. Los últimos 12 meses constituyen la mejor temporada a nivel olímpico de nuestra historia contemporánea. En un país acostumbrado a nunca tener deportistas entre los primeros 15 del mundo, el primer paso hacia el "éxito” es obvio: participar. Y por ello vale la pena aclarar algunos mitos.

Mito 1: "A pasar papelones, mejor que Bolivia ni vaya”. Realidad: Desde hace años, en un afán del Comité Olímpico Internacional  por universalizar el deporte, nos acostumbramos a mandar a nuestro "representante menos malo” -entre quienes me incluyo-, premiando su destacada labor por encima del resto. Era un reconocimiento al esfuerzo individual, no a la mediocridad nacional. Hoy estamos un peldaño por encima y nuestros invitados de siempre y los nuevos han tenido un ascenso de categoría, clasificando directamente. 
 
Mito 2: "Somos unos inútiles”. Respuesta: No. En el último año, ya se han clasificado para los Juegos de Río siete deportistas, cinco de marcha atlética -Carlos Quispe, Wendy Cornejo, Claudia Balderrama, Ángela Castro y Marco Antonio Rodríguez-, Rudolf Knijnemburg de tiro deportivo y la nadadora Karen Tórrez. Todo un récord y una alegría para todos, pues tener a tantos bolivianos en la élite mundial es un éxito sin precedentes para Bolivia. 
 
Mito 3: "Tenemos buenos resultados en otros deportes y participamos en los malos”. Respuesta: Los Juegos Olímpicos de verano son el único momento en el cuatrienio en que se miden las dimensiones del deporte de alta competición, con el mayor rigor posible. Desde hace décadas el olimpismo ha tratado de incluir las disciplinas más representativas. Quedan fuera de esta contabilidad dudosos campeonatos "latinoamericanos”, copas con nombres rimbombantes, deportes de alcance geográfico limitado y otras actividades de la industria del entretenimiento alejadas de la carta ideada por el Barón de Coubertin. Seguramente se podrían incluir en la lista deportes ausentes, pero hay que trabajar también para eso. 
 
Mito 4: "Nuestros atletas son socialmente invisibles por falta de carisma y autoestima”. Realidad: su escasa valoración social se debe en parte a la incapacidad de las federaciones, de la prensa y de las unidades familiares a la hora de construir un relato que explique el hecho deportivo mismo -en su vertiente lúdica-, y lo coloque en su justa medida en referencia al nivel de competitividad internacional. 
 
Mito 5: "Es un momento bueno porque hay dinero”. Realidad: los responsables de estos avances -además de los deportistas y sus familias- son tres entrenadores que siguen cobrando migajas. Repito el caso de la entrenadora Martha Marín, responsable de tantos clasificados olímpicos como todos los logrados en cuarto de siglo previo. 
 
Mito 6: "Este año les va bien porque llevan meses entrenando”. Realidad: ninguno de los siete deportistas lleva "meses” entrenando, como a menudo se suele insinuar, sino años. De hecho, Karen Tórrez ya estuvo cerca de participar en los Juegos de Beijing, hace ocho años, cuando era campeona nacional absoluta con 15 años. Los ciclos olímpicos son procesos de largo plazo. 
 
Mito 7: "Hay que dar oportunidad a nuevas promesas”. Ello tendría lógica en un contexto en el que el azar es muy decisivo, pero a niveles internacionales y en deportes contrarreloj con poco margen de variabilidad, se debe enviar al atleta más cualificado sin importar la edad, pues esta variable no puntúa.
 
Y eso no tiene nada que ver con el estado mental, el "secreto” que venden los Paulos Cohellos, sino con otras variables más oscuras incluso, como el mismo dopaje, aunque no en todos los casos. 
 
Es hora de derribar mitos y la forma más fácil de hacerlo es yendo a los campos deportivos para jugar, gritar y aplaudir.

6 de febrero de 2016

Colombia: de Betty la fea a los Oscar


Publicado en Página Siete.

Hace unas semanas, la academia del cine norteamericano anunció -como cada enero- su lista de películas nominadas a los Oscar. En la categoría de mejor película de habla no inglesa  compitieron 81 obras, que representaron a las academias de cine de sus respectivos países, de las cuales cinco fueron nominadas, una de ellas El abrazo de la serpiente, primer largometraje colombiano en la historia en ser finalista. 

Ello significa un impulso y validación importante, sobre todo en términos comerciales y de alcance masivo, pues gracias a la crítica ya se sabía que tenía atributos interesantísimos como su fotografía o la cosmovisión que narra su guión. 
Ahora bien, cabe destacar la obviedad de que las estatuas que da Hollywood o los premios Nobel no caen de los árboles, ni son fruto de la mera densidad, sino de emprendimientos privados y de los caminos más o menos pavimentados que deja la administración pública, cuando ésta entiende que la cultura es un bien público necesario. 
Hay que resaltar que Colombia trabaja este tema desde hace años. En 2003 se aprobó su Ley de Cine, que se acompañaba a otra norma precedente, la Ley Cultura de 1997, y que se verán complementadas en breve por la Ley Naranja (aún en el Congreso), referida a industrias y emprendimientos creativos. 
Esta legislación, a su vez, es puesta en práctica por distintos entes públicos (Ministerio de Cultura, Ministerio de TICs,  Sistema de Información y Registro Cinematográfico, Consejo Nacional para las Artes y la Cultura en Cinematografía), pero también (y con mucho ímpetu) por iniciativas privadas, práctica menos común en países de herencia latina. Hoy Colombia tiene un gigante de la TV que coproduce documentales y telenovelas como Caracol. Tiene un mercado audiovisual como el de Bogotá (BogoMarket), y el festival de cine móvil más importante de Sudamérica –SmartFilms–. En Colombia este año se realizará el foro del Mercado de Industrias Culturales del Sur (MICSUR), que aglutina a 10 países, entre ellos el nuestro. Muchas cosas sucediendo.
Colombia lleva tiempo también trabajando en la obtención de datos y en la recolección de información cultural y creativa. Fueron de los primeros en América Latina en homogeneizar su información y adaptarla a la contabilidad nacional a través de las llamadas "cuentas satélites” o de tratar de forma seria el asunto de los derechos de autor.
Los colombianos han entendido estos esfuerzos en la promoción del cine nacional no como acciones aisladas, ya que la cultura y la creatividad emanan de un ecosistema que facilita la generación de ideas y su puesta en práctica. No es casual que se ponga frecuentemente el ejemplo de Medellín como ciudad inteligente en una multiplicidad de foros, ni que Colombia tenga una de las redes de bibliotecas más importantes de América Latina y el Caribe. 
El cine colombiano, luego de décadas a la cola del cine argentino, mexicano, brasileño y hasta chileno, parece haber despertado. No por la nominación de una película a la academia norteamericana, que es la guinda del pastel, sino por la ebullición que hay en aquel país.
Se trata de algo más que una lluvia pasajera. Parece que la industria audiovisual colombiana superó el efecto Betty la fea o la moda de la cumbia y que ahora es un asunto de Estado. 

4 de octubre de 2015

Carlos Mesa y el pentatlón moderno



El pentatlón moderno existe en las olimpiadas desde hace más de un siglo a iniciativa del barón Pierre de Coubertin, creador del movimiento olímpico, y su origen responde a la necesidad de encontrar al atleta más completo, es decir, aquel que iba bien por tierra y por agua, que sorteaba obstáculos y que se defendía de los embates externos. 


Si la capacidad retórica e intelectual de Carlos Mesa tuviera una forma corpórea encarnada en un deportista, sería algo así como un atleta con cualidades de esgrima, equitación, carreras de fondo a campo través, tiro y, si hablamos de mar, natación. 



Esta semana el expresidente de Bolivia nos sorprendió a todos con su voz firme, ideas certeras, serenidad y objetivos claros desde territorio mapuche. El hombre iba a una entrevista a hablar de la causa marítima y de la postura nacional, no de sus opiniones personales ni de política interior boliviana ni de su visión de futuro. Tampoco se le encargó aconsejar a los juristas chilenos qué hacer en cuanto a soluciones. 



Mesa, el protagonista absoluto del programa El Informante del martes, fue el gran ganador del envite, si es que la entrevista se puede considerar como tal, a juzgar por el tono de los anfitriones. Fue capaz de escapar limpio de los intentos de encerronas puntiagudas que trataba de propiciar su hábil, aunque frenético, entrevistador Juan Manuel Astorga. Seguramente dejó a más de uno de los contribuyentes que sostienen esa cadena televisiva chilena dubitativo.



Con su corbata bien anudada, postura firme, didáctico, Mesa fue respondiendo una a una las preguntas que el periodista de TV Chile propinaba, priorizando organizadamente cuál era el mensaje que quería transmitir. Lo hizo en cuestión de segundos y ante una nutrida tribuna, asunto de muy compleja ejecución. 
Lo que quizás gustó menos en Chile -y ha revuelto las redes sociales en Bolivia esta semana-no se reduce exclusivamente a la materia expuesta en el plató televisivo, sino también a las formas. El fondo ya estaba en un pdf llamado El Libro del mar, para descargar en la web de la Dirección Estratégica de la Reivindicación Marítima desde el año pasado, y se había expuesto hace varios meses ante el Tribunal de La Haya.



Es indudable que ese resultado trajo cola. Algunos congresistas chilenos pidieron cuentas a la televisión pública de su país por haberlo invitado, quizás temerosos de que una postura real de debate tuviera consecuencias adversas en una sociedad que aparentemente dista de ser borreguil.   



La aparición de nuestro pentatlonista no debe servir para inflar nuestros pechos -acostumbrados a múltiples derrotas deportivas- en postura nacionalista, sino para aprender a discutir, a debatir e intercambiar ideas, de forma deportiva y en buena lid. 


El deporte es un asunto de ejercicio del músculo y de velocidad de la mente y, sobre todo, de trabajo bajo presión. Esta semana hemos visto esa combinación llevada al paroxismo.