10 de noviembre de 2005

Llegada a Armenia, Juegos Bolivarianos 2005

Queridos muchachos, ahora sí que me he perdido, mi último email fue desde tierras escandinavas y creo que lo que más se me pegó en ese viaje a Finlandia fue la frialdad de los compañeros lapones, que no es falta de cariño necesariamente, y que traté de cambiar en Colombia. Tengo un montón de cosas para contar, no les mencioné mi aparición en Bogotá para participar en los Bolivarianos. La resumo. Pensaba que con la llegada del nuevo gobierno del señor Rodríguez Veltzé se acabarían los desórdenes e incoherencias en cuanto a la autoridad deportiva. Fallé casi tan estrepitosamente como las encuestas de NFR, ya que la ira no me dejaba ver que este buen señor (padre de excelentes muchachos) no tenía absolutamente nada que ver con el señor Viceministro de Deportes. Es más, éste último es hijo del ilustre diputado nacional, Óscar Sandóval Morón, uno de los “pensadores” que querían posponer indefinidamente las elecciones nacionales y que asumiera la Presidencia el señor Giordano… Mejor no gasto más letras… Verán, pues, que de tal palo, tal astilla… Enhorabuena señor Vice, lástima que le queda de mandato sólo dos meses… Pues sí, las ineficiencias comenzaron cuando me llevaron desde Helsinki hasta Cocha, para volver a pocas horas al norte, en este caso a Bogotá, donde aparentemente nos esperaban con la conexión hacia Armenia y Pereira, sedes de los Juegos. En efecto nos esperaba un funcionario del Comité Olímpico Boliviano, a las 4 am (a esas alturas entre tanto cambio de hora, yo no tenía ni idea a qué hora comer, mucho menos descomer), y recibirnos en un taxi diminuto a los atletas que faltábamos por llegar (éramos dos) y las dos representantes de billar femenino, y si a eso sumamos el taxista y el propio burócrata dábamos un total de 6 pasajeros, y dadas las reducidas dimensiones del vehículo alquilado, dábamos apariencia de una lata de sopa de calamar más que la Delegación Boliviana. Mi desconcierto fue a mayor, ya que yo imaginaba que probablemente nos llevaban a otro aeropuerto, porque los compañeros de triatlón tomaban el vuelo a Cartagena. Mis sospechas fueron desechadas cuando vi el cartel de Estación de Buses. Al bajar del insignificante habitáculo desdoblé mis articulaciones e inmediatamente el delegado se me acercó llevándome a un lado y susurró en mi oreja (de forma tan sugestiva que yo me estaba poniendo nervioso), señor Iglesias, ya que Ud. el hombrecito del grupo, le asigno la responsabilidad de cuidar de las señoritas (debo decir que me sedujo con su machismo sutil), cuidar de esta platita que le voy a entregar y decirle al micrero que pare en el Hotel Karlaka, una vez allá, se bajan y se compran unas empanaditas si les sobra platita, y si aún queda algo, quédeselo usted, como muestra de mi indulgencia… Solté una feroz carcajada, que mi importante interlocutor no comprendió a juzgar por su expresión de confusión. Inmediatamente comprendí que hablaba en serio, e ipso facto apuntó por si las dudas el nombre del hotel en un papelito arrancado de su revista y con dos palmaditas en el hombro, me despachó hacia otro igualmente minúsculo vehículo, esta vez afortunadamente se trataba de un trufi (un mini, mini bus), ya no un taxi. Aturdido yo, no atiné a preguntar más y me embarqué en el viaje con las lindas muchachitas a mi cargo, para tratar de dormir un poquito ya que eran las 5 am. Cuando el sueño ya se apoderaba de mí, una hora más tarde, desperté arrebatado en un barrio periférico de Bogotá, donde ondeaban banderitas del ELN, de las FARC, de Fidel, de Osama, de Marcos, y de otros “libertadores”. Me pregunté dónde estaba la de Evo. En ese momento investigué qué acontecía, respondiéndome el chofer que se había jodido el auto y que él no tenía nada más que hacer que llamar refuerzos. Mi desesperación se desató a raíz de que el hambre que en ese momento se apoderaba de nosotros y decidí salir en busca de un restaurante, lo que automáticamente provocó una carcajada en los otros viajantes, explicándome que nos encontrábamos en el Bronx bogotano, y que si volvía del restaurante con algo más que unos periódicos para taparme algunas cositas, me podía dar por afortunado. Obviamente desistí, confiando en que la simpática abuelita que estaba sentada a mi lado me convide un poco de su empanada. Para las 8 am ya había amanecido y la falta de alimentos era ahora una profunda hambruna. Justo a esas horas yo ya veía borroso y me sentía al borde de una lipotimia, cuando apareció un hombrecillo bonachón, un poco gordito comandando un tractor con carrocería de minibús, emitiendo por una Aiwa 2005 a 350 decibelios unos estridentes ballenatos, que contentaron a mis compañeras de expedición. Al verme tan encaprichado, la billarista Vanesa, trató de consolarme recordándome que más bien había llegado el “nuevo” trufi” y que estaba mejor que en los Bolivarianos de 2001 a los que fuimos en un avión Hércules del ejército nacional, sin butacas ni baño. De inmediato me consolé al recordar las náuseas que sentí aquella vez y la lección de valentía que las niñas de gimnasia artística me dieron. A medida que transcurría el viaje me iba calmando al ver el paisaje y entre anta curva y tanta maniobra arriesgada opté por cerrar los ojos y orar. En el camino, cuando paramos me corrigieron y me avisaron que el pueblo se llamaba Calarcá y que debía bajarme en la carretera y tomar un taxi hacia el hotel. Llegamos al Gran Hotel Karlaka, y nos recibió la una preciosa conserje, que nos condujo a las habitaciones, unas cabañas de madera, me sirvió un dulce batido de frutas silvestres y me dormí la siesta.

3 comentarios:

Rod dijo...

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Rod

[i] dijo...

ufff vaya viaje! yo pensaba que nuestros atletas y deportistas tenian "clase preferencial", pero no... parece que ni a "turista mochilero" los hacen llegar, no? que pena!... en todo caso.. no sabia que tenias un blog, ni que escuchabas Llegas, que buena onda saberlo.

isabel - Madrid

Dique dijo...

No, como verás los de clase preferente son las autoridades, si fuera por ellos nosotros iríamos caminando. Claro que hay contadas excepciones que sí hacen su trabajo honestamente.
Gracias