4 de noviembre de 2005

Raza de Bronce

Raza de Bronce Cuando vemos un bonito gol, cuando nos enteramos de una marca atlética impresionante, cuando vemos victorias épicas, a veces nos preguntamos, por qué en Bolivia no ocurren. Una justificación a la que se recurre normalmente es el alegato racial. Somos una raza inferior… es que en Kenia hay negros, es que en Marruecos corren desde niños, es que en la ex URSS los seleccionan desde pequeños, es que en EEUU los manipulan genéticamente… Somos capaces de hacer construcciones teóricas para justificar nuestra mediocridad. Pero, si nos vamos a lo estrictamente racial, en la América india, estamos estrechamente relacionados y derivamos de idénticas tribus madres como las Toltecas, amén del profundo mestizaje que hemos sufrido de importantes inmigraciones europeas, judías, otras descendientes de árabes y hasta asiáticas. En resumen, no creo que genéticamente seamos muy distintos a los habitantes de las zonas altas de México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. En este artículo no haré referencia al colectivo afroamericano de Norte, Centro y Sudamérica puesto que en Bolivia son una muy pequeña minoría. Partiendo entonces de la absurda suposición de que somos una raza inferior, cómo se explica que existan grandes campeones de atletismo como Jefferson Pérez (campeón olímpico ecuatoriano de 20km marcha), Ana Guevara (campeona mundial de 400m, mexicana), Arturo Barrios (recordista mundial de 10km en ruta, mexicano), Alejandro Cárdenas (subcampeón mundial de 400m, mexicano), Nestor Nieves (campeón panamericano de 3000 con obstáculos, venezolano) y un largo etcétera de atletas mestizos y descendientes de ricas mezclas de pueblos amerindios y criollos asentados en América. Entonces, ¿es tan relevante la raza como se dice?; responderé primero admitiendo que existen estudios, con mayor o menor rigor científico, que defienden la teoría que los atletas de África oriental, concretamente las poblaciones situadas entre Kenia, Etiopía y Eritrea, tienen una masa ósea más ligera, y una musculatura potente y oxigenable. Pero insisto en cuestionar que estas teorías no consideran las demás razones que hacen a un deportista campeón, que son el trabajo diario, la organización, la disciplina, el deseo de subsistencia y superación y otras muchas variables. Además, a la hora de la competición notaremos que no siempre gana el que llega más en forma, a veces gana el que pudo controlar más sus emociones, el que pudo dominar sus nervios, el que aprovechó mejor sus oportunidades y las debilidades de los oponentes. En fin, esa es la riqueza de la competición, que se ilustra de forma más bonita en los juegos olímpicos, que son la cita en la que realmente se demuestra quienes son los grandes, es cuando se separan a los hombres de los niños. En los resultados de los juegos de Atenas podemos ver que los 46 campeones de las pruebas atléticas, corresponden a 23 nacionalidades diferentes, de países con ubicaciones geográficas dispares, composiciones raciales amplias y de capacidades económicas muy dispersas. Y es que cualquier hijo de vecino podría llegar a ser deportista de élite si aprovecha correctamente las variables que ya mencionamos, unidas a la calidad individual y, claro está, a la suerte. Al final de cuentas en los Juegos Olímpicos, todos tienen 2 ojos, una boca, dos manos, y dos piernas. Creo que la diferencia por tanto estaría en la magnitud de la fuerza de un órgano que algunos tienen más desarrollado, por lo menos en cuanto a las ganas y al orgullo: el corazón. Fadrique Iglesias Mendizábal 2005. Artículo publicado en el semanario Los Tiempos USA

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