21 de agosto de 2006

La Paz: Accidente y Vanguardia

Desorden, orgía, incoherencia, caos, desconcierto, anarquía. Hace algunos años en el colegio me enseñaron qué eran los accidentes geográficos: fenómenos de la naturaleza en su génesis, que daban origen a ríos y montañas, que además estaban en constante dinámica. Pues eso es La Paz, un accidente geográfico, y no sólo geográfico. La Paz es un accidente en el sentido estricto de la palabra. Es un accidente social, urbano, político y humano. Eso precisamente es lo que la hace la ciudad más especial en la que he estado. Como dice Krauss, es una muela careada, pero que no da dolor ni mal olor (generalmente). Hasta el siglo XIX nos dijeron que el arte estaba definido por el realismo o el hiperrealismo. Los griegos, los romanos, el renacimiento y el neoclásico nos trajeron obras de arte, que en general son las más apreciadas del mundo occidental. Con el siglo XX (y antes) esta concepción fue cambiando. No siempre el virtuosismo en la pintura o en la música debía necesariamente ser lo único apreciado. No siempre la pintura más real tenía que ser la mejor. Poco a poco Goya, luego Gaugin, Monet, los Impresionistas, los Expresionistas, Van Gogh, los Dadá, los Naif, los Cubistas, los picasianos, etc, etc. Y para mí sobre todo los surrealistas, aquella vanguardia comandada por esos franco-catalanes, Dalís, Delacroaxes y Buñueles dieron una visión diferente. Esta nueva concepción estética se esparció por todo el arte y lo cambió para así darle protagonismo a la interpretación personal. Gracias a esta ruptura salvadora, es que yo puedo afirmar que La Paz es una joya. El mito de lo imposible, de la ciudad errante, del delirio y de la independencia, de lo auténtico, de lo espontáneo. De lo improbable. Es el arte de lo temporal, de las casas inacabadas y aparentemente transitorias, construidas al borde del peñasco para sobrevivir los siguientes meses simplemente, los siguientes veinticincomil meses probablemente. Durante este siglo no sólo ha cambiado el arte, ha cambiado el concepto de la vida misma, ha cambiado la educación. Estos cambios por supuesto que han traído detrimentos y retrocesos, pero muchísimos más adelantos seguramente. Nos ha dado más libertad. Esas vanguardias como Hendrix, Morrison, Los Betales, Welles, Von Trier, Kafka, Camús, Man Ray, etc, etc, han sido a veces odiados, incomprendidos y marginados. También han sido exagerados otras veces como íconos. Yo quiero exagerar a La Paz como el accidente artístico urbano por antonomasia. La pena es que no tenemos un Hemingway que hable de ella, no tenemos un Sinatra que le cante, ni un Joyce que la compare, un Tinelli que la ridiculice, un Mann que la enamore, un Allen que la inmortalice, un Weber que la analice, un Quino que la caricaturice, un Discovery Channel que la venda, alquile o permute. En general no tiene rayas y estrellas ni grandes productoras estilo Hollywood, por eso quedarán escondidos sus escarpados, sus valles lunares oscuros, sus empinadas calles guardadas sólo para extraviados caminantes, sus trufis (léase minibuses) des-organizados para su propio caos, su calle Uyustus, para el comercio autóctono, su prado sin praderas, su calle Jaén atrincherada como guardiana de la época colonial y del bar Bocaysapo. Así quedará La Paz escondida para ociosos viajantes, a los que les sobró tiempo y dinero en el tour por Machu Pichu y que accidentalmente asomaron la cabeza a un accidente, al máximo accidente de todos: La vanguardia natural de La Paz.

7 de agosto de 2006

Le Tour de France, Testosterona y 40 Grados

Asumiendo mi vida nómada, costumbre que he venido adquiriendo y practicando estos últimos años (no duermo en una misma cama 7 días seguidos desde 2000), elegí Zaragoza-Barcelona-París-Bruselas-Brujas-Gante como destinos, y la compañía del Brunacho, otro cuasi nómada en régimen temporal, ya que vuelve al establishment cochabambino en breve. Uno de los objetivos era el de recolectar fotografías mentales acompañadas de las cervezas del lugar de origen junto con ilustres amigos bolivianos que encontraba en cada destino. Así fue que la primera etapa, en Zaragoza, me topé con Arturo Estívariz, cochabambino conocido por sus prominentes pechos y su afable personalidad, interesante charla y mordaz humor. Lamentablemente nuestro querido personaje partía para Benicassim, a disfruitar de Morrisey, del buen rock y del olor a María importada. Ese domingo en compañía de algunos atletas, ya que era el Campeonato de España de Atletismo en esa localidad maña, acabamos en el boliche más sucio y underground de Zaragoza. Al salir, ya cerca del veraniego amanecer, nos topamos con dos simpáticos hombres vestidos con normalidad que resultaron ser policías civiles que trataban de averiguar qué se cocía a esas altas horas en semejante tugurio. Menos mal que no habíamos orinado por ahí o cometido alguna otra incivilidad. La llegada al día siguiente a la Ciudad Condal, fue una experiencia caliente, ya que el tren regional acumulaba 40 grados con un aire acondicionado roto y con una veintena de pasajeros de pie, sólo en mi vagón. Supongo que el bao en mi cerebro fue lo que facilitó que perdiera mi teléfono móvil, que hasta ahora no ha sido repuesto. Menos mal que los 40 minutos de espera a Bruno y Gonzalo Lara fueron al frente de la Pedrera, joyita de Gaudí y en la sombra. Los olvidos y las pérdidas se prolongaron, nada más aterrizar en París, me di cuenta que mi carnet de identidad (único documento que poseía después de la desaparición de mi pasaporte 5 días antes) se me había caído en el aeropuerto de Girona. Esa noche en Blanco para ahorrar hotel, en la diminuta pero simpática y hospitalaria casa de Xavi Sarabia, fueron demasiado palo para mi frágil sistema nervioso. Pues una vez llegado a los Campos Elíseos, a lo único que atiné fue a comprar una barra de pan y plátano, para calmar mi desazón. Después de malograr mis débiles tendones caminando por la ciudad más hermosa que he visitado (con permiso de La Paz), me encontraba con Bruno mirando una muestra de fotografías submarinas artísticas, y ante el alto grado de vulgaridad de nuestra conversación, una muchacha se acercó atemorizada a preguntarme: ¿Dique?, claro, respondí yo sin atinar a identificarla por el sopapo informativo que recibí. Se trataba de Rocío, amiga atleta paceña que vivía en París hacía un año. Continuamos con ella haciendo el Tour de France, o por lo menos una ruta similar de la última etapa de la más prestigiosa carrera ciclística que había acabado ese mismo domingo y que tres días después se notificaba que su ganador, Floyd Landis, había tirado de la Testosterona sintética para recuperar lo perdido en los Alpes días atrás y chicotear a los “limpios” rivales como Pereiro o Sastre. Testosterona y otros tratamientos dopantes era lo que necesitaba yo para llegar vivo a casa de la paceña que tan amablemente nos ofreció cena, ya que usó el común vocablo “aquisitos” para explicar que la hora y cincuentaydos minutos que nos separaban de su casa no serían tan graves ya que los 40 grados se aplacarían por la tormenta eléctrica que acabó por empaparnos y casi achicharrarnos cuando llegamos a su hogar, a escasos 35 minutos de el último tren que después de engullir rica cena, tomamos para volver a nuestro añorado albergue. De ella no supimos más, pero sí de Ale Gautier, famosa atleta boliviana, ex campeona de 400 metros que nos hizo de guía turística y traductora. En Notre Dame nos juntamos con Claudia Saavedra con la que compartimos un picnic amistoso donde hablamos de Evo, de Landis, de Cocha y de lo rica que es la chicha. Por la noche fuimos al Moulan Rouge y lugares allegados, al barrio Gay, a Monparnasse, al Barrio Latino y a demás infiernos nocturnos donde no profundizamos demasiado por falta de efectivo. El viernes bendito el Louvre era gratis, pero cometimos el error de visitarlo luego de una intensa jornada en Versalles, donde creo que Bruno emuló a su hermano Joaquín al mear desde la ventana. El último día ya no había fuerza para mucho, sólo torre Eifel y algún parque. Por la mañana a Brujas, ciudad de sueño, a navegar por los canales y disfrutar de un festival de música local, donde nos deleitamos con una banda de rock alternativo y otra de rock electrónico, comandada por un japonés que manejaba la computadora como los dioses. En Gante vimos más canales, comimos más fruta y leche de supermercado barato para acabar por la tarde en la Gran Plase de Bruselas viendo a la reencarnación de Bob Dylan, siendo expulsado por una toxicómana que le recriminó llevarse sus limosnas y así rompiendo el rico ambiente creado por ese artista. Una larga noche en el aeropuerto de Charleroi acompañado por otros españoles mochileros y al día siguiente a hacer papeleos para recuperar mi ciudadanía, en Pucela Capital, más conocida como Valladolid. Ahora recuperar, estudiar y entrenar, en la montaña de Béjar, en un albergue solitario. El tiempo traerá queloides para el alma.