1 de septiembre de 2006

Fotografía

La novela de Bioi-Casares “La invención de Morel” ahonda en la necesidad del hombre de inmortalizarse cada momento en sus propias fotografías. Ahora más, en esta época digital, de la misma forma que la mente, por autodefensa o por soberbia, sólo tratamos de guardar las fotos sublimes, aquellas que dibujan la propia cara simétrica, con gesto carygrant y altivez seannpenn. Así, queda para el recuerdo una imagen que sólo representa un equis por ciento de lo que en realidad somos. De hecho representa un ridículo remedo de lo que queremos ser. Más aún, nuestros mejores amigos de antaño no son nuestros más queridos, sino los personajes, que fueron de secundarios para abajo, y que por el flash, quedaron como indiscutibles protagonistas. Los que no gozamos de esos fastuosos aparatos digitales, tenemos que someternos al lente de nuestro vecino o acompañante. Ni siquiera escogemos el marco, sólo nos limitamos a formar parte del dibujo como mucho, y sin insistir demasiado ya que de lo contrario causamos irritación al patrón que nos hace el favor de incluir nuestra imagen en su vida futura. Es así que no nos queda más remedio que retener fotos mentales, además para escapar de esa terrible ruleta en la que muchos japoneses están metidos de forma adictiva; y cuando lo hacemos, cuando las retenemos en el lóbulo izquierdo del cerebro, estas se van desgastando ya que no cuentan con el cristal de seguridad y el antiflash que disfruta por ejemplo la Gioconda en el Louvre. Cada vez que trajinamos esas fotos van perdiendo brillo, hasta que las dejamos reposar por varios días, y la siguiente vez las volvemos a sacar y cada vez están más difuminadas, y de esta manera, la piel se oscurece, la estatura se amplía, el verde de los ojos se hace más verde o más pálido, según la sensación que nos produzca en ese instante, llegando en un momento dado a ser una amalgama de figuras sin delimitación. Yo tengo miles de fotos que de tanto mirarlas se me van desgastando porque no he podido sacar otras y en mi misión restauradora sobrellevo la impotencia de no lograr evitar el implacable desgaste y me frustra no poder pasar las horas que pasaba al principio mirándolas sin más remedio que reinventarlas. Ahora más que nunca, que estoy en la tranquilidad de la montaña, utilizo mi memoria casi obsesivamente, pero es difícil reconstruir todas las imágenes que quisiera. Hay personas que tienen fotos que en las que compartimos imagen, y concretamente una, dondequiera que esté, espero que abra su email y me las mande, las estoy esperando, y ojalá que no suceda como en la novela y se confundan las realidades con las efigies y luego me convierta en un Morel, que no existe o que va penando por islas extraviadas.

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