26 de agosto de 2008

Finito

Es impresionante ver las habilidades comerciales de este monstruo que es China. Si antes fueron los fenicios, los árabes y los británicos, ahora son los habitantes del sureste asiático, concretamente el país continente que acaba de demostrar por qué se le apunta como potencia. Se han hecho populares sus mercados donde se comercian desde computadoras hasta palitos chinos para comer. La concepción de mercado árabe encarnado en las medinas medievales, aún hoy vigentes o los mercados latinoamericanos, como La Cancha o la Uyustus no tiene nada que ver con los mercados sinoasiáticos. Éstos tienen que ver más con centros comerciales norteamericanos de los años 70, con un indudable toque de ordinariedad propio de los precios y exigencias de calidad que requeríamos los consumidores acá presentes. Los más famosos mercados, el de la Seda, el de las Perlas o el de Artículos Falsos (Fake Market, cierto) se marcan en el mapa a la altura gráfica de la Muralla, del Palacio de Verano, de la Ciudad Prohibida, de la plaza de Tiananmen o del Templo del Cielo. Era muy fácil ver entre los compradores a medallistas olímpicos que dilapidaban sus jugosos erarios provenientes de prominentes becas financiadas por sus gobiernos en pos de una medalla. Todas estas hordas de gente llenaban sus bolsas de falsificaciones casi perfectas de ropa de firmas reconocidas con la única limitante de lo que la aerolínea permitiese llevar de exceso de equipaje sin multar a sus clientes con esos absolutamente prohibitivos cincuenta euros por kilo. El cortejo entre comprador y vendedor comenzaba con un precio absurdamente alto ofrecido por el viandante que obviamente era rechazado, por lo menos, por los consumidores latinos. Luego el romance tenía una larga negociación hasta terminar en un precio irrisorio para el consumidor, que después de esa ardua tarea de negociación se retiraba siempre pensando que aún se podía haber bajado un poco más lo transado pero con la tranquilidad de que con esa suma en su país de origen no compraba ni los botones. Yo ya tuve problemas cuando fui a Marruecos. Me impacientan tan insistentes comerciantes. Ellos, o ellas, las más agresivas nos lanzaban piropos o insultos según el momento del ataque. Boliviano mucho tacaño. Boliviano mucho guapo. Boliviano bien vestido con esa camisa. Boliviano muy mal vestido. Señora, déjeme pues en cincuenta yuansitos, ya pues mamitay decía yo. A lo que ella respondía, tú me quieres matar, 80 finito, finito, finito. Al final compré algo a mis sobrinas y a casa a descansar de tan duros embistes que tenían en los momentos cúlmines hasta roces físicos no eróticos, sino casi belicosos. Donde menos esperaba negociar era en el Teatro. Fui Con mi colega paceño y ex atleta, Alejando Aponte, virtual guía turístico y comercial del Equipo Nacional. La intención era ver la obra de la China Nacional Acrobatic Troup. Compañía de acrobacias, danza y teatro que combinaban sus artes con toques antropológicos, archicomerciales y de tecnología (difícil unirlo armoniosamente) en un espectáculo circense de alto vuelo. Muy comercial pero de técnica impresionante aunque con muchísimo menos arte que el afamado Circo del Sol. Una vez en el Poly Theater, lugar que albergaba la presentación, no quedaban entradas de menos de 380 Yuanes. Yo ya me resigné a ver el show en dvd pirata, hasta que Ale negoció entradas de 1200 y 680 yuanes (de cortesía, claro) con oferentes distintos que al ver que pagábamos contantes y sonantes 150 yuanes por cada una, vieron como buen negocio rematar las entradas de cortesía que habían obtenido por alguna vía diplomática. El chino nos ha demostrado varias cosas en estos Juegos. Que cuando el papá Estado decide algo, o mejor dicho, su inquilino, el Partido Comunista, se hace sin rechistar. Que si es necesario echar a los habitantes de Pekín no naturales de esa urbe para que el turista occidental esté más a gusto y con menos colas durante los Juegos, se los extradita temporalmente a sus pueblos de origen. Que si hay que invertir 40.000.000.000 de dólares para embellecer Pekín con flores y bajar la contaminación, se apreta el cinturón del resto del país, aunque hayan otros miles de chinos que aún se encuentran refugiados y sin casa a causa del reciente terremoto. Que hay que quedar bien con los visitantes, aunque un deportista boliviano te pille dando la riña de su vida aun jardinero por dejar caer la bolsa con pasto mojado en la calzada, aun cuando te vea que está a punto de blandir una rama de roble sobre su espalda como castigo después de una retaíla de ininteligibles insultos en mandarín y sonreírle al visitante con toda la dulzura del mundo con diez segundos de diferencia. Que se puede combatir la piratería de los patrocinadores olímpicos, digamos que Swatch, Adidas o Lenovo, pero hacerse los de la vista gorda con el resto de firmas falsificadas. Que dentro de no tantos años será rico y los textiles ultrabaratos se fabricarán en otro sitio y que ellos serán los compulsivos compradores que ahora son los norteamericanos, europeos o japoneses, a los que se parecían hace 60 años. Finito es el precio último. Tíbet, sus derechos humanos pisoteados, el mando vertical y una disciplina de hierro es lo que se paga. Finito, finito. Y así se acabaron los Juegos. Hasta siempre Beijing. Welcome London. ---- Foto muy ilustrativa. La globalización llega a los samurais. Si no, no queda más que ver la peli norteamericana de animación Kung Fu Panda.

5 comentarios:

Mauricio dijo...

ya chango, cuando vuelves? espero hayas comprado calzas, buzos, spikes, tennises, y todo el elemento necesario marca "HADIDAS" (si, con H) para todos por aca no?

saludos!

Natalia Carrasco dijo...

El comercio oriental es realmente curioso. Una de las razones de su insistencia y del hecho de que sigan bajando sus precios, es que ellos consideran malaguero para sus negocios que un cliente se vaya sin comprar nada, especialmente si este llega a tener alguna interaccion con el vendedor...chistoso no? Son bien supersticiosos...

Fadriqve Iglesias Mendizábal dijo...

Negro, ya vamos a estar comerciando...jeje, nos vemos mañana.
Natalia, te creo, pero a mi me llega a irritar un poco. De todos modos yo no iba con la intención de comprar demasiado. Son la meca del comercio.
Un abrzo grandre

Natalia dijo...

claro, eso es lo irritante!

Fadriqve Iglesias Mendizábal dijo...

jeje, gana el que tiene más cuero.
saludos