26 de octubre de 2008

Inconsciencia salvaje

Los detractores de EEUU, que se cuentan a puñados, suelen hablar de capitalismo salvaje. Con tantos años de lucha mediática, a causa de la Guerra Fría, estos conceptos se han trivializado, se han manoseado, han ido perdiendo fuerza y su contenidos se ha disuelto, pero no por ello han dejado de ser ciertos. Ayer salía un anuncio en prensa que invitaba a obtener licencia de conducir, “aunque ud. sea ilegal”. Y ese periódico circulaba de forma legal. Por razones pragmáticas, para alimentar este mismo sistema de acumulación de capital, se necesitan a los inmigrantes indocumentados. En una tertulia con Piyayo y Eva, años atrás, casi fui excomulgado de su grupo cuando comenté que ellos (mis amigos) y yo, nos “beneficiábamos” de este hecho. Creo que huelga decir que no estoy a favor de ello, pero hay que notar el abuso que nosotros como sociedad cometemos con la utilización (indirecta o no) de esta mano de obra más barata que permite que las economías que hacen uso de ella sean más “competitivas” y puedan seguir aumentando sus productividades, que luego de transferirse en beneficios, vuelven a circular, posibilitando el “dinamismo de las economías”. Entonces, en esta carrera por encontrar primero el hueco del consumo todo vale. Y en el país del Norte salta a la vista un poco más. Se ha exagerado en aguzar el ingenio para seguir incrementando el consumo. Comprar y comprar. Vivir y trabajar para consumir. Díganme si no, cómo es que Washington DC, una de las ciudades más aristocráticas del mundo, pueda tener un servicio de transporte público tan malo. La respuesta está en la pregunta: ciudad aristocrática. Lo malo es que EEUU en sí no es un país aristocrático, ni los millones de habitantes que mantienen a DC, como los alrededores de Maryland y Virginia. El sistema Metro es pésimo, con una hermosa alfombra pero con apenas ¡cinco líneas!, para toda la superficie que abarca. Con buses que terminan su servicio a las 8 pm, que pasan cada 30 o 45 minutos, por los carteles de parada ya que ni siquiera existen bancas para los ancianos que en días lluviosos se empapan resguardando las bolsas de la compra que han hecho en el supermercado. ¿Alguien ha pensado en el tema de sostenibilidad mientras viaja en su coche de cuatro metros de largo y completamente solo?. Seguramente que sí lo han pensado, como habrán pensado que la salud es un Derecho Humano al que todos pueden llegar si se lo proponen, llegar al sueño americano. Pregunten a los millones de indocumentados o a los que mueren en la frontera si es tan fácil llegar a ese sueño. Yo pude, y si yo pude ellos también, me dice alguien. Pero lo cierto es que en el mundo no existe trabajo suficiente para absorber a la enorme masa laboral que lo demanda. Mejor dicho sí existe pero está mal repartido. La alternativa es confusa y ahora no se vislumbra, más aún para los fanáticos y fundamentalistas del mercado. Malos tiempos se avecinan, sobre todo para los más indefensos. Ojalá que pronto encontremos alternativas o complementos para detener esta sangría. De momento me doy prisa, sino me toca esperar 45 minutos al siguiente bus.

9 de octubre de 2008

La Champañería

El turismo de bares y cafés es una de mis actividades preferidas y ya lo dije aquí. La Champañería de Barcelona es uno de esos templetes o baretos que más me ha impactado. ¡y tanto!, que aquella vez, en unos pocos minutos perdí mi teléfono y mi carnet de identidad como por un efecto hipnótico. Estábamos andando por el barrio de Barceloneta con el clan boliviano, qué grupazo, el de los lapos en la cara capitaneados por un ilustre orureño, gracioso carismático, Chelo, que repartía cariñosos golpes en la mejilla de Bruno, a diesra y sinistra, demostrando cierta autoridad, y en una de esas fue justo cuando me metieron de un empujón a una tasca que humeaba cual fábrica de jabón. Entramos y pedimos varios changüiches de butifarra acompañados de botellas (muchas) de champán. Cuando nos hubimos secado la séptima botella, el mesonero nos informó que no vendía alcohol sin comida. Dos butifarras más entonces, gruñí. Se trataba de un habitáculo mediano. En el extremo derecho estaba la barra, al opuesto, unos armarios que alcanzaban el techo y contenían las cajas del oro rosa: el preciado champán; y al fondo de todo, nada menos que una charcutería. Unas doscientas personas atestaban el recinto con capacidad, digamos que para cincuenta. La sensación inicial de claustrofobia se iba diluyendo con las burbujas de la pócima espumosa, ya que a decir verdad, no era tan desagradable el roce de simpáticas extranjeras que trataban de conseguir su ansiada botella. Lo que sí que irritaba era el goteo de las salsas de los bocadillos de lomo que circulaban por los aires, en mano de iracundos y fornidos camareros que cuando acarreaban el alimento, amenazaban, imparables, con cajas enormes de botellas vacías a cuestas, y que cuando no eran percibidos, de todos modos arrasaban con cuanto tobillo, rodila o tendón encontraran a su paso. Pero sortear a ardientes forasteras, a etílicos catalanes, a furibundos obreros, a apestosos cocineros que traspiraban ajo o a restos de casquetes de cristales rotos de copas que rodaban por el suelo, no era la única misión de evasión. También había que enfrentarse con desquiciadas y audaces ancianas que entraban en el espacio sin otro propósito que el de adquirir unos gramos de jamón ibérico en la charcutería del ala posterior. Cuando la última burbuja del cava traspuso mi glotis, escapamos de ese atolladero como forajidos, jurando volver cada vez que visitase nuevamente Barcelona. En la huída, ya en calles del Borne, reparé que perdí mi carnet y mi teléfono. Les aseguro que no me lo robaron, sino que lo deposité en el bolso de alguna anciana, junto con sus gramos de fuet y su queso manchego. Fui hipnotizado, pero valió la pena.