9 de octubre de 2008

La Champañería

El turismo de bares y cafés es una de mis actividades preferidas y ya lo dije aquí. La Champañería de Barcelona es uno de esos templetes o baretos que más me ha impactado. ¡y tanto!, que aquella vez, en unos pocos minutos perdí mi teléfono y mi carnet de identidad como por un efecto hipnótico. Estábamos andando por el barrio de Barceloneta con el clan boliviano, qué grupazo, el de los lapos en la cara capitaneados por un ilustre orureño, gracioso carismático, Chelo, que repartía cariñosos golpes en la mejilla de Bruno, a diesra y sinistra, demostrando cierta autoridad, y en una de esas fue justo cuando me metieron de un empujón a una tasca que humeaba cual fábrica de jabón. Entramos y pedimos varios changüiches de butifarra acompañados de botellas (muchas) de champán. Cuando nos hubimos secado la séptima botella, el mesonero nos informó que no vendía alcohol sin comida. Dos butifarras más entonces, gruñí. Se trataba de un habitáculo mediano. En el extremo derecho estaba la barra, al opuesto, unos armarios que alcanzaban el techo y contenían las cajas del oro rosa: el preciado champán; y al fondo de todo, nada menos que una charcutería. Unas doscientas personas atestaban el recinto con capacidad, digamos que para cincuenta. La sensación inicial de claustrofobia se iba diluyendo con las burbujas de la pócima espumosa, ya que a decir verdad, no era tan desagradable el roce de simpáticas extranjeras que trataban de conseguir su ansiada botella. Lo que sí que irritaba era el goteo de las salsas de los bocadillos de lomo que circulaban por los aires, en mano de iracundos y fornidos camareros que cuando acarreaban el alimento, amenazaban, imparables, con cajas enormes de botellas vacías a cuestas, y que cuando no eran percibidos, de todos modos arrasaban con cuanto tobillo, rodila o tendón encontraran a su paso. Pero sortear a ardientes forasteras, a etílicos catalanes, a furibundos obreros, a apestosos cocineros que traspiraban ajo o a restos de casquetes de cristales rotos de copas que rodaban por el suelo, no era la única misión de evasión. También había que enfrentarse con desquiciadas y audaces ancianas que entraban en el espacio sin otro propósito que el de adquirir unos gramos de jamón ibérico en la charcutería del ala posterior. Cuando la última burbuja del cava traspuso mi glotis, escapamos de ese atolladero como forajidos, jurando volver cada vez que visitase nuevamente Barcelona. En la huída, ya en calles del Borne, reparé que perdí mi carnet y mi teléfono. Les aseguro que no me lo robaron, sino que lo deposité en el bolso de alguna anciana, junto con sus gramos de fuet y su queso manchego. Fui hipnotizado, pero valió la pena.

2 comentarios:

Lilyth dijo...

jajajaja la xampañería es lo máximo, yo llegue por azar durante una época de invierno crudo, entonces los goteos y demás cuestiones no me preocupaban, lo único que importaba era el calorcito humano de tanta gente junta y el cava rosa "semi sec" que es una maravilla para curar los males del invierno y el alma jajajaj

Fadriqve Iglesias Mendizábal dijo...

Patrimonio de la Catalanidad, alucinante no???
en ese viaje tb me llevaron a otro sitios alucinantes como L'ovella Negra, La Teteria o El Abuelo...
buenos tiempos...
besos