18 de diciembre de 2008

Alta Cultura Pop: Cirque du Soleil

Hace algún rato que ando pensando en el concepto de Alta Cultura. Mi intención no es rebatir a teóricos ni filósofos. Mucho menos de la talla de nuestro instruido filósofo boliviano HCF Mansilla que en un reciente diálogo publicado por La Razón y al que accedí a través de Ecdótica, afirmaba que él prefería la cultura más trabajada. Así dijo en una entrevista: ¿Cuán flexible es usted? Creo que poco, sobre todo porque me he criado en una sociedad que apreciaba valores —yo los sigo apreciando— que hoy están en decadencia. ¿Por ejemplo? El valor de la alta cultura en comparación con la cultura popular. En mi época de niño y joven, la alta cultura comprendía las obras importantes de las artes plásticas, la música clásica, la gran literatura, no las manifestaciones populares que hoy se aprecian como parte de un amplio concepto de cultura. Es muy difícil de cambiar esto, pues está profundamente escrito en el carácter de una persona. Entonces, es muy arduo que yo pueda apreciar la cultura popular. ¿Digamos el Gran Poder (fiesta folklórica de danza)…? No me gusta. Ese tipo de expresión simplemente no me parece digno ni de ser fomentado por el Estado ni divulgado por los medios masivos. Para mí es una manifestación de la vida cotidiana, no una creación cultural única, irrepetible, de gran calidad que luego de 500 años o más puede ser apreciada, como las obras de Mozart o los clásicos griegos. Esa cultura popular es deleznable, perecedera, está hecha para el consumo del día. Se parece mucho al consumismo de la sociedad capitalista, pese a que muchos de sus exponentes dicen estar en contra; yo no les creo para nada. Entonces, pienso yo que esa alta cultura debe ser un bien de valor único, en lo estético y conceptual. ¿Y qué pasa entonces con el Circo del Sol o Cirque du Soleil? ¿Son un puñado de payasos y saltimbanquis callejeros, o más bien un grupo de artistas rigurosos, en cuanto a plástica y forma?, ¿sus horas de ensayo, perfección o estudio profundo de este lenguaje pop del siglo XX y XXI son menores? Pues dejo ese debate abierto, sabiendo que hay teóricos y estudiosos cualificados para ello. Un importante intelectual de la historiografía , el británico Peter Burke, nos habla en esta inteligente entrevista de la distinción moderna entre alta cultura y la cultura popular. Para mí, este espectáculo es una muestra de virtuosismo interpretativo, creatividad, destreza física y deportiva, en fin, una maravilla visual y de sonidos. No quiero exagerar y meterme en disquisiciones sobre el presunto antielitismo cultural del peruano Roncagliolo y su supuesta negación de Godard, ni en la defensa del valor intelectual del arte hermético que hace en respuesta Faverón. Ni siquiera analizar el contrasentido del título de mi post. Simplemente quiero unirme a las miles de bocas que salen de una función del Kooza abiertas como cavernas. Fascinados viendo un arte eminentemente callejero, popular, que emerge de las alegorías del mundo, y de esa frontera mixta entre lo urbano y lo épico. Pasmados de ver este superestímulo para nuestros sentidos. Tuve la suerte de ir con un puñado de buenos nuevos amigos y algunos de ellos seguimos con la saliva chorreando. ¿cierto Ron?.

2 de diciembre de 2008

De galerías, fotos y estaciones canadienses

Ottawa no es la ciudad más potente económica ni culturalmente, menos demográficamente, pero es la capital de Canadá. Las élites gobernantes, por educación, interés espontáneo o por fanfarronería suelen consumir cultura. La capital de uno de los países con más bienes culturales del planeta per cápita logicamente debe tener una dotación fuerte de museos, teatros, festivales y bibliotecas importante, y precisamente, entre esa oferta cultural destaca esa suerte de pymes artísticas con fines de lucro que son las Galerías de Arte. Muy cerca del viejo mercado popular Byward Market, existe una ruta elaborada conjuntamente con la Oficina de Turismo, para visitar estas galerías, bares y librerías. Caminando por esta calle y con mi estómago vacío al punto de ver una posible lipotimia por hambre, decidí meterme en el Carisse Studio-Café, un antro de barrio para por lo menos meterme cafeína caliente al cuerpo para resucitar. En esto, la encargada del lugar, una cincuentona simpatiquísima me sirve sus deliciosos brebajes. Acto seguido contesta un teléfono de principios de siglo. Era un familiar fallecido. Me sentí incómodo y apenado. No obstante ella siguió amabilísima con la charla que apenas habíamos comenzado. El café era una galería de fotografía muy simple y rústica, muy acogedor, y a la vez tranquilo. Pero la joya del sitio era la colección del marido de mi reciente amiga. Jean Marck Carrisse, resultó ser el fotógrafo de cabecera de un ex primer ministro canadiense y entre sus objetos de fetiche se hallaban retratos de Bob Dylan, de los Rolling Stones, de Bill Clinton, de la Madre Teresa, del Dalai Lama, de Tom Waitts, del gran autóctono Leonard Cohen, de Arafat y muchos famosos más en sorprendentes y efusivas expresiones. Era como Velázquez con Felipe IV pero del siglo XX, y con un aura especial. Uno de esos curiosos natos, que se meten en espacios ajenos, pero que una vez dentro no son expulsados. Su arte era ese, el del mirón, el del perspicaz, el del que es capaz de narrar el instante vivido con una imagen. La mujer de Carisse decía con orgullo y satisfacción no ser rica pero vivir de lo que le gusta. Y le creo, con ese ambiente tan bonito que había logrado en su espacio, con esa educación y amabilidad en el trato, a buen seguro no le faltarían clientes interesantes que disfrutasen con ellos de las experiencias inmortales de su marido. Me fui del lugar oyendo el disco de Cohen que grabé ese día. Canciones melancólicas que escuché con tristeza en mi viaje de regreso pensando en mis anfitriones en esas tierras del norte (Sergio, Carla y Bernarda), y en las sugestivas charlas con ellos. Pensando que los viajes son efímeros y las estaciones frías como el Canadá pero sin calefacción. Sin túneles. Hoy me quedan las fotos, esas internas, como las de Carisse pero en mi cabeza. Parte de mi historia.