2 de diciembre de 2008

De galerías, fotos y estaciones canadienses

Ottawa no es la ciudad más potente económica ni culturalmente, menos demográficamente, pero es la capital de Canadá. Las élites gobernantes, por educación, interés espontáneo o por fanfarronería suelen consumir cultura. La capital de uno de los países con más bienes culturales del planeta per cápita logicamente debe tener una dotación fuerte de museos, teatros, festivales y bibliotecas importante, y precisamente, entre esa oferta cultural destaca esa suerte de pymes artísticas con fines de lucro que son las Galerías de Arte. Muy cerca del viejo mercado popular Byward Market, existe una ruta elaborada conjuntamente con la Oficina de Turismo, para visitar estas galerías, bares y librerías. Caminando por esta calle y con mi estómago vacío al punto de ver una posible lipotimia por hambre, decidí meterme en el Carisse Studio-Café, un antro de barrio para por lo menos meterme cafeína caliente al cuerpo para resucitar. En esto, la encargada del lugar, una cincuentona simpatiquísima me sirve sus deliciosos brebajes. Acto seguido contesta un teléfono de principios de siglo. Era un familiar fallecido. Me sentí incómodo y apenado. No obstante ella siguió amabilísima con la charla que apenas habíamos comenzado. El café era una galería de fotografía muy simple y rústica, muy acogedor, y a la vez tranquilo. Pero la joya del sitio era la colección del marido de mi reciente amiga. Jean Marck Carrisse, resultó ser el fotógrafo de cabecera de un ex primer ministro canadiense y entre sus objetos de fetiche se hallaban retratos de Bob Dylan, de los Rolling Stones, de Bill Clinton, de la Madre Teresa, del Dalai Lama, de Tom Waitts, del gran autóctono Leonard Cohen, de Arafat y muchos famosos más en sorprendentes y efusivas expresiones. Era como Velázquez con Felipe IV pero del siglo XX, y con un aura especial. Uno de esos curiosos natos, que se meten en espacios ajenos, pero que una vez dentro no son expulsados. Su arte era ese, el del mirón, el del perspicaz, el del que es capaz de narrar el instante vivido con una imagen. La mujer de Carisse decía con orgullo y satisfacción no ser rica pero vivir de lo que le gusta. Y le creo, con ese ambiente tan bonito que había logrado en su espacio, con esa educación y amabilidad en el trato, a buen seguro no le faltarían clientes interesantes que disfrutasen con ellos de las experiencias inmortales de su marido. Me fui del lugar oyendo el disco de Cohen que grabé ese día. Canciones melancólicas que escuché con tristeza en mi viaje de regreso pensando en mis anfitriones en esas tierras del norte (Sergio, Carla y Bernarda), y en las sugestivas charlas con ellos. Pensando que los viajes son efímeros y las estaciones frías como el Canadá pero sin calefacción. Sin túneles. Hoy me quedan las fotos, esas internas, como las de Carisse pero en mi cabeza. Parte de mi historia.

2 comentarios:

Mauricio dijo...

que envidia hermano, .....yo a menudo suenho con una cochabamba con vida cultural. Obviamente no creo que nunca lleguemos a parecernos a ese pais friolento, pero bueno, digo, al menos que la plaza principal sea para algo mas que hacer marchas y manifestaciones y discursos a favor del MAS y en contra del Manfred.....

saludos!

Fadriqve Iglesias Mendizábal dijo...

viejo, tiene su vidilla, no pierdas de vista.
Me imagino que el frio hace que tb la gente este mas en su casa y piense mas...jajaj.
Lo de los discursos en contra del Manfred no es tan malo. jejejeje
Oye, te estoy extranando hermano...
Nos vemos el dia de Reyes magos...