28 de febrero de 2009

El Luchador: “Decadance” y la autodestrucción del deporte

Critica de un film que ganó el León de Oro en Venecia, Globo de Oro y 2 nominaciones a los Óscar. Debía salir en Los Tiempos del domingo pero la muerte de su director cambió los planes. (Actualización: Finalmente publicada en Los Tiempos una semana más tarde) ---------------------- Decadance titula un Lp de los años 80 del grupo australiano INXS. Su vocalista, Michael Hutchence era un tipo que destilaba sensibilidad hasta el día en que se suicidó a fines de los 90, quizás presa del miedo a la decadencia. Aunque esta música e historia no son parte de la película, ese temor de Hutchence no estaría tan alejado de lo que se retrata en The Wrestler. El director norteamericano Darren Arronofsky vuelve con una película, que borda un tema como es el ocaso de una estrella otrora glamorosa. Ya nos había mostrado ideas pesimistas pero didácticas como el viaje a las adicciones en su obra maestra Réquiem por un sueño, y aun antes en su obra Pi (fe en el caos), nos introduce en los interiores de un personaje perspicaz pero falto de inteligencia emocional que está enfrascado en una vida de desequilibrios, jaquecas y paranoias, ahora da un nuevo giro hacia el ambiente de la Lucha Libre (actuada, pactada y eminentemente kitch) y sus submundos con el film que ahora nos ocupa: El Luchador (The Wrestler). El comienzo no podía ser mejor, mostrando lo único que queda como activo fijo en poder del protagonista, Randy “The Ram” Robinson (interpretado por Mickey Rourke, al que le ha ocurrido algo parecido en la vida real), son recortes de periódico y fotos suyas de revistas, mostrándonos la grandeza de la que un día, en sus épocas juveniles y doradas, disfrutó y se labró en los cuadriláteros. Todo esto al ritmo de canciones de Heavy Metal ochenteras, que parecen demostrar que el tiempo se detuvo en 1989 para The Ram y sus colegas pero no para el resto del mundo, destilando un hálito de ranciedad. La historia se narra con la inclusión de Randy en peleas de poca categoría, de barrio, en espacios minoritarios, con otros luchadores similares a él, que buscan prolongar esa imagen que un día les dio dinero y fama, pero que ahora en plena decadencia, les alcanza sólo para sobrevivir malamente; algo impensable para él en los ya lejanos años 80 pero que de pronto le llega dado el inevitable paso del tiempo. Tal supervivencia pasa por seguir castigando el cuerpo propio y el de sus contrincantes. El Luchador, en sus nuevas incursiones, además de la herrumbre que acumula, tendrá problemas a causa del uso desmedido de hormonas y anabolizantes (dopaje), lo que a consecuencia de un paro cardiaco y según recomendaciones médicas, le impediría seguir luchando. En su afán de reinserción laboral y social, el protagonista busca una pareja (una prostituta que aparenta su alter ego), busca recuperar el cariño de una hija a la que él jamás hizo caso, y lograr un trabajo de gente común, el de carnicero, que no puede soportar; todo lo que suele envolver e impulsar de forma artificial el crecimiento veloz de una estrella mediática, dígase deportista o artista, que es disparado de forma meteórica pero no preparado para asimilar un cambio tan rápido. Esta metáfora que puede afectar a todo ser humano, está calcada sobre todo en el deporte profesional del siglo XXI, lo que hace de este film, muy actual y didáctico, casi premonitorio, lo que puede pasar con el devenir de la actividad física de Alto Rendimiento: la progresiva aparición del dopaje como medio único para perdurar la vigencia y competitividad, ya que al fin de cuentas el espectador no paga por ver a una persona común o ver un cuerpo flácido y débil, sino por ver máquinas atléticas incansables, haciéndolo como mirones voyeuristas ávidos de muestras de dolor, de contorsiones, de dificultades y de épica, a lo que asistimos dispuestos a cobrar nuestra cuota de morbo con el deportista. Este es el deporte de este siglo: el deporte autodestructivo. Arronofsky se esfuerza por desagradar al espectador con sus propias miserias y las de nuestra sociedad (quizás también el punto débil de la película, pesimismo sin límites), y trata de desanimarnos en pos de una autocrítica de nuestro entorno vital. Quizás ha llegado el momento de plantearnos cuál es el precio de mezclar tanto el mercado, la fama y el dinero con nuestras horas de entretenimiento y diversión. Al fin y al cabo, la factura no sólo la pagan los luchadores, sino también nosotros, esos aletargados consumidores.

22 de febrero de 2009

A Oruro hemos de ir...

Me han publicado esto en Los Tiempos a propósito del carnaval de Oruro. Ha sido mi primera vez y he salido encantado. Qué energía. Todos deberían ir por lo menos una vez en la vida. Ahora a descansar. --------------- Así reza el estribillo de una canción popular española que originalmente canta a Pamplona en lugar de nuestra capital minera. Con una fiesta popular como la de los toros, con los famosos encierros quedaron fascinados artistas como Orson Welles o Hemingway. Es sobre todo en países con herencia latina, donde abundan las festividades populares en las que se mezcla lo pagano, lo ecléctico y lo religioso. Estas festividades además sirven para transmitir la memoria histórica, los usos y costumbres, percepciones, recuerdos, leyendas, pautas de asentamiento, atribuciones de rango o de prestigio. Se pueden encontrar multitudinarias festividades y muchos tipos de combinaciones, desde el hecho deportivo (el Palio en Siena), a lo rural (Tomatina de Buñol en Valencia) a lo gastronómico (el Oktoberfest de Münich) o a lo religioso-costumbrista (las Posadas navideñas en México). Normalmente las temáticas suelen girar en torno al año nuevo, a la primavera, a las épocas de recolección o al carnaval. Pero existe un tipo de festividades con unas características básicas en común a las que la UNESCO, mediante una Convención redactada en París el 2003, ha decidido salvaguardar y preservar el llamado Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI). Como una evolución de los Derechos Humanos de primera y segunda generación, ahora se desarrolla un tercer instrumento que es el de los Derechos Culturales (tercera generación). Primeramente la UNESCO certificó 21 obras maestras como PCI el año 2001, entre las que está Oruro. Posteriormente en 2003 y 2005 se incluyeron 69 más, entre ellas también la Cosmovisión y Cultura Kallawaya. Con sus 28.000 bailarines, más de 10.000 músicos y largos procesos de transformación, en la celebración orureña se yuxtaponen tradiciones cristianas carnavalescas (devoción de la Virgen del Socavón) y tradiciones autóctonas Urus (festival Ito), a través de las cuales Oruro cumple a cabalidad los requisitos de salvaguarda cultural comprendidos en la Convención. De esta forma el Carnaval de Oruro cuenta con un patrimonio que se transmite de una generación a otra, recreado constantemente por las comunidades en función de su entorno (minería), su interacción con la naturaleza (Los Andes) y su historia (mestizaje de civilizaciones). Infunde en las comunidades un sentimiento de identidad y pertenencia; promueve el respeto a la diversidad y creatividad y facilita la convivencia mutua. Se trata de conservar y desarrollar las tradiciones sin dejar de mantener su vitalidad. Con los instrumentos normativos que emanan de dicha Convención, que será vinculante para los Estados miembro de las Naciones Unidas, se pretende amparar el Patrimonio de las amenazas propias de la globalización, que además de las ventajas que ésta otorga, lamentablemente estimula políticas homogeneizantes y estrategias mercantiles en extremo que podrían minar o distorsionar las obras en cuestión, cuando no su desaparición o destrucción. También la falta de medios de valoración, de entendimiento o de convivencia con el entorno natural, son barreras con las que se deberá luchar, además de movilizar a las instituciones y mecanismos de la sociedad, ya que a veces la intención primaria podría ser la masificación en busca de un mayor beneficio dejando a un lado el mantenimiento de los usos sociales que si no compartidos, sí conocidos por los miembros de la comunidad. En este sentido, Estado y Sociedad deben tener cuidado con tendencias contemporáneas (no necesariamente negativas en todo contexto) como la emigración masiva, la incorporación y el cambio a sociedades modernas, los valores individualizantes, la enseñanza formal o algunos sistemas religiosos que ven estas tradiciones como “idólatras” o “gentiles”. Mejor festejemos el retorno de los orureños que emigraron, aprovechemos del turismo y de la sinergia de medios que esta actividad trae y vayamos bailando al socavón, respetando al diablo, cuidándonos del Chiru Chiru para que no nos robe, y ¡disfrutando (como el Grillo y el Papirri nos cuentan en su morenada-pop) sin llorar!

15 de febrero de 2009

Alta Cultura y la Cultura Popular: ¿incompatibles o complementarias?

Vuelvo al tema de la Alta Cultura y la Cultura Popular. Se puede leer en Los Tiempos de hoy. ------- A medida que las personas han ido perfeccionando y ahondando en sus búsquedas de expresión, comunicación y formas creativas, se ha llegado al perfeccionamiento sistemático. Así, desde el Renacimiento más visiblemente, se ha creado una brecha entre la Alta Cultura y la Cultura Popular; una brecha entre manifestaciones más difíciles e inaccesibles por el bagaje intelectual previo que requieren y las de consumo instantáneo y simple. Con la Revolución Industrial, y el posterior desarrollo de los medios de masas (al principio con la linotipia, luego con la imprenta en serie, más adelante con la radio y la televisión y ahora con el internet), la cultura ha pasado de ser un coto cerrado para intelectuales ilustrados a democratizarse y generalizarse en su uso. Pero ¿es tan mala, exclusiva y discriminadora la función social de la Alta Cultura? En realidad se podría hablar de una importante complementariedad de conceptos que hoy en día no son tan fáciles de discernir. Por ejemplo ¿se puede decir que el Cirque du Soleil no tiene un concepto artístico, riguroso, investigativo, trabajado y que contiene una propuesta escénica pueril?. Lo mismo de un álbum de Pink Floyd o del valor erudito de alguna ópera. No resulta sencillo distinguir de manera maniquea en algunos casos. ¿Es que acaso el jazz o el flamenco no vienen de manifestaciones objetivamente populares? Umberto Eco, un best seller que no ha descuidado el contenido intelectual en su obra, tipifica de forma creativa los bandos aparentemente antagónicos: los Apocalípticos, que vienen a ser aristócratas pesimistas que pregonan una inevitable decadencia de valores, y los Integrados, que se ocuparían de facilitar la absorción de nociones de cultura para llegar a un mayor auditorio. A propósito, nos suelta dos interesantes cuestiones, como si realmente la multiplicación de la oferta cultural per se es positiva, y si la cultura de masas es mala por ser industrial, comercial y accesible. En un ensayo titulado La Civilización del Espectáculo, publicado en un monográfico sobre la Civilización (y superficialidad) de la cultura en la revista Letras Libres de febrero, Mario Vargas Llosa nos habla de la trivialización, banalización, superficialidad y de la reducción a mero entretenimiento del hecho artístico. Este autor anota también que la pérdida de profundidad no se restringe a la producción intelectual y artística, sino que permea hacia otros terrenos como los de las relaciones interpersonales, sexuales, estéticas, religiosas, espirituales, políticas y hasta en el consumo de alcohol y drogas; parcelas en las que la velocidad y la voraz navegación dejan poco espacio para la hondura. Claudio Magris y Alessandro Baricco son más radicales en cuanto a este hecho y hablan de “barbarización”. Este comportamiento quizás sea reflejo de las nuevas formas de comunicación, que nos han desarrollado la capacidad de pasar de un tema a otro con rapidez y de saltar compulsivamente entre enlaces o links, ya no cual navegantes sino más bien como surfistas. El peligro y a la vez la virtud, estriba en que la tendencia (y paradoja también) de la Gestión Cultural actual es la de juntar a los actores sociales sin una paridad “de voz y voto” ya que el actor social que más aporta con capital, y por tanto, que tiene más poder de decisión, es la empresa privada. Y cuando ésta mete mucho la nariz, ensucia el plato. Recordemos que en última instancia, el sector mercantil busca masificar para lucrar, y ahí es donde profundizar resulta contradictorio. En realidad las manifestaciones culturales más completas, rigurosas y serias (metodológicamente hablando), no suelen ser accesibles al interés masivo. En Bolivia, con un nuevo Ministerio de Culturas en funcionamiento, así como se espera el desarrollo y la divulgación de muestras artísticas de etnias discriminadas, también, se espera que de él emanen políticas de inversión, por ejemplo, la creación de un fondo de cultura que pueda proveer becas a creadores para vivir de ello (y que en México ha tenido mucho éxito), o la creación y mejora de Museos y centros de investigación, que por lo menos en Cochabamba, se reduce a un pequeño grupo fundaciones privadas, asociaciones civiles de artistas u organismos dependientes de la Universidad pública. Porque la cultura, ya sea la diversidad, sea lo popular o lo erudito, necesita un impulso, que dé espacio también a la investigación y desarrollo de nuevas propuestas, y no quedarse con el sentido antropológico únicamente, al fin de cuentas la Cultura, es el conjunto final, completo y desarrollado de la suma de las culturas y sus expresiones. Foto: Error99

7 de febrero de 2009

Sofita aprendiendo de (in)Seguridad Policial en el Fútbol

Salíamos del estadio algo así como 32 mil almas decepcionadas por la calidad de lo exhibido. Ya con mi sobrina y su padre comenzamos a aplacar los bostezos con las tarjetas rojas que mostró el árbitro durante el juego y con los impactos de naranja, que ingeniosos hinchas de mi equipo (Wilstermann) propinaban a jugadores y al colegiado. Al fin de cuentas es parte del fútbol. Al estadio vamos a liberar energías (generalmente negativas) y a gritarle hijoeputa a cualquier bicho que se mueve. Es una excelente licuadora de pasiones que vomita el Hombre Nuevo que quería Mao. Así, al salir, luego de enseñarle a Sofita a escupir bien lejos, nos topamos con la valerosa fanaticada de mi equipo, que al igual que aquel histórico 11-E, calentó a palos a la barra rival. Qué orgulloso me sentí al mostrar a Sofita nuestra fortaleza y cohesión grupal como barra. Quise que la niña aprendiese a aporrear con gallardía para que sepa defenderse en la vida, pero comprendí que esa era tarea era propia de su padre o de su madre y que sería una intromisión invertir los roles. En eso, cuando algunos bolivaristas se sintieron inseguros ante la estratégica emboscada en la que se vieron atrapados, aparecieron las Fuerzas del Orden y de Seguridad de la Policía. La zozobra me brotó por el cuerpo, pero al ver a los verdes con ese chaleco y las letras de seguridad en fosforescente, respiré. Afortunadamente el respiro fue figurado, y no muy hondo, ya que nuestros aliados uniformados, calmaron al iracundo grupo con gases lacrimógenos, y a quemarropa. Corrimos de la mano con Sofita, pisando a los más lerdos y a ancianos que escapaban de la densa nube de gas que oscureció el ambiente, satisfechos, no sólo por la aventura, sino porque si bien yo lloré por no ganar, al final el bando rival lloró, y con amargura, por efecto de los gases pacifistas. En realidad nadie se dio cuenta que llorábamos por el equipo, sino que pareció que fue culpa del gas. Le expliqué a Sofita que eso era parte del fútbol y que a mí no me importaban mucho los niños, las señoras, los discapacitados, los ancianos y todos los inocentes que se fueron casi vomitando a causa de la emanación. Luego de la huída, llegamos a casa y Sofita me agradeció por la ilustrada y pedagógica tarde en la que aprendió conceptos variados como el orden, el respeto por las jerarquías, la diversión en grupo y la planificación estratégica de nuestras autoridades.