30 de julio de 2009

Espacios Culturales Vivos

La gestión cultural actual: Espacios culturales vivos Por Fadrique Iglesias Mendizábal Bolivia ahora mismo pasa por una transición política y económica. Los políticos de turno nos han querido vender que es una revolución cultural pero no se ven todavía cambios sustanciales. Para lograr una verdadera revolución deben implicarse todos los actores sociales (sindicatos, ciudadanía, Estado y también empresariado). Aún no existen leyes para el Mecenazgo ni para las Fundaciones. Veremos cuánto tardan en aparecer. Sin una estructura legal favorable, los barcos de la gestión cultural navegan como pueden, donde el viento los lleva. Además de las instituciones públicas, que suelen ser lentas y poco orgánicas, están las dependientes de capitales internacionales que aportan lo suyo a la cultura como los institutos de idiomas o la Fundación Patiño, con unos objetivos específicos. También están las instituciones educativas universitarias, pero son muy pocos los espacios culturales autogestionados, que surgen de iniciativas privadas de asociacionismo o fundacionales con patrocinios locales. En un artículo publicado en La Prensa, Fernando Cajías habla de históricos de la gestión cultural como Gunnar Mendoza, Carlos Ponce, La familia Mesa-Gisbert o la Familia Cajías, pero se necesitan relevos. Como cambia todo, la gestión cultural también lo hace. Las tecnologías en red, los medios de comunicación y el combate a la uniformidad que trae implícitamente la globalización hacen que las personas exijan nuevas formas de satisfacer sus necesidades expresivas y artísticas. En Bolivia tenemos interesantes ejemplos, como el de los festivales internacionales de Música Barroca y Teatro en Santa Cruz a cargo de APAC y Marcelo Araúz; en La Paz se mueven en una línea interesante también Maritza Wilde y Percy Jiménez por el lado del teatro; En Cochabamba vemos la iniciativa de la Feria del Libro de Marcelo Paz. Pero el ejemplo que más representa los modelos nuevos de gestión, esa de promoción de una cultura viva que a su vez vuelva a generar ideas que se repliquen exponencialmente, es el Proyecto Martadero. No se trata de un espacio de protección del Patrimonio Industrial de Cochabamba simplemente (que lo es) sino también de protección y estímulo a la creación. Se trata de un nodo de formación integral. Asimismo se trata de un espacio de diálogo y de intercambio por el que han pasado artistas consagrados (Teatro de Los Andes, Arístides Vargas, Mondacca, Rocha Monrroy, Gastón Ugalde o Mamani Mamani), artistas jóvenes actualmente en boga (R. Hasbún, A. Dorado, R. Rada, Kiknteatro, Claudia Eid, Oil, Cartel Afónico o M. Boulocq) y los que vendrán en las futuras generaciones. La autogestión del espacio no es insignificante ya que no se puede decir que el Martadero responda a una ideología, a un medio de propaganda política, a la dinámica del mercado o al capricho de un fundador. Se trata de un lugar abierto a las personas y a las ideas pero cerrado a aquellos que lo quieren como instrumento de especulación. Los espacios de difusión cultural, sobre todo los más patrimoniales y los museísticos ya no pueden ser entendidos como salones de exposición únicamente para eruditos. Las piezas de muestra ya no pueden estar separadas por rejas, más bien, su comprensión, su asimilación y disfrute debería volverse lo más accesible posible. Los museos modernos destinan un fuerte presupuesto a la educación, a las actividades que generen espacios de creación y de estudio. Algunos en Cochabamba ya han comenzado a comprenderlo. El Arqueológico de la Universidad es uno de ellos. Esperemos que esta experiencia se vaya replicando y que nuestros hijos conciban los museos como parte de su vida social, como puntos de encuentro y discusión, no como oscuros y aburridos galpones que dan miedo.

13 de julio de 2009

Rodrigo Hasbún: Literatura y Alto Rendimiento

Cuando nos enteramos que un futbolista boliviano ficha por un club ruso saltan las alarmas y la emoción sin límites de la prensa deportiva. Igualmente pasa cuando un atleta se va a España. Nos llenamos la boca al tener un boliviano en un centro de alto rendimiento, aunque éste no le aporte más que estar a la cola del tren o simplemente le enseñe a utilizar drogas estimulantes. Pero qué pasa cuando aparece la noticia de un escritor nacional con proyecciones gana una beca doctoral en la prestigiosa universidad de Cornell. Repercusión mediática muy limitada. Podemos constatarlo, uno de los nuestros que se prepara para emigrar hacia la vida académica norteamericana, el joven escritor nacional en boga: Rodrigo Hasbún. Aunque estos centros que concentran capital intelectual no garantizan por sí solos el éxito, y por más que algunos demuestren que la migración no es condición suficiente ni necesaria (ahí tenemos casos como los del gran Sáenz y sus talleres Krupp, en un oscuro salón del centro paceño), esta infraestructura es un excelente abono para lograr avances importantes en la investigación y divulgación científica. Incluso en la creación artística ya que permite que el escritor, en este caso, se dedique tiempo completo a la literatura, facilitando el acceso a bibliotecas interminables, y que cada cierto tiempo el autor tome años sabáticos en los que las publicaciones son la prioridad. Los casos contemporáneos nacionales más recientes con frutos comprobados son los de Edmundo Paz Soldán y Eduardo Mitre, ambos doctores en las universidades de Cornell y Pittsburg respectivamente, siendo quizás dos de los personajes literarios más importantes en Bolivia. Hay que recordar la cantidad de intelectuales por metro cuadrado que pululan por las aulas de estas instituciones, haciendo que de por sí vivir en estos espacios llegue a ser estimulante, convirtiéndose este hecho en una poderosa influencia social en el resto de cuerpo académico, amén del dinero, facilidades y tiempo para escribir. Por los pasillos de Cornell han pasado cuarenta premios Nóbel, varios de literatura como Pearl S. Back, Toni Morrison, Wole Soyinka o el gran Octavio Paz. También en sus orlas están retratadas figuras como Vladimir Navokov, Jaques Derrida o Christopher Reeve. Precisamente en Edmundo se fijaron como un abanderado de la generación joven de escritores latinoamericanos y relevo del Boom de los 70. Los llamaron la generación del Crack o McOndo. Si así fue en los 90, ahora contamos quizás con la generación de Bogotá 39. Aunque con poéticas muy diversas y con la dificultad de construir una nueva literatura latinoamericana como género, podemos identificar a Rodrigo como uno de los protagonistas literarios de América Latina para la siguiente década. Él fue el único representante nacional en aquella reunión patrocinada por el Hay Festival, festival literario más importante de la actualidad, algo así como la olimpiada de los escritores, con permiso de Frankfurt o Guadalajara (con formatos de feria más que de festival). Probablemente Hasbún es de las personas que menos buscan estar en boga. A él no le interesa estar en el ojo del huracán pero este último tiempo le han llegado reconocimientos y estrenos de sus obras. Este mes ha presentado su novela El lugar del cuerpo con Alfaguara y la participación con Aguilar en una antología de cuentos nacionales editada por Maximiliano Barrientos. Además ha participado en la revista Zoetrope de Francis Ford Coppola. Está terminándose el rodaje de un mediometraje (Rojo) y otro largometraje (Los viejos) ambos dirigidos por Martín Bouloqc en los que es coguionista y que se espera su estreno en cines próximamente. Hace poco ha ganado el premio Unión Latina a la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana. Ya cuenta con el Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra y fue finalista del Concurso Nacional de Cuento Franz Tamayo en dos ocasiones. Le han estado lloviendo piropos también de escritores como el chileno Zambra o el peruano Iván Thaís. Cuando se le pregunta, si de haber existido la carrera de literatura en Cochabamba la hubiese tomado como opción en lugar de estudiar comunicación social, dice que no. Que a él no le gusta leer por obligación. Ahora, años después la situación es distinta y cree que las investigaciones y tesis doctoral se pueden moldear a su gusto e ir por donde quiera. En esta tónica deportiva no nos queda más que festejar la marcha de nuestro escritor a su “centro de alto rendimiento”, desde donde aportará a una labor científica e investigativa tan descuidada pero que tanto necesitamos en Bolivia.

1 de julio de 2009

Soderbergh a la boliviana

La “Guerrilla” del aclamado director Soderberg, tan comercial (Ocean´s 11,12y 13) como incisivo (Sexo, mentiras y cintas de video; Erin Brockovich) hace una aproximación al hombre mito del Che Guevara. Resulta aventurada, no por el guión, sino por tratar un tema muy ideologizado, manoseado y representado. Sin ir muy lejos en el tiempo, solamente cinco años después de que el brasileño Walter Salles (Estación Central) se aproximara a la vida de este personaje de forma tangencial en cuanto a lo político con los Diarios de Motocicleta, Soderbergh con su propuesta muestra no una visión periférica de la vida del argentino sino la praxis de su lucha armada. Lo que le sobra a los Diarios de Motocicleta le falta a Guerrilla en demasía: ritmo. El film se hace excesivamente lento, con dos partes de más de cuatro oras en conjunto y que se han exhibido diferidas la una de la otra, contrastan con la vivacidad que le imprimiera Salles en un guión agilísimo en el que, dentro de lo que se puede, logró puntos cómicos. La música de Alberto Iglesias (mano derecha de Almodóvar) aporta puntos interesantísimos además. La versión de Soderbergh se limita a describir desde el campo de batalla (en la segunda mitad) mostrando a un Guevara más frío y avocado al fracaso. Como comenta el crítico Pedro Susz, se modela un contraste quizás ya conocido de lo antiépico de ésta con lo épico de la primera (El Argentino). El gran éxito de la película es el de la interpretación de Benicio del Toro (Traffic). Todo el peso del film se apoya en la capacidad representativa del actor puertorriqueño salvando un posible descalabro, tanto que deja una obra aceptable y descriptiva. El elenco es de relumbrón y aunque a costa de distraer, el espectador podrá dedicarse a jugar al “caza-actores” descubriendo caras conocidas sobre todo hispanas. Franka Potente (Corre Lola Corre), Diamond Phillips (La Bamba), Catalina Sandino (María llena eres de gracia), Óscar Jaenada (Noviembre), Gastón Paulus (Nueve Reinas) o Eduard Fernández (El Método) son algunos de los flashes actorales. La lista de conocidos aumenta para los bolivianos ya que nos encontramos con un puñado de los mejores actores de teatro nacionales, algunos con una brillante actuación y otros casi pareciendo cameos por su brevedad. Confirmamos la pericia de Cristian Mercado o Daniel Aguirre, ambos fruto de la “escuela” de César Bríe y su Teatro de los Andes. Brillante también la corta intervención del solvente Luis Bredow. Más actores de teatro contemporáneo con Larrazábal o Peredo, curiosamente sobrino del mítico guerrillero en la vida real. Esta película logra mayor atención en nuestro país, amén de la maquinaria propagandística, por la coparticipación (además de los actores, en producción Bellot hace el casting), por tratarse de un fragmento de la historia nacional y mundial además de la Palma de Oro como actor que se llevó Del Toro en Cannes que por lo novedoso de lo contado. En Guerrilla vemos el acercamiento de una mirada foránea como la de Soderbergh a la experiencia del Che en Bolivia dejando muchas posibilidades en el aire, tal como lo hizo el propio Ernesto Guevara cuando vino hace cuarenta años, poseyendo un cuadro de información incompleto, pero rico en cuanto a ganas, motivación y convicción.