21 de marzo de 2010

Festivales y Campeonatos: arte y cultura de masas

Publicado en el diario Los Tiempos de hoy La cultura de masas nos ha traído distintas manifestaciones, destacando los espectáculos deportivos y los de artes escénicas en vivo, especialmente los macroconciertos de música pop, rock y derivados. Su creación y desarrollo sobre todo han originado a una fusión entre aquellos y una búsqueda de nuevos mercados.

 Este año toca la celebración del Campeonato del Mundo de Fútbol en Sudáfrica, siendo la primera vez que ocurre en el continente africano. La FIFA y el comité organizador están mostrando sus “cabezas de cartel”, con la premisa aprendida desde Francia ´98, de introducir artistas famosos y provenientes también de países en vías de desarrollo.

Aquella vez, en la inauguración cantó Ricky Martin su “Copa de la Vida”. Ya en la Copa de Alemania en 2006, Shakira se presentó junto con el haitiano Wyclef Jean. Este año en Sudáfrica repite actuación, pero esta vez al lado de su compatriota Juanes. También se espera la aparición, entre otros, del dúo maliense Amadou y Miriam, además de los estadounidenses Alicia Keys, John Legend y Black Eyed Peas. La profesionalización del deporte ha logrado cambios vertiginosos. Los grandes campeonatos en los últimos años son una galería de exposición al mundo del país organizador.

Ya vimos en los Mundiales de Fútbol del hace 20 años en Italia cantar al tenor Luciano Pavarotti. Pero las celebraciones que buscan mayor ecumenismo, propuestas escénicas más ilustradas, compactas y diversas son los Juegos Olímpicos. Los de Barcelona ´92 supusieron en ese aspecto un verdadero salto cualitativo. Cantaron aquella vez los eximios tenores Domingo, Carreras y Kraus. Se esperaba también a Freddie Mercury, líder del grupo de rock-lírico Queen, pero no pudo presentar su canción “Barcelona”, a dúo con la soprano catalana Montserrat Caballè, puesto que murió meses antes. En esa olimpiada, se presentó el grupo de teatro La Fura dels Baus, compañía que combina con versatilidad teatro de calle (en espacios alternativos o en su propio barco), la lírica (en la Scala de Milán o en el Teatro Real de Madrid) o el teatro más experimental.

También participaron en la inauguración de los Juegos Deportivos del Mediterráneo de Almería 2005 o en el Mundial de Ciclismo 2007. Posteriores Olimpiadas no quisieron quedarse atrás y se vieron también superproducciones: en Atlanta 96 Gloria Estefan y Celine Dion, en Sydney 2000 estuvo Olivia Newton-John y Kyle Minogue y en Atenas 2004 Björk. Para Beijing 2008 estuvo como animador el actor Jackie Chan, en sendas ceremonias dirigidas por el cineasta Zhang Yimou, ganador de los Festivales de Cine de Berlín y Venecia. Allí cantaron, nuevamente Plácido Domingo y Sara Brightman, o el ex Led Zepelin, Jimmy Page, anunciando los Juegos de Londres 2012. También en los Juegos Panamericanos de Santo Domingo 2003 cantó Juan Luís Guerra y en los de Río de Janeiro 2007, Jorge Drexler. Veremos qué nos espera para los Mundiales de Fútbol de 2014 y los JJOO de 2016 que ha tocado organizar a Brasil. 

Hablando de festivales y aperturas, mencionemos que si los platos fuertes en estos espectáculos se colocan a principio y fin, la organización del Festival Internacional de Teatro de La Paz FITAZ 2010 ha decidido sacar finos manjares nacionales esta semana con la puesta en escena del mejor grupo de Bolivia: el Teatro de los Andes, con su Odisea. Además se esperan gigantes mundiales como Peter Brook o el Piccolo Teatro.

17 de marzo de 2010

Las Casas Castellanas, redes y nuevas voces: Cultura e influencia

Publicado en la Revista de la Casa de Zamora de Madrid del primer trimestre de 2010 a propósito de las potencialidades de las Casas Regionales fuera de Castilla y León. Uno de los grandes aciertos de Estados Unidos durante y después de las Guerras Mundiales fue la de ejercer como asilo y lugar de estadía de cerebros y mano de obra que huía de los desastres sociales que los conflictos políticos causaron. De esta forma, no nos resulta sorpresivo que muchos de los brillantes investigadores, catedráticos universitarios, artistas, literatos, premios Nóbel y hasta deportistas sean europeos o judíos que escaparon del Viejo Continente sin más posesiones que su sabiduría, algunas vituallas y el título profesional que un canuto bajo el brazo contenía. Como la migración es una historia de flujos y corrientes generalmente asociados a la riqueza y a las garantías de libertad, a comienzos del siglo XXI, en lo referente a América del Sur, los movimientos han cambiado de sentido. Si hubo caudales de vascos, extremeños, andaluces, catalanes y castellanos, pensando en hacer las Américas, defendiendo ideologías políticas o escapando de luchas fratricidas, ahora asoma el momento del retorno de aquellos que en su día partieron, en la medida en que las posibilidades legales lo permiten. Así, mucha gente (más o menos cualificada), que siente que su capacidad laboral o intelectual no está suficientemente valorada (en términos sociales o económicos), que tienen una raíz de consanguinidad más o menos cercana y un origen cultural también próximo, se plantea regresar a un territorio del que sus padres, abuelos o bisabuelos salieron buscando algo similar. España, aquí y ahora, posee un filón interesante para recuperar ideas, proyectos e ilusiones renovadoras y fusionarlas con el sistema y realidad actual. No obstante, no faltará quien observe este hecho con temor. Y estas aprensiones no son más que falta de información y de socialización del fenómeno. La conjunción de experiencias y el intercambio de formas de interpretar la vida y leer la realidad resulta siempre enriquecedor, y qué mejor forma que hacerlo con los parientes de los parientes que algún día marcharon y que ahora vuelven. Lógicamente que si esta re-integración se hace torpemente, y dado el momento de crisis económica que atravesamos, podría traer dificultades en su resultado práctico. Pero el hecho no es para ser percibido como una amenaza sino como una enorme oportunidad con la que no muchas democracias modernas han contado en las últimas décadas. La oportunidad de recuperar españoles que marcharon y que ahora pretenden seguir construyendo este espacio y territorio nacional que del que forman parte es una veta que España en su unidad y diversidad debe aprovechar. Para esto, y de forma acertada, las instituciones regionales, encabezadas por la Junta de Castilla y León y su brazo operacional, la Fundación Cooperación y Ciudadanía de Castilla y León, junto con la Fundación Universidades de la Comunidad Autónoma, han creado, como parte de un ambicioso programa, una dotación de becas de retorno para descendientes de migrantes castellanos radicados en América. Muchos de los chicos del grupo, del cual yo formo parte, tienen iniciativas encomiables, rebozan cargas emocionales y alimentan expectativas de lograr actividades de diverso calado. No sé si se llegarán a plasmar todos los proyectos, pero lo que sí está claro es que se ha plantado una semilla. Quizás de este primer grupo salga una o dos propuestas interesantes, pero a lo largo del tiempo se pueden extraer interesantes valores personales y grupales. En el Encuentro Internacional de Comunidades Castellanas en el Exterior, realizado a principios de diciembre en Zamora, se trataron varios temas, pero el que más me llamó la atención fue el referido al del progresivo desinterés (presupuesto) de la juventud por los valores y tradiciones locales, en este caso aludiendo a las segundas o terceras generaciones de castellanos fuera de Castilla, tanto en otras Comunidades Autónomas españolas como fuera de España. Aunque algunos sectores fueron más melancólicos y nostálgicos, el tinte optimista en cuanto a las propuestas de casas Castellanas en otras CCAA, lo puso la Casa de Zamora en Madrid, que edita este rotativo, con una visión y misión muy clara y moderna, enfocada a la integración comercial y a los emprendimientos locales en conexión con la actividad de la capital. También se vieron interesantes propuestas de casas castellanas en América Latina. Conversando con la gente de esta Casa de Zamora, tuve varias coincidencias. Una de ellas era la conclusión de que, el hecho de tratar de preservar el espíritu castellano como se ha venido haciendo tradicionalmente es un potencial error. El sentido común parece empujarnos a replantearnos la visión, puesto que el mundo entero ha cambiado de paradigma, de modus operandi y de lenguajes. En todo el planeta se han acelerado los procesos de vínculo y de cooperación, gracias a las nuevas tecnologías de información y comunicación. Ahora el sistema global no se puede concebir sin sólidos sistemas de redes, que interconecten a sus actores civiles y sociales. Y en este punto, particularmente el tema referido a valores, costumbres y cultura castellana, adquiere una importancia capital ya que poseemos, como castellanos, una cultura centenaria (cuando no milenaria) de formas de pensamiento y de acervo patrimonial envidiable. En tiempos de “glocalización” (ese fenómeno que indica una mundialización sin dejar de lado las cepas locales), todos buscamos raíces identitarias que nos sirvan de referente, no para sentirnos a gusto en un gueto cerrado y protegernos entre nosotros, sino para comprender al otro entendiendo nuestros orígenes. De esta forma podremos también ofrecer, en el sentido más desinteresado y noble del término, la Cultura (y sus propuestas artísticas e intelectuales) que ha alimentado raíces comunes a las nuestras para potenciales admiradores o adeptos que por razones casuales han nacido en otros territorios. ¿Por qué limitar el disfrute de creaciones artísticas maravillosas (por poner un ejemplo) sólo a los que viven en Castilla y León?. ¿No será más provechoso para todos compartir las creaciones de castellanos originarios o de adopción brillantes, de personajes tan heterogéneos, populares o eruditos como Leopoldo Alas “Clarín”, Antonio Gamoneda, Miguel Delibes, Gustavo Martín-Garzó, Andrés Trapiello, los Celtas Cortos, el Teatro Corsario, Marta Domínguez, Vicente del Bosque, Elena Anaya o Juan Manuel de Prada?. O a los mismos Manrrique, Zorrilla, Unamuno, o Guillén vistos con ojos contemporáneos. Aquí está este importante potencial de exportación y de influencia internacional que es Castilla y León. Unos fondos casi vírgenes si se comparan con sus posibilidades. Y esta es la responsabilidad de las Casas Castellanas, como la de Zamora en Madrid, porque al fin y al cabo podremos influir positivamente en el resto y compartir nuestra riqueza si estamos dispuestos a abrir ese cofre que tenemos guardado. *La Ley de Cooperación de Castilla y León faculta a las Casas Regionales para ejercer como instituciones de cooperación al desarrollo.

14 de marzo de 2010

El encierro carcelario, las celdas y el cine

Los dramas carcelarios en la gran pantalla han sido, son y serán, marcos narrativos recurrentes. Quizás el motivo de tan importante acogida por parte de público y directores, se deba a que las cárceles son una representación simbólica del sistema de poder en muchos países, de aislamiento social, de bolsas de marginación y de la injusticia “real” dentro de la justicia “aparente”. América Latina en muchos casos es un espacio perfecto para el reflejo de estas situaciones. Suelen ser lugares donde manda el más astuto, como en el patio del colegio, donde sobrevive el más gracioso, como en las reuniones de amigos, y donde “reparte” el que tenga más conexiones con el poder estructural formal, sin importar el sentido ético. Aquí manda el más duro. Existen códigos no escritos, jerarquías informales, leyes “subterráneas” que todos respetan y cuando no, el infractor es susceptible de recibir duro castigo. En esta última década, simplemente en Iberoamérica, podemos citar una larga lista de filmes recreados en estos espacios, con lenguajes y público objetivo muy diferentes. Estará en la memoria de quienes la vieron, Carandirú. Desgarradora propuesta brasileña, por sus descarnadas imágenes y por su sentido casi documental, ya que cuenta la historia de una cárcel (hoy afortunadamente desaparecida) en la que se vieron fechorías tanto o más grandes como las que Babenco, su director, nos narra. Pero en los dramas penitenciarios Iberoamericanos hay espacio para melodramas nostálgicos, como las argentinas “Presos del olvido”, que cuenta la difícil reinserción del recluso una vez afuera, y “La fuga”, menos trascendente y con destellos de picaresca, ambas estrenadas a principios de esta década. Más sólida es la propuesta de “Estómago”, que linda con la comedia. Esta producción brasileña, se centra en la supervivencia personal del inculpado, basada en la creatividad y ventaja competitiva de éste. La película en cuestión ganó hace dos años el Festival Internacional de Valladolid. Podemos toparnos con dramas realistas, muy urbanos, como “El bonaerense”, menos carcelario y más callejero o incluso obras más políticas, como “Crónica de una fuga”, relacionada con las dictaduras argentinas, tema que ha sido pasto de varios kilómetros de cintas fílmicas. Pero la más destacable de los últimos tiempos puede ser la producción española “Celda 211”. Este año, la academia de aquel país así lo ha entendido y la ha coronado con ocho premios Goya. Protagonizada por Luís Tosar (intérprete de la recientemente rodada en Cochabamba “También la lluvia”), que se hizo también con el premio Goya a mejor actor, “Celda 211” muestra un enfoque social actual con dificultades distintas a las sudamericanas, en el caso ibérico relatado en el rechazo social a la banda terrorista ETA. Un thriller trepidante muy bien acogido por la crítica y el público. Este año, fuera del ámbito Iberoamericano, también ha resaltado la francesa “Un prophète” en el ámbito europeo con nueve premios César de la academia gala, un globo de oro y la nominación al Óscar. Quizás por ello y por los tours de la cocaína, la cárcel de San Pedro en La Paz era un sitio de paso turístico. La conversión de esas jaulas corruptas en sitios de reinserción se antoja todavía difícil en nuestra cultura latina. Menos mal que el cine, aunque duela, nos lo recuerda.

12 de marzo de 2010

Delibes, Castilla y el castellano

A propósito de la muerte del gran escritor vallisoletano. Publicado en Ecdótica y parcialmente el Los Tiempos. Sería el año 1996, en Cochabamba, y tenía en el colegio una nueva profesora de literatura. Nos mandó leer una novela, con la novedad metodológica de que sería ¡escogida por nosotros, los alumnos!. Era una mujer algo entrada en años y poco osada. La novela que escogí fue “El príncipe destronado” de Miguel Delibes. Días después, al devolver los trabajos, citó a cada alumno para revisar la tarea personalmente. Al llegar a mí, me llamó Miguel, pensando que el nombre que puse en el encabezado del trabajo era mío. Aquella pauta me revelaría el grave asunto de que Delibes no era un autor de alfombra roja en Bolivia. Fue imperdonable aquel bochornoso episodio de ignorancia por parte de mi profesora, ya que por aquellos años Delibes ya había ganado el premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Nacional de las Letras españolas y era miembro de la Real Academia Española de la Lengua, entre otras distinciones. No obstante, la ausencia de fama comercial del escritor no contrastaba tanto con la esencia misma de él: tranquila y queda. No era un autor de búsqueda de polémicas y primeras planas. Su actitud era como la prosa que trazaba: sesuda, compacta y sólida, a la vez que sencilla y directa. Muy acorde con lo que hoy los expertos de la estética llaman minimalismo. De todos modos, sería un minimalismo con mucho contenido, centrado en la belleza y potencia del paisaje como recurso patrimonial. Además, Delibes solía transitar por temas como la muerte, la niñez y el mundo rural tradicional de forma muy natural, sin posturas prefabricadas, ensalzando lo “normal” y castizo. Años después llegué para vivir en Valladolid y entendí lo que es tener un auténtico mito viviente de la literatura como ícono local, regional y nacional. Alguna calle, el nombre del campus de la Universidad, una cátedra universitaria internacional y el rótulo del Auditorio más importante del norte de España, llevan su nombre. Pero lo más reseñable me pareció el respeto y admiración, no sólo de sus devotos literarios y gente del mundo cultural, sino del ciudadano común, que otorga y delega a Delibes la representación estética y escrita del imaginario castellano. Además del contenido de su obra, con ejercicios de escritura solventes, un detalle no menor a destacar y muchas veces imperceptible es la originalidad de los títulos de sus obras: “La sombra del ciprés es alargada”, “El disputado voto del señor Cayo”, “Mis amigas las truchas”, “Mi idolatrado hijo Sisí”, “Siestas con viento sur”, “Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso”, “Madera de héroe” o “Señora de rojo sobre fondo gris” por citar algunas. El escritor, en una entrevista en el diario El País, dejó esta idea: “El estado de felicidad no existe en el hombre. Existen atisbos, instantes, aproximaciones, pero la felicidad termina en el momento en que empieza a manifestarse. Nunca llega a ser una situación continuada. Cuando no tienes nada, necesitas; cuando tienes algo, temes. Siempre es así. Total, que nunca se consigue”. Esa idea de la felicidad, paso a paso, es como sus textos, esbozos, pinceladas, sugerencias sutiles de las pequeñas cosas que nos hacen más grandes, que nos sacan un respiro hondo. Esa demostración del lenguaje, en este caso la lengua castellana, como trampolín de viaje. Nos demuestra que fondo y forma son importantes, y que la imaginación tiene infinitas posibilidades, complejas o sencillas, profundamente estremecedoras.