12 de marzo de 2010

Delibes, Castilla y el castellano

A propósito de la muerte del gran escritor vallisoletano. Publicado en Ecdótica y parcialmente el Los Tiempos. Sería el año 1996, en Cochabamba, y tenía en el colegio una nueva profesora de literatura. Nos mandó leer una novela, con la novedad metodológica de que sería ¡escogida por nosotros, los alumnos!. Era una mujer algo entrada en años y poco osada. La novela que escogí fue “El príncipe destronado” de Miguel Delibes. Días después, al devolver los trabajos, citó a cada alumno para revisar la tarea personalmente. Al llegar a mí, me llamó Miguel, pensando que el nombre que puse en el encabezado del trabajo era mío. Aquella pauta me revelaría el grave asunto de que Delibes no era un autor de alfombra roja en Bolivia. Fue imperdonable aquel bochornoso episodio de ignorancia por parte de mi profesora, ya que por aquellos años Delibes ya había ganado el premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Nacional de las Letras españolas y era miembro de la Real Academia Española de la Lengua, entre otras distinciones. No obstante, la ausencia de fama comercial del escritor no contrastaba tanto con la esencia misma de él: tranquila y queda. No era un autor de búsqueda de polémicas y primeras planas. Su actitud era como la prosa que trazaba: sesuda, compacta y sólida, a la vez que sencilla y directa. Muy acorde con lo que hoy los expertos de la estética llaman minimalismo. De todos modos, sería un minimalismo con mucho contenido, centrado en la belleza y potencia del paisaje como recurso patrimonial. Además, Delibes solía transitar por temas como la muerte, la niñez y el mundo rural tradicional de forma muy natural, sin posturas prefabricadas, ensalzando lo “normal” y castizo. Años después llegué para vivir en Valladolid y entendí lo que es tener un auténtico mito viviente de la literatura como ícono local, regional y nacional. Alguna calle, el nombre del campus de la Universidad, una cátedra universitaria internacional y el rótulo del Auditorio más importante del norte de España, llevan su nombre. Pero lo más reseñable me pareció el respeto y admiración, no sólo de sus devotos literarios y gente del mundo cultural, sino del ciudadano común, que otorga y delega a Delibes la representación estética y escrita del imaginario castellano. Además del contenido de su obra, con ejercicios de escritura solventes, un detalle no menor a destacar y muchas veces imperceptible es la originalidad de los títulos de sus obras: “La sombra del ciprés es alargada”, “El disputado voto del señor Cayo”, “Mis amigas las truchas”, “Mi idolatrado hijo Sisí”, “Siestas con viento sur”, “Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso”, “Madera de héroe” o “Señora de rojo sobre fondo gris” por citar algunas. El escritor, en una entrevista en el diario El País, dejó esta idea: “El estado de felicidad no existe en el hombre. Existen atisbos, instantes, aproximaciones, pero la felicidad termina en el momento en que empieza a manifestarse. Nunca llega a ser una situación continuada. Cuando no tienes nada, necesitas; cuando tienes algo, temes. Siempre es así. Total, que nunca se consigue”. Esa idea de la felicidad, paso a paso, es como sus textos, esbozos, pinceladas, sugerencias sutiles de las pequeñas cosas que nos hacen más grandes, que nos sacan un respiro hondo. Esa demostración del lenguaje, en este caso la lengua castellana, como trampolín de viaje. Nos demuestra que fondo y forma son importantes, y que la imaginación tiene infinitas posibilidades, complejas o sencillas, profundamente estremecedoras.

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