14 de marzo de 2010

El encierro carcelario, las celdas y el cine

Los dramas carcelarios en la gran pantalla han sido, son y serán, marcos narrativos recurrentes. Quizás el motivo de tan importante acogida por parte de público y directores, se deba a que las cárceles son una representación simbólica del sistema de poder en muchos países, de aislamiento social, de bolsas de marginación y de la injusticia “real” dentro de la justicia “aparente”. América Latina en muchos casos es un espacio perfecto para el reflejo de estas situaciones. Suelen ser lugares donde manda el más astuto, como en el patio del colegio, donde sobrevive el más gracioso, como en las reuniones de amigos, y donde “reparte” el que tenga más conexiones con el poder estructural formal, sin importar el sentido ético. Aquí manda el más duro. Existen códigos no escritos, jerarquías informales, leyes “subterráneas” que todos respetan y cuando no, el infractor es susceptible de recibir duro castigo. En esta última década, simplemente en Iberoamérica, podemos citar una larga lista de filmes recreados en estos espacios, con lenguajes y público objetivo muy diferentes. Estará en la memoria de quienes la vieron, Carandirú. Desgarradora propuesta brasileña, por sus descarnadas imágenes y por su sentido casi documental, ya que cuenta la historia de una cárcel (hoy afortunadamente desaparecida) en la que se vieron fechorías tanto o más grandes como las que Babenco, su director, nos narra. Pero en los dramas penitenciarios Iberoamericanos hay espacio para melodramas nostálgicos, como las argentinas “Presos del olvido”, que cuenta la difícil reinserción del recluso una vez afuera, y “La fuga”, menos trascendente y con destellos de picaresca, ambas estrenadas a principios de esta década. Más sólida es la propuesta de “Estómago”, que linda con la comedia. Esta producción brasileña, se centra en la supervivencia personal del inculpado, basada en la creatividad y ventaja competitiva de éste. La película en cuestión ganó hace dos años el Festival Internacional de Valladolid. Podemos toparnos con dramas realistas, muy urbanos, como “El bonaerense”, menos carcelario y más callejero o incluso obras más políticas, como “Crónica de una fuga”, relacionada con las dictaduras argentinas, tema que ha sido pasto de varios kilómetros de cintas fílmicas. Pero la más destacable de los últimos tiempos puede ser la producción española “Celda 211”. Este año, la academia de aquel país así lo ha entendido y la ha coronado con ocho premios Goya. Protagonizada por Luís Tosar (intérprete de la recientemente rodada en Cochabamba “También la lluvia”), que se hizo también con el premio Goya a mejor actor, “Celda 211” muestra un enfoque social actual con dificultades distintas a las sudamericanas, en el caso ibérico relatado en el rechazo social a la banda terrorista ETA. Un thriller trepidante muy bien acogido por la crítica y el público. Este año, fuera del ámbito Iberoamericano, también ha resaltado la francesa “Un prophète” en el ámbito europeo con nueve premios César de la academia gala, un globo de oro y la nominación al Óscar. Quizás por ello y por los tours de la cocaína, la cárcel de San Pedro en La Paz era un sitio de paso turístico. La conversión de esas jaulas corruptas en sitios de reinserción se antoja todavía difícil en nuestra cultura latina. Menos mal que el cine, aunque duela, nos lo recuerda.

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