2 de julio de 2011

Octavia en los caminos ripiados de Virginia


Crónica de un concierto de Octavia en Falls Church, Virginia (Estados Unidos). Publicado en la revista OH de Los Tiempos. 

   El boliviano suele tener una propensión innata para la migración. También para llevar su música y baile allá por donde se asienta. En Virginia del Norte y el área metropolitana de Washington DC, se agrupan alrededor de 30 mil bolivianos según datos oficiales, aunque se estiman realmente el triple. Con ellos se podría formar una ciudad que estaría entre las 25 más pobladas de Bolivia, aunque con un muy superior poder adquisitivo. Con ilusiones vinieron en busca de aquella idea del sueño americano o de la prosperidad económica que algunos han alcanzado. Ello hace posible que una banda de rock-pop-fusión como Octavia, que aunque todavía no ha tocado en muchas de esas 25 ciudades dentro de su territorio, como Achacachi, Caranavi o Viacha, venga a presentar un concierto, y no por primera vez.

Un nutrido grupo de estos residentes bolivianos está de fiesta el último fin de semana de mayo, que además es feriado nacional en Estados Unidos, el memorial day. Van a ver a uno de los iconos de la música popular de su país. No se trata de Los Kjarkas, Savia Andina o Wara, representantes de lo boliviano hace unos años. Tampoco de otros grupos que ya han pasado por aquí como Proyección o Llajtaymanta. Se trata más bien de Octavia, la banda de rock con más ventas de ese país.

Los ex Coda3 suelen venir hace algunos años, aunque esta vez son cuatro las tocadas, repartidas en San Francisco, Miami, Nueva York y Falls Church.

En la añeja sala del State Theatre, ubicada en el número 220 de la North Washington Street,  precisamente en la ciudad de Falls Church, Estado de Virginia, y a poco más de diez kilómetros de Washington D.C. es la cita con Octavia. El recinto, construido en 1936, ejerció de cine hasta 1988. Cuenta con una platea que se reparte entre mesas, un patio sin butacas junto al escenario -donde están los que saltan y moshean-, y sendos bares ubicados asimétricamente en los laterales, además de un gallinero con 200 butacas como en el cine original, delimitado por paredes que conservan molduras que alcanzan un altísimo techo. Sus tablas parecen todavía oler a viejos invitados, figuras del rock-pop latino como Cerati, Café Tacvba, Molotov o Aterciopelados, estampas de lo latino, que se mueven como peces en el agua en ecosistemas donde se revive ese sentimiento identitario en un país que ya alberga casi 45 millones de hispanos. Afuera, en el corazón del poder político de District of Columbia, en el estudiantil Georgetown o en el aristocrático Cheavy Chase, suelen ser poco conocidos. Y después de Octavia, siguiendo con la oferta del State Theatre para el verano, Jarabe de Palo, Enanitos Verdes y los decadentes Hombres G.

A las 10 de la noche, irrumpe en el escenario el grupo, se eleva a modo de telón una pantalla y una luz verduzca ilumina la batería de Martín Fox. El concierto estaba fijado para las 9 pm aunque mucha gente se había reunido ya desde algunas horas antes. Durante la espera se sirven platos de comida: chicken wings y hamburguesas, mientras suena algo de Charly García y Soda Stereo, pero también rock boliviano con la versión de Secreto amor de Jade y Escrúpula de LouKass.

Y cuando la impaciencia asoma, “encendamos la hoguera”, dice Omar, batiendo palmas. Vivos, aquella canción abanderada de una publicidad de Paceña, fue la encargada de abrir la noche. El público fácilmente se calentó. La adrenalina fue a más con Cuecaína, para pasar luego a su versión de Can´t Take my Eyes off You de Bob Crewe y Bob Gaudio en castellano.

Esta vez, según experimentados fans con varios conciertos de Octavia en EEUU en su haber, dicen que no se vio llanto como en otras ocasiones, aunque sí hubo momentos de emoción, uno de ellos precisamente cuando sacaron la bandera tricolor boliviana de la chistera –en el sentido literal del término- en un afectivo saludo a la patria. Dejaron aparte habituales versiones suyas con letras de insignes poetas como Tamayo o Saenz para otras tocadas en su La Paz y se concentraron en algunos nuevos como En tus labios y en los hits de antaño como Después de ti, Verdades inéditas, Ciclos o Seré tu música.

Se puede decir que fue un concierto poco rupturista. Atrás quedaron los años en que se enfundaban esos overoles anaranjados y tocaban covers como How Does it Feel de New Order con destellos electro. Ahora visten de camisa y se ven más profesionales, con más canas también, a ratos juveniles y otros pareciendo lo que son: cuarentones –con permiso de Fox-, buscando ser los Rolling Stones bolivianos, como el mismo guitarrista Luján afirma.  

Sintetizadores, sí; quenas, también; Jimbo mostró una vez más la potencia de sus pulmones. Puthu y bass, como dice su canción. No faltó la cueca, con una espontánea en el escenario a vueltas con Omar. Luján y Vladi mostraron buenas maneras con las cuerdas. Con 23 años de carrera, nueve álbumes de estudio, Octavia –y su predecesor Coda3- tienen amplia experiencia y eso se nota en su último álbum, Medular, de 2009, más pop y menos arriesgado, con la colaboración de los argentinos Richard Coleman y Tweety González, éste último frecuente tecladista de Soda Stereo y que ha producido canciones de Cerati, Shakira, Líbido o Ximena Sariñana.

En el gentío había diversas apariencias y características: refinados otrora obreros y ahora empresarios de la construcción, trabajadores del sector servicios, melancólicos e inquietos oriundos del Valle Alto, sandungueros caporales de fin de semana y amigos de la nutrida liga de fútbol Incopea, que en sábado añoran el singani que han cambiado por daiquiris y cerveza Dos Equis. También coreaban los temas de Octavia burócratas de organismos internacionales, habilosos técnicos de reparaciones de la avenida Columbia Pike, así como otros aguerridos hispanos que se han hecho fama de trabajadores férreos y honrados, esos que han festejado el Cinco de Mayo, remedo tex-mex del San Patricio irlandés, con Corona por santo en lugar de Guiness.

En el auditorio no se ven camisetas del Bolívar o del tigre, sí alguna de los Washington Redskins y varias del Barcelona que esa tarde había quedado campeón de Europa. También se oye un alarido de ¡viva Wilster! –en alusión a un equipo local, este año en segunda división-, algo anacrónico e intemporal visto el trance por el que pasa el conjunto valluno. No faltaron los saludes, tampoco la añoranza a las familias lejanas. Nuevamente el exilio voluntario boliviano en esa ya no tan lejana tierra, recreado por gente como Ferrufino-Couquegniot o De la Torre a partir de experiencias migratorias reales.

Y así, después de dos horas sin pausa, Ajayu cerró la noche, melancólica y fantasmal, igual que ese espíritu humano que evoca aquel vocablo aimara con el que volvemos mentalmente a los Andes, aquel altiplano de caminos ripiados, sólo que esta vez en el Estado de Virginia, a varios miles de kilómetros. En seguida, su ya característico sacias, ha servido de despedida. Luego, a media noche, la vuelta al trabajo, this is America.

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