23 de agosto de 2011

Una pista a la deriva



Publicado en Los Tiempos

     Pese al esfuerzo que realizan muchos de los dirigentes de la Asociación de Atletismo de Cercado o Quillacollo (asociaciones no lucrativas), las trabas que finalmente obstruyen el camino del chico que solo quiere correr, vienen de múltiples flancos. Como si el duro entrenamiento no fuera carga suficiente, ahora son las administraciones públicas y parte de la dirigencia quienes ponen más vallas todavía.

Esta semana se ha notificado a los atletas el deber de pago por el uso de la pista de atletismo del Félix Capriles: un boliviano por persona al día para mantener las instalaciones, por mandato del SEDEDE.

¿Alguien en su sano juicio cree que un niño va a ahorrar dinero –además de los gastos en transporte, agua e indumentaria, por decir unos pocos- para invertirlo en ir a las pistas, si hay miles de parques donde pueden correr gratis, asumiendo que van por diversión? Lógicamente no. En primer lugar, el parque no es un sustitutivo perfecto de la pista. La idea de una pista es que sea un espacio capaz de generar fuerzas y sinergias para lograr efectos multiplicadores, sobre todo de aprendizaje. Lo que los gringos llaman “hub”. La “semiprivatización” de estos espacios simplemente lograría un efecto potentemente desincentivador.

Luego, esta “elitización” está apoyada y justificada en la “concesión” de ingreso gratuito a los “atletas de élite”, causando que uno se pregunte a quiénes, con qué criterios y en qué plataforma pública han notificado, la pertenencia o no a dicha lista. La definición de atleta de élite, si es que los funcionarios del servicio departamental la conocen, es la que tiene que ver con los atletas, generalmente en su vida deportiva adulta, que consideran el atletismo una profesión, dedicándole una cantidad de tiempo y recursos mucho más altas de lo normal, cuidando dieta, hábitos, técnica, planificación de los ciclos de entrenamiento y de competición, entre otras muchas variables. Por ello, ¿puede el SEDEDE exigir a “atletas de élite” algo, si no hace un mínimo esfuerzo por que éstos existan?

Además, ¿con el pago de ese boliviano, se acabarían los baños con olor a orín o las duchas sempiternamente fuera de servicio? ¿Se lograría el respeto a un atleta que va a entrenar y es expulsado de las pistas porque tres horas después hay un partido de categoría regional? Lo mismo cuando hay conciertos o mítines religiosos, o los gritos cada vez que increpan a un corredor de 60 kilos pisar un césped de 15.000$US, obviando la regañina cuando un escenario de varias toneladas destroza una pista que ha costado varios cientos de miles de dólares. ¿Con el pago de este pesito se acabaría eso? ¿Por qué si son tan creativos para cobrar a los niños y usuarios, no han sido capaces de llegar a acuerdos público-privados para desarrollar esas mejoras? es tan difícil hacer la solicitud, previo proyecto sostenible, al gobierno central o al organismo internacional pertinente?

Como colofón y anécdota tragicómica, hace pocos días, la perla del atletismo cochabambino, Bruno Rojas, pasó dificultades en el Campeonato Panamericano realizado en Miami porque al dirigente encargado, en lugar de decir que "ya tenían pagado el alojamiento (paid)”, no se le ocurrió mejor traducción que el calco inglés de "canceled", automáticamente interpretado por la organización como archivado. Por si fuera poco, su entrenador no recibió la colaboración debida y fue él quien corrió con sus propios gastos (ojo, entrenando a un atleta de categorías juveniles).

Pasan los años y la estructura atlética parecería que se estanca y que no avanza, salvo por contadas excepciones, casi siempre de entrenadores y atletas, o de algún dirigente altruista, que aún sufriendo vejámenes e injusticias, siguen acudiendo religiosamente a la pistas de competición y entrenamiento, a dejarse la piel, día a día.

4 de agosto de 2011

Extremistas en la cama de al lado


Foto: Sergio Ribero y su composición gráfica Risk. Publicado en Página Siete y Los Tiempos.

No suele ser del todo extraño escuchar, de tanto en tanto, el apresamiento –o directamente el asesinato– de algún extranjero aventurero, operador político o terrorista, pillado infraganti mientras andaba de paso por Bolivia.

Para algunos, el ejemplo citado días atrás de los cuatro integrantes de Sendero Luminoso detenidos en Bolivia, no deja de ser un caso puntual, pero de anécdota en anécdota, se va tejiendo una densa madeja de historias teñidas con ideologías multicolores.

Muchos recordarán a aquellos que, con el dinero obtenido del secuestro a Doria Medina, financiaron el asalto a la embajada de Japón en Lima, o los recientes casos todavía no esclarecidos del húngaro Eduardo Rózsa en Santa Cruz. Se puede ir más allá con Marino Diodato en los años 90 y llegar hasta otros compatriotas suyos, neofascistas, de apellidos Delle Chiaie, Carbone y Pagliae, implicados en atentados terroristas como el de Piazza Fontana de Milán en 1969 –saldo de 17 muertos– o la matanza de Bolonia en 1980, hecho ocurrido en una estación de trenes italiana que costó 85 vidas. Ambos casos fueron repudiados en Europa con similares reacciones a lo sucedido en Noruega hace pocos días. El agravante boliviano se da cuando estos tres italianos fueron contratados –con dinero público– por funcionarios del gobierno de García Meza. Y dada su “eficiencia”, también por algunos narcotraficantes de entonces, para recibir protección personal a cambio.

Tirando más del ovillo, los italianos nos evocan a su vez a otros colegas neonazis, parte de esos tristemente célebres “Novios de la Muerte” con quienes trabajaron, capitaneados por Joachim Fiebelkorn, que sembraron el terror en tanques de asalto por las calles de Santa Cruz, a principios de los años 80. Ellos a su vez fueron coordinados por el que fuera Contralor de la República en ese mismo gobierno, Adolfo Ustárez, amigo y socio del ex jefe de la Gestapo en Lyon que escapó a Bolivia en 1951: Klaus Barbie, verdadero profesional de las redes del terror y de ideologías extremas en nuestro país. Detengámonos ahí. Los vasos comunicantes pueden ser muchos, casi incontenibles. Nos podríamos remontar incluso a sus profusas conexiones en Argentina, Chile o Paraguay, pero costaría abarcarlas.

Lo importante es recordar que enajenados que construyen una bomba con fertilizantes u otros que lo hacen con una tripulación aérea humana, pueden estar durmiendo a veces en la cama de al lado, y como ha sido el caso, estudiaban en universidades públicas, comían en McDonalds la noche antes del atentado en ciernes y hasta eran cotidianos asiduos a lugares de socialización con sus familiares. Fenómeno que la filósofa Hannah Arendt llamó “banalidad del mal”: el terrorista puede ser un tipo pasmosamente “normal” en apariencia y hasta logra tratar a sus seres queridos con cariño y diligencia, como fue el caso del nazi Adolf Eichmann, uno de los hombres que más daño ha causado al pueblo judío en nombre de “órdenes superiores”.

Ya sea con aventureros típicos de western como Butch Cassidy, con terroristas italianos neofascistas, con empresarios reputados, o con noruegos siniestros, cabe recordarlo, no para causar paranoias gratuitas, sino para alertar a la sociedad de los peligros de las ideologías extremas, que, siguiendo a Camus, en los extremos llegan a tocarse. Contra esas ideas radicales hay que actuar, con un enfoque de prevención y de socialización.