4 de agosto de 2011

Extremistas en la cama de al lado


Foto: Sergio Ribero y su composición gráfica Risk. Publicado en Página Siete y Los Tiempos.

No suele ser del todo extraño escuchar, de tanto en tanto, el apresamiento –o directamente el asesinato– de algún extranjero aventurero, operador político o terrorista, pillado infraganti mientras andaba de paso por Bolivia.

Para algunos, el ejemplo citado días atrás de los cuatro integrantes de Sendero Luminoso detenidos en Bolivia, no deja de ser un caso puntual, pero de anécdota en anécdota, se va tejiendo una densa madeja de historias teñidas con ideologías multicolores.

Muchos recordarán a aquellos que, con el dinero obtenido del secuestro a Doria Medina, financiaron el asalto a la embajada de Japón en Lima, o los recientes casos todavía no esclarecidos del húngaro Eduardo Rózsa en Santa Cruz. Se puede ir más allá con Marino Diodato en los años 90 y llegar hasta otros compatriotas suyos, neofascistas, de apellidos Delle Chiaie, Carbone y Pagliae, implicados en atentados terroristas como el de Piazza Fontana de Milán en 1969 –saldo de 17 muertos– o la matanza de Bolonia en 1980, hecho ocurrido en una estación de trenes italiana que costó 85 vidas. Ambos casos fueron repudiados en Europa con similares reacciones a lo sucedido en Noruega hace pocos días. El agravante boliviano se da cuando estos tres italianos fueron contratados –con dinero público– por funcionarios del gobierno de García Meza. Y dada su “eficiencia”, también por algunos narcotraficantes de entonces, para recibir protección personal a cambio.

Tirando más del ovillo, los italianos nos evocan a su vez a otros colegas neonazis, parte de esos tristemente célebres “Novios de la Muerte” con quienes trabajaron, capitaneados por Joachim Fiebelkorn, que sembraron el terror en tanques de asalto por las calles de Santa Cruz, a principios de los años 80. Ellos a su vez fueron coordinados por el que fuera Contralor de la República en ese mismo gobierno, Adolfo Ustárez, amigo y socio del ex jefe de la Gestapo en Lyon que escapó a Bolivia en 1951: Klaus Barbie, verdadero profesional de las redes del terror y de ideologías extremas en nuestro país. Detengámonos ahí. Los vasos comunicantes pueden ser muchos, casi incontenibles. Nos podríamos remontar incluso a sus profusas conexiones en Argentina, Chile o Paraguay, pero costaría abarcarlas.

Lo importante es recordar que enajenados que construyen una bomba con fertilizantes u otros que lo hacen con una tripulación aérea humana, pueden estar durmiendo a veces en la cama de al lado, y como ha sido el caso, estudiaban en universidades públicas, comían en McDonalds la noche antes del atentado en ciernes y hasta eran cotidianos asiduos a lugares de socialización con sus familiares. Fenómeno que la filósofa Hannah Arendt llamó “banalidad del mal”: el terrorista puede ser un tipo pasmosamente “normal” en apariencia y hasta logra tratar a sus seres queridos con cariño y diligencia, como fue el caso del nazi Adolf Eichmann, uno de los hombres que más daño ha causado al pueblo judío en nombre de “órdenes superiores”.

Ya sea con aventureros típicos de western como Butch Cassidy, con terroristas italianos neofascistas, con empresarios reputados, o con noruegos siniestros, cabe recordarlo, no para causar paranoias gratuitas, sino para alertar a la sociedad de los peligros de las ideologías extremas, que, siguiendo a Camus, en los extremos llegan a tocarse. Contra esas ideas radicales hay que actuar, con un enfoque de prevención y de socialización.

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