20 de octubre de 2011

El deporte originario



Las sucesivas derrotas de la Selección Nacional de fútbol, han encendido nuevamente el debate, cada vez más airado y ahora sazonado virtualmente, de qué se debe hacer con las estructuras deportivas.

La alta competición es un poderoso espejo a la vez que detonador social. Y al ser un detonador, se convierte en un elemento de riesgo. El momento de desconsuelo se plasma cuando buscamos las cabezas a las que apuntar, hartos ya de su mala gestión en cuanto a resultados, aunque unos momentos después, ya con la cabeza fría, cavilemos sobre qué es realmente éxito deportivo, encontrando ahí una respuesta menos sencilla: ¿tener medallistas olímpicos o parques/canchas repletas? Quizás puedan llegar a ser puntos complementarios, tal y como se entiende el deporte hoy, pero ¿por qué esa visión debe ser inmóvil?

La forma más sencilla –que no la única- de atraer a los chicos en el sistema vigente es a través de las grandes estrellas mediáticas, cada vez más lejanas a la realidad del deportista común. Poco tiene que ver el cicloturista que va con la familia por el lago Titicaca un domingo, con las salvajadas que hace gran parte del pelotón que disputa un Tour de Francia, lavándose la sangre con hormonas y engordando sus músculos con anabolizantes, cuales animales en cautiverio.

El cuestionamiento vuelve a ser recurrente cuando estamos en la víspera del evento deportivo más importante de la región después de las Olimpiadas: 39 deportistas bolivianos luchan entre los 6.000 que compiten en los J.J. Panamericanos, en un país como el nuestro, donde el dopaje es un hecho aislado, aunque las medallas también. Sería una insensatez establecer un paralelismo entre las malas prácticas y las preseas, pero se pueden repensar los objetivos y las estrategias de socialización del hecho deportivo.

Todos necesitamos de modelos positivos de conducta y referentes, sin duda. Ahí se ha hecho un gran trabajo con los J.J. Plurinacionales a través de los Ministerios de Educación, Salud y Deporte y Presidencia, logrando incluir a participantes de zonas rurales, hasta hace poco marginados. El evento ya cuenta con un impulso y es mejorable, quizás apoyándose más en las federaciones deportivas y en el sector privado, para buscar cerrar el círculo de inclusión en cuanto a la sociedad civil.

Justamente este año, el pedagogo estadounidense Howard Gardner, galardonado con el premio Príncipe de Asturias, ha sido reconocido por sus estudios de las inteligencias múltiples en niños, lo que deja patente la utilidad de un amplio espectro de estímulos en el aprendizaje. Igualmente la especialista sénior de educación del Banco Interamericano de Desarrollo, Aimee Verdisco, destaca en su blog las bondades del deporte en el desarrollo infantil temprano, haciendo hincapié en las potencialidades del caso boliviano.

Quizás el futuro del deporte, más allá del innegable entretenimiento que nos ofrece -y que por lo tanto logra apasionarnos- podría estar enfocado en los patios de colegio o en los barrios, para los flacos, para los gordos, para los grandes, para los pequeños y sobre todo para las grandes olvidadas: las niñas. En el plano competitivo, parece que el concepto de base ha sido entendido por la Federación Boliviana de Fútbol, al designar a Azkargorta como director deportivo (no como entrenador), para ser el arquitecto de esa estructura que no ha dado los resultados que esperaba la mayoría.

Cuidando a los niños, a los aficionados, a los vecinos, pero también a los medallistas, es que logramos un deporte más inclusivo y más originario, en el sentido primigenio de la actividad lúdica.

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