16 de febrero de 2012

Capital Area Food Bank: corazones hambrientos, ciudades hambrientas


Publicado en Ateneo Naider.


Bruce Springsteen es uno de los artistas más conocidos de la cultura musical popular estadounidense. Su tema Corazón Hambriento fue un éxito allá por el año 1980. Todo el mundo quiere tener un hogar, nadie quiere estar solo, reclama la canción. Eso probablemente fue lo que intuyó durante aquel mismo año Lynn Brantley, quien lleva todo este tiempo, 32 años, al frente del Capital Area Food Bank, la institución encargada de distribuir alimentos más grande en Washington DC y sus ciudades colindantes.

Lynn es de esas emprendedoras sociales que tiene un corazón hambriento, tanto que no se ha contentado con satisfacer a amigos y familiares sino a toda una legión de personas que por una u otra razón se han visto necesitadas de alimentación. Comenzaron un puñado de personas voluntarias que veían con horror que en la capital de país más rico del mundo pudiera haber tanta gente que pasara hambre. El CAFB ahora ya supera la centena de profesionales que día a día tratan de frenar una de las necesidades primarias y fisiologías del ser humano cuando estas no están resueltas, repartiendo casi 14 millones de kilos de alimentos al año, a medio millón de personas que viven en el área metropolitana de la ciudad capital, en un sistema que no se caracteriza precisamente por la redistribución.

Según el Global Metro Monitor, el área metropolitana de Washington DC es una de las 10 ciudades con mayor ingreso per cápita del mundo en 2011 y la tercera de EEUU por detrás de Hartford y San José. Arrastrada principalmente por el aparato político y burocrático de EEUU, por su importante presencia intelectual a través de institutos de i+d social y por think tanks, es un referente para todo aquel que tenga intenciones de influencia política -por razones obvias- en EE.UU. y en el mundo entero. Y a pocos kilómetros de DC se encuentra Baltimore, una de las 50 ciudades más peligrosas del planeta según el estudio del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública de México.

En la otra vida real norteamericana, aquella que va más allá del Capitolio, de Disney World, de Hollywood y de esa Las Vegas de desenfreno, y a mucha distancia de la idea del sueño americano aunque a escasas millas de la Casa Blanca, cohabita gente como Claudia, salvadoreña que trabaja en empresas de limpieza desde hace 10 años y que llegó a este país con muchas ganas de progresar; a pocas calles vive Mike, hijo de un cowboy que emigró a la capital después de la guerra de Vietnam; y por supuesto está también Darlon, de origen hindú e invidente; y por qué no mencionar a Félix, un boliviano del valle alto cochabambino pero que ya se siente de Arlington, después de 20 años allí.

Los cuatro han estado trabajando regularmente durante años, pero por una u otra razón –crisis de empleo, han tenido niños, su empresa les ha reducido las horas al ser a medio tiempo o simplemente no les alcanza para pagar los alquileres- son parte de ese universo de 40 millones de personas en Estados Unidos que viven bajo la línea de la escasez material. Todos ellos ya son Norteamérica, esa que algunos se empeñan en negar irresistiblemente. Los cuatro reciben complementos alimentarios, las llamadas food stamps, una importante fórmula de redistribución de renta, específicamente destinada a obtener alimentos.

La difusión del programa gubernamental de bonos de comida, llamado SNAP (Suplemental Nutrition Assistance Program, antes conocido como food stamps) ejercida por el gobierno federal lleva ya 70 años en marcha, pero ha sido en los últimos tiempos cuando el mismo Departamento de Agricultura, impulsor del programa, ha decidido solicitar ayuda más decidida a quienes mejor saben reducir el hambre a pie de campo: los bancos de comida, que al tener un profundo conocimiento del terreno, al trabajar con otros dispensarios de alimentos y con instituciones de ayuda humanitaria, han decidido emprender campaña para lograr incrementar las cifras de favorecidos. Lamentablemente casi dos tercios de los beneficiarios con derecho a las food stamps no logra hacerse con ellas, principalmente por falta de información, a pesar de ser elegibles.

El Capital Area Food Bank, parte de la red a nivel nacional Feeding America que agrupa a unos 200 bancos de comida, trabaja como una moderna y compacta institución, en el sentido más operativo de la gestión de sistemas logísticos, administrando como un reloj sus dos almacenes de distribución mayorista, sus programas de entrega móvil, además de contar con modernos y efectivos programas educativos. Están interconectados con sus instituciones homólogas en otros estados a través de un sistema de información integrada, con procesos flexibles y haciendo lo que mejor saben hacer: trabajar para reducir el hambre.

Justamente en estos días en que el modelo del estado de bienestar europeo se tambalea, días en los que se debate la funcionalidad del seguro médico universal –todavía a la espera de ser aprobado en EE.UU. como prometió Obama–, y en los que se hace patente que las grandes fortunas pagan porcentajes de impuestos relativamente bajos (ahí está el multimillonario Warren Buffet para admitirlo) es que se requiere un esfuerzo más decidido por evitar el hambre en Norteamérica.

Así, este país en su vanguardia también ha sabido desarrollar sistemas alternativos a lo que marcan las políticas públicas, y aunque la redistribución de la renta no haya parecido una prioridad a lo largo de los años, la crisis actual ha dejado patente nuevamente las necesidades del eslabón más débil de la cadena: el obrero, el trabajador a tiempo parcial, la madre de familia numerosa, el inmigrante de larga data y en general quien forma parte de grupos minoritarios. Y precisamente un dispositivo que ha funcionado eficientemente ha sido el de la filantropía y el mecenazgo. Si el gobierno no da lo que la gente necesita, la sociedad civil se organiza para encontrarlo por la vía privada, al final de cuentas la sensibilidad social no entiende de latitudes ni de idiomas.

Cuando se observa la aplicación informática de oficina del censo norteamericana, publicada en el New York Times, se puede advertir, cómo en casi todas las grandes ciudades del mundo, la diferencia de salarios, de nivel educativo y de ingresos por barrio es en algunos casos abismal. Lo que llama más la atención es que esas diferencias se mantienen y a veces amplifican según el origen étnico. Hispanos con hispanos, blancos con blancos y afroamericanos con afroamericanos. Pero para pensar en lograr una integración efectiva, quizás se deba cubrir una necesidad más primaria aun, la del alimento, tema ineludible en la futura elección presidencial, puesto que las amenazas de recortes han logrado poner en el tapete nuevamente un problema que afecta a uno de cada siete pobladores norteamericanos: el hambre. De esta forma, el 77% de los votantes de DC, cada vez más críticos con sus representantes, piensan que el hambre es un problema grave en EEUU.

El Capital Area Food Bank comenzó a hacer difusión del programa SNAP desde sus inicios, principalmente en el centro de DC, ampliando su presencia hasta tener un equipo que ha logrado incrementar las solicitudes de participación en dicho programa en la región significativamente en los últimos cuatro años. Uno de los mayores obstáculos ha sido el desconocimiento de la gente en materia de derechos y los mitos negativos en torno al programa, entre los que hay un amplio rango de historias. Desde los argumentos ficticios de que quienes soliciten los suplementos serán penalizados o cobrados en el futuro, hasta que es un método de rastreo e identificación de inmigrantes ilegales, o que incluso que trae futuras penalizaciones en la oficina de migración. Mitos que el CAFB trata de apartar. Ni es un indicio para el inmigrante ni es una deuda contraída con el Estado. Simplemente es un bono de comida auxiliar.

La mayor parte de los beneficiarios son personas nacidas en Estados Unidos, aunque también hay quienes acceden a estas ayudas siendo residentes legales en Norteamérica de más de un lustro, abarcando gente de orígenes tan diversos como México, Honduras o Etiopia. En cuanto a los ciudadanos escépticos, cabe recordar que con estos cupones no se penaliza la actividad económica, sino al contrario, se activa. Existen cálculos que demuestran que por cada cinco dólares repartidos en los beneficiarios del programa se obtiene casi el doble en actividad económica para la comunidad. Inclusive en un reciente estudio de la Fundación Sodexho, se ha demostrado que permitir el hambre cuesta nueve veces más que prevenirla. Otro mito extendido difunde que a quienes solicitan este bono se les acusa de comprar comida cara, poco saludable y de efectuar gastos insulsos. La realidad, contrariamente, dice que los beneficiarios del programa alcanzan más productos nutritivos por dólar que el resto de compradores regulares. Huelga decir que con la tarjeta no se puede comprar otra cosa que no fuera comida.

Los requisitos básicos para acceder a los beneficios del programa comprenden el nivel de renta –menor al techo propuesto por el Departamento de Agricultura–, tener una renta disponible igualmente baja y tener nacionalidad estadounidense o residencia permanente. Javier, ciudadano peruano que vive en Woodbridge desde hace varios años aunque todavía sin su green card, protesta con toda lógica cuando se entera de este último requisito. Y dice con toda lógica, que su hijo ha nacido allí, y que por lo tanto tiene derecho. Está en lo cierto. Para ello, se ha logrado que los menores de edad accedan a un derecho legítimo, por medio de sus padres, quienes reclamarán una tarjeta para ellos.

En el terreno ideológico, igualmente hay ficciones. Está extendida la idea en las capas más conservadoras de que “el que no tiene es porque no quiere”. El economista indio, profesor de la Universidad de Harvard y premio Nobel, Amartya Sen, entre otros, ha tratado de desmontar esta distorsión, explicando las consecuencias perniciosas que trae la desigualdad, ya no solamente en términos de criminalidad sino de éxito económico. Sen defiende que además de las desigualdades de acceso, existen otras capacidades que perviven, las denominadas capacidades de agencia, las de “querer ser” o de aspiración, sin las cuales, los niveles de éxito y las metas, son mas moderados. No obstante aquí se trata de nivelar la desigualdad más básica dentro de la escala de motivaciones humanas, la de la alimentación, en el nivel de seguridad fisiológica más básico.

El investigador boliviano Roberto Laserna, doctor por la University of California-Berkeley, uno de los economistas más prestigiosos de Bolivia en planificación regional, destaca que la opción de los cupones de comida da al consumidor libertad de elección, lo que además le hace más responsable. En cuanto a los beneficios logísticos, destaca su mayor facilidad de administración, lo que a su vez implica menos riesgo de corrupción comparando esta vía con las compras y entregas de bienes físicos. Además destaca la posibilidad de lograr una mayor diversidad de demanda, puesto que al escoger la gente el producto, el rango de bienes demandados es mucho más amplio y por tanto el impacto en el mercado menos concentrado y más diverso, aunque en su opinión recela la posibilidad de que el receptor, necesitando otro bien, obtenga alimentos para venderlos a bajo precio, admitiendo que incluso así, distorsionándose el mercado, se pierde dinero, pero logra satisfacer su necesidad (que incluso pudiera ser medicinas, arreglos de la casa, deudas, etc.).

Pero más allá de las razones y las necesidades objetivas, es palpable la sensibilidad de un sector importante de la población, que se visibiliza aun mas a través del trabajo del voluntariado, siendo ésta otra de las fortalezas que destaca en Estados Unidos, pero sobre todo en el Capital Area Food Bank. Miles de personas han pasado por los centros asistidos para ofrecer su tiempo por el bien de la comunidad, inclusive hace unas semanas la misma familia Obama y otros miles de voluntarios anónimos donando uno de los bienes escasos más preciados: su tiempo.

Así es que corazones hambrientos, dígase solidarios, tratan de redistribuir alimentos y de llegar a cubrir esa insuficiencia que pervive en nuestros días de hiperconexión, a pesar de las mejoras en los estándares de vida, en la salud y en las formas de producción. El hambre es tan antigua como la humanidad, pero por más que avance la tecnología, todavía no se ha erradicado completamente como síntoma perdurable del sistema.

Más información acerca del Capital Area Food Bank: www.capitalareafoodbank.org

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