9 de marzo de 2012

Deportistas y otros mercaderes


Publicado en Los Tiempos.
Esta semana he escuchado planteamientos éticos similares de enfrentamientos dialécticos entre el sujeto profesional –deportista– y su presunto ánimo de lucro, a propósito de dos casos, el de la campaña de captación de fondos del Wilstermann y la posible ausencia del ciclista Soliz del combinado nacional a causa de su participación con la escuadra internacional Movistar Team.
Cabe aclarar que perseguir un salario “justo” –difícil de por sí– no es necesariamente ánimo de lucro. La legislación en materia civil explica mejor la diferencia, pero se puede acudir al ejemplo más pedestre: el empresario que una vez sufragados los costos operativos aparta una cifra (plusvalía para los marxistas) y se la queda como premio a su riesgo y uso de capital, o sea el beneficio; mientras que cuando no hay ánimo de lucro, el beneficio –que puede existir– se reinvierte para mejorar el proceso general que dará un resultado de interés social. Y justamente uno de los gastos operativos de toda empresa es la fuerza laboral de sus trabajadores (salarios). Así, el costo operativo de un deportista es la cantidad que éste ingresa por horas trabajadas, sin que ello signifique que se lucre por ello.
El meollo de la discusión radica en que existe una dicotomía contradictoria en el caso del deporte: por un lado es una actividad cultural-hedónica, algo así como una obra de arte en la que se estiman otros valores como el trabajo per se, el sudor a la camiseta y las ganas de representación (principalmente ideas acuñadas por los valores griegos relacionados con el honor), pero también por el contexto posmoderno de la profesionalización.
Un atleta tiene que motivarse por las primeras razones, pero también debería tener un derecho a salario justo a causa de sus prestaciones, si es que la sociedad las valora realmente. Lo incongruente es exigir resultados “profesionales” cuando los procesos son “amateurs” (presuponiéndose diligencia) y con retribución a nivel de voluntariado.
Por ello ciertas críticas que reciben iniciativas de captación de fondos como la de Wilstermann (equipo profesional pero en un momento transitorio) para con ello pagar mejores jugadores, equipamiento y condiciones laborales –o  simplemente pagar puntualmente– pueden resultar intrincadas o estar mal planteadas, suponiendo transparencia en la gestión.
Y quizás esa suposición excesiva de transparencia sea el quid de la cuestión, más cuando Internet permite que la publicidad de cuentas y planes de gestión de proyectos sea accesible, al menos para los socios, haciendo vital para la  dirigencia socializar las decisiones estratégicas y operativas. Se debe sacar al Wilster del lío en el que está, exigiendo transparencia, pero no sólo con “amor a la camiseta”, ya que el futbolista tiene que alimentar a una familia.
En cuanto al mejor deportista de Bolivia, el “Volcán” Soliz, posiblemente no acudirá a la Vuelta a Tulcán (Ecuador) representando a Bolivia por hacerlo con el equipo al que le debe el sustento, el Movistar Team, con el añadido de que las representaciones de selecciones nacionales en ciclismo tienen menos visibilidad que las competiciones privadas. ¿No es un orgullo para el país que un ciclista boliviano compita en las carreras más importantes del área? ¿O acaso cuando un científico nacional logre una nueva vacuna en un laboratorio de Helsinki renegaremos de él porque lo hace “para” los finlandeses?
En cualquier caso, teniendo en cuenta nuestro medio y sus dimensiones, a quien se tiene que vigilar de no lucrarse es al dirigente, muchas veces convertido en un mercader que, al menos por estos lares, parece ser el único “profesional” del deporte.
Imagen: Los atletas cósmicos, de Salvador Dalí

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