23 de abril de 2012

Cronistas crónicos


Publicado en Los Tiempos y Ecdótica.

    La mayoría de las veces, los medios de prensa escritos nos han acostumbrado a recibir un mensaje más o menos directo del hecho noticioso. Su misión es hacerlo de la forma más objetiva posible, y tratando de actuar como ojos neutrales por donde podamos captar el mensaje limpiamente, para que así saquemos nosotros, su audiencia, conclusiones propias. No obstante, mucha gente gusta también recibir interpretaciones subjetivas complementarias, y por eso acudimos a otro tipo de tribunas, que aunque quizás no sean parte del hecho noticioso, ayudan a la sumersión en esa atmósfera que los planos largos no captan. Y en estos momentos en los que podemos nosotros mismos consultar agencias de noticias (casi siempre más atentas a los centros económicos) y saber lo que ha pasado en tiempo real, es cuando vuelve a ser una tendencia en aumento la afición por la lectura de detalles e impresiones reflejados en un tipo de crónica más abierta y libre de ataduras formales.
Los cronistas deportivos (también los de guerra) han sido quizás algunos de los abanderados del asunto de manera natural, tanto en radio como en prensa escrita. Tienen la difícil tarea de transportarnos imaginariamente al campo de fútbol, a la carretera o a las piscinas, para que reproduzcamos en nuestra mente la plasticidad del delantero o el gancho propinado por el pugilista. El torrente de internet da justamente cierta libertad de criterios estilísticos y de espacio que antes los editores limitaban. Periodistas deportivos tradicionales como José Sámano, Carlos Arribas y Ezequiel Fernández o aportaciones de bloggers como las del anónimo Sergio-Ciclismo2005 van ganando fieles precisamente por su estilo y especialización. Pero quienes más han profundizado en el camino de la originalidad narrativa son los editores de la revista española deportiva Panenka, siendo su premisa mostrar “fútbol que se lee”.
En los últimos meses algunas de las grandes editoriales en castellano como Alfaguara y Anagrama han decidido prestar atención decidida a la crónica o al periodismo narrativo en sus catálogos –allí se pueden degustar relatos de escritores bolivianos como Edmundo Paz Soldán y Roberto Navia Gabriel-, un género que tiene varios siglos pero que se ha comercializado en EEUU desde hace décadas con revistas como New Yorker y más recientemente en nuestra lengua por propuestas independientes como Etiqueta Negra, Gatopardo, FronteraD u Orsai, lo que muestra una ebullición de las publicaciones que narran situaciones puntuales, reales, muy bien descritas, haciendo caso a los detalles, formas y texturas.
En Bolivia, uno de los más finos cronistas, el vasco Alex Ayala, lleva años trabajando en ello. Desde la fundación de su extinta revista Pie Izquierdo hasta la publicación esta semana de su libro “Los Mercaderes del Che” en la vanguardista editorial cruceña El Cuervo, añadiendo la novedosa autogestión de micromezenazgo en su proceso de producción. Ayala ha dado voz, luces y lápiz a historias laterales, de la vida cotidiana, “a ras del suelo” como él mismo define, pero que narran en paralelo un ambiente macro más complejo, leído entre líneas. Él mismo ya participó en la antología boliviana preparada hace unos meses por aquella editorial en coproducción con la cochabambina Nuevo Milenio llamada Bolivia a toda costa, publicada también en Argentina, y germinada tras un intercambio de ideas acerca de la esencia de este subgénero literario, tras la publicación en Bolivia de la antología previa Conductas Erráticas por Aguilar.
En épocas de “infoxicación”, como ha llamado alguno al asunto de la saturación informativa, narrar desde la experiencia, con un lenguaje a veces poético y sobre temas reales menos manoseados pero extrapolables, puede llegar a ser una ventana que ayude a proyectar las circunstancias más extravagantes que solemos vivir en países como el nuestro y que a veces dejamos pasar desapercibidas.

7 de abril de 2012

Olimpiada Cultural ¿Plurinacional?


Publicado en Los Tiempos y Página Siete.
Se pueden discutir más o menos los avances –mediáticos sobre todo– en materia  de infraestructura deportiva dedicada al fútbol; puede ser debatible también la importancia del alto rendimiento en el desarrollo humano de un país, a tres meses de unos juegos olímpicos en los que, como siempre, se intuye que Bolivia no logrará colocar ningún deportista entre los 10 primeros; pero lo que sí se debe reconocer y apoyar es la idea de potenciar los Juegos Plurinacionales, en decidido crecimiento, y aprovecharlos como catapulta de otros proyectos paralelos. Y para ello, ¿por qué no dar un vistazo a otras buenas prácticas?
En Londres, con motivo de los Juegos Olímpicos de este año, se ha pensado un plan integral que trascienda lo meramente deportivo, y así alcanzarse un clima social totalmente inmerso en lo que es el festival más grande del mundo, título ganado por el olimpismo hace algún tiempo. Este programa paralelo ha sido llamado la Olimpiada Cultural. La propuesta esencial consiste en un ciclo preparatorio de cuatro años que desemboque en un macroevento llamado London Festival, los mismos días que se disputarán los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, y así aprovechar que los ojos de la ciudad, de Gran Bretaña y de todo el mundo estén concentrados en sus calles.
Se trata de aprovechar la atención de un público extremadamente receptivo, dispuesto a ser espectador, patrocinador y sobre todo trabajador voluntario. El programa comenzó a rodar desde el momento mismo en el que acabaron los juegos de 2008 en Beijing, ofreciéndose en ese periodo 8300 talleres y 4000 eventos en los que se ha beneficiado directamente a casi 4 millones de personas. En este tiempo se ha cosechado una serie de alianzas y coproducciones, el acondicionamiento de infraestructuras y sobre todo la preparación de la gente, y no sólo de la  ciudad beneficiaria sino de toda la geografía británica, para así lograr que la capital ejerza de hub o de punto de encuentro para todos. Pero el gasto no gravita solamente en bienes culturales, sino también en otras dos partidas especialmente importantes: una para el apartado educativo y otra dedicada al fomento de líderes locales, con el objetivo de promocionarlos y dar a conocer sus actividades.
Pero dejemos por un momento al viejo Imperio Británico, hagamos un ejercicio de abstracción y centrémonos en nuestra realidad, quedándonos con las buenas ideas, como hiciéramos con aquellas de los griegos que han dejado mella en todas partes. Y en esta situación hallamos un punto de partida: en Bolivia se han ido desarrollando los embrionarios y anémicos Juegos Estudiantiles de los años 90, ahora potenciados por los Juegos Estudiantiles Plurinacionales, decidiéndose este año su extensión también a nivel de la educación primaria. En una edad en la que el niño no debe perseguir el alto rendimiento –sino simplemente divertirse– deberán centrarse las políticas  más bien en el desarrollo de habilidades complementarias. El deporte es un excelente transmisor de valores y qué mejor que hacerlo en el marco de una olimpiada cultural y de ferias comunitarias, por ejemplo, no como simples extensiones del mercado de abasto local, sino como puntos de encuentro, formación e intercambio.
Además de ser un lugar y momento de encuentro para padres e hijos, se puede educar a ambos en los beneficios del deporte, e inclusive con el impulso, lograr una base de datos que guíe a posibles especialistas de la pedagogía acerca de los beneficios asociados al deporte empíricamente, desde una serie de experiencias que ya van camino de consolidarse.
Lo positivo que supone la existencia de unos Juegos Plurinacionales en Bolivia es enorme y debemos aprovechar su crecimiento como una bola de nieve, centrándonos en lo más importante, que es el desarrollo humano.