25 de mayo de 2012

¿Llegó el “Bolivian trend”?


Publicado en Los Tiempos.
La comunidad boliviana en el exterior es conocida por relacionarse públicamente en el plano cultural, sobre todo a través de la danza y de la gastronomía. Estas actividades son el mayor aglutinante, quizás porque son una de las escasas manifestaciones de la bolivianidad que tienen sello propio y que destacan por encima de otras comunidades, igualmente emigrantes, fuera de sus países.
No es nada raro ver reuniones sociales de práctica de bailes, entradas folklóricas Prêt-à-Porter, vistosos trajes de caporal o de diablo desfilando frente al Congreso en Washington DC o en la Plaza Mayor de Madrid, acompañados de furibundos aplausos. Al público de acogida parece gustarle el exotismo, y al bailador la respuesta de una audiencia entregada a sus habilidades mientras éste se divierte. Los grupos de danza son cada vez más robustos y hasta aportan en las entradas folklóricas en territorio boliviano.
En cuanto al esfuerzo del Gobierno, la Embajada de Bolivia en Washington DC tiene un módulo de promoción de la cultura boliviana, organizando precisamente la semana pasada su evento más importante en el año: el Festival Suma Qamaña, en coproducción con el Museo del Indio Americano, parte de los programas que administra el Smithsonian, cadena museística más grande del mundo. Allí se reunieron todo el fin de semana una docena de grupos de danza  como tobas, morenada, muyu muyus, caporales, cueca, chovena, tinkus además de la danza contemporánea de Vidanza. Como complemento estaba programada una demostración de cocina y algunas charlas acerca de la mitología en tierras bajas y de lenguajes autóctonos, poniendo la guinda en el pastel la brillante interpretación del conjunto de música barroca Nakumanta Iñemo Baroque Ensemble, formado por músicos bolivianos llegados de varios puntos geográficos (dentro y fuera del país) como el chelista Pablo Issa, radicado en Connecticut, además del invitado local Michael Holmes.
Ya no se puede decir que no existan propuestas de calidad. Sólo en este trimestre se presentó en el Centro Cultural del Banco Interamericano de Desarrollo en Washington DC el cuequista Willy Claure (ahora prepara una colaboración con el guitarrista argentino Enrique Coria en Bolivia), y lo hará en las siguientes semanas el narrador cochabambino Rodrigo Hasbún, para hablar de algunas tendencias de la literatura latinoamericana.
La comunidad nacional va creciendo, se diversifica y se forman nichos y ya se ve algo de diversidad. A nivel local por medio de asociaciones que impulsan manifestaciones culturales desde hace años —Comité Pro-Bolivia en EEUU, Acobe en España—, pero también gracias a los aportes de pensadores y profesionales que ahora siguen la actividad cultural desde lejos gracias a la web. La calidad del internet (en Bolivia) no permite todavía mucha fluidez en el terreno audiovisual en vivo (streaming), pero hay avances. De momento el email, el twitter y el facebook facilitan colaboraciones e intercambios de ideas como las del escritor navarro Miguel Sánchez-Ostiz —Premio de la Crítica y Herralde de Novela— a través de sus ensayos y del blog Vivir de buena gana, donde suele colgar fotos, opiniones y crónicas de su experiencia personal con Bolivia.
Así parecería que hay una ola de intercambios alrededor de lo “boliviano”. El siguiente reto será pasar del exotismo a implantar una tendencia. Debemos estar preparados para cuando dejemos de ser una novedad.
Foto: Carlos Camacho a través de Bolivianos en USA

5 de mayo de 2012

¿Generación Cornell?


Publicado en Página Siete. Foto: tapa de la novela de Sebastián Antezana (El Cuervo).

En su brillante ensayo El insomnio de Bolívar (Debate, 2009), el escritor mexicano Jorge Volpi, con una dosis de humor, trata de caricaturizar las diferencias entre los escritores del Boom latinoamericano, aquellos que dominaron los escaparates desde los años 60, y las generaciones posteriores hasta nuestros días. Volpi marca como diferencias las aficiones de los primeros por Europa, la vida de bohemia, el uso del francés como segunda lengua, el neorrealismo italiano como influencia en el cine y su participación en el periodismo y la vida política en sus países de origen; mientras que los actuales tendrían como referente más directo a los Estados Unidos, dirigirían su incidencia pública en el mundo académico, serían activos en las redes sociales y blogs, y aparentemente disfrutarían del cine independiente hecho más allá de Hollywood (el visto en Sundance quizás). Hacer una caricatura de ese amorfo y heterogéneo grupo que es el de los hacedores de literatura en América Latina es imposible, pero algunos de estos puntos valen para ilustrar un cambio de tendencia, más allá del tópico, de la cada vez más creciente presencia de influyentes personas de letras en centros académicos y de pensamiento estadounidenses.
A los casos de Eduardo Mitre, actualmente profesor en la Universidad de St. John´s,  o Edmundo Paz Soldán en Cornell se pueden añadir las experiencias norteamericanas de Claudio Ferrufino-Couquegniot o Giovanna Rivero, y la impronta dejada por esas experiencias en las publicaciones de obras creativas suyas protagonizadas por inmigrantes, ambientados en California (el Norte de Edmundo, 2011), Washington DC (El exilio voluntario de Claudio, 2009) o Arizona (el Tukzon de Giovanna, 2008). 
Las universidades anglosajonas han sabido aprovechar la fuerza creativa de talentos en busca de mayores posibilidades investigativas y eso no es novedad, pero sí lo es la notoriedad del micro-clúster boliviano en ciernes de Cornell (Ithaca, Nueva York) -universidad que tuviera en sus aulas a escritores como Tony Morrison o Navokov- donde ya llegaron el cochabambino Rodrigo Hasbún y la cruceña Liliana Colanzi en el último lustro, y por si ello no bastara, el reciente fichaje como doctorante del premio nacional de novela, Sebastián Antezana.
Otro de los lugares considerados como “centros de alto rendimiento literarios” en Norteamérica y polo de atracción de jóvenes narradores, es el renombrado programa internacional de escritura de verano en la Universidad de Iowa, con trascendencia desde hace varias décadas. De esas aulas han salido una docena de premios Pulitzer y otros varios galardonados. La más reciente participación boliviana ha sido la de la mencionada Rivero en 2004, así como la participación de otros escritores como Mónica Velásquez, Juan Carlos Orihuela, Adolfo Cárdenas y Luis Antezana en años pasados.
La riqueza que se logra con el intercambio de situaciones, narraciones y escritos desde afuera, junto con las experiencias germinadas dentro del territorio boliviano está nutriendo de forma potente las letras, no sólo con los escritores ya consagrados sino con todos aquellos que van en ascenso. Desde ambos lados del continente se logra esa complementariedad tan rica que parece elevar el nivel de los que escogen viajar, y también de aquellos que eligen quedarse.