29 de julio de 2012

Y el ciclismo rodó con aroma a café colombiano



Han comenzado los Juegos Olímpicos de Londres y ya se han dado noticias positivas para atletas sudamericanos. El colombiano Rigoberto Urán acaba de ganar la medalla de plata en la prueba de ciclismo en ruta en el circuito urbano londinense. El oro fue para el pedalista ucraniano Alexandre Vinokourov (figura señera del deporte kazajo) y el bronce para el noruego Alexander Kristoff. Así, el ciclista antioqueño que une su reciente medalla a las otras once que había ganado Colombia entre todas sus participaciones en juegos pasados.
La tradición se impone en un lugar que ha dado importantes alegrías en la carretera, ejemplo de ello son las múltiples veces que se ha visto en el podio de la Vuelta a España, a la cabeza del gran campeón Lucho Herrera, y de otros grandes como Pacho Rodríguez, Óscar Vargas y Fabio Parra, este último también en su día elegido mejor ciclista promesa del Tour de Francia, al igual que Álvaro Mejía en los años 80. Asimismo en la primera década del siglo actual, brilló el excampeón mundial de ciclismo contrarreloj Santiago Botero, aunque se retiró salpicado por escándalos de dopaje hace pocos años.
El dopaje precisamente ha manchado el ciclismo en las últimas décadas y cada mes se destapa un nuevo caso. El último fue el del luxemburgués Frank Schleck hace pocos días en el Tour de Francia. Precisamente el flamante campeón olímpico, Alexander Vinokourov con una carrera marcada siempre por el dopaje, tras haber dado positivo y estar castigado dos años, vuelve para ser campeón olímpico con 39 años, lo que indefectiblemente levantará más que una justificada sospecha. Ha derrotado al  favorito “dream team” británico, conformado por Cavendish, Wiggins, Froome y Hamilton, también magos de lo imposible.
Desde hace años, el ciclismo despide un aroma rancio muchas veces por su relación con los fármacos prohibidos, aun así, este año parece más bien oler a café. 

28 de julio de 2012

Londres 2012: con una mano delante y otra detrás


Publicado en Los Tiempos y Página Siete. Caricatura: Abecor/Página Siete

Esta semana en las redes sociales ha circulado una inusitada avalancha de carteles, fotos con texto, quejas en general y hasta una genial caricatura de Abecor, clamando contra la cantidad de dirigentes y sus emolumentos en relación con la exigua cantidad que se da a los atletas.
En Juegos Olímpicos pasados -un presidente que estuvo dos décadas en el cargo sin casi dar cuenta de lo que hacía ni de los resultados (en unos juegos dio los viáticos a los deportistas diciendo que eran “de su parte”)- nos tenían acostumbrados a la oscuridad en las cuentas. Además, sazonaban esta angurria de centavos con su afán de protagonismo, visto en varios desfiles inaugurales, mostrando ante las cámaras los músculos de los dirigentes. Hoy afortunadamente Internet nos permite parcialmente conocer más de cerca y de primera mano lo que sucede con las actividades de las instituciones públicas. En el caso del Comité Olímpico Boliviano, institución privada de interés público, su página web cuando está activa, no muestra ningún plan estratégico ni líneas de apoyo a mediano y largo plazo al deporte boliviano, lo que no significa que sus ingresos provengan de las arcas del Estado.
Se puede leer en portales como Terra, el más grande de internet en América Latina, que nuestro país tiene los viáticos más reducidos de los JJOO. Ello sin contar por supuesto que probablemente el buzo deportivo sea menos dotado estética y funcionalmente, como lo fue en los dos últimos juegos (discutible dirá alguno). Este año las equipaciones que fueron brindadas por una empresa patrocinadora no podrán ser usadas en actos oficiales puesto que el nombre de la firma estaba estampado en la espalda en proporciones mayores a las permitidas y donde debería ir el nombre del país, asunto que se hubiese resuelto con un email. El resultado será un equipo deportivo de emergencia color azul.
La falta de planificación ya está dada. Los deportistas ya han entrenado durante años y poco más se puede hacer ahora con ellos, más que alentarles. No obstante emerge en este momento una situación contradictoria para ellos: la atención pública. Durante 3 años y 11 meses las tribunas de estadios y canchas de atletismo, natación y tiro han permanecido absolutamente vacías y poco se ha cuestionado acerca de los resultados de las instituciones encargadas. Ahora, tras la euforia del desfile, la mayoría de la gente que clama contra los “dirigentes”, así genéricamente y con cierta razón, no ha sido capaz de asomarse al campo deportivo y, en el caso del atletismo, ver que cada último fin de semana de mayo desde hace 13 años hay un gran prix de atletismo de primerísimo nivel donde han participado ex medallistas olímpicos y mundiales como Maurren Maggi, Osmar Barbosa o Sanderlei Parrela y donde el boliviano Bruno Rojas ha sacado una medalla hace pocas semanas. Lo mismo pasa en Volley o Ciclismo.
El tejido social además de estar conformado por ciudadanos, poco conocidos por abarrotar parques y ciclovías, lo está por empresarios, que rara vez han hecho aportes decididos por patrocinar y promocionar el deporte. Están los casos de empresas grandes como Taquiña o Entel, que sí lo han hecho en el pasado, y una gran cantidad de mecenas que lo hacen de forma anónima, pero no sistemáticamente. Ello se debe principalmente a que no está sancionada una ley de mecenazgo que logre desgravar impuestos a quienes decidan cambiar su pago obligatorio por extender una cuantía a un club deportivo sin fines de lucro. El sector cultural lleva discutiéndolo hace varios años.
Fernando García, director del Proyecto Martadero y aunque en el campo cultural, prioriza “detonantes” de cultura y proyectos comunitarios en lugar de proyectos fastuosos poco sostenibles. Si hacemos una analogía al deporte, nos encontramos con la triste realidad de la abundancia de estadios millonarios como el de Villa Tunari o el todavía en construcción de Cliza, donde no hay entrenadores capacitados. Esos entrenadores que deberían ser los detonantes y formadores de futuros atletas. Para fomentarlos no es necesario pagarles los 1.000 dólares que percibe Azkargorta por día laboral (con eso alcanzaría para pagar bien a los 50 mejores entrenadores de las demás disciplinas), sino un plan de ejecución y control con miras a largo plazo.

23 de julio de 2012

Los Juegos Olímpicos desde las entrañas y sus socavones


Publicado en la revista OH! del periódico Los Tiempos. Foto: Eduardo Osorio.

El 27 de julio próximo comienza el festival deportivo y cultural más grande del planeta. 31.000 periodistas, 70.000 voluntarios, casi 9 millones de entradas disponibles y sobre todo 11.000 competidores concentrarán la atención mundial durante 17 días. Es el momento en que las revistas y medios de prensa impregnan sus números con entrevistas, rankings, récords, historias de triunfo y leyendas épicas. No obstante existe un lado íntimo, cercano a la persona, frecuentemente tapado por los pódiums.

Los fuegos de artificio vistos al pie del cañón
El día de la inauguración en los juegos de Beijing el cielo estuvo lo suficientemente cerrado como para que, en lugar de mostrar unos nubosos fuegos artificiales, la televisión emitiese unas imágenes pregrabadas del ensayo general con un cielo totalmente despejado, dejando patente el poco margen de improvisación con el que actúa la organización, tratando de aprovechar las tres semanas que tienen para exhibirse en la mejor vitrina posible.
El derroche mayor llega con la inauguración. Minutos antes del desfile, en los túneles que conducen al estadio, se mastica el nerviosismo mientras se agolpan las delegaciones vistiendo trajes de Armani y Ralph Lauren en los casos de Italia o EEUU, más folklóricos en el caso de Sudán, o de sastre de corte tradicional en el caso de Bolivia. Con un nerviosismo muy diferente al que se vive en las canchas, piscinas y pistas, los atletas, aglutinados esperan que el alfabeto permita que se cante su nombre en francés, al tiempo que intercambian impresiones, sonrisas, correos electrónicos y anécdotas, además los pins del comité olímpico al que pertenece cada quien, ideales para romper el hielo; los hay coleccionistas profesionales que llevan intercambiándolos durante varios juegos. Las insignias bolivianas suelen ser apreciadas por su escasez: si en China o Rusia llevan medio millar de atletas, los de Bolivia se cuentan con una sola mano.
Este año la ceremonia de apertura será más austera que hace cuatro años pero no menos espectacular. La dirigirá el cineasta Danny Boyle (Slumdog Millionaire), bajo la supervisión de otro conocido del séptimo arte, Stephen Daldry, y estará inspirada en textos de Shakespeare según revela la prensa. Estas propuestas teatrales corales, que distan mucho de aquellos impolutos premilitares haciendo pirámides humanas de hace un siglo, son amalgamas de construcciones conceptuales, visuales, circenses y operísticas, encarnadas en actores de teatro profesionales. En Barcelona 92 el espectáculo corrió a cargo del grupo La Fura dels Baus, habituales de teatros con pedigrí mundial como el Colón de Buenos Aires o la Scala de Milán. En Atenas se construyó una macropiscina en el campo de fútbol, por donde fueron desfilando los dioses de la mitología griega, cerrando con broche de oro aquella simbólica cita la cantante islandesa Björk. Por su parte, en Atlanta, Gloria Estefan impregnó la noche de fiesta y en Beijing fueron Jackie Chan y Plácido Domingo quienes pusieron las caras conocidas en sendas ceremonias, dirigidas por el cineasta Zhan Yimou. Ahora será el beatle Paul McCartney uno de los encargados de poner su voz en el escenario, aunque la canción oficial es de la banda de rock alternativo Muse, quienes han compuesto una marcha-rock de corte épico titulada “Survival”. El encendido de la tea suele ser sorpresa, lo que invita a evocar ediciones pasadas, en las que encendieron la antorcha por medio de una mecha (Atlanta), por el tiro de una flecha ardiente (Barcelona) o gracias a un atleta suspendido por un cable sobre la cornisa del estadio (Beijing).

Nuestros cinco hidalgos y sus años de soledad
El Quijote, la obra máxima de Cervantes, satirizó a aquellas personas que al igual que el Ingenioso Hidalgo, persisten locamente en busca de sus sueños y luchando contra sus propios fantasmas con valentía. Así probablemente se identifiquen algunos de nuestros representantes olímpicos en América Latina, y más aún en Bolivia, donde ser deportista profesional es poco menos que una quimera y una irreverencia. El deportista, desde pequeño tiene que luchar contra un entorno familiar y educativo que prima horas de estudio o de trabajo, un entorno social que le tienta por la senda de los brebajes dipsómanos, un entorno profesional inestable y un reconocimiento social absolutamente limitado. Eso por no hablar de las restricciones de infraestructura y de las posibilidades de desarrollo de los entrenadores, quijotes también a su modo, que tienen que sobrevivir al paso de los años en la soledad de las canchas deportivas. Afortunadamente todos han tenido oportunidad de competir afuera de nuestras fronteras. Claudia Balderrama quedó ubicada en el puesto 29º en la Copa Mundial de Marcha realizada hace un par de meses en Rusia. El velocista Bruno Rojas llega del mundial Júnior de Barcelona, mientras que Karen Tórrez y Andrew Rutherfurd estuvieron preparándose en Estados Unidos. Por su parte, el tirador Juan Carlos Pérez, con la experiencia previa de un Campeonato del Mundo en Alemania en el bolsillo, se preparó en Sucre.

La “cámara de llamadas” o la antesala del envite
En algunos deportes, especialmente en el atletismo, existe una habitación-calabozo con esta denominación, donde el atleta deberá ingresar 55 minutos antes de su evento para ser inspeccionado, tal como si de Chonchocoro se tratase. El control es riguroso puesto que el atleta está prohibido de ingresar al ruedo de competición con artefactos electrónicos en la mochila, con publicidad mayor a 4cm2 o consignas políticas y con clavos en las  zapatillas más largos que 1cm. Todos los detalles serán medidos con lupa y al segundo. Así sucederá con nuestro velocista. Bruno Rojas estará encerrado en una habitación que más parecerá una jaula conteniendo a las ocho fieras rabiosas de su serie que buscarán el pase de ronda o una mejora en la marca, que se decidirá en 10 segundos, pero con la que soñaron toda su vida. Prácticamente no hablarán, no sólo porque muy pocos comparten una misma lengua, sino porque desde el principal favorito hasta el último del ranking sienten la presión de verse observados por mil millones de ojos.

La Villa y el Parque Olímpico
Custodiada por una férrea guardia de varios miles de efectivos (hay quien dice que tantos como en Afganistán), la Villa Olímpica sorprendentemente no permite la entrada de periodistas, paparazzis ni otro tipo de comunicadores. Ni siquiera de diplomáticos, más allá de algunas áreas y horarios especiales restringidas, asunto que puede parecer rutinario para los jeques y príncipes que están al mando de una regata –europeos y árabes fundamentalmente-, pero no así para un corredor de fondo boliviano o para un boxeador costarricense. No obstante, no es extraño ver a cocineros y camareros tirar sus bandejas por los aires para captar una foto con Messi o LeBron James, los cuales, a sabiendas de que ni ahí su privacidad será total, deberán aparecer solamente pasada la hora punta. El mimado del pueblo, deja de serlo al sentirse comensal en la misma mesa de leyendas del momento como Phelps, Nadal o Bolt, e incluso de las otrora figuras pero hoy dirigentes, como el británico Seb Coe, artífice de la organización de estos juegos, o el cubano Javier Sotomayor, el hombre que más ha saltado en la historia, hoy entrenador en la isla del Caribe.
La villa olímpica podría ser lo más parecido al ideal utópico concebido por el filósofo británico del renacimiento Tomás Moro. Así, la espera de la contienda deportiva al menos está acompañada de comida en abundancia, propuestas artísticas y de ocio, fraternidad y algo de libertad contenida por las conciencias de los propios atletas, los cuales en su mayoría buscan tener hábitos de vida de monjes cartujos, o al menos eso deberán mostrar ante sus dirigentes y políticos, muchos de ellos asomándose por única vez al año a la vida doméstica de los deportistas, concepto que no entienden más allá de los flashes de las fotos. Este condominio temporal cede su significado–además de protagonismo- cada cuatro años al término de Villa Olímpica, haciendo del hashtag #olympicvillage un “trending topic” en el twitter; a fin de cuentas en esas habitaciones es donde reposará el deportista que eventualmente volverá como héroe, como paria o como villano.
Pero como en todo, dentro de la Villa también existen Babilonias y no es raro ver condones repartidos en las salas médicas, atletas retornando a sus habitaciones con muchas cervezas de más después de sus competiciones o una cafetería de McDonalds gratuita las 24 horas, en la que se despachan grasientas hamburguesas, donde no será raro ver  a los jugadores de básquet de Argentina. Ello contrastará con la dieta de los fondistas keniatas: cantidades ingentes de trigo cocido y fruta, además del consabido ugali, una suerte de maicena o harina almidonada que es la base de la alimentación de los mejores atletas de largo aliento del planeta.
El encierro de los atletas en la villa puede acabar en demencia. Y aunque el turismo suele estar malvisto por hinchas y entrenadores, es parte de la experiencia de los deportistas, a sabiendas de que deberá antes de la competición prescribirse reposo. Ni hablar de entrenar en demasía puesto que causará fatiga innecesaria. Algunos inclusive entrenan desde la cama y prueba de ello es el caso del fondista y medallista mundial británico de origen somalí, Mo Farah, quien dormirá en una carpa de hipoxia, que simula la altitud de la ciudad de La Paz, con el fin de producir más glóbulos rojos. Un microcosmos de ciudad dentro de otra.
Así, esta ciudadela artificial juntará a la mayor cantidad de talento del planeta, y no sólo deportivo ya que paralelamente se celebra en Londres la Olimpiada Cultural. Será el mejor ejercicio de la polis, ese ideal griego de Ciudad-Estado que representa Londres hoy, o Río de Janeiro en menos de lo que pensamos. Así es que ya ha llegado el tiempo de la pascua deportiva.

13 de julio de 2012

Bruno Rojas: de Quillacollo a Londres



Publicado en Los Tiempos.

En dos semanas comienzan los Juegos Olímpicos de Londres y es momento de acudir al Google para consultar quién será el representante de Bolivia. La respuesta es que dos atletas, Bruno Rojas y Claudia Balerrama, los nadadores Karen Tórrez y Andrew Rutherfurd, y el tirador Juan Carlos Pérez serán los elegidos, acompañados de varios (¿muchos?) dirigentes.
La última vez que un boliviano corría los 100 metros planos en un gran evento internacional fue el 26 de julio de 1996 en las olimpiadas de Atlanta con una marca de 10.74 y fue Jorge Castellón, atleta paceño becado en Estados Unidos. Aquel día el diario Los Tiempos de Cochabamba publicó una preciosa foto de su serie, ganada de forma impresionante por el velocista norteamericano Dennis Mitchel, miembro del histórico relevo que ganó el oro en los Juegos de Barcelona 92.
En aquellos días el quillacolleño Bruno Rojas tenía apenas tres años y no se imaginaba que 16 años más tarde él batiría los récords nacionales del propio Castellón en 100 (10.36) y 200 metros (21.23), permitiéndole ello ser el representante boliviano en los juegos de Londres que están a punto de comenzar a fin de mes y estar en el primer puesto del ránking sudamericano juvenil, categoría a la que aún pertenece.
Justamente antes de besar el Olimpo, Bruno ha tenido esta semana su último test en el Campeonato del Mundo Juvenil en Barcelona. Allí fue tercero el martes en su serie en los 100 metros con 10.80 segundos, quedándose a las puertas de pasar a la siguiente ronda. Fueron 71 competidores, logró la 39º mejor marca en una competición con -1,6 de viento, en la que únicamente 14 han logrado su mejor marca. En 200 metros quedó el 6º de su serie con 21.92.
Pero la formación de Bruno Rojas no se ha dado de forma espontánea, sino a causa de una sucesión de felices proyectos e iniciativas. Lógicamente gracias a una familia que le apoya decididamente, requisito primordial, pero también por el efecto arrastre que logró el proyecto del difunto profesor Froilán Corrales y su afán de hacer del atletismo una moda en la ciudad de Quillacollo, donde logró tener más de un centenar de niños compitiendo regularmente. Luego, ya en las pistas, Bruno comenzó de la mano de otro de los pesos pesados del atletismo boliviano, Ramiro Villarroel, contemporáneo de Castellón, quien en los años 90 saltó (en longitud) la que aún sigue siendo la mejor marca boliviana, 7.42 metros, espoleado en parte  a las enseñanzas de la escuela alemana dejada por Willi Gernemman durante su estadía en Bolivia entre 1991 y 1994 y absorbida por entrenadores como H. Fernández, Luque, Galetovic y Vlahovic, lo que nos lleva al último eslabón de la cadena, Luís Daniel Valenzuela, hoy por hoy el mejor entrenador de la velocidad boliviana, con apenas 33 años.
Está más que comprobado que los atletas aparecen como resultado de iniciativas locales y de efectos encadenados. Hay que exigir medallas y resultados internacionales, pero primero hay que comenzar por lograr una cultura deportiva, llenar los parques de niños, educar a los espectadores e incluso patrocinar a gestores profesionales para que se dediquen a ello desde la iniciativa privada. Al fin y al cabo, si se quieren resultados, la cosa es poniendo.

12 de julio de 2012

Klaus Barbie, a 25 años de su histórico juicio


Publicado en el diario Los Tiempos.

    El 4 de julio se han conmemorado 25 años de uno de los más grandes, simbólicos y mediáticos juicios celebrados en Francia el siglo pasado. Nada menos que el de un conocido de los cuarteles bolivianos: el exjefe de la Gestapo en la ciudad francesa de Lyon, Klaus Barbie.

El caso Barbie, más allá de lo jurídico, ha despertado durante años el interés internacional, ya que a diferencia de otros nazis que sobrevivieron a los juicios de Núremberg y trataron de retirarse al anonimato, éste buscó repetir sus anhelos en otro continente, concretamente en la “lejana” tierra boliviana, y no lo hizo de manera esporádica, sino que lo intentó con diferentes Gobiernos golpistas como los de los expresidentes Barrientos, Banzer, Pereda, Padilla, García Meza y Vildoso. Pocos protagonistas de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto Judío, después de haber cometido sus crímenes continuaron caminando tranquilos por las calles, asistiendo a reuniones pro-fascistas –llegó a relacionarse activamente con la Liga Anticomunista a fines de los años 70–, y menos todavía continuaron involucrados en el negocio de armamento.

Barbie se valió del mito y aura del militar sanguinario que le envolvía y que además portaba orgulloso, forjado durante su colaboración con el régimen de Hitler. Su acción fue secundaria, al ser el jefe de la Gestapo en la ciudad francesa ocupada de Lyon, pero violenta en niveles indefinibles. Se le ha responsabilizado por la muerte de más de 4.000 personas, entre ellas un grupo de 43 niños judíos de la aldea francesa de Izieu, precisamente por lo que se le ha condenado por Crímenes contra la Humanidad.

Fue conocido por sus métodos de tortura y por haber sido un brillante espía, capaz de infiltrarse en diferentes estamentos, grupos de poder y servicios secretos de países como Alemania (antes y después de la II Guerra Mundial), Estados Unidos y Bolivia.

Klaus Altmann, apellido falso con el que se lo conocía en Bolivia, capitalizó su cartera de contactos, vendiendo armamento austriaco, en relación directa e indirecta con otros nazis que vivían desperdigados por España, Bélgica, Argentina, Perú, Ecuador, Chile, Argentina y Brasil, entre quienes figuraban apellidos conocidos como los de Skorzeny, Rudel, Rauff y los hermanos Sassen.

Ha pasado un cuarto de siglo del juicio que le condenó a cadena perpetua y que logró mantener privada su libertad hasta el día de su muerte en 1991. Aquel dictamen llegó a causar gran conmoción en los medios de prensa más importantes del mundo. El equipo de defensa del nazi estuvo constituido por el famoso jurista Jacques Vergès (defensor de una pléyade de terroristas y criminales de guerra) y por el abogado boliviano Raúl Jiménez Sanjinés, presuntamente patrocinados a su vez por el magnate antisemita François Genoud.

Medios como el New York Times, New Yorker, Time, Newsweek, El País, Le Monde han dedicado amplios reportajes, inclusive en los últimos años, siendo el periodista boliviano Peter Mcfarren uno de los más activos investigadores en la materia, siendo incluso arrestado por mandato del propio Barbie en 1981. Gracias a sus reportajes, fue contactado para colaborar en cine y televisión con los documentales Hotel Terminus (ganador del Oscar a mejor documental en 1988) y My Enemy´s Enemy (del también oscarizado realizador K. McDonald) además proyectos del History Channel, la Televisión Francesa y la Canadiense.

Con parte de la historia aún en proceso de sedimentación definitiva, McFarren y quien firma este artículo preparan un trabajo de investigación sobre la vida del mencionado agente alemán, que comprende más de 90 cartas personales escritas por Barbie a su mejor amigo en Bolivia, documentos desclasificados, 360 citas bibliográficas y más de 100 fotos personales que darán pistas sobre algunos hechos que un cuarto de siglo después siguen siendo parte de un borroso y oscuro episodio de la historia boliviana y mundial, uniéndose este material a los tres escasos y discontinuados trabajos previos publicados en castellano por los periodistas De Hoyos, Sánchez y Soria Galvarro en los años 80.

3 de julio de 2012

How can the US improve its policy towards Latin America?


By Fadrique Iglesias. Published in Ecuadorean Times and Ateneo Naider

Despite its many challenges, the Latin America and Caribbean (LAC) region has advanced and come a long way in recent years.  Several of its countries are now middle-high income countries, aspiring to become major international economies.  Therefore, the role of the United States in the LAC region has the potential to become that of a mentor and a partner.  In this context, the current U.S. policy towards Latin America and the Caribbean (LAC) includes: 1) promoting social and economic opportunity; 2) promoting clean energy and mitigating the effects of climate change; 3) increasing safety of the hemisphere’s citizens; and 4) strengthening effective institutions of democratic governance.  Although these four pillars are undoubtedly necessary, they may not be sufficient.
In order for the US to improve its policy towards Latin America, it will need to reinforce a couple of its current strategies (like promoting social and economic opportunities as well as increasing safety) and consider including additional ones (like increasing development aid, collaborations with academic/research institutions, and improving its image in the LAC region).  In order for its policy to be efficient, it is important for its approach to be holistic and consistent.
In this moment, the LAC region is growing rapidly and vigorously.  In that sense, the US needs to diversify its investments in the region trying to bring about better social and economic opportunities for those least privileged, hence helping close the inequality gap. It is important for the US to recover the commercial leadership in the region, which is now inclined to China. A recent study developed by the United Nations Economic Commission for Latin America and the Caribbean (ECLAC) indicates that since 2008, China has become one of the world’s largest sources of direct investment in the LAC region. These flows first reached significant levels in Latin America in 2010, when it is estimated they surpassed US$ 15 billion.
During President Obama’s last visit to South America for the Summit of the Americas 2012, he pointed as a priority the contention of the Chinese penetration, the need of open markets for the American products, and the revitalization of the deteriorated image of the US in the region. He also noted the “promissory moment” that the region is passing, but recognized that "it is estimated that trade throughout the hemisphere is only half of what could be. We must do better. With nearly a billion people, one billion consumers, including us, there is much we can do". In the same meeting, the Colombian President Juan Manuel Santos replied that "if the U.S. realizes that its long-term strategic interests are not in Afghanistan or Pakistan, but in Latin America, we will have great results”.  Although it is unlikely that the US will change the focus it has on the Middle East, it is imperative it remembers its long-term interests with its regional neighbors.
Andres Oppenheimer, Argentinian economist and columnist, indicates that that in trade, the share of Latin America’s overall imports that are made in the U.S.A. fell from 55 percent to 32 percent over the past decade. Similarly, the share of Latin America’s overall exports that are going to the United States fell from 61 percent to 42 percent over the past decade. Therefore, the US could rethink its "strategic vision" toward the region, possibly through strengthening the Alliance for Progress or the Free Trade Area of the Americas, which unfortunately, are no longer a priority. In that sense, the coordinated financial system between Colombia, Peru, Chile and Mexico could be an excellent opportunity for US investors, now that the free trade agreement with Colombia and Panama is set in place. This is an excellent opportunity, not only for increasing commerce; but also for creating a trade model in the region, a long improved version of the now “pre-historic exercise” with Mexico.
Another component of the current US policy that needs to be carefully rethought is its approach to safety in the region, which includes the violence in the borders with Mexico and within Central America, and its relation to the war on drugs.  It is a complex situation that seems to be getting worse with time. 
Besides strengthening the economic and safety components of its current policy, the US could also seek to include new approaches in order to strengthen its relationship with the LAC region.  For example, academic and research collaboration within the region, led by the US, could help develop strong partnership between countries, helping those least advanced.  Including a focus in the US policy that supports universities, think tanks and research centers in the region could help strengthen democratic institutions, advance the educational level of the region, and strengthen the relationship between the US and Latin America.  With the internet and technological advances now at hand, the US could support the most brilliant individuals and innovative institutions in the region, through joint projects, specifically in science and technology, fields that will eventually create stable and challenging job opportunities.  In this sense, the US can be an excellent adviser and sponsor projects related with new technologies, medicine research, green energies, democracy and governance, creating more hi-tech employments.
Another necessary component of foreign policy that needs to be strengthening in the LAC region is foreign aid.  During the past few years, the US has reduced its development aid to LAC, due in part to weak diplomatic relations (as is the case with Bolivia and Ecuador) or to the prioritization of the Middle East in its agenda and budget.  Considering the high levels of poverty in many countries of the region, it is imperative that the US policy in Latin America continues to include aid, which depending on the country, could be through grants for basic infrastructure or more innovative aid that promotes private sector investment and public private partnerships, which could also help strengthen economic collaboration within the region.
If the US policy in Latin America includes strengthening its economic ties (with an attempt to reduce poverty), supporting academic and research centers and universities to further develop human capital in the region, while continuing to provide aid for development, then its long-term relationship with the LAC region will be strengthened and genuine partnerships will be developed.
 Photo: Obama and Santos in Colombia. 2012, by Luis Acosta (AFP). Source: El País. 

2 de julio de 2012

Afilando los cuchillos del Carnicero de Lyon


Publicado en la revista de crónica Frontera D y en el blog boliviano Ecdótica. Foto de Peter McFarren.
Este 4 de julio se cumplen 25 años del histórico juicio en Francia de Klaus Barbie. Recordamos la vida que aquel jerarca nazi desde la perspectiva de su mejor amigo y apoderado, el boliviano Álvaro de Castro, con quien compartió el oficio de la intermediación en la venta de armamento, las labores de inteligencia y su pasión por la ideología de ultraderecha.

Álvaro de Castro tiene ya 75 años, la mayoría de ellos viviendo en la sede de gobierno –que no la capital– de Bolivia, La Paz, donde a pesar de lo que diga la Constitución, se cocina el mejunje del poder real. Y aunque él no haya sido político, militar, deportista o artista, algunos de sus encajes han resultado decisivos en el transcurrir del país. Lleva entre pecho y espalda una enigmática vida dedicada a labores poco comunes en las listas de empleo público, infrecuentes en las carreras funcionariales tradicionales: asesoría en materia de inteligencia, venta de armamento y espionaje. 
Durante los varios años de gobiernos militares en la Bolivia contemporánea, circunscribámonos simplemente al periodo comprendido entre 1964 y 1982 −Barrientos, Ovando, Banzer, Pereda, Padilla, García Meza, Vildoso–, De Castro, sin estar enrolado en el ejército,  tuvo vía libre para entrar y salir del Ministerio del Interior y de varios cuarteles, principalmente el Tarapacá, susurrando, en clave de consejo, suavemente al oído de ministros, grupos de choque y gendarmes. Y a pesar de todo ello, aun habiendo tenido contacto directo con algún expresidente y varios generales del ejército, no es un hombre conocido, hasta que sale a la luz un apellido poco común en el país: Altmann.
La intuición sugiere que Altmann se trata de un apellido alemán, quizás de raíces judías a juzgar por el sufijo. Ello invita a recordar que en los círculos de descendientes de alemanes emigrados a Bolivia a principios del siglo pasado principalmente, se ejerció un importante poder económico, que impulsó la tímida industria pesada de Bolivia. De Castro teoriza, sin demasiada convicción o base heráldica, sugiriendo que los apellidos de raíces sefarditas llevan una sola ene al final.
Muchos de estos empresarios, procedentes de una Alemania de posguerra en ruinas, arribaron a Bolivia huyendo de su tierra natal y afrontaron emprendimientos diversos relacionados principalmente con la industria minera, agroalimentaria, maderera y farmacéutica. Estos dos últimos rubros fueron ampliamente conocidos por el ciudadano Klaus Altmann-Hansen, de nacionalidad adoptiva boliviana desde 1957, aunque llegado a la zona rural de Los Yungas en 1951, no muy lejos de La Paz.
El punto de enlace entre De Castro y Altmann fue el barrio paceño, digamos que burgués, de Sopocachi. Se conocieron a partir del círculo social de los hijos de ambos, entre colegios alemanes y americanos, siendo frecuente ver al segundo asiduamente en lugares como el Club Alemán, –lugar de lobby, centro social y poso de nostalgias germánicas–, así como también en el Café Club de La Paz.
Altmann gozó de una prominente reputación, hasta que en 1972, año en el que, después de una gira de negocios por Europa –con su respectiva secuela en prensa–, en nombre de la empresa semipública que dirigía, Transmarítima Boliviana, fue reconocido por una pareja de activistas de apellido Klarsfeld, quienes denunciaron ante la prensa francesa que la identidad verdadera del señor Altmann pertenecía en realidad a Klaus Barbie, criminal de guerra nazi y exjefe de la Gestapo en Lyon hasta 1944, apodado allí El Carnicero.
Azares del destino, pero principalmente coincidencias ideológicas, hicieron que Álvaro de Castro consiguiera colaborar estrechamente con Barbie, llegando inclusive a recibir de éste un contrato de representación personal, motivado por su ingreso en la cárcel a raíz de una deuda contraída. La relación de ambos trascendió el nivel profesional para convertirse en una suerte de amistad inquebrantable, que De Castro ratifica cuarenta años después.
Tanto la conocida vida pública de Barbie –o Altmann, como se quiera–, responsable de la deportación y muerte de más de 4.000 personas, entre ellas un grupo de 44 niños judíos radicados en la localidad francesa de Izieu, como su privada y la de su mano derecha, De Castro, despiertan un sinnúmero de inquietudes y dudas que retan cualquier alma fisgona. Como la de quien escribe.

A punto de cumplirse los 25 años del proceso judicial contra Klaus Barbie en Francia –un 4 de julio– y con ya casi todos los protagonistas de la II Guerra Mundial muertos, sigue siendo recurrente la figura de este personaje. En un principio, De Castro acepta aparentemente a regañadientes la serie de entrevistas. Exige un pago de 500 dólares americanos en efectivo, y un contrato previo en el que, en caso de que de estas conversaciones salga un best seller se le otorgue una prima de beneficio porcentual.  Él ya conoce el negocio. Entrevistas suyas han salido en documentales franceses, canadienses, norteamericanos y alemanes. También en prensa escrita.
El dato y el pago a De Castro, los ha facilitado Peter McFarren, otro experto en Klaus Barbie, habitual free lance de revistas y documentalistas norteamericanos que van tras las huellas del nazi, y que durante años aportó con varios reportajes y crónicas a medios como el New York Times, Newsweek, el Boston Globe, El País, Der Spiegel y Excélsior. Ambos ya se conocen; comenzaron como enemigos en las primeras entrevistas en los años 80 y ahora hay una relación, digamos que cordial aunque esporádica. McFarren ha sido quien le ha contactado con los periodistas internacionales, a través de conocidos de conocidos ya que De Castro ni es un asiduo de las redes sociales en internet ni tiene la costumbre de revelar su paradero. Entre estos documentalistas está gente de la talla del francés Marcel Ophuls, ganador de un Oscar por Hotel Terminus precisamente gracias al documental sobre Barbie en el momento más polémico durante su juicio en Francia o Kevin McDonald, varios años más tarde, también oscarizado por El último rey de Escocia

En La Paz, De Castro es conocido como un oscuro gentleman. Correcto en el uso del lenguaje aunque algo empalagoso; de buenos modales y cauto en el habla; resalta el de en el apellido, como signo de memoria nobiliaria. Para la entrevista, rehúsa ser el anfitrión. Prefiere mantener sus señas en reserva, aun cuando en Bolivia la apertura del reducto familiar para encuentros circunstanciales no es un hecho extraño. “Quedemos en un lugar neutro”, le dice a Alico, contacto que tenemos en común además de McFarren.
A las cinco de la tarde, acude puntual a la cita en un céntrico enclave de La Paz según lo convenido. Mira hacia los lados, con el ceño enjuto, buscando caras. Encuentra una: la mía. Me extiende la mano, con una expresión entre incómoda y desconfiada, mientras pronuncia mi nombre interrogativamente con cierta dificultad. Después de ofrecerme una media sonrisa de cortesía, nos dirigimos hacia la mesa del Café Club de La Paz, lugar del que es habitué. Lleva una chaqueta americana de cuadros para este primer envite, en tonos marrones y beiges. Debajo luce una corbata oscura. El brillo de los zapatos lustrados hace juego con el de su grisácea cabellera –algo escasa– lamida hacia atrás, a la antigua usanza.
El club en sí, fue fundado en 1882 y era típicamente conocido como un lugar de encuentro de las clases dominantes paceñas y elites criollas con algún tipo de raíz occidental. Aunque no ingresamos al club propiamente, sí lo hacemos a su cafetería, con una entrada ubicada en la Avenida Camacho. La cantina referida, emplazada en la planta baja, fue un tradicional centro de reuniones para los contertulios del centro urbano paceño, no obstante hoy da una imagen algo enmohecida y casposa. Las mesas y floreros chinos actuales dificultan imaginar la decoración que hubo años atrás –tampoco excesivamente glamorosa– en un recinto, que ha escuchado los más variopintos rumores y proyectos políticos. Entre sus clientes figuraban –sin dar ahora esa impresión– aguerridos militares, audaces aventureros, aspirantes a poetas, sediciosos confesos, comerciantes de viandas, empresarios de la construcción y una serie de caballeros nostálgicos de la marchita idea de nobleza paceña, parcialmente excluida ahora de los vientos de cambio indigenistas.
El diseño de las mesas corresponde a los años 60, y estas son de madera de laca cubierta con un barniz raído. En la nuestra, encima del tablón y a modo de mantel, hay una losa de cristal con un tapete blanco perforado por cigarrillos de los que sólo queda una huella negruzca.
Una vez sentados allí, en el mismo lugar donde antaño De Castro y Barbie pasaran tardes enteras, llama con soltura a Aidé, la camarera, y le pide un mate de coca, mientras saluda a la mesa de su izquierda, con esa media sonrisa que me dedicó minutos antes, entre desafiante y amistosa, mostrando los molares laterales. Mirando a la barra, argumenta que no quiere tomar cerveza como la noche anterior, puesto que es “todavía temprano”. Esta vez sólo quiere una infusión, como llaman al mate los montañistas españoles que descansan de un tour por la cordillera andina, por ejemplo, en la mesa de al lado.

De Castro guarda sobre todo recuerdos, mas ya no sus reliquias. Conserva también el centenar de cartas que intercambió con su amigo alemán mientras purgaba su condena en Lyon. Algunas de aquellas antiguayas le fueron despojadas en una redada por agentes del Ministerio del Interior en 1984, ordenada por el entonces viceministro Gustavo Sánchez Salazar. Ninguno de los dos tolera al otro. Sánchez colaboró con los conocidos cazanazis Klarsfeld para tratar de lograr la extradición sin éxito de Altmann-Barbie a Francia para juzgarlo en los años 70 a causa de los crímenes de guerra pendientes; incluso planeó un secuestro junto con el ex guerrillero guevarista e intelectual francés Regis Debray igualmente sin suerte; no obstante, cuando volvió la democracia a Bolivia en 1982 Sánchez estuvo vinculado al gobierno y fue expresamente designado por el Presidente entrante Siles Zuazo como Viceministro del Interior, con la misión de deshacerse del nazi. Lo lograría aunque con una argucia ilegal en la expulsión.
Unos meses después de aquella expulsión, De Castro también fue intervenido y arrestado por “negros”, como él llama a los agentes del Ministerio del Interior que, luego de allanar su casa, le decomisaron –según recuerda– pertenencias entre las que estaban correspondencia, fotos y documentos, destacando entre ellos un acta de lealtad entre Barbie y el Ministro del Interior de aquella época, la pistola Luger de su amigo nazi, cargada, además de sus condecoraciones recibidas durante la II Guerra Mudial, tres, entre ellas la Cruz de Hierro de Primer y Segundo Grado. Por documentos menos interesantes –recortes de prensa autobiográficos– Klaus Barbie cobró 25.000 dólares a fines de los años 70 al periodista canadiense Robert Wilson.
Decido entonces acudir a Gustavo Sánchez para conversar sobre aquel encuentro con De Castro, casi 30 años después y a pesar de la edad, 85 años, demuestra todavía cierta audacia. Recuerda que tras haber logrado sacar de Bolivia a Barbie, sintió que querían matarlo, y comenta que durante algún tiempo anduvo con guardaespaldas. Luego añade: “me he cruzado en la calle con Álvaro de Castro, pero yo tenía fama de ´guitarrero`, blando de dedo era yo”.  Mientras pronuncia estas palabras, Sánchez hace una mímica con el puño cerrado y el índice y el pulgar extendidos, mientras muestra una media sonrisa juntando las cejas.

A través de McFarren he podido acceder a las cartas que De Castro escribió a su padrino Klaus Barbie y viceversa –entendiéndose al padrino como la figura fundacional del imaginario boliviano– a partir de su encarcelamiento en 1983, mientras cumplía condena por cadena perpetua en Lyon. Su remitente las ha guardado cuidadosamente, esperando que un día alguien pague cifras mareantes por ellas. No obstante, ese día parece no llegar puesto que los objetos de colección son en realidad las cartas escritas por el alemán, publicadas parcialmente en algunos trabajos sobre biografías relacionadas con personajes responsables del Holocausto. McFarren y el abajo firmante también tiene decenas de éstas, siempre rubricadas a mano por Barbie, en las que se refleja la tristeza y abatimiento de un Barbie derrotado.
El tono casi invariable de las comunicaciones epistolares de ambos es en clave de lamento. Lamento boliviano, que le llaman, ya sea por el incontestable juicio por el que atraviesa su destinatario a miles de kilómetros de La Paz, o por su difícil situación económica, que tras la marcha de su colega de Bolivia, no mejora, carta tras carta, a lo largo de las misivas mecanografiadas y enviadas religiosamente entre 1983 y 1991, año de la muerte de Barbie.
En esa recopilación, hoy hecha cuaderno, De Castro repasa la vida política de Bolivia durante aquellos siete años, y eso, en un país como éste da para mucho: un gobierno democrático de izquierda después de más de 20 años, su deterioro político por denuncias de corrupción, la incursión en la más fuerte inflación mundial que se recuerde, la llegada al poder del expresidente Paz Estenssoro -por cuarta vez- tras varios años de intentos fallidos, planes de estabilización cambiaria comandados por un entonces joven ministro de planeamiento graduado de Chicago apellidado Sánchez de Lozada, las infinitas huelgas generales, relocalizaciones y despidos masivos en las decadentes zonas mineras, hasta llegar a la unión de uno de los partidos de izquierda, el MIR (al que pertenecían un grupo de dirigentes asesinados en una emboscada ordenada por paramilitares de derecha) con el partido del neodemócrata y exmilitar Hugo Bánzer. Todas estas historias acuciosamente descritas, siempre citando nombres de amigos, además de algún otro hecho surrealista, ya no tan sorprendente en un país que se había caracterizado por tener más golpes militares que presidentes en su historial.
Las cartas de De Castro tienen un carácter repetitivo y casi cíclico: son constantes sus referencias a  una crisis económica crónica, a la escasez de gasolina o pan. Comenta compulsivamente las huelgas sindicales de la Central Obrera y de dirigentes universitarios, una y otra vez, además del subeybaja en la cotización del dólar y el precio de la gasolina, incidiendo en el sempiterno desorden en la oficina de correos, al cual atribuye la demora de las cartas desde la prisión en Lyon. Por último, recibe y entrega los consabidos saludos de los colegas del Café Club La Paz, soliendo despedirse llamándolo “bien estimado Klaus”, obteniendo por respuesta el epigrama de “tu amigo eterno” además de los informes de un puñado de trámites inútiles a instancias de la Corte Suprema de Justicia, requeridos por el abogado de Barbie desde Francia, Jacques Vergès, y por la hija del imputado, Uta-María Altmann.

Cuando se siente a gusto, Álvaro de Castro se saca de la manga historias casi inverosímiles que, gracias a su precisión y abundancia de detalles, se hacen perfectamente plausibles. Entre rocambolescas  algunas y remotas otras, me cuenta atropelladamente la historia de Monika Ertl, radical guerrillera del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia inmediatamente post-guevarista, quien fue hija del fotógrafo emigrado también a Bolivia en la posguerra Hans Ertl, quien a su vez colaboró con la cineasta de la Alemania pro nazi Leni Rifenshtal en el célebre film ganador del León de Oro en Venecia, Olympia. También trabajó el viejo Ertl en el norte de África con el Mariscal Erwin Rommel. Ya en Bolivia, después de vivir algunos años en La Paz, y habiendo enviudado, decidió emigrar el viejo Ertl a las tierras tropicales de las Misiones Jesuíticas de Chiquitos, para vivir allí el resto de su vida como ermitaño.

Cuando me doy por enterado de que habla de Hans, le pregunto por la relación con la tal Monika. En ese momento me cuenta que ella fue quien se supone que mató a Roberto “Toto” Quintanilla por ser quien cortó las manos del Che Guevara al poco de morir éste, como prueba irrefutable de identidad, obteniendo al poco tiempo Quintanilla la honrosa titularidad del consulado boliviano en Hamburgo, a principios de los 70. Es entonces que retrocede De Castro para precisar que Toto Quintanilla era íntimo de Barbie y que el hijo de éste, Klaus Georg Altmann, trajo en avión el cuerpo del amigo finado para darle sepultura en Bolivia.
En el momento en que De Castro percibe mi incomprensión, desvela el último detalle, en voz baja: ya cuando Monika Ertl volvió a Bolivia clandestinamente, sin que las policías alemana ni boliviana supieran de su paradero, un día en la calle, se la encontró él mismo, De Castro, acompañado de Barbie, sin que ella los reconozca. Ese momento acudieron a un teléfono público para denunciar su presencia en Bolivia al Coronel Loayza.
El Coronel Rafael Loayza era el Jefe del Servicio de Inteligencia del Estado, especialista en interrogatorios e investigación política, y funcionario regular del Ministerio del Interior, además de una persona muy cercana a Klaus Barbie. A los dos días del hecho, se supo por la prensa que Monika Ertl murió, no habiendo recibido su hermana Beatrix Ertl noticias del paradero del cadáver hasta el día de hoy.
De Castro da por finalizado el tema abruptamente, señalando que a partir de entonces llamaron a Monika “la vengadora del Che”, mientras recuerda la confesión de su mentor Klaus Barbie, especulando sobre las cualidades del Che Guevara: “En Alemania [durante la guerra], ese no hubiera llegado ni a cabo”.

Habiéndose conocido a principios de los años 60 y tras un largo periodo sin contacto entre Álvaro de Castro y Klaus Barbie, retomaron la amistad durante los comienzos de la dictadura de Bánzer, en 1971, refrendándola con un documento firmado por Barbie en el que le cedía atribuciones plenas de representación ante las autoridades públicas y la prensa. El perfil comercial de esta amistad se hizo efectivo a causa del descubrimiento internacional de la identidad del SS Hauptsturmführer Klaus Barbie, lo que le impedía continuar tranquilamente con sus negocios. Conocido hasta entonces con el apellido Altmann, nombre ficticio que tomó en homenaje a un rabino judío que conoció en Trier, Alemania, durante su infancia, se trasladó a Bolivia en 1951 ayudado por sacerdotes del Vaticano y la Cruz Roja Internacional que le extendió un salvoconducto, permaneciendo sus primeros años en la selvática región boliviana de Los Yungas.
Con el documento de representación mencionado, popularmente llamado en Bolivia poder, De Castro fue representante de la firma de armamento austriaca Steyr-Daimler-Puch en La Paz durante años, negociando con el gobierno de Bolivia entre 1978 y 1980, 42 unidades de tanques, tanquetas y suplementos que finalmente compraría las Fuerzas Armadas, distribuidos así: 6 unidades del vehículo blindado 4K-7FA-G-127; 34 unidades del tanque ligero SK-105A1 Kurassier; además de 2 unidades del blindado ligero de alta movilidad 4K-4FA-SB20 Greif.

En cuanto la charla se va agotando –ya sea por la debilidad de la trama, ya sea por cansancio– y tras hablar de nimiedades que recuerdan más al Súper Agente 86 que al desalmado nazi, se saca un nuevo as de la manga: durante los últimos años de consorcio de este dúo, llegaron a contactar a variados y pintorescos personajes, que desfilaron por la mesa del Café Club de La Paz. Hombres negros, como De Castro llama a los neofascistas que acudían tras la estela del Carnicero de Lyon, en boga nuevamente tras el congreso de la Liga Anticomunista en Asunción de 1978, buscándolo cerca del Muro de los Lamentos, lugar que despectivamente llamaban Barbie y De Castro a la pared lateral del bar donde ambos pasaban horas leyendo la prensa y cavilando sobre sus proyectos.
Por ese mismo café donde nos encontramos durante la segunda jornada del ciclo de entrevistas, ya conocido por círculos clandestinos de extrema derecha afiliados a la World Union of National-Socialists, pasaron miembros de la organización neofascista española CEDADE, los terroristas italianos Stefano Delle Chiaie, Emilio Carbone y Pierliugi Pagliae, implicados en atentados como el de la estación de trenes de Bolonia o Piazza Fontana (85 y 17 muertos respectivamente), además de otros neonazis alemanes, argentinos, ecuatorianos, belgas, suizos y franceses.
Recuerda De Castro que, casi sin habérselo propuesto, formaron un grupo de choque autodenominado Los Novios de la Muerte, adoptando el nombre en tono de broma, en referencia a una vieja canción de la legión extranjera española, apoyando el sangriento Golpe de Estado del General García Meza en 1980. “Klaus siempre me metía en sus líos”, recuerda él al contar anécdotas de exmiembros de la Triple A argentina o de algún otro recomendado del partido nazi ecuatoriano. Eficazmente De Castro cumplió con sus funciones de coordinación para obtenerles trabajos “en labores sencillas”: espiando oficinas comerciales relacionadas con la embajada soviética. “Al principio pensamos que se trataba de judíos, por sus pintas”, dice refiriéndose a esos “aventureros”.
La contraparte del negocio fue el Gobierno mencionado, a través del cruel ministro del Interior Luis Arce Gómez, quien hizo célebre la idea de que en Bolivia, todo aquel subversivo, “debía andar con su testamento bajo el brazo”, viniéndose abajo el proyecto totalitario por la descomposición de su estructura, vinculada directamente con el narcotráfico.
Sobre Arce Gómez, recluido en penales de máxima seguridad desde hace varios años, hay acusaciones de narcotráfico, de terrorismo de Estado y también en sus inicios, de asesinato. De Castro ante ello, alega desconocimiento. “Él era mi amigo, hemos trabajado juntos. Yo he escuchado cosas [en referencia a algunos asesinatos a sangre fría] pero no estoy seguro, he escuchado solamente”.
Sobre los paramilitares extranjeros recuerda: “luego, el narcotráfico, que pagaba mejor, se los llevó a Santa Cruz, ya aburridos de la burocracia gubernamental. Los contrató Roberto Suárez, el Rey de la Cocaína”.
Finalmente, lamenta la vuelta de los partidos de izquierda democráticos: “yo seguía yendo al Estado Mayor sin problemas a fines del 82. Luego el Coronel Loayza, que trabajaba también en esa época, me citó diciéndome: ´De Castro, se ha acabado nuestro tiempo, por órdenes superiores; entrégueme su credencial y la de Klaus Barbie por favor…además llévese sus pertenencias`. En la caja fuerte del Estado Mayor yo tenía mis documentos, los saqué, los llevé a casa. El Diario del Che también estaba en esa caja fuerte. Klaus me pidió una fotocopia de su credencial de oficial boliviano y me ordenó devolverla luego. Pero le mentí, no quise devolver la credencial.

Con una mano artrítica, se frota compulsivamente las comisuras –de por sí limpias– de unos delgadísimos labios arqueados hacia abajo, fruncidos y sugiriendo decepción o contrariedad en consonancia con su afilada quijada. Su charla es amena y agradable, pese a lo lúgubre del tema. Sus recuerdos son precisos. Resalta calles, fechas y sobre todo nombres propios. Compañías, amistades y anécdotas.
 Ha desarrollado la imposible habilidad de defender al Carnicero de Lyon. Por momentos lo logra, hasta que el interlocutor recuerda las muertes, torturas y deportaciones, principalmente de aquellos 44 niños judíos enviados a Auschwitz. Su táctica es la de humanizar al personaje y jamás habla de sangre, ni de asesinatos, sino de labores de inteligencia, de capacidad técnica en manejo de armamento. Para el matonaje están otros, dice.
De Castro no parece mentir. Aquellas cosas de las que no quiere hablar, las esconde, hábilmente en los inexistentes o inaccesibles archivos bolivianos. Sólo admite las historias comprobadas.

Tres décadas después de la muerte de su amigo, De Castro tiene ya 75 años y ya no conserva relación con altos funcionarios del gobierno. Siente que su amistad leal le ha valido la antipatía de mucha gente. Le han señalado como guardaespaldas de Klaus Barbie, cosa que él rápidamente niega. Nunca guardaespaldas, sí socio, ¡error de ignorancia!, precisa. Me distraigo con esa forma suya de pronunciar la erre tan andina, con las muelas, pero diferenciándola de los indígenas que lo hacen con los dientes. Su tono tiene cierta cadencia, como coreado en una modulación que acompaña a las ideas que pretende enfatizar. Mantiene las cejas acordeonadas durante todo el día, lo que ha dejado ya hondos surcos, que con los años han desembocado en profundas y copiosas arrugas.
Luego de esta tercera jornada consecutiva de entrevistas y con más intimidad, tras muchas anécdotas y recuerdos, Álvaro de Castro se sincera: se considera de derechas, aunque cree que el debate filosófico en la política se ha perdido. Se desentiende del proceso por el que pasa la Bolivia de Evo Morales y ve poco menos que inviable el país actual donde habita. Él es un nostálgico del ideal hitleriano, transmitido, en parte, por su amigo y mentor.
Pasada la media noche y llegado el momento de cerrar nuestra conversación  la finalizamos casi de forma mutua. Ambos estamos agotados y decidimos, casi al unísono tomar un taxi. Ofrezco compartirlo con De Castro, quien accede después de titubear e intuir que pasada la media noche, en día de semana, será difícil escoger.
Acepta agradecido. Damos las direcciones, yo de forma precisa y él, vagamente. Como en un filme de Hitchcock, diluvia. Al llegar a la zona de Obrajes, a unas pocas calles del lugar donde ambos nos quedaremos, solicita al taxista súbitamente que se detenga. Agradece nuevamente por los chocolates Ferrero Rocher que le di. Cierra la puerta delicadamente con una mano y con la otra saca su teléfono móvil del bolsillo interior de su saco a cuadros. Luego se pierde en la oscuridad, mientras el agua le aplica su barniz, como borrando su improbable huella en la historia. El taxi se aleja de él, mi cabeza da vueltas, y al llegar a la esquina, el semáforo se pone en verde para nosotros.

Entrevista realizada en La Paz, en diciembre de 2010. Washington, DC, junio de 2012.