20 de septiembre de 2012

Educar a gritos (de rock)



Mientras vemos avergonzados que los invisibles y socialmente anónimos representantes de un organismo fantasma discuten qué hacer con los despojos del Festival Nacional de Teatro Peter Travesí –esencialmente con el dinero público que dota al premio-, existen proyectos replicables en otras zonas del país que están contribuyendo a la cultura y al desarrollo humano, que no logran la cobertura mediática que merecen.
Luigi Baudoin, miembro de Cartel Afónico, una de las bandas de rock nacionales más originales y divertidas, es un tipo sencillo pero de un profundo sentido social. Lleva trabajando desde hace algunos años en labores educativas de base, centradas en el desarrollo educativo infantil que comprenden desde proyectos urbanos de ilustración en barrios deprimidos de Cochabamba hasta talleres de expresión musical en las poblaciones más remotas del oriente boliviano, a donde el rockero ha llegado inclusive en barcazas.
Su último emprendimiento, Musicrear, patrocinado por la Fundación Patiño en Santa Cruz, es un taller de creatividad infantil a través de la música, en el que luego de unas jornadas de preparación, los mismos chicos grabarán material musical.
Los primeros talleres tuvieron lugar en la alejada escuela Victoria Díaz, ubicada cerca del Octavo Anillo en Santa Cruz de la Sierra, donde Baudoin y su colega Marcelo Gala, guitarrista de La Maga, facilitan el aprendizaje de los niños a través de juegos y actividades lúdicas, orientadas a promover el desarrollo integral de niños y niñas, mediante el uso de nuevas tecnologías como herramientas metodológicas que permitan extraer de los chicos la creatividad que tienen a flor de piel, y así lograr que pierdan ese “miedo escénico” que en el futuro podría llegar a ser un obstáculo para emprendimientos vitales.
Baudoin y Gala no van solos. Han decidido incluir en sus talleres a algunos de los pesos pesados de de la escena musical nacional, entre los que está la mejor voz del rock boliviano, Christian Krauss (ex LouKass) y Billy Castillo.
El rédito no se limitaría a que alguno de estos niños en el futuro renueve la tradición musical rockera nacional (los referentes de hoy son los mismos que hace una década), sino a estimular la creatividad, la expresión, el intercambio intelectual y la autoestima. 
El economista estadounidense Richard Florida se ha hecho célebre explicando la relación entre lo que él llama “clase creativa” o el grupo de gente que aplica un plus creativo/artístico en su output productivo, y el desarrollo económico de las sociedades. El proyecto es destacable porque estimula la educación horizontal, que el filósofo brasileño Paulo Freire apuntó ya hace varias décadas.
Son los gestores culturales públicos quienes tienen la responsabilidad de identificar mecanismos para que la sociedad genere este tipo de proyectos, simplemente tutelándolos para no entorpecer su buena marcha y proveyendo recursos. Igualmente los mecenas, filántropos y aquellos que administran los polvos de maquillaje que algunos empresarios llaman “responsabilidad social” deberán poner el ojo, y la platita, en estos verdaderos motores educativos, que aunque son a largo plazo, contribuyen a nivel exponencial.

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