Bruce
Springsteen es uno de los artistas más conocidos de la cultura musical popular
estadounidense. Su tema Corazón
Hambriento fue un éxito allá por el año 1980. Todo el mundo quiere tener un hogar, nadie quiere estar solo,
reclama la canción. Eso probablemente fue lo que intuyó durante aquel mismo año
Lynn Brantley, quien lleva todo este tiempo, 32 años, al frente del Capital Area Food Bank, la
institución encargada de distribuir alimentos más grande en Washington DC y sus
ciudades colindantes.
Lynn es de esas
emprendedoras sociales que tiene un corazón hambriento, tanto que no se ha
contentado con satisfacer a amigos y familiares sino a toda una legión de
personas que por una u otra razón se han visto necesitadas de alimentación.
Comenzaron un puñado de personas voluntarias que veían con horror que en la
capital de país más rico del mundo pudiera haber tanta gente que pasara hambre.
El CAFB ahora ya supera la centena de profesionales que día a día tratan de
frenar una de las necesidades primarias y fisiologías del ser humano cuando
estas no están resueltas, repartiendo casi 14 millones de kilos de alimentos al
año, a medio millón de personas que viven en el área metropolitana de la ciudad
capital, en un sistema que no se caracteriza precisamente por la
redistribución.
Según el Global
Metro Monitor, el área metropolitana de Washington DC es una de las 10
ciudades con mayor ingreso per cápita del mundo en 2011 y la tercera de EEUU
por detrás de Hartford y San José. Arrastrada principalmente por el aparato
político y burocrático de EEUU, por su importante presencia intelectual a
través de institutos de i+d social y por think
tanks, es un referente para todo aquel que tenga intenciones de influencia
política -por razones obvias- en EE.UU. y en el mundo entero. Y a pocos
kilómetros de DC se encuentra Baltimore, una de las 50
ciudades más peligrosas del planeta según el estudio
del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública de México.
En la otra vida real norteamericana, aquella que va
más allá del Capitolio, de Disney World, de Hollywood y de esa Las Vegas de
desenfreno, y a mucha distancia de la idea del sueño americano aunque a escasas millas de la Casa Blanca, cohabita
gente como Claudia, salvadoreña que trabaja en empresas de limpieza desde hace 10
años y que llegó a este país con muchas ganas de progresar; a pocas calles vive
Mike, hijo de un cowboy que emigró a la capital después de la guerra de
Vietnam; y por supuesto está también Darlon, de origen hindú e invidente; y por
qué no mencionar a Félix, un boliviano del valle alto cochabambino pero que ya
se siente de Arlington, después de 20 años allí.
Los cuatro han
estado trabajando regularmente durante años, pero por una u otra razón –crisis
de empleo, han tenido niños, su empresa les ha reducido las horas al ser a
medio tiempo o simplemente no les alcanza para pagar los alquileres- son parte
de ese universo de 40 millones de personas en Estados Unidos que viven bajo la
línea de la escasez material. Todos ellos ya son Norteamérica, esa que algunos se empeñan en negar
irresistiblemente. Los cuatro reciben complementos alimentarios, las llamadas food
stamps, una importante fórmula de redistribución de renta,
específicamente destinada a obtener alimentos.
La difusión del
programa gubernamental de bonos de comida, llamado SNAP (Suplemental Nutrition
Assistance Program, antes conocido como food
stamps) ejercida por el gobierno federal lleva ya 70 años en marcha, pero
ha sido en los últimos tiempos cuando el mismo Departamento de Agricultura,
impulsor del programa, ha decidido solicitar ayuda más decidida a quienes mejor
saben reducir el hambre a pie de campo: los bancos de comida, que al tener un
profundo conocimiento del terreno, al trabajar con otros dispensarios de
alimentos y con instituciones de ayuda humanitaria, han decidido emprender
campaña para lograr incrementar las cifras de favorecidos. Lamentablemente casi
dos tercios de los beneficiarios con derecho a las food stamps no logra hacerse con ellas, principalmente por falta de
información, a pesar de ser elegibles.
El Capital Area
Food Bank, parte de la red a nivel nacional Feeding
America que agrupa a unos 200 bancos de comida, trabaja como una moderna y
compacta institución, en el sentido más operativo de la gestión de sistemas logísticos, administrando como un reloj
sus dos almacenes de distribución mayorista, sus programas de entrega móvil,
además de contar con modernos y efectivos programas educativos. Están interconectados
con sus instituciones homólogas en otros estados a través de un sistema de
información integrada, con procesos flexibles y haciendo lo que mejor saben
hacer: trabajar para reducir el hambre.
Justamente en estos
días en que el modelo del estado de bienestar europeo se tambalea, días en los
que se debate la funcionalidad del seguro médico universal –todavía a la espera
de ser aprobado en EE.UU. como prometió Obama–, y en los que se hace patente
que las grandes fortunas pagan porcentajes de impuestos relativamente bajos
(ahí está el multimillonario Warren Buffet para admitirlo) es que se requiere
un esfuerzo más decidido por evitar el hambre en Norteamérica.
Así, este país en
su vanguardia también ha sabido desarrollar sistemas alternativos a lo que
marcan las políticas públicas, y aunque la redistribución de la renta no haya
parecido una prioridad a lo largo de los años, la crisis actual ha dejado
patente nuevamente las necesidades del eslabón más débil de la cadena: el
obrero, el trabajador a tiempo parcial, la madre de familia numerosa, el
inmigrante de larga data y en general quien forma parte de grupos minoritarios.
Y precisamente un dispositivo que ha funcionado eficientemente ha sido el de la
filantropía y el mecenazgo. Si el gobierno no da lo que la gente necesita, la
sociedad civil se organiza para encontrarlo por la vía privada, al final de
cuentas la sensibilidad social no entiende de latitudes ni de idiomas.
Cuando se observa
la aplicación informática de oficina del censo norteamericana, publicada en el New York
Times, se puede advertir, cómo en casi todas las grandes ciudades del
mundo, la diferencia de salarios, de nivel educativo y de ingresos por barrio
es en algunos casos abismal. Lo que llama más la atención es que esas
diferencias se mantienen y a veces amplifican según el origen étnico. Hispanos
con hispanos, blancos con blancos y afroamericanos con afroamericanos. Pero
para pensar en lograr una integración efectiva, quizás se deba cubrir una
necesidad más primaria aun, la del alimento, tema ineludible en la futura
elección presidencial, puesto que las amenazas de recortes han logrado poner en
el tapete nuevamente un problema que afecta a uno de cada siete pobladores norteamericanos:
el hambre. De esta forma, el 77% de los votantes de DC, cada vez más críticos
con sus representantes, piensan que el
hambre es un problema grave en EEUU.
El Capital Area
Food Bank comenzó a hacer difusión del programa SNAP desde sus inicios,
principalmente en el centro de DC, ampliando su presencia hasta tener un equipo
que ha logrado incrementar las solicitudes de participación en dicho programa
en la región significativamente en los últimos cuatro años. Uno de los mayores
obstáculos ha sido el desconocimiento de la gente en materia de derechos y los
mitos negativos en torno al programa, entre los que hay un amplio rango de
historias. Desde los argumentos ficticios de que quienes soliciten los
suplementos serán penalizados o cobrados en el futuro, hasta que es un método
de rastreo e identificación de inmigrantes ilegales, o que incluso que trae
futuras penalizaciones en la oficina de migración. Mitos que el CAFB trata de
apartar. Ni es un indicio para el inmigrante ni es una deuda contraída con el
Estado. Simplemente es un bono de comida auxiliar.
La mayor parte de
los beneficiarios son personas nacidas en Estados Unidos, aunque también hay
quienes acceden a estas ayudas siendo residentes legales en Norteamérica de más
de un lustro, abarcando gente de orígenes tan diversos como México, Honduras o
Etiopia. En cuanto a los ciudadanos escépticos, cabe recordar que con estos
cupones no se penaliza la actividad económica, sino al contrario, se activa.
Existen cálculos que demuestran que por cada cinco dólares repartidos en los
beneficiarios del programa se obtiene casi el doble en actividad económica para
la comunidad. Inclusive en un reciente estudio
de la Fundación Sodexho, se ha demostrado que permitir el hambre cuesta
nueve veces más que prevenirla. Otro mito extendido difunde que a quienes
solicitan este bono se les acusa de comprar comida cara, poco saludable y de
efectuar gastos insulsos. La realidad, contrariamente, dice que los
beneficiarios del programa alcanzan más productos nutritivos por dólar que el
resto de compradores regulares. Huelga decir que con la tarjeta no se puede
comprar otra cosa que no fuera comida.
Los requisitos
básicos para acceder a los beneficios del programa comprenden el nivel de renta
–menor al techo propuesto por el Departamento de Agricultura–, tener una renta
disponible igualmente baja y tener nacionalidad estadounidense o residencia
permanente. Javier, ciudadano peruano que vive en Woodbridge desde hace varios
años aunque todavía sin su green card,
protesta con toda lógica cuando se entera de este último requisito. Y dice con
toda lógica, que su hijo ha nacido allí, y que por lo tanto tiene derecho. Está
en lo cierto. Para ello, se ha logrado que los menores de edad accedan a un
derecho legítimo, por medio de sus padres, quienes reclamarán una tarjeta para
ellos.
En el terreno
ideológico, igualmente hay ficciones. Está extendida la idea en las capas más
conservadoras de que “el que no tiene es
porque no quiere”. El economista indio, profesor de la Universidad de
Harvard y premio Nobel, Amartya Sen, entre otros, ha tratado de desmontar esta
distorsión, explicando las consecuencias perniciosas que trae la desigualdad,
ya no solamente en términos de criminalidad sino de éxito económico. Sen
defiende que además de las desigualdades de acceso, existen otras capacidades
que perviven, las denominadas capacidades
de agencia, las de “querer ser” o de aspiración, sin las cuales, los
niveles de éxito y las metas, son mas moderados. No obstante aquí se trata de
nivelar la desigualdad más básica dentro de la escala de motivaciones humanas,
la de la alimentación, en el nivel de seguridad fisiológica más básico.
El investigador
boliviano Roberto Laserna, doctor
por la University of California-Berkeley, uno de los economistas más
prestigiosos de Bolivia en planificación regional, destaca que la opción de los
cupones de comida da al consumidor libertad de elección, lo que además le hace
más responsable. En cuanto a los beneficios logísticos, destaca su mayor
facilidad de administración, lo que a su vez implica menos riesgo de corrupción
comparando esta vía con las compras y entregas de bienes físicos. Además
destaca la posibilidad de lograr una mayor diversidad de demanda, puesto que al
escoger la gente el producto, el rango de bienes demandados es mucho más amplio
y por tanto el impacto en el mercado menos concentrado y más diverso, aunque en
su opinión recela la posibilidad de que el receptor, necesitando otro bien,
obtenga alimentos para venderlos a bajo precio, admitiendo que incluso así,
distorsionándose el mercado, se pierde dinero, pero logra satisfacer su
necesidad (que incluso pudiera ser medicinas, arreglos de la casa, deudas, etc.).
Pero más allá de
las razones y las necesidades objetivas, es palpable la sensibilidad de un
sector importante de la población, que se visibiliza aun mas a través del
trabajo del voluntariado, siendo ésta otra de las fortalezas que destaca en
Estados Unidos, pero sobre todo en el Capital Area Food Bank. Miles de personas
han pasado por los centros asistidos para ofrecer su tiempo por el bien de la
comunidad, inclusive hace unas semanas la misma familia Obama y otros miles de
voluntarios anónimos donando uno de los bienes escasos más preciados: su
tiempo.
Así es que
corazones hambrientos, dígase solidarios, tratan de redistribuir alimentos y de
llegar a cubrir esa insuficiencia que pervive en nuestros días de
hiperconexión, a pesar de las mejoras en los estándares de vida, en la salud y
en las formas de producción. El hambre es tan antigua como la humanidad, pero por
más que avance la tecnología, todavía no se ha erradicado completamente como
síntoma perdurable del sistema.