11 de enero de 2013

Sembrar cemento no es cosechar medallas


Publicado en Los Tiempos. Ilustración: El Roto - El País.

Cualquier deportista sabe que cuando el entrenamiento no está balanceado, aparecen problemas. Si se hace mucho énfasis en la técnica, se corre el riesgo de descuidar la fuerza, o si se atiende demasiado a la prevención de lesiones, se infrautiliza la musculatura.

Se debe llegar al equilibrio óptimo. Igualmente, los sistemas de gestión deportiva deberán equilibrar las necesidades y los inputs que permitan el florecimiento de deportistas.

Afortunadamente, tras varias décadas de dejadez por parte del Estado, el gobierno de turno decide prestar algo de atención al deporte.

Según datos publicados, en los años de la administración de Morales se han entregado 75 campos de fútbol sintético. En los mismos años y aunque gracias a gestiones departamentales, el número de pistas de atletismo sintéticas se ha incrementado de tres a seis (100%), contando la de Tarija, cercana a estrenarse.

¿Esto significa que nuestro atletismo, por ejemplo, tendrá una mejora en los resultados, cualesquiera que se midan, del 100 por ciento?

Lógicamente no. El incremento en infraestructura no se transfiere automáticamente, siendo solamente una parte del todo que conforma el desarrollo deportivo.

Si no existe quién articule estas infraestructuras, se está haciendo un flaco favor al sistema. Ya vimos que a fines de los años 70 se dotó a la ciudad de La Paz de las más modernas infraestructuras deportivas para la época, con el resultado de que en las dos décadas posteriores, las potencias nacionales fueron Santa Cruz y Cochabamba. Igualmente, en la práctica deportiva, es importante tener un par de zapatillas y una buena pelota, aunque lo decisivo será el conocimiento aplicado: planificación del entrenamiento y de la competición.

Esta semana, el presidente Evo Morales ha prometido la construcción de un centro de alto rendimiento en Cochabamba, que supondrá la inversión de varias decenas de millones de dólares. Gran noticia, también se ha comenzado el año pasado la construcción de un estadio en Cliza, ciudad de menos de 20.000 pobladores, que podrá albergar 35.000 ¿? y se ha entregado otro en la localidad de Ivirgarzama con capacidad para 25.000 personas.

Lamentablemente, entre las promesas públicas del Presidente, no existe una sola mención a programas de capacitación de entrenadores –verdaderos y más efectivos motores de desarrollo, quienes siguen cobrando paupérrimos salarios y formándose de manera autodidacta–, ni tampoco a médicos y fisiólogos. No hay ninguna mención a planes de investigación de alto rendimiento ni tampoco a los beneficios del medio natural (la altitud, por poner un ejemplo nacional).

¿Será que el efecto de capacitar a formadores de talentos, de crear un sistema nacional de becas claro y objetivo (como en la mayoría de países) o de crear sistemas de convocatorias abiertas de fondos concursables para iniciativas privadas, sin ánimo de lucro, no venden esa imagen que desde el Gobierno se busca a través de promesas de castillos de cemento?

Además, hay que analizar algunos efectos potencialmente negativos de estos centros de alto rendimiento, ya que muchas veces se convierten en maquinarias que fabrican atletas a cualquier precio, incluido el dopaje. De eso hemos escuchado en ciudades como Liepzig o Moscú.

Si son mundialmente conocidos los entrenadores investigadores Alberto Salazar en Oregon, Nelio Moura en Sao Paulo, los atletas keniatas de Iten en el valle del Rift o los preparadores de natación australianos, no lo son por sus instalaciones, sino por la experiencia acumulada y el capital intelectual asociado a quienes entrenan en esos sitios, ya que sembrar cemento no implica cosechar medallas.

10 de enero de 2013

De “batidas” o parches de última hora

Publicado en Los Tiempos.

En mi último año del colegio, en la clase de matemáticas, me enteré del concepto que representaba una muestra estadística. Para los que no se acuerden o no hayan prestado atención a la materia, una muestra es un subconjunto de casos o individuos de una población con la intención de inferir propiedades de la totalidad de la misma. Por lo tanto, si quiero hacer una proyección de votantes estimados, o si quiero comprobar si las galletas de mi abuela están quemadas, me basta con sacar una muestra para entender lo que sucede con todo el conjunto.

Este concepto tan sencillo y básico, parece no recordarse alrededor de las oficinas de Tránsito en Cochabamba. La pasada Nochebuena, presencié una aparatosa “batida”. Para los visitantes, se trata de una práctica decimonónica, con la cual se pretende encontrar a infractores, demostrando quién es la autoridad.

Avenida Simón López, 24 de diciembre, 9:23 pm: 19 policías con motos y patrullas deteniendo el profuso tráfico rastreando desobedientes de las normas. Y tres cuadras más adelante, en la avenida Circunvalación, el mismo día, a las 9:27 pm, otros 16 policías con motos y patrullas buscaban también infractores rabiosamente.

Eso es lo que mi profesora de primaria, Marilú, llamaba “dejar la tarea para último momento”. Los policías de tráfico no han sido capaces de encontrar en todo el año a quienes sin respetar la lógica de conducción internacional entran en una rotonda salvajemente en la que quienes están en ella tienen prioridad. 

Los policías de tráfico no han sido capaces de identificar a quienes emiten más contaminación de la que requiere la norma; no han sido capaces de pillar a quienes conducen sin documentación o, más peligroso todavía, a los potenciales asesinos que lo hacen en estado de ebriedad; no han sido capaces de cazar a quienes se saltan un semáforo rojo inclusive con un tráfico atorado; no han sido capaces de colocar radares que identifiquen a aquellos que van por encima de un límite de velocidad que casi nunca está señalado en un cartel, etc., etc., etc.

La incompetencia que presencié esa noche, se coronó cuando vi que a uno de los conductores con carné de conducir caducado le dijeron que “se habían acabado las boletas de multa”, por lo que aquel desafortunado infractor tendría que acompañar al oficial a la oficina de Coña-Coña (a varios kilómetros del suceso), luego de esperar a petición del mismo policía a que esperase pacientemente a juntar a otros cuantos infractores para ir en patota, privándoles así de su libertad, por el hecho de cometer una falta —la caducidad—, que no es lo mismo que un delito.

Cuesta entender la lógica de montar aparatosos operativos en lugar de hacer su única tarea, de forma continuada durante todo el año, por la mañana, por la tarde y por la noche, ¿o es que acaso los infractores solamente salen a la carretera en el momento en el que la gente se apresta a reunirse con sus familiares?

Todas esas incapacidades, lo único que logran es que se congestione la ciudad, que se crispe a la gente que cumple las normas, con el fatigoso control en la Nochebuena, y con el mezquino fin de “demostrar que trabajan”. Aplicar el imperio de la ley es un fin noble y necesario, pero como contribuyentes tenemos el derecho a que el trabajo de las autoridades —un servicio— se haga de manera efectiva, y no que sus acciones respondan simplemente a impulsos, rabietas o demostraciones ridículas de fuerza de las oficinas de Tránsito, una vez al año.