10 de enero de 2013

De “batidas” o parches de última hora

Publicado en Los Tiempos.

En mi último año del colegio, en la clase de matemáticas, me enteré del concepto que representaba una muestra estadística. Para los que no se acuerden o no hayan prestado atención a la materia, una muestra es un subconjunto de casos o individuos de una población con la intención de inferir propiedades de la totalidad de la misma. Por lo tanto, si quiero hacer una proyección de votantes estimados, o si quiero comprobar si las galletas de mi abuela están quemadas, me basta con sacar una muestra para entender lo que sucede con todo el conjunto.

Este concepto tan sencillo y básico, parece no recordarse alrededor de las oficinas de Tránsito en Cochabamba. La pasada Nochebuena, presencié una aparatosa “batida”. Para los visitantes, se trata de una práctica decimonónica, con la cual se pretende encontrar a infractores, demostrando quién es la autoridad.

Avenida Simón López, 24 de diciembre, 9:23 pm: 19 policías con motos y patrullas deteniendo el profuso tráfico rastreando desobedientes de las normas. Y tres cuadras más adelante, en la avenida Circunvalación, el mismo día, a las 9:27 pm, otros 16 policías con motos y patrullas buscaban también infractores rabiosamente.

Eso es lo que mi profesora de primaria, Marilú, llamaba “dejar la tarea para último momento”. Los policías de tráfico no han sido capaces de encontrar en todo el año a quienes sin respetar la lógica de conducción internacional entran en una rotonda salvajemente en la que quienes están en ella tienen prioridad. 

Los policías de tráfico no han sido capaces de identificar a quienes emiten más contaminación de la que requiere la norma; no han sido capaces de pillar a quienes conducen sin documentación o, más peligroso todavía, a los potenciales asesinos que lo hacen en estado de ebriedad; no han sido capaces de cazar a quienes se saltan un semáforo rojo inclusive con un tráfico atorado; no han sido capaces de colocar radares que identifiquen a aquellos que van por encima de un límite de velocidad que casi nunca está señalado en un cartel, etc., etc., etc.

La incompetencia que presencié esa noche, se coronó cuando vi que a uno de los conductores con carné de conducir caducado le dijeron que “se habían acabado las boletas de multa”, por lo que aquel desafortunado infractor tendría que acompañar al oficial a la oficina de Coña-Coña (a varios kilómetros del suceso), luego de esperar a petición del mismo policía a que esperase pacientemente a juntar a otros cuantos infractores para ir en patota, privándoles así de su libertad, por el hecho de cometer una falta —la caducidad—, que no es lo mismo que un delito.

Cuesta entender la lógica de montar aparatosos operativos en lugar de hacer su única tarea, de forma continuada durante todo el año, por la mañana, por la tarde y por la noche, ¿o es que acaso los infractores solamente salen a la carretera en el momento en el que la gente se apresta a reunirse con sus familiares?

Todas esas incapacidades, lo único que logran es que se congestione la ciudad, que se crispe a la gente que cumple las normas, con el fatigoso control en la Nochebuena, y con el mezquino fin de “demostrar que trabajan”. Aplicar el imperio de la ley es un fin noble y necesario, pero como contribuyentes tenemos el derecho a que el trabajo de las autoridades —un servicio— se haga de manera efectiva, y no que sus acciones respondan simplemente a impulsos, rabietas o demostraciones ridículas de fuerza de las oficinas de Tránsito, una vez al año.

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