22 de marzo de 2013

Con tus impuestos hago mi marketing


Publicado en Los Tiempos y Página Siete. Foto: Sergio Llobet.

Era 1997 y la Alcaldía de Cochabamba había preparado una premiación a los campeones intercolegiales de los distintos deportes. El colegio en el que estudiaba había logrado el título en atletismo. Era la primera premiación que yo recibía de una autoridad política, y en este caso nada menos que del Alcalde, un excapitán del ejército que por aquellos días gozaba de gran popularidad en la ciudad y se autoapodaba “Bombón”.
Formamos una línea recta los 10 integrantes del equipo en el escenario de la Casa de la Cultura, lugar que había visitado muchas veces para ver obras de teatro, y el edil gentilmente nos fue entregando las medallas, uno a uno. Luego de un par de fotos, observamos inmediatamente nuestra presea con curiosidad. Sorpresa la nuestra cuando vimos que en una cara de la medalla estaba el escudo del municipio y en la otra relucía en alto relieve una inscripción que decía ¡Felicidades Manfred!, acompañada de esa paloma que representaba el logo de su hoy extinto partido político, NFR. Nos miramos con algunos compañeros y nos entró la risa nerviosa, pero el asunto no fue a más. Nunca entendí si esa era una felicitación suya a los deportistas o nosotros le felicitábamos a él. Imagino que la ambigüedad era parte de la estrategia.
Desde ese entonces he podido participar en numerosos juegos deportivos nacionales. Ese mismo año en los “Juegos Deportivos Estudiantiles Gonzalo Sánchez de Lozada”, y el siguiente en los “Juegos Nacionales Hugo Bánzer”. Hoy en día los juegos se llaman “Evo Morales”. Todos estos entramados deportivos jamás han podido dejar de lado ese afán de propaganda y autobombo heredado de tiempos coloniales, publicidad gratuita para el político portador del nombre, pero de gran rentabilidad en cuanto a marketing político.
Lo que estos individuos hacen no es nuevo. Es una herencia directa del absolutismo y de la monarquía ibérica, que sigue con la tradición de honrar a su monarca, símbolo y seña de la españolidad por herencia, no por mérito. No se crean que allí no pasa: en todos los deportes se juega la Copa del Rey y de la Reina; y los premios culturales, científicos y deportivos más importantes se llaman Príncipe de Asturias.
Mucho más raro es ver en países anglosajones o en repúblicas modernas propaganda política en actos patrocinados con dinero público de mandatarios o autoridades en ejercicio. Las estatuas gigantes o el cambio de nombre de ciudades enteras es más bien un rasgo que recuerda a los resabios estalinistas, que acabaron como acabaron.
Estos días se ha armado un gran revuelo por el afán de algunos servidores públicos de rebautizar el aeropuerto orureño con el nombre del presidente del Estado Plurinacional. A mí los nombres de aeropuertos me tienen sin cuidado, inclusive sería proclive a vender o alquilar los mismos, como se hace en muchos de los estadios y teatros alrededor del planeta. Lo que me agrada menos es que si un faraón o un megalómano –o su jefe de campaña– quiere tener su nombre o marca al frente de estas infraestructuras, pague su capricho con fondos provenientes de las arcas públicas y de los impuestos del ciudadano.
Y que esta repugnante práctica haya sucedido durante años, que ocurra en España o en Irak, no defiende el hecho mismo. Que probablemente los mismos políticos y autoridades no lo hayan exigido puede ser cierto, pero que se rodeen de llunkus, serviles cortesanos y áulicos, eso es un signo inequívoco y peligroso para todos.

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