20 de abril de 2013

Un café con Guayasamín


Publicado en Los Tiempos y Página Siete


Mañana de domingo. Día de campo a la potosina, como le llama mi abuelo a la costumbre de quedarse acampando en cama con el periódico y una taza de café, aunque ahora en su versión 2.0: con computadora e internet.

Son esos ratos que el ser humano necesita para desconectar del mundo y dedicarse a la autocomplacencia, al entretenimiento y al cultivo personal. Y a media mañana, justo cuando las noticias no son suficientes, cuando la literatura y la música ya han copado las ganas matutinas y entra esa gana de seguir disfrutando del hecho cultural, de un arte más visual por ejemplo, en ese momento casi orgásmico uno se topa con la barrera espacial: si se quiere disfrutar de piezas de arte, toca ir al museo. Necesidad más fácil de satisfacer si uno vive en Londres, París, Buenos Aires o Roma, pero más compleja cuando vive entre las montañas andinas.

Afortunadamente corren tiempos en que existe esa gran maraña que es internet. Aunque, en ese complejo entramado, como en una gran ciudad, el bombardeo masivo de opciones termina por ahogar al que quiere degustar de un par de imágenes con calma y sosiego.

Uno de los culpables de ese bombardeo es Google, y ha dado lugar a lo que algunos llaman infoxicación. No obstante, la propia tecnología crea soluciones, y la solución del gran buscador a la necesidad de lograr un acceso al arte realmente global y de forma gratuita y remota ha sido uno de sus productos estrella, lanzado hace algo más de dos años: el Google ArtProject.
Este gran museo de museos virtuales junta a varias de las salas más destacadas del planeta, como el MOMA de Nueva York, la Tate de Londres y hasta el arte callejero de Sao Paulo. Son unas 40.000 obras de arte expuestas pertenecientes a más de 230 instituciones. Y ahora es cuando la plataforma se pone más interesante debido a la variedad temática y geográfica.

 Entre las grandes apuestas latinoamericanas destaca la Colección de Arte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), gracias a la cual ya no se tiene que solicitar un pase para visitar sus pasillos en Washington o esperar a que se realice una exposición temática, sino que ahora cualquier persona, arropada en el propio lecho familiar y acariciando al gato, puede disfrutar de la belleza de un cuadro de Diego Rivera, apreciar los detalles de una silla del arquitecto catalán Antonio Gaudí o inclusive del detalle de cuadros de artistas bolivianos como el potosino Alfredo Da Silva o la paceña María Luisa Pacheco. Todo ello sin colas ni esperas y con la posibilidad de acercar la pieza expuesta en un zoom tan potente que se aprecian hasta las protuberancias de los trazos.

El primer paso del disfrute cultural es hacerlo alcanzable a cualquiera, y qué mejor forma de hacerlo que en la propia casa y al ritmo que uno quiera, respondiendo a la pulsión natural de la exploración -sin la presión del espectador que le respira en el hombro esperando hacerse la foto- y pudiendo acceder a información adicional en otros sitios web, de forma que se complemente la experiencia no virtual.

Por ahora no nos queda más que ponernos ropa cómoda, acomodarnos bien en el sofá o en la silla preferida, prepararnos el café, el api o la leche con chocolate y pasar un rato, por ejemplo, deleitando una pieza del maestro ecuatoriano Guayasamín. 

6 de abril de 2013

La autoestima y los Hombres Nuevos


Publicado en Los Tiempos.
La autoestima en Bolivia seguramente es un problema nacional de larga raigambre y que no solamente se debe a la ausencia total de deportistas con medallas olímpicas o cineastas con una Palma de Oro en Cannes.
La autoestima más bien es un asunto crítico en el apartado de la identidad nacional.  Según el estudio “Causas estructurales del conflicto y falta de entendimiento entrebolivianos”, un proyecto PNUD realizado por la Fundación Boliviana para la Democracia Multipartidaria, entre los efectos negativos que origina el conflicto, uno de ellos apunta al capital social y presumiblemente tenga su origen en la baja autoestima.
Según los datos de la encuesta en la que se apoya el estudio, los bolivianos pensarían mayoritariamente (65%) que “lo que falla en el país es su gente”, percepción que se incrementa cuando el grupo encuestado proviene del área rural. La discriminación es otro elemento que aliña negativamente la construcción de la identidad nacional.
Y si consideramos el asunto del capital social, parece prudente también considerar el capital humano a la hora de pensar qué hacer para mejorar el sistema social del que somos parte.
El capital humano hace referencia al grado de formación y a la productividad que tiene cada ser humano. Este constructo teórico fue interpretado de forma muy simple y evidente por el emprendedor social Nicolás Castellanos, galardonado esta semana con el Premio Libertad concedido por la Asociación Nacional de la Prensa.
Este religioso agustino proveniente de las frías tierras del norte de España, trabajador, campechano y de trato amable, enfrentó un dilema cuando fue ordenado obispo de Palencia hace varias décadas: continuar con sus labores en aquellos territorios o emprender una nueva ruta en la lejana América Latina.
Pues con un grupo de visionarios se dirigió hacia Santa Cruz de la Sierra a finales de los años 80, más concretamente al emergente Plan 3000, barrio que por entonces acogía a 3000 familias relocalizadas por una riada. Nada más llegar Castellanos observó que la prioridad, antes que el apostolado o que otras políticas públicas, era la educación.
El resultado, casi un cuarto de siglo después, ha sido la escolarización de más de 16.000 niños, el empoderamiento de una juventud emergente y con nuevas ideas, la posibilidad de dar acceso a cultura, deportes y recreo en una sociedad donde aquello no era una opción. Hoy en día, aquel sacerdote que todavía vive en unas condiciones muy distantes a la riqueza, en una casa llamada con sorna “Palacio”, sin aire acondicionado, ni alfombras ni lujos de ningún tipo, puede afirmar que su proyecto coadministra la única Escuela Nacional de Teatro con titulación universitaria de Bolivia, el hospital Virgen Milagrosa que atiende 5000 pacientes al mes, seis colegios, 65 canchas deportivas –de donde a propósito han salido las dos recordistas bolivianas de salto de longitud y de altura en atletismo-, cinco comedores infantiles, una piscina equipada, y otros varios centros socioculturales. A Castellanos la labor con Hombres Nuevos le ha valido el máximo galardón que se da en España en materia cultural, deportiva, humanitaria y científica: el premio Príncipe de Asturias.
Un proyecto como el de Hombres Nuevos es un elemento que nos debe llenar de orgullo y un modelo a copiar, más aún cuando la mayor parte de las cabezas a cargo de los proyectos son bolivianas.
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Aquí puede ver el documental preparado por Televisión Española sobre Castellanos y Hombres Nuevos.