14 de junio de 2013

¿Ahorcamos al vasco o nos vamos al parque?

Publicado en Los Tiempos. Imagen panorámica de las áreas verdes de la ciudad de El Alto. 

Cuando se trata de medir el pulso del deporte nacional, los primeros indicadores a los que se hace caso, lamentablemente, siguen siendo el número de goles marcados o las victorias del equipo nacional de fútbol, cifras frecuentemente escasas. Nos acordamos del éxito o fracaso del modelo de gestión deportiva y de las estructuras de la educación física, cuando Bolivia pierde en las eliminatorias mundialistas o cuando, cada cuatro años, llegan los juegos olímpicos y no aparecemos en el medallero, asuntos tristes pero sin demasiada importancia .
 Pero existen muchos otros indicadores, verdaderamente más importantes que el desempeño en competiciones, en las que simplemente por gasto neto o por tamaño de población tenemos las de perder.
Indicadores de uso, por ejemplo, como la cantidad de personas que practican el deporte popular ocasional, el de esparcimiento, se ignoran. Se pueden mencionar las más de 6 millones de licencias federativas que, únicamente contando el fútbol, existen en Alemania, país con una población de 80 millones de habitantes, lo que daría a más de 8 de cada 100, contando mujeres, ancianos y niños, poblaciones no especialmente conocidas por practicar ese deporte.
También se puede tener en cuenta a la infraestructura utilizada para el efecto. Si en Bolivia tenemos a día de hoy 5 pistas sintéticas de atletismo, en Chile se puede contar el mismo número solamente entre los colegios privados de la capital, Santiago. Si analizamos el número en España, la cifra crece hasta las 3.500, y si analizamos –nuevamente– las cifras de Alemania, el número es de 35.000. Más duros son los datos de las piscinas de 50 metros, aquellas llamadas “olímpicas”: en el país únicamente hay dos, una en La Paz y la otra en Santa Cruz.
Pero quizás sea más relevante sea prestar atención a los formadores y aun a los formadores de formadores. Sigue siendo un sueño quijotesco el tener como objetivo profesional la gestión deportiva o la vida de entrenador en nuestro país, dadas las oportunidades de retribución e incluso de formación que hay en el medio, hecho que chirría especialmente cuando los más altos funcionarios del Estado se quejan de nuestro nivel. El asunto es más sencillo que un gimnasio de lujo o de pensar que somos una raza maldita. El asunto va más bien por la formación e inversión en recurso humano que propague el mensaje: el deporte es necesario para la gente, para su salud, para nuestro verdadero “vivir bien”.
 Aun entendiendo que nuestra comparación no debe ser con países ricos, porque la tendencia es al fracaso, podemos pensar en términos propios o per cápita de espacios de recreo y de deporte, como elemento lúdico. Según The Economist, las 17 ciudades más relevantes por tamaño y población de América Latina, promedian 255 metros cuadrados de áreas verdes per cápita. Esa cifra en El Alto apenas llega a uno. Y no se necesita consultar sesudos estudios, basta con el empirismo para demostrar que en esa ciudad existen poquísimos parques o áreas de esparcimiento público y quizás menos programas de promoción de actividades al aire libre.
El meollo del asunto es tener canchas de futbol llenas, promover la existencia de bicicletas en las calles, ver a la gente en los parques y tener una población saludable, orientada por monitores o formadores divertidos y altamente cualificados que hagan esas actividades divertidas y atractivas. El deporte competitivo trae sus beneficios pero también sus deseconomías de escala y efectos perniciosos como la corrupción, el dopaje e incluso la trata de deportistas jóvenes. 
El modelo estatal a seguir no es el que tuvo la Unión Soviética, no es el de las ligas profesionales europeas siquiera –conocidas por lavado de dinero-, sino por las iniciativas comunitarias, aquellas transversales que relacionan desarrollo local, empoderamiento, integración y promoción del deporte saludable.
Para hacer negocio ya están las instituciones privadas. Al Estado le basta con preparar chicos espabilados, saludables, con fuerte autoestima y con un sistema donde se valore lo que hacen.
Por eso, si me preguntan a mí si prefiero colgar a Azkargorta en la Plaza Murillo o llevar a mi hijo al parque a jugar con sus pares, me quedo con lo segundo. 

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