12 de julio de 2013

De bipolaridad y revoluciones industriales


Publicado en Los Tiempos.

Esta semana me llamó la atención  la presentación del libro en castellano “BigData. La revolución de los datos masivos” de Cukier y Mayer-Schönberger. Esta semana asimismo, leí sendos artículos de la tuitera boliviana @arquitecta y del periodista argentino Andrés Oppenheimer sobre la revolución que podría suponer la llegada de las impresoras en 3D.

Debo confesar que la palabra revolución se me ocurre un poco manida y hasta aventurada. No obstante la idea que apunta a que consumo de bienes por parte de la gente sea personalizado me ilusionó. También me ilusionó la idea de crear mis propias esculturas, mi propia ropa, mis propias repisas y hasta una silla con mi firma y colores.

Luego me puso menos feliz enfrentarme a la idea de que quizás no soy tan creativo. La depresión fue a más cuando pensé que otra gente muy creativa, podía utilizar esa fuerza mental para imprimir armas o drogas sintéticas, o inclusive utilizar bases de datos para bombardearme con ofertas que no necesito.

En el carrusel emocional pasé a pensar -optimista- que los jóvenes (entre los que todavía me incluyo) teníamos una nueva oportunidad al haberse cambiado el orden preestablecido. Pero la congoja se asomó nuevamente cuando me di cuenta de que millones de emprendedores (mucho más jóvenes que yo) en todas partes del mundo están ejecutando proyectos con una dosis de creatividad desbordante. Para alivio mío, advertí que por muchos que fracasan, hay algunos que se llevan el gato al agua y triunfan, y que quizás éstos últimos pertenecieron al grupo de los fracasados previamente.

A estas alturas me encontraba en un estado de bipolaridad aguda. Para ponerle la guinda a la torta, mi paranoia salió a flote por las andanzas de espionaje que Estados Unidos ejerce a través de sus productos de mayor alcance en mi vida de ocio: el Google, las redes sociales y mi correo electrónico. Me imaginé bajo una enorme lupa, y sentí miedo de que en lugar de tener un ojo detrás del lente, tuviese un rayo de sol.  Luego recordé las palabras del tal Snowden y volví a cavilar.

Afortunadamente también pensé que la recolección de datos podría tener sobre todo efectos positivos, y así caóticamente, volví al artículo del “Big Data” y a un ejemplo peculiar descrito: los patrones de propagación de pandemias, como la gripe N1H1 que recorrió por el mundo hace algunos años, no se controló en base a los datos censales de contagios, sino a través de un novedoso sistema facilitado por investigadores de Google, gracias al cual, mediante una correlación entre búsquedas como “jarabe para la tos” se podía predecir por dónde estaba avanzando (geográficamente) la difusión de la enfermedad en tiempo real y así poner cortafuegos.

El internet nos está otorgando no solamente nuevos espacios sociales, sino además posibilidades colaborativas casi infinitas. Las grandes instituciones como el Banco Mundial, o los gobiernos nacionales y locales, le están dedicando mucho esfuerzo a los datos abiertos, para observar tendencias y explicar comportamientos.

Los investigadores se van a dar un buen festín compartiendo datos, diseños de prototipos, experiencias  y recetas. Eso sí, habrá que evitar la “infoxicación” para que no ocurra eso que el músico argentino Cerati cantó hace unos años: “Lo terrible del mar es morir de sed”.

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