26 de julio de 2013

El deporte que morirá de éxito y el que viene


Publicado en Los Tiempos.  Foto: Sergio Ribero

Las trampas y decepciones en el mundo del deporte de alto rendimiento parecen no tener fin. Si la semana pasada se ha sabido que varios de los atletas más rápidos del mundo hacían trampa —Asafa Powell de Jamaica y Tyson Gay de EEUU encabezando la lista, además de otras dos medallistas olímpicas también del país caribeño— ayer mismamente ha destacado la noticia del análisis de las muestras de sangre congeladas del Tour de Francia ¡de 1998!, con el consiguiente resultado de una treintena de corredores que han dado positivo, todos ellos ganadores de etapas y los tres integrantes del podio. Y eso que el análisis fue accidental, si no imagínense el resultado obtenido si se hubieran analizado a todos los ciclistas participantes y medallistas olímpicos en retrospectiva.

Esta es la enésima notificación de un deporte podrido, y que los diferentes estamentos internacionales se empeñan en difundir como deporte renovado. No se ha renovado nada más que las caras, pero los directivos y sus prácticas siguen siendo similares, al menos en el ciclismo.
En ese contexto es de extrañar que algunos dirigentes, y sobre todo parte de la prensa, se empeñen en seguir buscando un modelo caduco para el deporte boliviano (el de las medallas), que todavía no ha accedido a las élites mundiales.

Claramente se trata de un problema, el del dopaje y el propio afán de superación a toda costa, de situación compleja. Algunos plantean el dopaje libre, abriendo la posibilidad al control detallado, a la igualdad de oportunidades efectiva (sin aplicación debido su distorsión extradeportiva) y sobre todo al avance de la ciencia aplicada: recordemos que en un congreso no se pueden transmitir conocimientos abiertamente, sino que las alquimias ilegales trascienden por el boca a boca. Ahí la pertinencia de que desde la virginidad boliviana, sin una sola medalla olímpica en la historia, se apueste por un modelo de deporte inclusivo, de salud, educativo, popular y de desarrollo social.

Porque, seamos honestos, si lo que se quiere es tener un atleta boliviano ganando el Tour de Francia o la final de la maratón olímpica, el segundo paso es (después de conseguir entrenadores de calidad) contratar un equipo médico que los ponga “a punto”. Dirigentes: se los digo con todas las palabras: si ustedes quieren medallas, contraten a un gabinete médico, además del técnico, pero no defiendan la “honestidad” de forma hipócrita como algunos dirigentes en Europa.

Afortunadamente no tenemos todavía un modelo que apunte únicamente a crear supercampeones (y habrá quienes me llamen mediocre), como el soviético o el modelo del ciclismo del Viejo Continente. Estamos a tiempo de educar a los niños a ganar, a luchar por unas metas y a alcanzar objetivos con métodos limpios. Es muy difícil educar a la ciudadanía y al lector del suplemento deportivo, que se siente humillado por nuestro sempiterno último puesto en el medallero. Pero un motivo de orgullo, referente a nivel mundial, sería el de ser el país con el mayor número de atletas populares o ser el país con el mayor índice de tiempo de ocio dedicado a actividades físicas al aire libre.

Lógicamente buscar un nuevo modelo no es sencillo, por eso mismo sería novedoso. Ya existen organizaciones que utilizan —y desde hace tiempo— la actividad física como forma de integración. Girls on the Run es una fundación norteamericana que educa en liderazgo, salud e integración a través de objetivos deportivos (carreras de cinco kilómetros); Ragnar es una empresa de ocio que combina el espectro social (grupos de amigos corriendo relevos diurnos y nocturnos) con el objetivo de que la gente simplemente se divierta; e inclusive la maratón de toda la vida, esa en la que el objetivo es un asunto personalísimo.

Esta semana empiezan los Juegos Estudiantiles Plurinacionales, una gran oportunidad para plantear ese nuevo modelo con los más jóvenes. Esperemos que no se deje pasar. 

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