17 de septiembre de 2013

Emociones que se leen

El periódico Los Tiempos de Cochabamba celebra 70 años y para ello los columnistas reseñan lo que es -o fue- para ellos este medio de prensa. Aquí el enlace de mi contribución y aquí algunas otras de gente como Carlos Mesa, Lupe Cagías, Ramón Rocha Monrroy, Paulovich, etc. 


En mi infancia, mis mañanas de domingo familiares consistían en la lectura, principalmente de prensa nacional, instaurando mis padres una férrea dictadura acerca de las actividades de ocio. Puesto que de niño me aburría la economía o las columnas de opinión, no me quedaba más remedio que leer el suplemento deportivo.

Me construí ídolos apelando a la arqueología de prensa, convirtiéndome en un consumado fetichista del escaso material que salía publicado de atletas nacionales como Policarpio Calzaya, Genaro Agostopa, Katherine Moreno, Heriberto Lema, Totoño Pavisic, hasta llegar a la atleta Jacky Soliz, medallista en aquellos Juegos Bolivarianos de Cochabamba, quien fue mi primera entrenadora.

Un día, después de haber pegado en mi ventana una foto del entonces capitán de Wilstermann Gastón Taborga, advertí que al otro lado del folio había una crónica sobre Urkupiña escrita por un tal Paulovich, con tanta gracia y picaresca que cambié mi visión de aquellas pesadas y hercúleas columnas de opinión, perdiéndoles definitivamente el miedo, lo que devino progresivamente en otras lecturas de Gregorio Iriarte, Gonzalo Chávez, Óscar Uzín, Carlos Mesa, Cayetano Llobet, HCF Mansilla, Claudio Ferrufino, Ramón Rocha, Luis Bredow, Roberto Laserna, Gonzalo Lema, Leo De La Torre o Marcelo Guardia.

Años más tarde me tocaría emigrar, afortunadamente ya en tiempos de Internet, lo que hizo mi adaptación más fácil. O quizás no tanto. Para entonces representaba a Bolivia en campeonatos internacionales de atletismo y vivía en un centro de tecnificación deportiva. 

En 2003, tras una profunda desilusión al no clasificar a los Juegos Panamericanos de Santo Domingo, finalicé mi temporada, en lugar de la pista, en el gabinete de la psicóloga, quien me instó a adaptarme más al país de acogida, recomendándome dejar de leer (tanta) prensa boliviana, en favor de la local. Afortunadamente no le hice caso, y conocí y recordé, a distancia, las hazañas del Teatro de Los Andes, y lamenté la muerte de Werner Güttentag, y supe de la capacidad creativa de Edmundo Paz Soldán, y envidié asistir al mARTadero, y festejé los títulos de Wilstermann, y me plegué a la lista de fanáticos de Jaime Sáenz, y supe que Jaime Laredo dirigía la Sinfónica de Vermont, y sentí vergüenza de haber tenido como presidente a García Meza, y conocí que el Grillo Villegas tenía vida más allá de su exgrupo de rock LouKass, y me enteré que designaron al Carnaval de Oruro como Patrimonio de la Humanidad, lo que me causó una inmensa alegría de haber nacido donde nací. No porque nuestra tierra fuera especial porque sí, como proclaman los nacionalismos inútiles, sino porque compartimos una historia común, con genialidades que, gracias a la prensa, gracias a la tinta de Los Tiempos, han quedado registradas en esas hemerotecas mentales que tenemos.

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