4 de abril de 2014

La trans-formación del espacio público

Publicado en Los Tiempos y Página Siete.


Esta semana se ha sabido por la prensa que la cárcel de la ciudad de La Paz sería reclamada por la municipalidad como un centro cultural para disfrute de toda la urbe.

Lógicamente se trata de un paso deseable el de la reconversión de espacios que otrora estuvieron destinados a labores industriales, alimentarias, de privación de libertad en aras de la justicia y de reinserción social.

La reconversión de espacios urbanos en beneficio público ha tenido un particular auge en el último cuarto de siglo, tras un siglo XX enamorado de obras mastodónticas y ávido de desarrollismo, épocas en las que la inauguración de una fábrica o un gran equipamiento público equivalía prácticamente a una reelección o afianzamiento político.

En los últimos años, tras una severa crisis económica en occidente, las políticas de gasto público de obras arquitectónicas de gran formato parecen haberse constreñido (no así en países árabes), aunque siempre a expensas de los megalómanos proyectos de turno. Los ejemplos son abundantes, ya sea retratados en la Ciudad de las Artes de Valencia o con los miles de mobiliarios urbanos repartidos por las que fueran sedes olímpicas, sin ir muy lejos en el tiempo, como en la rusa urbe de Sochi.

Los países de Europa del Este, tras la caída del telón de acero fueron muy creativos en el reacondicionamiento de edificios públicos en desuso. Es muy placentero recorrer las calles de Budapest y notar que la escena cultural vibra y bulle de la mano de emprendedores y agitadores culturales que han sido capaces de unir una buena idea, un buen sistema de administración autosostenible y un edificio público baldío.

No obstante, la situación no es tan sencilla. Estas propuestas solamente se hacen efectivas y tienen continuidad en caso de que los actores culturales lo demanden. Generalmente existen varios subgrupos (que a veces se entremezclan) de demandantes de cultura: las vanguardias y aquellos exploradores del hecho cultural más arriesgados, la comunidad de base, las superestrellas o los artistas comercialmente ya posicionados, y por último la gran masa. Generalmente si logras atraer a los dos primeros grupos tienes medio camino hecho, puesto que las superestrellas, los famosos y el reguero masivo que dejan detrás, se mueven siguiendo a las bases y a quienes tienen el olfato puesto en las tendencias.

Los agentes que toman decisiones –políticos y técnicos de la administración– deberán escuchar cuáles son las verdaderas demandas, si es que aún no ha sucedido esto todavía. En nuestro país vecino, Chile, en Valparaíso ya tuvieron un caso obtuso cuando decidieron que en la vieja cárcel de la ciudad se debía edificar un museo-contenedor a imagen y semejanza del Guggenheim de Bilbao, pero con la firma del entonces arquitecto con vida Óscar Niemeyer. El proyecto quedó en la nada, puesto que priorizaba esa idea de “marca-Chile” por encima de las necesidades de los pobladores de la zona. Finalmente, se mantuvo la memoria del barrio y la idea de la reutilización del espacio que fuera la cárcel y hoy en día es un bonito centro cultural llamado Parque Cultural de Valparaíso.

Es sin duda una historia a tener en cuenta, más aún cuando hace varios años que suena una idea similar para la antigua estación de ferrocarril de La Paz o para este potencialmente interesantísimo proyecto en la cárcel de San Pedro. Convendría también darle un vistazo a experiencias de “trans-formación” del espacio industrial como las del Matadero de Cochabamba, para que la transformación, se convierta en formación, ya sea de públicos, de artistas, de gestores o de nuevas plataformas.

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