27 de junio de 2014

Messi, al borde

Publicado en Los Tiempos

A pocas horas de que Messi haya salvado nuevamente a su selección con dos golazos en el Mundial, cuatro en la primera ronda, el director Alex de la Iglesia, uno de los más exitosos y polémicos cineastas españoles (La Comunidad, 800 balas, El día de la bestia), ha anunciado que presenta su filme documental sobre el genio de Rosario.

Y es que aunque se dice que el director vasco odia el fútbol, uno de los grupos audiovisuales más potentes de España, Mediapro (monstruo de las telecomunicaciones) le ha encargado hacer un documental sobre ese aparentemente tímido chico que a sus 27 años, cumplidos justamente esta semana, ya ha ganado una medalla de oro olímpica, un mundial de fútbol juvenil, tres Champions de Europa y cuatro títulos de mejor jugador del mundo. Todo eso además de ser el segundo goleador de todos los tiempos de la Liga española (a ocho goles del primero, algo que batirá como en tres semanas), segundo de la Selección Argentina y tercero histórico de la Champions, a cuatro goles del primero.

Cifras impresionantes. Todas superiores a las de Maradona salvo una: la Copa del Mundo. La gran asignatura que el Diego ganó una vez y una segunda disputó la final. Ésa es la gran diferencia. Y lo será hasta que Lionel la conquiste. Más aún si recordamos que El Pelusa la logró con un equipo muy limitado, pues es difícil defender que Burruchaga o Ruggeri fuesen unos virtuosos del balón.

Todo el mundo está ansioso por ver a colores y en alta definición al gran futbolista de todos los tiempos. Ya suena a leyenda vieja el cuento del mito Pelé, sobre todo considerando que actualmente en el planeta existen casi 300 millones de futbolistas activos entre hombres y mujeres, cifra que tan sólo en la primera década del siglo ha crecido en un 10 por ciento. Nadie duda de la calidad O Rei, pero hay que ser honestos y admitir no competía con 209 países como ahora y que el fútbol no era un fenómeno más allá del Atlántico. Todos saben que en los 70 y 80 no existían los recursos científicos ni las ayudas fisiológicas que existen ahora, ni tampoco ese profesionalismo de talonario de varios ceros que oscuramente administra la FIFA y los equipos dominantes a nivel planetario. De hecho, por Pelé se pagó bastante menos (en cifras absolutas, hay que admitirlo) de lo que se pagó por el delantero boliviano Marcelo Martins cuando se fue a Ucrania en 2008.

Lionel Messi está al borde de consolidarse como el Michael Jordan del fútbol, o verse envuelto para siempre en pueriles discusiones de cantina –como ésta–, con las referencias de los grandes mitos del fútbol de toda la vida. A priori tiene una llave menos complicada en lo que resta del Mundial de Brasil: con Suiza en octavos de final, posiblemente con Estados Unidos en cuartos y quizás con Holanda en las semis. Ningún excampeón en el horizonte. Messi, a sus 27 y en su plenitud, está al borde de lograrlo. O al borde de la caída. En unos días lo veremos.

Foto: Fadrique Iglesias / Fernando Gago.

13 de junio de 2014

Nacionalismos rabiosos de pelota y cantina

Publicado en Los Tiempos.

Esta semana ya hemos comenzado a escuchar y leer a todo tipo de rabiosos ultranacionalistas con motivo del mundial, principalmente a los brasileños y argentinos, que con cierta razón (o no), hinchan el pecho por su selección y por sus campos deportivos, y más aún contagian a nuestros compatriotas, siempre dispuestos a soltar uno que otro “dale bolú, no rompáj laj bolaj”.

Desafortunadamente, Bolivia no ha clasificado al mundial, hecho que, por ser poco novedoso, no deja de ser doloroso, sobre todo si uno se somete a un contexto de estar rodeado paisanos con selecciones participantes.

Si algún día lejano fui nacionalista (de pequeño, por las pasiones deportivas) y por el bombardeo mediático de partidos políticos teóricamente nacionalistas (MNR, ADN, etc.), hace poco tiempo dejé de serlo definitivamente, en el sentido de los colores “porque sí”. Mi hastío se produjo principalmente luego de vivir dos extremos en España: la furia independentista vasca (su lado más violento), catalana y hasta gallega por un lado; y por otro ese nacionalismo conservador ibérico heredado del franquismo más filofascista.

Tanto unos como otros invierten y gastan ingentes cantidades de tiempo y recursos en volverse “exclusivos”, eso que en la mayoría de las discotecas cochabambinas se llama el VIP.

Y claro que me doy cuenta de que los humanos somos diferentes, que tenemos una variedad de gustos y formas de ser y de relacionarnos. Entiendo –y hasta suscribo– que en la diversidad y pluralidad está la riqueza. Pero el delimitar los gustos o simpatías hacia una tribu por el hecho de tener o no un pasaporte o nacionalidad, un constructo legal, es un sinsentido en términos lógicos.

Concuerdo más con la idea de empatía, de atracción hacia los valores de una comunidad, a la comprensión identitaria a partir de la cultura, del acervo patrimonial y del legado, ya sea ancestral o aprendido en libros, pero no de un compartimiento estanco marcado solamente por un documento adquirido por accidente.

Yo soy ante todo cochabambino y boliviano, no por los éxitos o fracasos deportivos, no por los colores per se, sino por lo que representan. Una serie de valores que encarna la bolivianidad, idea compartida y contrato social configurado a partir de nuestras historias, de nuestras tradiciones y de nuestros usos, que además está abierto al que quiera adherirse.

Así lo han entendido varios bolivianos por decisión, inmigrantes que han adoptado nuestra cultura de forma ejemplar como el emprendedor social Nicolás Castellanos de Hombres Nuevos, el musicólogo Piotr Nawrot de APAC, el padrino del atletismo boliviano Jurgen Berodt, los renovadores del teatro boliviano Liber Forti y César Brie, el cineasta Paolo Agazzi o el gestor cultural Fernando García, fundador del mARTadero, por citar unos pocos que están vivos. Seguramente cada lector puede desarrollar esta lista con extranjeros que han dedicado su existencia al desarrollo social y cultural de Bolivia, y que no necesitaron un pasaporte para luchar por sus ideas y hacer que nos sintamos más bolivianos.

Somos un país entre montañas y eso a veces puede considerarse una amenaza de menor exposición. Afortunadamente tenemos una extraña facilidad de atraer estas simbiosis y asociaciones. No nos queda más que pensar una forma de atraerlas, sistemáticamente, aprovechando migraciones o el mundo virtual del siglo XXI. Talento interesado en esta cultura potente de “sirena y charango” siempre hay.