13 de junio de 2014

Nacionalismos rabiosos de pelota y cantina

Publicado en Los Tiempos.

Esta semana ya hemos comenzado a escuchar y leer a todo tipo de rabiosos ultranacionalistas con motivo del mundial, principalmente a los brasileños y argentinos, que con cierta razón (o no), hinchan el pecho por su selección y por sus campos deportivos, y más aún contagian a nuestros compatriotas, siempre dispuestos a soltar uno que otro “dale bolú, no rompáj laj bolaj”.

Desafortunadamente, Bolivia no ha clasificado al mundial, hecho que, por ser poco novedoso, no deja de ser doloroso, sobre todo si uno se somete a un contexto de estar rodeado paisanos con selecciones participantes.

Si algún día lejano fui nacionalista (de pequeño, por las pasiones deportivas) y por el bombardeo mediático de partidos políticos teóricamente nacionalistas (MNR, ADN, etc.), hace poco tiempo dejé de serlo definitivamente, en el sentido de los colores “porque sí”. Mi hastío se produjo principalmente luego de vivir dos extremos en España: la furia independentista vasca (su lado más violento), catalana y hasta gallega por un lado; y por otro ese nacionalismo conservador ibérico heredado del franquismo más filofascista.

Tanto unos como otros invierten y gastan ingentes cantidades de tiempo y recursos en volverse “exclusivos”, eso que en la mayoría de las discotecas cochabambinas se llama el VIP.

Y claro que me doy cuenta de que los humanos somos diferentes, que tenemos una variedad de gustos y formas de ser y de relacionarnos. Entiendo –y hasta suscribo– que en la diversidad y pluralidad está la riqueza. Pero el delimitar los gustos o simpatías hacia una tribu por el hecho de tener o no un pasaporte o nacionalidad, un constructo legal, es un sinsentido en términos lógicos.

Concuerdo más con la idea de empatía, de atracción hacia los valores de una comunidad, a la comprensión identitaria a partir de la cultura, del acervo patrimonial y del legado, ya sea ancestral o aprendido en libros, pero no de un compartimiento estanco marcado solamente por un documento adquirido por accidente.

Yo soy ante todo cochabambino y boliviano, no por los éxitos o fracasos deportivos, no por los colores per se, sino por lo que representan. Una serie de valores que encarna la bolivianidad, idea compartida y contrato social configurado a partir de nuestras historias, de nuestras tradiciones y de nuestros usos, que además está abierto al que quiera adherirse.

Así lo han entendido varios bolivianos por decisión, inmigrantes que han adoptado nuestra cultura de forma ejemplar como el emprendedor social Nicolás Castellanos de Hombres Nuevos, el musicólogo Piotr Nawrot de APAC, el padrino del atletismo boliviano Jurgen Berodt, los renovadores del teatro boliviano Liber Forti y César Brie, el cineasta Paolo Agazzi o el gestor cultural Fernando García, fundador del mARTadero, por citar unos pocos que están vivos. Seguramente cada lector puede desarrollar esta lista con extranjeros que han dedicado su existencia al desarrollo social y cultural de Bolivia, y que no necesitaron un pasaporte para luchar por sus ideas y hacer que nos sintamos más bolivianos.

Somos un país entre montañas y eso a veces puede considerarse una amenaza de menor exposición. Afortunadamente tenemos una extraña facilidad de atraer estas simbiosis y asociaciones. No nos queda más que pensar una forma de atraerlas, sistemáticamente, aprovechando migraciones o el mundo virtual del siglo XXI. Talento interesado en esta cultura potente de “sirena y charango” siempre hay.

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