25 de julio de 2014

La música andina, de la chicha al terciopelo


Publicado en Los Tiempos. Foto: Gian-Carla Tisera. 

La globalización impregna todo, y más aún la música. En las últimas décadas pudimos ver ritmos populares andinos adaptados en otras latitudes y contextos. Los Kjarkas triunfaron en Japón y fueron adaptados en Brasil y Estados Unidos, de la misma forma que era frecuente escuchar las composiciones populares del cruceño Fabio Zambrana en España, y, puestos a retroceder en el tiempo, a nadie le extrañará recordar la zarzuela peruana “El cóndor pasa” interpretada por Paul Simon, de Simon and Garfunkel.

Y puesto que el mestizaje se da principalmente con viajes y migraciones, tenemos algunas razones en Bolivia que invitan a explorar posibilidades de nuestra música popular en este último año, y me quedo simplemente con los ejemplos de Eddy Navía en California, Willy Claure en Ginebra y Gian Carla Tisera en Nueva York, quienes están logrando introducir su música en círculos altamente refinados.

La nominación al Grammy, en años consecutivos por parte de Navía ratifica algo que desde hace varias décadas venía haciendo con Savia Andina, ahora sazonado con toques de jazz. Está también la modernización de la cueca de Willy Claure, con un flamante disco titulado “Para no bailar”, en el que invita a gente como José Luis Madueño (Perú), Pavel Urquiza (Cuba), Carlos Aguirre (Argentina), Joe Vasconcelos (Chile), etc., a poner tintes contemporáneos a un baile tan criollo como bastardo, que indudablemente evoca a los patios de los caseríos cochabambinos, tarijeños y chuquisaqueños, y por qué no, acompañados de esos caldos espirituosos de maíz tan típicos del Valle Alto, aun cuando se sirvieran en copas de cristal de Limoge y en un teatro de Suiza –donde vive Willy— o con una copa de brandy en mano.

Este año también ha sido el año definitivo de Gian-Carla Tisera, cochabambina de raíces bolivianas e italo-argentinas, que está explotando en Nueva York. En agosto lanzará su álbum “Nora la bella”, donde, desde la ópera, explora la fusión de tonadas tradicionales –como “Señora chichera”— hasta compases más cercanos a Benny More y Bola de Nieve, aunque actualizados al 2014, y con un flow de jazz delicado.

De formación en música lírica, graduada en un master en la Universidad del Sur California, con previo paso por las aulas del Instituto Laredo, Tisera impregna frescura a esa música latinoamericana híbrida, que cruza el estereotipo del bolero latino que en principio puede aparentar. Un esfuerzo por ofrecer mayor profundidad se desprende de la seriedad y profesionalidad de su propuesta, para la que ha invitado a músicos como el pianista cubano nominado al Grammy Elio Villafranca, el trompetista Diego Urcola y el bajista cinco veces ganador del Grammy, John Benítez.

Gian-Carla se presentará en septiembre en las salas del prestigioso Americas Society / Council of the Americas, espacio cultural selecto fundado por Rockefeller en Nueva York con un especial enfoque en América Latina, y seguidamente en varias ciudades de Bolivia.

Tisera ya trabajó en Estados Unidos y Bolivia, tocando con la Filarmónica de Los Ángeles, la Orquesta Sinfónica Nacional de Bolivia y la Pasadena Symphony; Claure lo hizo en los salones de la Maison des Associations en Ginebra, mientras que Navía suele poner sus cuerdas en su peña folklórica en California ante actores de Hollywood como Robin Williams. Todo un placer para disfrutar con vino o chicha, en el zaguán de una quinta valluna o en el salón de tu casa.

17 de julio de 2014

El Alto: donde las niñas mandan en el campo (de juego)


Publicado en El País de Madrid, en el suplemento Planeta Futuro, patrocinado por la Fundación Bill & Melinda Gates. 
La supervivencia en el patio del colegio, a la hora de custodiar el campo de juego, la cancha, se hace vital para cualquier niño. Se trata de una conquista similar a las medievales. La disputa por el espacio para disfrutar de un momento lúdico lo gana el más fuerte. Hace algunos años una firma deportiva internacional, con motivo de una Eurocopa de fútbol, filmó un comercial ambientado en un campo de juego, digamos que rural. En el anuncio, un equipo de pequeños era relegado del terreno de juego por sus mayores, en una secuencia que terminó con los míticos futbolistas Eusebio (portugués) y Aragonés (español) confinando fuera del campo a los mismos Zidane y Raúl. La parodia refleja las jerarquías que, por la fuerza, deciden —a menudo a causa de la edad o la propiedad del balón— quién juega y quién no. Pero además, también el género suele ser determinante. Frecuentemente los varones son quienes desplazan a las niñas, las verdaderas invisibles.
Una realidad que en el barrio Gran Poder de El Alto, en Bolivia, parece destinada a cambiar. El Alto, la metrópoli más joven del país, no cumple el ideal de las ciudades radiales que diseñan urbanistas, sino que se creó circundante, en forma de ceja, al gran ojo que es La Paz. Se trata de un monstruo urbano que ha pasado en cinco décadas de tener unos cuantos miles de habitantes a tener más de un millón y formar la mancha urbana –junto con la capital—más importante de Bolivia. Aquí, los varones tienen un promedio de estudio de 9 años y las mujeres de sólo 7, y la tasa de analfabetismo en las féminas llega al 13% mientras que en hombres al 2%. Pese a que ellas copan los peores datos de las estadísticas, en Gran Poder de El Alto, un suburbio que alberga a medio millar de familias y un total de 3.000 pobladores, se puede ver a centenares de niñas reunidas en torno al cuero del balón. Las pequeñas han logrado tomar el césped gracias a un experimento del Banco Interamericano de Desarrollo en colaboración con la sociedad civil, el municipio y aportes de fundaciones como Viva y Baisa. La cancha es suya, al menos un par de días a la semana.
Una de esas “vencedoras” es Maribel Nancy Córdoba Aruquipa,espigada chica de 16 años, oriunda de El Alto, pero con familia de Achacachi, provincia Omasuyos, de donde provienen los más aguerridos líderes indígenas del país. Sueña con tener algún día su propio negocio de confección de polleras (faldas multicolores), al igual que su madre. La progenitora encarna esa estirpe de warmis, mujeres que durante el día se dedican a la crianza de los niños, y de noche y los fines de semana a algún tipo de emprendimiento artesanal. Aunque el trabajo es más intenso cuando se avecina la fiesta del Gran Poder, verdadero motor de la industria creativa local y segundo evento cultural en alcance y tamaño de Bolivia —tras el Carnaval de Oruro, reconocido por la Unesco—. Habitualmente, una de las plazas para el comercio es la Feria 16 de julio, activa jueves y domingos. Es uno de los mercados tradicionales más grandes de América Latina y es conocido por su fuerte organización sindical, en la que las mujeres tienen mucho que decir.
“Cuando gane experiencia, lograré hacer polleras. Hasta entonces, ayudo con los dobleces y las mantas”, comenta Maribel, al tiempo que admite que quisiera estudiar tres carreras universitarias, a saber, medicina, enfermería y "alguna más". Cuando se le pregunta por un referente, la pequeña apunta a Jeniffer Salinas, boxeadora boliviana que logró el campeonato mundial supergallo, quizás la única boliviana deportista que lidera la clasificación internacional. Bolivia en general es un país sin claros referentes a nivel deportivo. Algún deportista brilló en los 90 (Marco Etcheverry jugó en el Albacete FC o J.M. Peña en Valladolid y Villarreal), un par de motociclistas que hicieron buen papel en el rally Dakar y la boxeadora mencionada. Aparte de eso, y unos cuantos títulos iberoamericanos en atletismo u otras coronas internacionales en deportes secundarios como el racquet, jamás una medalla de peso. Ni siquiera un finalista olímpico en toda la historia. En Bolivia ser atleta de élite significa ser un gran desconocido. Más aún si se trata de mujeres.
Maribel y sus amigas tuvieron la suerte de toparse con el proyecto de participación comunitaria y deportiva Niñas viviendo con altura, desarrollado a 4.100 metros de altitud —de ahí el nombre—, diseñado e implementado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en colaboración con Save The Children. “Estas niñas cada vez logran más confianza. Pueden llegar a hacer cosas realmente grandes, pero sobre todo, se dan cuenta de que son capaces y tienen derechos, como por ejemplo, a divertirse”, afirma Claudia Piras, especialista de género del BID, en un ajtapi —celebración autóctona de gratitud— preparado por las madres de familia de la comunidad, encantadas con lo que el proyecto ha hecho con sus hijas.
Ni los padres de Maribel ni los de sus amigas fueron a la universidad, pero ellas no dudan de que lo lograrán. Algunas de sus compañeras ya han podido participar en unos Juegos Deportivos Plurinacionales, casi intrascendentes hasta hace tan solo un lustro, cuando básicamente participaban deportistas de siete u ocho ciudades de Bolivia. Las élites ciudadanas. Actualmente la participación en esos campeonatos se ha quintuplicado en número de eventos y alcance de participantes.
Fernando Torres, monitor deportivo del proyecto, recuerda que antaño no existían espacios físicos para jugar y que las motivaciones de competitividad eran muy limitadas, lo que se reflejaba en un desbalance de representación simbólica también.
Justamente al ritmo de las reivindicaciones sociales, aunque a otra velocidad, El Alto ha ganado en potencia identitaria en los últimos años, sobre todo tras las conocidas revueltas de la Guerra del Gas en 2003. Se trata de una ciudad que se formó contemplando a los conquistadores que pasaban hacia La Paz en los siglos precedentes. No fue hasta 1985, cuando se separó administrativamente de la sede de Gobierno, logrando disponer de sus propios recursos y modelo de desarrollo.
No obstante, las necesidades de la urbe avanzan más rápido que los servicios que da la ciudad. Cuando uno sobrevuela El Alto —el aeropuerto de La Paz está allí— es notoria la ausencia casi absoluta de parques, áreas verdes o espacios lúdicos, más allá del campo deportivo mencionado, en el que estuvo el mismo Evo Morales, como jugador, en su inauguración.
Otros espacios públicos, en este caso relacionados históricamente con el poder, fueron las plazas mayores y “de armas”, lugares típicamente masculinos, que han decaído en importancia a favor de los mercados de abastos, dominados principalmente por mujeres.
Tampoco se han quedado atrás los movimientos sociales y juntas vecinales, encumbrando incluso líderes políticos. Entre ellos, Julieta Monje Villa, a la sazón Ministra de Medio Ambiente y Agua, oriunda de la población de Corocoro, pero emigrada a El Alto. Allí se forjó como líder, sucediendo en el puesto a otro alteño aguerrido, Abel Mamani, crucial en la caída del expresidente Sánchez de Lozada en 2003.
Así, no hace falta ser un profeta para vislumbrar que la ciudad de El Alto está llamada a ser un semillero en diversos ámbitos, ya sea por demografía o por ebullición natural. Proyectos como “Niñas viviendo con altura”, proyecto piloto implantado por la División de Género y Diversidad del BID, ha identificado restricciones al desarrollo, en un momento en el que se están sentando las bases para construir una sociedad más homogénea, más equitativa y con mayor respeto por el otro.
La gente lo percibe, lo sabe. Las madres y las mismas niñas entienden que el capital humano es un factor clave para el desarrollo. Eso se refleja el cambio de las aspiraciones de una generación y otra, más hambrienta de retos, que sueña con tener más capacidades, las comúnmente llamadas habilidades para la vida. Es momento de ajustar cuentas.

16 de julio de 2014

¿Podríamos producir un Neymar del software o un Messi de la robótica?


América Latina es la principal incubadora de talento futbolístico del mundo. ¿Qué nos falta para lograr lo mismo en otros campos?.

Este video es parte de la serie "Minutopedia". Producido por la Oficina de Relaciones Externas del BID (Juan Carlos Espinoza, Paul Constance, Peter Bate, Dolores Subiza y Fadrique Iglesias). 

Las ideas están extraídas de un discurso del Presidente del BID, Luis Alberto Moreno, en Brasil. La idea y concepto fue recogida por Andrés Oppenheimer en su artículo "Se busca un Messi de la ciencia", publicado en el Miami Herald. 

11 de julio de 2014

Sociedad Boliviana de Música de Cámara: desbloqueando puentes



Publicado en Los Tiempos

Llegó algún momento en el que el país era conocido por sus bloqueos, arraigados profundamente en nuestra cultura. Afortunadamente las cosas van cambiando, lentamente. No sólo es probable que bloqueemos menos que antes, sino que van apareciendo iniciativas para que los puentes –imaginarios– tendidos entre bolivianos que viven en el territorio y aquellos que viven en el extranjero sean avenidas de intercambio efectivo.

Generalmente los habitantes en la diáspora, aquellos desplazados por la guerra, por causas económicas o simplemente en busca de mayores oportunidades de desarrollo, han aportado –en algunos casos mucho– al desarrollo social y cultural de sus países de origen. Piénsese en los casos del legado de Luis Buñuel en España o de García Márquez en Colombia, que pese a vivir ambos en México, han marcado el devenir cultural de sus países de origen y acogida. O como lo hiciera Jaime Laredo, actualmente director musical de la Orquesta Sinfónica de Vermont.

Hace pocas semanas ha aparecido una interesante iniciativa, la creación de la Sociedad Boliviana de Música de Cámara (SBMC), conformada por algunos músicos tras haberse conocido en los pasillos de la prestigiosa Youth Orchestra of the Americas, como de Camila Barrientos Ossio, clarinetista boliviana, Sergio Escalera Soria, pianista boliviano, y Bruno Luiz Lourensetto, trompetista brasileño; tres músicos profesionales, residentes en el exterior, con el firme deseo de hacer música en Bolivia y de compartirla con el público boliviano.

La pertinencia salta a la vista por muchas razones, una de ellas porque se trata de una expresión cultural en la que sin pasar por Europa o Nueva York es muy difícil triunfar a nivel mundial, por la densidad de talento, crítica, formación del público, poder adquisitivo de los consumidores y estímulos a la creación. Lo mismo se aplica a su consumo. Precisamente bolivianos  nacidos o de “acogida” como Elizabeth Schwimmer, Ana María Vera o Piotr Nawrot vienen trabajando en ello hace varios años.

Los entusiastas emprendedores sociales de la SBMC presentarán en agosto sus Primeras Jornadas de Música, para llevar su arte, sazonado con otros siete músicos de Bolivia, Canadá y Chile, a espacios de la ciudad tan diversos como el mARTadero, la Muela del Diablo, el Centro Patiño y Aldeas Infantiles S.O.S.

Su propuesta es clara: democratizar el acceso a la cultura, llegar a públicos más amplios, y fomentar el intercambio cultural con responsabilidad social, verdaderos ejes positivos que la globalización puede traer, destacando y comunicando que vivimos en una sociedad altamente creativa y enriquecida culturalmente. Todo un reto y una oportunidad en un país con una autoestima baja.

Con los miles de bolivianos fuera, bien se podría hacer un apéndice de cultura nacional. Simplemente tomando en cuenta la literatura, este año pasado estuvieron viviendo en Estados Unidos algunos de los escritores más importantes del país como Eduardo Mitre, Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Hasbún, Sebastián Antezana, Claudio Ferrufino Cocqueugniot, Liliana Colanzi, Giovanna Rivero, Maximiliano Barrientos y los que seguramente se quedarán en el tintero. Varios de ellos, principalmente los de la Universidad de Cornell, tienen encuentros literarios fecundos.

El potencial de las sinergias con la diáspora es muy alto. Países más pequeños como Kosovo tienen una interesante plataforma comunicacional y de pensamiento que recoge posibilidades de sus ciudadanos en el extranjero. Se abre una ventana muy jugosa, que puede integrar a ese millón de bolivianos que viven allende nuestras fronteras, tendiendo puentes o desbloqueándolos.