19 de septiembre de 2014

Engrasando la máquina en el taller (literario)


Publicado en Los Tiempos.

Los talleres literarios no garantizan nada, per se. A escribir literatura no se puede aprender sino leyendo y escribiendo, poniéndose el overol y tomando las herramientas necesarias. Ahora bien, el poder tener feedback directo de personas con intereses similares, puede ayudar a pulir, confrontar y ensayar alquimias antes de presentarlas al lector masivo.
En Estados Unidos, lugar donde no es extraño asistir a bares con micrófono abierto para la poesía, se ha hecho célebre uno de los programas de escritura creativa más sólidos del mundo, el de la Universidad de Iowa, por donde han pasado célebres escritores ganadores de premios Pulitzer como John Cheever, Philiph Roth o Raymond Carver. Por sus aulas, en el programa internacional, han pasado también los bolivianos Luis Antezana, Mónica Velázquez, Giovanna Rivero, Juan Carlos Orihuela, Adolfo Cárdenas,  y el año pasado Maximiliano Barrientos, quien se graduó del flamante programa de maestría en escritura creativa en castellano de esa casa de enseñanza.
También en Estados Unidos, pero hace tres décadas, dictó un taller el ahora centenario Julio Cortázar. El gran narrador argentino, al tener esa cualidad que Juan Villoro llama “hablar editado”, por forma y por sustancia, fue recopilado por Alfaguara el año pasado en un libro titulado “Clases de Literatura”, y ese otoño de 1980, perpetuado en soporte fonográfico, ha sido ampliamente difundido, para aquellos que buscan consejos e ideas para despertar una creatividad que no se puede clonar pero sí cosechar, luego de un duro trabajo de siembra.
Igualmente lo ha hecho el Cronista de Cochabamba, Ramón Rocha Monroy, quien después de una serie de talleres, primero en la Universidad Católica, luego en el mARTadero y en otros varios espacios repartidos en la última década, ha decidido compilar una serie de consejos y lecturas, editados y publicados por la editorial Kipus el mes pasado, llamados “Consejos para escribir (más) mejor”.
Este septiembre además, Bolivia es el invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Entre los invitados nacionales están Wilmer Urrelo, Liliana Colanzi, Christian Vera, Maximiliano Barrientos y Edmundo Paz Soldán. Este último precisamente dictará un taller sobre escritura de cuentos.
Paz Soldán sigue la estela de otro grande de la literatura boliviana, que a su estilo –de noche, con bebidas espirituosas– y desde su vieja cueva en La Paz, asombró a sus contemporáneos en La Paz, Jaime Sáenz, dejando destellos de lo que fueron sus talleres Krupp de literatura, de donde salieron historias y poesías memorables, las cuales han sido veneradas hasta niveles casi místicos en nuestro país.
Por su parte, algunos interesantes exponentes cochabambinos de la nueva camada, como Rodrigo Hasbún, Leonardo de la Torre o Gabriel Iriarte, tuvieron sus primeros fogonazos en encuentros de escritura experimental durante su post-adolescencia en la pasada década, casi a modo de juego juvenil, pero que sembró algo en ellos, a la vista de sus publicaciones recientes.  

Lo más destacable, a mi juicio, de estos talleres y encuentros es el microcosmos motivacional, la sana (y a veces no tanto) competitividad entre los participantes y el salto definitivo a la discusión, no de la farándula literaria, sino del hecho creativo mismo. Espacios que necesitamos estimular más todavía. Y para que no tengas excusa, querido lector, date una vuelta por “Panza de Oro”, festival transfronterizo de poesía en el mARTadero de Cochabamba, hoy o mañana sábado. Y luego ponte a escribir, con la maquinaria bien engrasada de ideas.

9 de septiembre de 2014

Cerati: el último episodio sinfónico


Publicado en Los Tiempos y La Prensa. Este artículo llega como una secuela al publicado hace tres años en este mismo medio, titulado "La fuerza natural de Cerati y Spinetta". 

Llevaba ya casi cinco años esperando que esto pasara. Cada dos o tres meses googleaba su nombre para tener algún dato que me diera una esperanza. Que si ya movió el labio, que si torció un dedo, pero él siempre postrado en esa cama de hospital. Las esperanzas de que Gustavo Adrián Cerati resucitara, pues se hallaba en coma desde mayo del 2010, menguaban con el paso del tiempo. Que hiciera nueva música, más todavía.

Me saturé buscando documentales cercanos a su vida en Youtube. Me aburrí de escuchar las mismas anécdotas de la boca de Lilian Clark, su afligida madre, destacando sus capacidades creativas en la infancia. Me leí de pe a pa el compendio de entrevistas que recopiló la periodista-fan  Maitena Aboitiz en su libro titulado “Cerati en primera persona”.

Cerati fue una de esas almas creativas que destilan arte por los poros. Si se observa la camada de artistas y grupos que fueron sus contemporáneos, aquellos inmediatamente posteriores a los genios Charly, Santaolalla, Spinetta o Prodan, es decir, Miguel Mateos, Los Enanitos Verdes, GIT o Vilma Palma, se entiende fácilmente que él fue el único de este último grupo que sobrevivió al moho que deja el tiempo. Esta segunda camada, comercialmente más prolífica, sobrevivió malamente, mientras que la veleta creativa que orientó a Cerati, lo llevó a explorar nuevos ritmos y nuevas formas, haciendo que hoy suene vanguardista, una o dos décadas después.

Gustavo tuvo siempre ese potente radar capaz de detectar hacia dónde iba el futuro. Fue de los primeros en olfatear el naciente glam bonaerense, fue capaz de verse en el espejo de lo gótico de The Cure, y hacer una versión mejorada, pasando tangencialmente por el ska y lo más puro del pop latinoamericano, pero desembocando en un nuevo estadio, en una serie de episodios exquisitamente sinfónicos con su celebrado grupo Soda Stereo.

Pero lo mejor de Cerati vino cuando finalmente pudo soltarse de las pesadas amarras de su banda, logrando finalmente seguir ese instinto, primero hacia la electrónica –con un intervalo orquestal puntual–, luego volviendo a las guitarras eléctricas, para finalmente estacionarse en un folk de carretera, melódico y de arreglos perfectamente ubicados.

Cerati además se preocupó por las formas como parte del fondo. Venido de la escuela del diseño gráfico, todavía rara opción en los posmodernos años 80, siempre fue un obsesivo de la estética y de la ética de sus trabajos. Sin duda, si hubiese cantado en inglés, en este momento Obama o Paul McCartney estarían tuiteando lamentos y loas por la pérdida del genio porteño.

Y es que Cerati no era un erudito que comía bibliotecas. No devoraba sesudos tratados de filosofía o historia del renacimiento.

Él simplemente era. Tenía el sentido afinado, esa capacidad de caminar en la oscuridad (de la noche, del mercado), y detectar, a puro intuición, hacia dónde seguir.

A algunos se nos ha apagado un faro artístico y tendremos que ampararnos en otros referentes estéticos. En cierta forma nos ha liberado, luego de estos casi cinco años de orfandad. Ahora podemos seguir instintos propios y perdernos en el mar musical, escuchando ese imaginario consejo de Cerati, susurrando por dónde vendrían los nuevos vientos del rock. Gracias por eso.