18 de octubre de 2014

Aprendiendo de Marie Antoniette y House of Cards

Publicado en Los Tiempos. Imagen: Woolly Mamooth.

La semana pasada era mi cumpleaños y decidí darme un homenaje yendo al teatro. Aquel día eran las elecciones presidenciales, por lo que me costó concentrarme en la obra.

Me decidí por el teatro Woolly Mammoth (El Mamut Lanudo), una pequeña pero reputada sala de artes escénicas en el centro de Washington, DC. Presentaban Marie Antoniette, una adaptación contemporánea de la vida y caída de María Antonieta de Austria, caprichosa y superficial reina consorte de la Francia del siglo XVIII, que no vio venir la decadencia de unas élites que perdieron sus privilegios (y el espacio para la frivolidad), y que acabó en la guillotina igual que su marido, el rey Luis XVI, uno de los últimos esbirros monárquicos en Francia.

Muy pronto me hipnoticé con los diálogos, traídos hacia la jerga del siglo XXI y con poses “selfie”, muy al estilo de Zona Sur de Juan Carlos Valdivia, caricaturizando a esa desfigurada nobleza francesa, alejada de la realidad proletaria (o mestiza paceña, en el caso de Valdivia). Ya más entrada la historia, me desvié completamente del argumento, no pudiendo evitar hacer comparaciones con el proceso de descomposición ocurrido en Bolivia entre 2002 y 2003, que acabó con la huida de Sánchez de Lozada a Estados Unidos que todos conocemos bien.

Las idas y venidas de las mieles del poder absoluto, la descomposición de clases dominantes decadentes (no necesariamente políticas), los cambios de élites y oligarquías no son asunto nuevo. Tampoco lo es la caricatura de María Antonieta, llevada al cine por Sofía Coppola hace unos años.

De hecho, ahora mismo España es un laboratorio de observación de estas viejas “castas” decadentes (en la jerga de Pablo Iglesias), incapaces de ver que su ciclo se ha agotado, ya sean los protagonistas de la vieja izquierda, con un Rubalcaba desgastado, o aquellos cadáveres heredados del aznarismo –con Rodrigo Rato como símbolo más visible–. Aquella persona que llegó a ser Ministro de Economía y que presidió el FMI, es ahora un palo al que nadie quiere arrimarse, sobre todo por sus excesos durante su gestión en la difunta entidad financiera Bankia.

Es ahora, más de una década después de ese ilusorio auge económico e inmobiliario español, que se conocen algunas de las patrañas que se tejieron. Incluso ahora, cuando soplan los vientos del soberanismo, han salido a la luz oscuros episodios (movimientos fraudulentos de capitales) tras 23 años de gobierno de la familia de Jordi Pujol en Cataluña.

Las poltronas cómodas no son buenas para los gobernantes. Tras las etapas de promesas y de cambios, vienen otras de relajación y de pereza mental y ejecutiva, cuando no corrupción directa. Esperemos que estos 14 años continuos que gobernará el MAS no se desmoronen como un castillo de naipes, si vale la alusión a otra metáfora cultural, pero mucho más actual: House of Cards, esa serie en la que el poder lo es todo, y donde el oscarizado actor Kevin Spacey se mancha hasta los codos por sus ansias irreprimibles.

Las metáforas, el teatro y el cine sólo son eso: reflejos, ideas e imágenes. A veces se materializan y otras no. Estemos atentos. De momento nos sirven como espejos donde mirarnos y aprender en pellejo ajeno.

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