28 de noviembre de 2014

Cochabamba creativa y el “hallyu” coreano



Publicado en Los Tiempos.

Se repite desde distintos ámbitos que Cochabamba será la ciudad del conocimiento y del saber en Bolivia en la próxima década. Desde el presidente Evo hasta este periódico han comentado con entusiasmo esta loable iniciativa.

Ahora bien, se debe tener claro que las ciudades del conocimiento, beneficiándose de la densidad de talento, acogen a una serie de saberes científicos y artísticos muy diversos. Es condición necesaria estar bien dotado de científicos bien preparados, pero no suficiente. También es ineludible el desarrollo de ramas paralelas de distinta complejidad, como aquellas que beben de las fuentes de las artes visuales y performativas, del diseño, de los nuevos medios, de la publicidad, de la arquitectura y los sucedáneos culturales de recreación y ocio, para combinarlos transversalmente con la investigación y desarrollo aplicado.

Las soluciones creativas a problemas diversos, surgen a menudo de formas de pensamiento divergente, es decir de soluciones que probablemente en su génesis no estaban concebidas como tales. Habrá que buscar la creación de un ecosistema creativo, donde prime el intercambio socrático en las aulas, laboratorios y foros, pero también en los bares, teatros, salas de exposición y mercados populares.

Tener una sociedad altamente capitalizada en materia cultural es difícil de medir, pero resulta muy rentable a la hora de aportar valor y de crear competitividad. Generalmente los creativos suelen estar muy atentos a las dinámicas sociales, previniéndolas o haciendo lecturas híbridas desde la experiencia y desde la calle, con discursos persuasivos que son capaces de influir en los hacedores de políticas, y también en quienes las demandan.

Todo esto es parte de la economía creativa, que representa un bien público y patrimonial, pero también una industria que genera ingresos y empleo. Tan sólo la denominada economía “naranja” mueve 176 miles de millones de dólares en América Latina y el Caribe, y 10,3 millones de puestos de trabajo.

Un país que nos puede dar alguna pista de hacia dónde movernos es Corea del Sur. Su llamado K-Pop (jóvenes coreanos que gustan de la cultura pop y del uso de YouTube y las redes sociales como canales  efectivos) está conquistando el mundo, para eso hay que recordar solamente el Gangnam Style, una oda al distrito del mismo nombre, que ejerce como centro del entretenimiento de Seúl.

Pero esto no es nuevo. Ya en los años 90, el sureste asiático fue influido por los llamados k-dramas, una suerte de telenovelas o miniseries, de calidad ramplona, pero que han servido de laboratorio para generar una industria audiovisual, que hoy en día, y luego de su evolución, ha posesionado a directores de cine de fama mundial como Park Chan Wook o Kim Ki Duk, habituales en festivales como Cannes o Venecia. 

Ello ha convertido al mercado local coreano en el 11º mercado cinematográfico más grande del mundo: los coreanos más que duplican en asistencia al cine a los europeos, lo que casi ha triplicado la producción local de películas en la última década. Esta robustez podría atribuirse a su infraestructura, a sus redes regionales y a los esfuerzos del Consejo de Cine de Corea (Kofic) en atraer coproducciones, con incentivos de hasta un 30 por ciento de descuento en los costos de producciones extranjeras.

La planificación coreana en la materia, también llamada “hallyu” o enfoque de “poder blando”, se refiere al aumento de popularidad y la influencia de la cultura de Corea del Sur desde finales de 1990 en países como China, Japón o Indonesia y se ha convertido en una punta de lanza tanto del comercio exterior coreano como de su propia diplomacia.

Ahora que en Bolivia hay platita, parece ser el momento de desarrollar nuestra industria creativa, sin llorar sobre la leche que derraman en Chile o Perú a costa de nuestro folklore. Será bueno aprender de casos que han funcionado.

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