4 de octubre de 2015

Carlos Mesa y el pentatlón moderno



El pentatlón moderno existe en las olimpiadas desde hace más de un siglo a iniciativa del barón Pierre de Coubertin, creador del movimiento olímpico, y su origen responde a la necesidad de encontrar al atleta más completo, es decir, aquel que iba bien por tierra y por agua, que sorteaba obstáculos y que se defendía de los embates externos. 


Si la capacidad retórica e intelectual de Carlos Mesa tuviera una forma corpórea encarnada en un deportista, sería algo así como un atleta con cualidades de esgrima, equitación, carreras de fondo a campo través, tiro y, si hablamos de mar, natación. 



Esta semana el expresidente de Bolivia nos sorprendió a todos con su voz firme, ideas certeras, serenidad y objetivos claros desde territorio mapuche. El hombre iba a una entrevista a hablar de la causa marítima y de la postura nacional, no de sus opiniones personales ni de política interior boliviana ni de su visión de futuro. Tampoco se le encargó aconsejar a los juristas chilenos qué hacer en cuanto a soluciones. 



Mesa, el protagonista absoluto del programa El Informante del martes, fue el gran ganador del envite, si es que la entrevista se puede considerar como tal, a juzgar por el tono de los anfitriones. Fue capaz de escapar limpio de los intentos de encerronas puntiagudas que trataba de propiciar su hábil, aunque frenético, entrevistador Juan Manuel Astorga. Seguramente dejó a más de uno de los contribuyentes que sostienen esa cadena televisiva chilena dubitativo.



Con su corbata bien anudada, postura firme, didáctico, Mesa fue respondiendo una a una las preguntas que el periodista de TV Chile propinaba, priorizando organizadamente cuál era el mensaje que quería transmitir. Lo hizo en cuestión de segundos y ante una nutrida tribuna, asunto de muy compleja ejecución. 
Lo que quizás gustó menos en Chile -y ha revuelto las redes sociales en Bolivia esta semana-no se reduce exclusivamente a la materia expuesta en el plató televisivo, sino también a las formas. El fondo ya estaba en un pdf llamado El Libro del mar, para descargar en la web de la Dirección Estratégica de la Reivindicación Marítima desde el año pasado, y se había expuesto hace varios meses ante el Tribunal de La Haya.



Es indudable que ese resultado trajo cola. Algunos congresistas chilenos pidieron cuentas a la televisión pública de su país por haberlo invitado, quizás temerosos de que una postura real de debate tuviera consecuencias adversas en una sociedad que aparentemente dista de ser borreguil.   



La aparición de nuestro pentatlonista no debe servir para inflar nuestros pechos -acostumbrados a múltiples derrotas deportivas- en postura nacionalista, sino para aprender a discutir, a debatir e intercambiar ideas, de forma deportiva y en buena lid. 


El deporte es un asunto de ejercicio del músculo y de velocidad de la mente y, sobre todo, de trabajo bajo presión. Esta semana hemos visto esa combinación llevada al paroxismo.

8 de agosto de 2015

Martha Marín y el efecto multiplicador

Tan solo cuatro países en América Latina nunca han logrado medallas olímpicas. Al infortunio boliviano se suman las ausencias en los podios de premiación de El Salvador, Honduras y Nicaragua.
No obstante, Bolivia este último cuatrienio ha tenido una mejora sustancial respecto del último cuarto de siglo. Si desde Atlanta 96 únicamente dos atletas lograron marcas mínimas – las marchistas Geovanna Irusta y Claudia Balderrama—, este año han cumplido con dicho requisito formal hasta ocho atletas. Realmente el salto cualitativo más grande de la historia de nuestro deporte.
Ello nos puede llevar a repensar los indicadores de éxito del deporte nacional. Por un lado, y a mi modo de ver la faceta más importante, está el deporte formativo y lúdico. Su éxito o fracaso se puede medir a través de indicadores de inclusión, uso del espacio público, acceso a campos deportivos, participación, salud, y sobre todo satisfacción de la población.
El punto que nos atañe a pocos días del comienzo de Rio 2016, el deporte competitivo, es mucho más cruel en cuanto a los indicadores de éxito, puesto que en principio son más objetivos, ya que generalmente se miden con medallas y marcas.
Por supuesto que un tránsito de dos clasificados con marca mínima / clasificación directa en las dos previas décadas a ocho en el último año, es un salto cualitativo importantísimo, pero a fin de optimizar nuestros  escasos recursos habría que afinar la puntería para seguir creciendo en esta mejora.
La evidencia demuestra que aun cuando hay correlación entre infraestructura deportiva y resultados positivos, no se trata de una condición suficiente, y a veces ni siquiera necesaria, como puede verse en los conocidos casos de Kenia, Etiopía, Eirtrea, Uganda, Marruecos, Jamaica, Cuba y Trinidad y Tobago, por citar los más conocidos. Se trata de países con gran dotación de capital humano y talento, pero escasa infraestructura física dedicada a deportes.
El verdadero éxito de este salto del deporte nacional estos años sobre todo tiene como responsables a cuatro individuos principalmente –los entrenadores de los atletas, en este caso Martha Marín, José Quintanilla, Marco Condori y Marcos Ramírez. Y han llegado a resultados destacados luego de un largo tiempo de acumulación de conocimientos, de selección de recursos humanos –horas de horas en patios de colegio y en campos deportivos observando prospectos de campeones--, y sobre todo mucha energía invertida luchando con o contra la dirigencia deportiva.
La clave para que se consigan resultados deportivos escalables y replicables con recursos limitados, es ser eficientes, y la forma más eficaz de hacerlo es afectando positivamente a los nodos que detonan con mayor influencia estos núcleos de energía que son los clubes deportivos de base.
Nuestra aspiración deberá ser cuidar de esa base de la mejor forma posible, para que se tenga cantidad, pues la calidad será un efecto casi natural del proceso.

Hasta que no tengamos políticas que apunten directamente a estos núcleos multiplicadores –que ahora son cuatro entrenadores que afectan positivamente a cientos y miles—nos costará competir en igualdad de condiciones. Es hora de apostar y reconocer a los entrenadores, a los padres de familia y a los gestores de esos clubes que hacen soñar a los chicos que nos representan hoy y a los que nos representarán en las siguientes décadas.  

4 de agosto de 2015

¿Gobernados por el pato Donald?

Publicado en El Deber.


De cuando en cuando en la política (internacional, nacional, local) aparecen esos personajes histriónicos, exagerados y teatrales que absorben la atención de sus constituyentes, pasando pelotitas de mano en mano, cuales malabaristas. A todos nos seduce el espectáculo. La tragedia y la comedia griega no son inventos de ahora, tampoco la televisión. Lo que sí se nota más ahora es su profesionalización y copia del modelo en favor de la política. 

En EEUU, donde el asunto del simbolismo siempre ha funcionado, la moda del espectáculo se ha llevado al paroxismo, especialmente con la aparición del multimillonario Donald Trump como precandidato republicano. 


Se trata de dejar todo el protagonismo en una retórica sin contenido real, al estilo Las Vegas, con estatuas de la libertad y torres Eiffel de cartón piedra, poniendo como prioritaria la imitación estética, el maquillaje que disimule las indisimulables carencias o arrugas. En este ambiente de civilización del espectáculo –trampa en la que el propio Vargas Llosa ha caído– Donald Trump, el mago de los reality shows y de los concursos de belleza, ha soltado una serie de vituperios y mentiras de sobra conocidas que una importante porción de la población ha comprado rápidamente. 


Sus probabilidades de llegar a la Casa Blanca parecen escasas, aunque en las encuestas del partido conservador marche al frente, de momento. La especulación real de sus posibilidades adereza conversaciones en las parrilladas estadounidenses, tradicionalmente reacias a hablar de política y religión. Casos precedentes, como el de la familia de extrema derecha Le Pen en Francia, demuestran que la espuma suele bajar después de que pasa la ola.

Si algo nos ha mostrado a los bolivianos el documental estadounidense Our brand is crisis, a punto de reestrenarse en versión ficcional y con Sandra Bullock, es lo poco que reaccionamos los votantes ante la propuesta real en una elección. La empresa de marketing político que contrató Goni en 2001 y que encumbró a varios presidentes en otras partes del mundo, simplemente fue moldeando el discurso del candidato emenerrista según los recovecos por donde había un nicho de voto, nivelando al entonces favorito Reyes Villa con el poco conocido diputado cocalero Evo Morales. Sánchez de Lozada, aprovechando eso, ganó la elección por una nariz, confiando la retórica, puesto que de percepción favorable andaba escaso. Incluso la gente más ‘educada’ clama contra la falta de ‘carisma’ en los candidatos o ante una apariencia ‘siniestra’ como elemento primordial a la hora de una decisión, en detrimento de los programas electorales o de la coherencia discursiva de los candidatos. 


Si cada vez pesa más la retórica hueca, no será raro que acabemos un día, no tan lejano, gobernados por Donald, el pato.

17 de junio de 2015

Policarpio Calizaya: el costurero que corría hasta sacarse el cuerpo

Ganadora. La historia de uno de los maratonistas más recordados en del deporte boliviano triunfó en la segunda versión del Premio de Crónica Periodística Pedro Rivero Mercado

Esta es la crónica ganadora de la II versión del Premio Nacional de Crónica Periodística Pedro Rivero Mercado, organizado por la Fundación Pedro y Rosa y el periódico El Deber. El jurado estuvo conformado por el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, el periodista hispano-boliviano Alex Ayala y la escritora boliviana Giovanna Rivero. Se trata de la historia de uno de los maratonistas más recordados en del deporte boliviano. Ilustración: Will Quisbert, diario EL DEBER.

Policarpio Calizaya se acaba de dar cuenta de que va a llegar tarde a su entrenamiento, a pesar del insistente tictac de su reloj. Llegará casi tan tarde como lo suele hacer el portero de la pista del estadio de atletismo. Lo ha hipnotizado la rueda de la máquina Singer que él hace girar constantemente desde las 5:30 a.m. con una cadencia rítmica estable, bien aceitada, sin rechinar. Son las nueve, es tarde, y Policarpio Calizaya no corre, cose.

El pedaleo le sale tan natural como la corta pero inmutable zancada que imprime al correr. El hombre es maratonista de vocación, el más famoso de Bolivia, y costurero por obligación, uno más en el país. La aguja perfora, milímetro a milímetro un lienzo que luego será una camiseta de competición donde irá pegado un número-dorsal que rozará con sus ganchos a unas sensibles tetillas, y con la que se enjugarán el sudor la mayoría de los atletas de La Paz seleccionados a campeonatos nacionales.

Policarpio Calizaya es costurero desde los ocho años, oficio que aprendió de su padre, David, quien orgullosamente le dejó en legado la profesión que mantiene hasta hoy, entre el alba y la hora en la que se va a la pista, y desde las 6 de la tarde hasta la medianoche, momento cuando piensa en la óptima distribución de los kilómetros que los atletas a quienes entrena tienen que recorrer al día siguiente.
El oficio de costurero, al igual que el de corredor de maratón, puede ser solitario, rutinario y silencioso. El chirrido monocorde de un motorcillo que funciona a tracción humana por un lado; el gemido ahogado, sensible a las pulsaciones del otro; el torrente de oxígeno que sale y entra en la garganta, son algunos de los lenguajes comunes.

Policarpio Calizaya ha amanecido muchas noches ante el trantrán de la máquina, girando las curvaturas del talle de un pantalón y volviendo a enfilar las rectas, pedalada tras pedalada, pieza por pieza. 
El oficio paciente de fondista, pausado, que aparentemente no piensa demasiado mientras descuenta kilómetros hacia la meta, le ha servido para coser una pieza, dos piezas, y tres y cuatro, así hasta llegar a 42, o a las que le hayan encargado para vestir a los colegas de su otra profesión.

Su espalda, a los 52 años, se resiente más que a los 23. Ahora cuesta más empalmar entrenamientos con jornadas de costura impuestas por un pedido tardío. Aun así, el chip del aguante hace estragos en un descanso que ya debería ser más uniforme desde que su hijo Marcos egresó de la Universidad de La Habana, en 2010, alcanzando él su propio sueño incumplido.

Policarpio Calizaya duerme menos que cuando era atleta, pero descansa más. Con el nuevo siglo, sus rodillas dijeron basta y detuvieron el conteo de un palmarés de más de dos décadas de victorias y medallas –más largo que ningún otro atleta boliviano–, de sufrimiento sin mucha lágrima. Porque Policarpio no llora en público. Es una persona tozuda, de esas que anuncian insensibilidad, pero que llevan la procesión por dentro.
En su taciturno rostro asoma más el rencor que la tristeza. Tiene unos ojos rasgados que muestran poco, como si le molestara el viento fresco, siempre atrincherados detrás de unas gafas negras fotocromáticas. Los años han dejado que esa mirada cave surcos que operan como vasos comunicantes que prolongan las comisuras de los párpados, coronadas por cejas pobladas únicamente en las inmediaciones de la nariz. Su pelo, peinado colegialmente hacia un lado, es tupido, profundamente oscuro y anuncia una vejez sin calvicie. 

Si hubiera tenido que escoger otro deporte, Policarpio Calizaya habría sido jugador de póker, pasatiempo exótico en las pampas altiplánicas. Sus pómulos pronunciados y su nariz achatada no suavizan la imagen, aunque sus diminutos dientes, restan maldad a su gesto en beneficio de la melancolía de un joven vocero de autobús. Resignación, y sobre todo aceptación, se adivinan en su expresión y actitudes cada vez que se enfrenta a un reto o dificultad. Su estilo no es la reacción inmediata, mas sí el intento sostenido de respuesta, el runrún del bombardeo de un ejército de voluntariosas hormigas. Lo suyo es cocinar a fuego lento. 
Calizaya siempre ha tenido complicadas condiciones de contorno, y aun así ha salido adelante, victorioso, usando una carta que no muchos seres vivos pueden jugar con soltura: la carrera. Ha sido el creador de una forma digna y oportuna de evasión a los rivales.

Ha aprovechado cada escasa oportunidad que le regaló la vida. La primera fue un 6 de abril de 1985, cuando casi sin conocer el mar, desembarcó en Hiroshima. Sería su primera intervención de alcance mundial y estaba nervioso, pues tenía la responsabilidad de integrar la reducida misión de cinco personas encargada de defender los colores patrios de Bolivia. No era la Segunda Guerra Mundial, era más importante: la Primera Copa del Mundo de Maratón. 

Como en el film Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, la memoria de Policarpio Calizaya es selectiva y viaja por el tiempo. El oro fue para el atleta Ahmed Salah, de Yibuti, país africano que entonces tenía medio millón de habitantes, pero capaz de proveer el número necesario de piernas para hacer a su equipo ganador de la primera edición de la copa mundial de los 42 kilómetros y 195 metros por equipos.

En Hiroshima, Policarpio llegaría a más de un cuarto de hora de la gloria, lo que duran cuatro canciones de cueca paceña o lo que tarda en dar la vuelta a un lienzo cosido en la Singer. Y lo hizo sin desánimo, aunque prefiera recordarlo sin detalles. El crono no es lo único importante, insinúa.

Costurero

Su lectura de los hechos pasaba por ajustar relojes, lapsos y medidas, y en algo coincidía con Newton y Galileo, quienes basándose en el teorema de las sumas de velocidades, postularon que si las leyes de la mecánica eran las mismas para todos los sistemas de referencia que se mueven uniformemente, se podían tomar medidas desde cualquier sistema. No obstante, ni Galileo ni Newton predijeron la aparición en el orbe deportivo de Ben Johnson, atleta velocista canadiense oriundo de Jamaica que dio positivo en un control antidopaje en la final de los 100 metros de Seúl 88, ni tampoco intuyeron que el ciclista texano Lance Armstrong demostraría la discrepancia conceptual entre dar positivo y drogarse. Algo tan sencillo como lo que Einstein vino a explicar con su teoría de la relatividad: que todo sistema de referencia tiene su propia “medida de la distancia” particular.

Policarpio Calizaya no corría en un sistema precisamente universal, a pesar de que tampoco era del todo consciente de tal situación. Estaba excluido de esa “medida de distancia” no porque hubiesen cambiado los procesos de entrenamiento sustancialmente, sino porque vivió en los años de la transformación definitiva del deporte de élite, marcada por el descubrimiento de la panacea de los tramposos: la eritropoyetina, más conocida como EPO, hormona glicoprotéica que estimula la formación de eritrocitos, y que a fines de los 80 llegó al mercado para ser utilizada principalmente en tratamientos de anemia en enfermedades renales crónicas, y también para ganar Tours de Francia. 

Calizaya, el atleta orgánico
La aparición de la EPO coincidió con un punto de quiebre en el deporte contrarreloj de largo aliento, cuando se comenzó a generalizar el uso de sustancias dopantes que alteraban el nivel de oxigenación de la sangre, pese a los ineficientes controles antidopaje. 

Basta comprobar que los récords mundiales de las pruebas de fondo masculinas se hicieron en las dos últimas décadas –habiendo progresado el récord de maratón en 100 segundos durante ese periodo– mientras que, por ejemplo, los récords de salto de longitud, salto de pértiga o salto de altura siguen inamovibles desde entonces. 

Parece evidente que Calizaya no utilizó EPO jamás. Ni las marcas, ni el comportamiento de sus valores sanguíneos, ni su interés por el tema sugieren una aproximación a la jeringa que no sea para curarse una gripe peleona. 

“Con el uso de EPO de manera sistemática probablemente” –según un exseleccionador español de atletismo que pasó por Bolivia y coincidió con Calizaya— “él podía haber bajado sin problemas de los 28 minutos, lo que le habría significado bajar del puesto 10 del ránking sudamericano al puesto 2, y haberse metido en la lucha por un puesto en la final olímpica, a la que nunca un deportista boliviano ha accedido”.

Policarpio Calizaya estaba siempre condenado a llegar quince minutos tarde en un mundo acelerado a fuerza de anabólicos. De hecho, el tema de las ayudas ergogénicas y sanguíneas parece no perturbarlo. “En la Hoyada paceña no sabíamos qué era el dopaje”, dice con desinterés desde su propia Comala, como cuando uno ve playas tropicales en la televisión desde los Andes, mientras arquea sus labios hacia abajo enfatizando su desdén, a pesar de que hubo casos comprobados de dopaje en Perú, Brasil, Argentina, Colombia y Venezuela, al menos desde los años 70.

La relatividad del tiempo en la que vive inmerso Policarpio no es sólo instantánea. Lo suyo es una entrada y salida automática entre décadas. De hecho vive y salta cuando quiere entre los años 80 y 90, para volver al 2015 en un abrir y cerrar de ojos. Viaja con la mente, con la nostalgia del paso del tiempo, como revisando recortes de prensa, pero hablando en presente, ora en La Paz, ora en Miami. 

Precisamente la nostalgia se incrementa de forma considerable cuando piensa en su intento fallido por emprender el sueño americano construido sobre la imagen de Miami Vice, a donde llegó por invitación a participar en una carrera popular organizada por la hoy extinta aerolínea norteamericana Eastern.

La aerolínea abrió las noticias de 1985 con la fatal crónica de la colisión contra el imponente Illimani a 6.500 metros de altura, en un vuelo que iba de Asunción a Chicago el mismo día de año nuevo, matando a las 29 personas que iban a bordo. Quizás buscando resarcirse de manera implícita o limpiar su deteriorada imagen, el previsiblemente asustado equipo de marketing de Eastern invitó unas semanas después del accidente a Calizaya y a otros atletas bolivianos a participar en una carrera urbana de 10 kilómetros en Miami, donde la aerolínea tenía su sede. 

Policarpio no llegó a cumplir un año en su aventura por tierras norteamericanas, a pesar de los intentos de los cazatalentos. Un entrenador norteamericano endulzó sus oídos con promesas de una beca universitaria y una nada despreciable suma de dinero para manutención, siempre que accediese a formar parte de su grupo de entrenamiento, aprender inglés y estudiar con ellos en el campus. 
Aunque llegó a correr en Boston ese año, la maratón más antigua e importante del mundo, finalmente el hombre tomó la decisión de volver a La Paz, convencido de que alguien lo esperaba allí: Lidia Marca. 
“Nunca más tuve esa oportunidad; ¿qué hubiera sido de mí?”, se pregunta Policarpio, 28 años más tarde. “Mi hijo, un tiempo después, ya adulto, me decía afligido, 'tendríamos la Green Card, papá'. No lo hice. Me arrepentí toda la vida. Cosas que uno hace de enamorado”.

La oscuridad radiante
Con la mochila de siempre en la espalda, Policarpio Calizaya regresó a Bolivia buscando tranquilidad y rutinas para entrenar con sosiego, y así encarar el plan de destituir a Johnny Pérez y Rodrigo Camacho de sus puestos privilegiados en el ránking nacional y sudamericano, liderado por brasileños. 1987 sería un año clave para preparar el asalto olímpico de 1988. Precisamente Seúl preparaba un ensayo general de lo que sería su maratón olímpica con la Segunda Copa del Mundo, un año antes.
Sin embargo otro asunto colmaría sus preocupaciones. 

El lunes 6 de abril de aquel año, Calizaya tenía el cronómetro mental en cuenta regresiva para llegar al final de los nueve meses de un inesperado embarazo de su pareja, Lidia Marca. La misma semana de la Copa.

En vísperas del alumbramiento, se vio forzado a hacer escala burocrática de varias horas en La Paz, para obtener el correspondiente visado a Corea, dejando a su pareja en su morada, a 10 minutos de El Alto, donde se encontraba en labores de parto desde la noche anterior.

Inopinadamente, tras unas horas mirando relojes en salas de espera, con el visado en su pasaporte, apenas llegado a casa, Calizaya supo que su hijo Marcos había nacido, sano y esbelto, tan pronto pudo hablar con su hermana Gertrudis, pero con un costo demasiado alto: una complicación en el parto hizo que Lidia se desangrara, y tras una convulsa lucha por la supervivencia, falleció sin opción a rescate.

En las inmediaciones del cuarto que alquilaba, percibió todo convulso, hostil. Encontró a sus familiares alborotados. Gertrudis se hacía cargo del recién nacido, mientras el padre de la difunta, policía temible, se encontraba en camino desde la ciudad de Oruro. Sus familiares en la capital minera le aconsejaron huir, temiendo lo peor si se quedaba en casa.

“No estábamos casados todavía. Cuando su padre se enteró, vino rápidamente a La Paz, imagino que me habría llenado la cabeza de plomo, según me avisaron los familiares de ella desde Oruro”, recuerda Policarpio, quien tuvo que correr para salvar su vida. 

“Todo el mundo me aconsejó escapar. Mis colegas atletas me llevaron al día siguiente hacia el aeropuerto, para largarme a Corea, lo suficientemente lejos donde el policía no me encontrase”.

Policarpio Calizaya veló el cadáver a su manera, agazapado aquella noche entre las penumbras. El gendarme, fuera de sí, se llevó el cuerpo sin vida consigo, de vuelta a Oruro, sin avisar a nadie e impidiendo al flamante padre dar sepultura a la madre del pequeño Marcos. 

El sepelio sucedió a la misma hora que Policarpio cruzaba el atlántico rumbo a Asia, por segunda vez, tan solo un par de años después de su debut en Hiroshima en una Copa del Mundo. Tenía más experiencia y mejor forma física, sin embargo y previsiblemente, los 42 kilómetros de aquella aciaga carrera se hicieron interminables para un cuerpo castigado por las escasas horas de sueño, por la falta de serotonina y por el vacío en las entrañas, colocando al atleta al borde de una profunda depresión.



Costurero
Dame revancha, patrón
Tras la carrera de Seúl, amigos y enemigos dieron por finalizada la vida atlética de Calizaya. El calvario y el desamparo, se prolongaron por varios meses, mientras los heraldos del pasado se encargaron de sobrevolar el nido de Policarpio toda la temporada, rumiando aquellas decisiones tomadas y la imposibilidad del olvido. “He pasado las de Caín”, recuerda. 

Policarpio cuenta la historia sereno, arqueando las cejas con resignación, con una sonrisa melancólica. Lo cuenta con dos décadas de distancia, sentado en la mesa del comedor de la Villa Olímpica de Pekín en 2008, donde no puede acceder la prensa, con naturalidad, mientras ve pasar a Rafael Nadal.

De improviso, le hace una seña con la mano simulando el gatillo de una cámara que inmediatamente desenfunda. Lo detiene. Le pide una fotografía. Vuelve a la mesa y cierra el tema dando un bocado a los hilos de pasta ensartados en el tenedor, con la misma mirada sosegada de siempre, mientras repite “uka mau; así fue”, sin alterarse un ápice.
Luego de un año psicológicamente más que complicado, sin correr, Calizaya coqueteó con el alcohol y la desidia. “No había cómo correr”, dice, mientras recuerda que fue a Cochabamba para rehabilitarse con familiares íntimos. “Me sentía bien solo cuando corría, sin apetito, y las cuestas de siempre se empinaban aún más, los 25 kilómetros diarios se hacían eternos”, recuerda. 

Apenas una efímera escala en el Mundial de Roma, con clasificación lograda meses antes, cerró la persiana de ese terrible 1987 con mucha pena y la única gloria de vencer estoicamente la congoja. El reloj no se detuvo y siguió marcando el tic tac, durante horas, atormentándolo. Calizaya nunca llegó a cruzar esa meta. 

Sin ninguna ambición, aquel 1988, con apenas unas semanas de entrenamiento, Calizaya fue convencido de correr su prueba talismán, la Media Maratón de Mayo de Radio Cosmos, clásica cochabambina de gran calado mediático, que llegó a ganar hasta en nueve ocasiones, y construyó parte de su leyenda. 

Esa entrada en meta cuando se anunciaba el comienzo del invierno boliviano, fue para Calizaya una redención, una segunda oportunidad para afrontar unos siguientes meses que se antojaban decisivos para preparar el gran objetivo que se propuso en la vida: unos Juegos Olímpicos de Seúl 88 que daba por descartados al comenzar la temporada.

Los meses siguientes fueron portentosos, encadenando ritmos fuertes y gran volumen de entrenamiento, recuperando lentamente la confianza en sí mismo y el tono muscular. Aprendió, de la mano de su pequeño Marcos, a volver a andar.

El regreso a la competición sería en el mismo lugar en el que había dejado varios pañuelos empapados: Seúl. Su tercera visita a Asia en tres años, con tres tipos distintos de estado civil.

La mañana del 23 de septiembre de 1988, Policarpio Calizaya amanecía en el Parque Olímpico de Songpa-gu, en las inmediaciones de Seúl, a casi 18.000 kilómetros de distancia del cantón El Choro, donde dio sus primeros pasos. Estaba a unas horas de debutar en sus primeros Juegos Olímpicos. 

Madrugó como todos los días, a las 5:30 a.m. según su reloj de pulsera, aunque de noche en su reloj biológico, y realizaría algún estiramiento, seguido de un breve calentamiento. A las 7 a.m., aunque esta vez sin pasar por la ducha –ritual mal visto el día de la competición entre esos atletas bolivianos con pánico a relajar los músculos– desayunó dos rebanadas de pan tostado con mermelada y una taza de café con leche, como mandaba su rutina, dejando de lado lo que el comedor de la Villa Olímpica ofrecía: desde una exquisita variedad de kimchi, pasando por panqueques con tocino o lo que el McDonalds frecuentado por basquetbolistas de aquel comedor ofreciera durante las 24 horas del día.
Las rutinas son amigas de los deportistas. La adrenalina, la testosterona y la curiosidad deben dejarse para la pista. El sueño es precioso. Una hora más en la cama nunca está demás para reconstruir las fibras musculares destruidas por el esfuerzo. 

Ni siquiera en los almuerzos se inmutaba Policarpio, fiel a sus tallarines con tuco. Algo más le inquietaba el escuadrón de africanos, emergentes por esos años 80, que se atiborraban de trigo, plátano y frutos secos. Poca carne, poca grasa. Los excesos se podían expiar en la pista, pero estaban tan acostumbrados al autoflagelo, que aun teniendo permiso para ingerir algo de azúcar de más, preferían alinearse con la sobriedad del régimen. 

Policarpio llegó fino, con menos de 60 kilos y las venas de las piernas tan visibles como un mapa orográfico, a la prueba que le correspondía: los 10.000 metros en pista. Dio un paso atrás y dejó la maratón para futuros tiempos, habiendo comprendido que la resistencia se ganaba con la edad. 

Sobre las 4 en punto, tras 15 minutos de trote, Policarpio se había dispuesto a entrar en la cámara de llamadas, tan similar al Checkpoint Charlie berlinés. Ese control migratorio hacia la gloria o al fracaso, destino casi siempre maniqueo en los grandes campeonatos, en el que las casi caninas autoridades deberían medir los clavos de las zapatillas y la corrección política en los trajes de competición. Allí estarían apelotonados por unos minutos los otros 24 nerviosos competidores inscritos en la serie 2, esperando su turno para salir al ruedo, como miuras de lidia, perros rabiosos o astutos cervatillos, según la particularidad.

A las 4:30 p.m. de la tarde del 23 de septiembre de 1988, Policarpio, vestido de verde brócoli y con una cinta blanca en la cabeza que años después imitaría LeBron James, recibía el pistoletazo de salida para la serie preliminar de las 25 vueltas que debía aguantar. 

Le ganaron 35 atletas, ganó a seis y 10 cobardes desertaron. 
Calizaya tuvo dos oportunidades olímpicas más. Una en Barcelona 92, aquella ensartada en la memoria de la gente gracias al tiro certero del arquero que prendió el fuego olímpico, donde corrió los 10.000 y los 5.000. Esta última prueba fue ganada por el alemán Dieter Baumann, quien años después daría positivo por doparse con la prohibidísima nandrolona, tomando por excusa un boicot sufrido en una inyección con anabolizantes en su pasta dental, mientras dormía.

La tercera participación de Policarpio Calizaya fue en Atlanta, donde sería el encargado de portar la bandera. El túnel por el que desfilarían los más importantes atletas del mundo, quedaba ya lejano a aquel pasillo cercano a la puerta 9 del Hernando Siles, enmohecido y tatuado con arañazos en sus descascaradas y orinadas paredes. La energía en el túnel de Atlanta y la alfombra azul, formaron un microcosmos que Calizaya no volvería a vivir nunca con la misma intensidad.

El nombre del abanderado, con las gafas fotocromáticas oscurecidas por el derroche de luz y vestido con un terno verde olivo casi militar, no pudo ser pronunciado por el locutor norteamericano, quien a falta de un mejor dato sobre Bolivia, tuvo la ocurrencia de mencionar en los cuatro segundos que le dedicó al país, que el altiplano fue el paraje donde se escondieron los forajidos Butch Cassidy y Sundance Kid. 

Policarpio llegó a la meta en la maratón de Atlanta 96 andando, a 21 minutos del ganador de la prueba, en un ejercicio de ratificación de la teoría einsteiniana. Tras el paso por la meta del campeón, el sudafricano Josia Thugwane, entraron otros 89 corredores antes que él. Ya cerca de llegar a la meta su cuerpo le había dicho basta, y el público, conmovido con la narrativa épica del orureño, le dedicó una de las ovaciones más emocionantes que se recuerdan, llevándolo en volandas a terminar la carrera, pese a la deshidratación y a los ya continuos calambres.

Años más tarde, ya habiendo dejado la práctica del deporte, el Policarpio entrenador, recuerda las sensaciones como atleta. De pie, en la pista de calentamiento del estadio olímpico de Beijing en 2008, observa a su hermana menor Sonia, con el Nido de Pájaros al fondo, esa amalgama de acero en donde ella entraría en solitario tras 2 horas 45 minutos y 6 segundos corriendo por las contaminadas calles de la capital china, dejando el récord de Bolivia para la prueba vigente hasta hoy. 

La sabiduría llega de distintas maneras
Las oportunidades de correr fuera de Bolivia, en eventos mundiales, supusieron una motivación y un punto de inflexión para Policarpio. Significaba su ingreso en la madurez deportiva, sobrevenida por la asunción de responsabilidades paternales. Para comer, habría que ganar carreras, y para ello, habría que hacer grandes marcas en pista, planificadas con varios semestres de antelación, en base a calendarios de microciclos y macrociclos de entrenamiento. Ello suponía renunciar a premios jugosos y competiciones de segundo nivel, en beneficio de entrenamientos sistematizados. 

Esa sistematización le llevó a conseguir uno de sus mayores logros deportivos: la obtención de la medalla de oro en los Juegos Deportivos Sudamericanos, Odesur, de 1994 en Valencia, ciudad venezolana que marcó aquel día una temperatura de 38 grados centígrados y la desagradable humedad relativa del 91% a la hora de la prueba –4 pm–, logro que en términos económicos le significó poco o nada. 

Policarpio pasó solitario la meta, temblando y seminconsciente, con un hilo de saliva chorreando por su mejilla, completamente deshidratado, en piloto automático y lastrado por fuertes calambres. Seguidamente llegaron unos extenuados Gilberto Torres de Perú y Freddy Luján, de Bolivia, únicos valientes que trataron de perseguir al confiado atleta orureño, sin lograr aguantar su ritmo de poseso.

“Esos meses había hecho los mejores entrenamientos de mi vida, eran mis años de auge”, dice Policarpio con el podio de vencedores en el recuerdo y con una foto entrando a meta con la cabeza gacha, desencajado, y sostenido por sus compañeros de equipo.

Policarpio ha vivido un atletismo que hoy se nos antoja descolorido, en el que no había likes ni redes sociales, sino gestas que iban distorsionando los cronistas orales del deporte. Así se construyó el mito de aquella fiera que arrasaba carreras populares de forma silenciosa.

En Huancayo, ya en 1995, Calizaya, cual ave de rapiña, olió sangre en la Maratón Internacional de los Andes, carrera más importante del Perú, apuntando a los premios en metálico reservados para los 10 primeros. 
La aspiración de meterse en la decena privilegiada y lograr aquellos 500 dólares que le permitirían ampliar el taller de costura, fue superada con creces y, sin obsesionarse con la victoria, se topó con una de las mejores carreras de su vida, triunfando con facilidad. 

Hasta ese entonces, ningún atleta había cruzado la meta en el majestuoso valle del Mantaro con un crono de 2 horas 25 minutos, a más de 3.000 metros de altura y ante la vista de 200.000 espectadores a lo largo de los 42 km, cifras poco usuales para corredores, lo que supuso su declaración como patrimonio del pueblo de Huancayo desde 1993.

Finalmente Calizaya se llevó a casa los 8.000 dólares de la victoria y 2.000 más por el récord de la prueba, dejando boquiabiertos a varios corredores de Kenia, Etiopía, México y el resto de la región que fueron en busca de la victoria en una de las pruebas más prestigiosas de Sudamérica y retornaron con la garganta seca y el bolsillo pelado.

El hombre hecho a sí mismo
Los años han pasado y Policarpio ha adquirido la costumbre, como atleta y como entrenador, de buscarse la vida, de encontrar oportunidades en el páramo atlético del altiplano, donde escasean las florituras, los estímulos estatales y los centros de alto rendimiento. 

Con poco más que caminos abiertos que le incitaban a transitarlos, aprendió a administrar dolores, ritmos y asfixias él solo, autodidacta, a base de sensaciones e intuiciones. Lo que los norteamericanos llaman self-made man. 

Como un matahari de lo ajeno, incorporando alquimias a su repertorio, primero en carne propia, y luego utilizando a sus hermanas Justina y a Sonia como especies de laboratorio, logró con ellas varias medallas en competiciones internacionales.

En sus análisis empíricos, se ha dado cuenta de que en el áspero oficio de corredor de pruebas largas, el más no siempre es mejor. El machaque no siempre significa éxito y que la verdadera pócima del triunfo está en el balance entre los tres vértices de un triángulo muchas veces tortuoso: la cantidad, la calidad y la cercanía al riesgo de rotura. 

Se trata de ejercitar hasta el límite un oficio que a él le resulta simple: el aguante. El ejercicio de cerrar los ojos, apretar las mandíbulas y pensar –casi inconscientemente—que queda un segundo menos hacia el consuelo, un adoquín menos hacia la meta. Un recurso estilístico al que todo gladiador de las largas distancias recurre frecuentemente. 

Ese dolor producido por el lactato, ocasionado por un sobreesfuerzo de los músculos, ya de por sí magullados, que solicitan más oxigeno del que en ese momento están preparados para transportar. Ese regustillo oxidado generado por el trajín de capilares colindantes a los pulmones que se rasgan y desangran por dentro, impregnando la garganta y la nariz de aroma y gusto a hemoglobina en el paladar. 

Todas esas sensaciones ya le son familiares a Calizaya, desde que con seis años, tenía que recorrer una decena de kilómetros diarios para llegar a la escuela primaria más próxima.

Esa base de años, tomada como circunstancia natural, puede haber transformado a Calizaya en el atleta boliviano que ha dominado los podios nacionales por más tiempo –dos décadas—y que por más olimpiadas ha desfilado, pero que no tiene la medalla internacional masculina de atletismo más importante ganada con la camiseta verde, ni está entre los plusmarquistas de la categoría absoluta.

De hecho, Policarpio tendría el récord nacional de 10.000 metros lisos en 106 de los 184 países afiliados en la federación mundial de atletismo, IAAF, pero no lo tiene en Bolivia, puesto que cuando corrió la mejor carrera de su vida marcando 29 minutos y 19 segundos, se topó con su archirrival de las pistas bolivianas, el cochabambino Johnny Pérez, haciendo también su marca personal –récord nacional a la sazón–, parando el crono 13 segundos antes, registrando en el palmarés la que quizás sea la rivalidad más notable del atletismo boliviano. 

La tarde del 28 de octubre de 1984 en el mítico Estadio Nacional de Santiago de Chile no se jugó una final del mundial de fútbol como el 17 de junio de 1962, ni se mató a Víctor Jara como el 16 de septiembre de 1973, ni se recibió la visita del papa como el 2 de abril de 1987. Aquella tarde más bien se grabó en la memoria de unos pocos aficionados, la pieza más épica en la historia del atletismo boliviano.

Tres décadas después de sus años gloriosos, mientras guarda fotos abrazado de los mejores fondistas de la historia –Emil Zatopek, Saíd Aouita, Haile Gebresselassie–, Poli, como le llaman cariñosamente sus amigos, tiene el consuelo del récord nacional Sub-23 (categoría recientemente creada), y aunque todavía no se lo han contabilizado, no pierde esperanzas de que algún día lo reconozcan, pues conserva una foto a blanco y negro de su llegada a meta, tomada por el equipo de cronometraje oficial. “Ya he mandado mi reclamo a la Federación Atlética de Bolivia, y estoy a la espera de que me lo convaliden con los actuales, que no logran bajar de 30 minutos; una vergüenza para el país que el atletismo esté estancado en los años 80”, puntualiza. 

El hijo del viento
La vida de Policarpio hoy en día es casi monacal, frugal, actitud adquirida y sostenida desde sus años de atleta. No acostumbra a salir, no fuma, es austero y bebe únicamente en ocasiones especiales. Tiene la ascesis por principio, lo que se refleja en su parca forma de vestir. 

En un intento por cambiar el sistema desde la política deportiva, Calizaya logró ser elegido presidente de la Asociación de Atletismo de La Paz, aunque se vio impedido de ejercer el cargo por “trabas que le han impuesto los perdedores”, según cuenta. 

Su estilo es el de un maratonista: sin enfrentamientos directos, enviando a sus soldados a la lucha, como liebres o pacemakers que únicamente marcan el ritmo evitando el descalabro del atleta mayor. El Policarpio entrenador tiene rivales y hasta enemigos, pero no los desvela. Entiende muchas veces la lucha como un juego de suma cero, y defiende a cada uno de sus atletas con garra. Hace lo que mejor sabe hacer: resistir ante las insuficiencias presupuestarias en un país en el que el deporte no es parte de la cultura nacional, y que nunca ha colocado un deportista como trending topic.

La situación heredada por los rivales de Policarpio en la Asociación paceña no ha progresado mucho de cuando era atleta. En el estadio Hernando Siles, donde se ubican las oscuras oficinas, colindantes a unas duchas que no funcionan desde hace varios quinquenios, estaba la única pista atlética sintética de La Paz, que se limita a actuar como sala de espera de futbolistas, no ha recibido refacciones importantes desde 1977 y se encuentra inactiva y sin tartán. Ello simboliza un atletismo paceño decadente que ya no es más el dominador del atletismo boliviano, como lo fue en los años de Policarpio, sino que ha cedido puestos de privilegio en favor de Santa Cruz, Cochabamba y Tarija.

Ni al Policarpio atleta, ni al entrenador ni al dirigente le ha seducido la fama. Vive con naturalidad un perfil bajo que él se ha autoimpuesto, aunque tiene también la tentación de asumir un pasado más grande que su futuro. 

A falta de paparazis y prensa rosa, un conocido de los Calizaya, a raíz de las frecuentes apariciones en televisión de Sonia durante los días olímpicos de Beijing 2008, ayudó a identificar a una hermana biológica que sus padres dieron en adopción hacía cuatro décadas, lo que significó para Policarpio el cierre de un nuevo capítulo en su vida, asumiendo cuestiones delicadas y sentimentales, con el estoicismo que lo caracteriza.

Hoy día, con un presidente indígena, Policarpio sufre menos de segregación racial. Ya no siente la discriminación de antaño, cuando se acercó a la pista atlética del Hernando Siles por primera vez y un profesor del Colegio Alemán lo ignoró por su aspecto físico. 
Aún así, las carreras de fondo y de calle en Bolivia, siguen siendo un asunto de indígenas, mientras que la velocidad, los saltos y las pruebas técnicas de pista, de k´aras u hombres blancos.

Ya en los albores del siglo XXI, Policarpio dejó de competir, cansado de mendigar las migajas y ayudas económicas que burócratas profesionales del deporte rociaban ocasionalmente para justificar jugosos salarios. 

Políticos de todo linaje se habían aprovechado de sus medallas, pero él seguía sin acceso a un seguro de salud para curar las dolencias que dejaron los casi 100.000 kilómetros que Policarpio corrió durante su vida, distancia equivalente a dar la vuelta al mundo dos veces y media. 

Aquel niño costurero que remendaba y adecuaba su material deportivo a sus necesidades, nunca fue un atleta dry feet, ni gore tex, ni air. 
Armado con la aguja de su máquina de coser, luego de duros años de lucha, 500 o los 54 que acaba de cumplir, desde diferentes trincheras, Policarpio ha preferido volver a hacer lo que a él le gusta. Estar al pie de la pista, ayudando a sus atletas a brillar, tostándose la piel, en el campo de batalla. 

Relata su historia en dos tiempos, con toda la naturalidad posible. El primero, durante los Juegos Olímpicos de Beijing, en el comedor de la Villa Olímpica, en agosto del ya lejano 2008, y la otra el 24 de enero de 2015, desde el autobús que lo lleva al Campeonato Nacional de Bolivia de Campo Través en su Oruro natal. 

Marcos Calizaya Marca, su hijo, tiene ahora 27 años y cumplió el sueño de su padre de formarse en Educación Física. A los 18 consiguió una beca y se fue a Cuba, el país con los mejores entrenadores de América Latina. “Él siempre quiso ser policía, nació para mandar, pero no pudo entrar en la academia porque cuando egresó del colegio era muy joven. Felizmente es profesor precisamente en la Academia de Policía, terminó haciendo lo que quería. Él nació para mandar. Y es lo que hace ahora”. 
“En estos años del llamado proceso de cambio, hay más plata pero se ha retrocedido”, comenta y abunda en la idea: “Ahora que hay premios en metálico, de 2000 o 3000 dólares, cuesta mucho trabajo convencer a los chicos de que hay que concentrarse en objetivos a mediano y largo plazo; es muy difícil hacerles entender que estructurando los entrenamientos, eventualmente se lograrán mejores resultados. Evo Morales sólo ha traído plata al deporte, pero no planificación ni buenos dirigentes”. 

Al darse cuenta de que se sale de su perfil personal, retoma el tono de entrevistado y finaliza la conversación, antes de colgar el teléfono celular: “El mayor error de mi carrera deportiva fue comenzar a correr maratones con 22 años. Estanqué mi progresión de velocidad. Nos obsesionamos con hacer kilómetros y kilómetros, y descuidamos el trabajo de fuerza y velocidad. Claro, era lo que sabíamos en ese entonces. Ahora haría las cosas de manera distinta, pero en esa época era lo que creíamos. Si pudiera volver atrás… me arrepiento”, concluye. Luego cuelga el teléfono apresuradamente. Han llegado a Oruro y toca servirse un plato de thimpu para llenar el alma, y las reservas de glucosa, por si fuera necesario.

12 de junio de 2015

Mensajes destructivos, obras asesinas


Publicado en Los Tiempos. Foto: Patricia Dueri. 

La semana pasada el inescrupuloso propietario de una casona que forma parte del  conjunto histórico de la plaza 14 de Septiembre, recibió una penalización por devastar y hacer añicos (presumiblemente sin rubor) parte de uno de los rasgos que caracterizaron la arquitectura cochabambina de los últimos tres siglos: los bellos patios y zaguanes criollos.

Precisamente esos patios y zaguanes moldearon la cultura de la ciudad, que a diferencia de la bohemia paceña que se congregaba de noche, nuestros círculos sociales acostumbraban a reunirse en esos espacios semiabiertos, compartiendo el buen clima, la buena mesa, la buena chicha y la buena conversación, en un exquisito ejercicio de recreo que ha moldeado nuestras personalidades.

La pena recibida por ese infame exterminador patrimonial, se redujo a la ínfima y burocrática suma de 21.000 bolivianos, es decir, el equivalente de vender algo así como tres metros cuadrados de su propiedad. El castigo no recibió mayor sanción social, sino que fue interpretado como una simple traba administrativa, rutinaria digamos.

Es decir que el mensaje que se le da a la población es: haga lo que le dé la gana con su casa, inclusive si tiene un valor patrimonial y paisajístico que va más allá de su acervo personal –pues los bienes que representan parte del patrimonio local de alguna forma le pertenece a la memoria de los cochabambinos– que usted solamente tendrá que ceder el valor de tres metros cuadrados de su propiedad y luego hará lo que se le venga en gana, sin consultar a nadie. Enseñe a sus hijos que su patrimonio, historia, usos y costumbres valen un edificio nuevo de cristales reflectantes, al fin y al cabo queremos parecernos a Miami y no a las decrépitas Alejandría, Potosí o Atenas. No nos importa el turismo potencial, no nos importa la memoria, somos distintos y modernos. Adelante amigo, tiene de dónde aprender.

Pues bien,  ese mensaje es similar al que en su día utilizó un recientemente finado exalcalde en nombre del progreso: dar vía libre a una topadora, en pro del ansiado desarrollismo. Mensaje similar al emitido enTarata, conjunto histórico que se cae a pedazos.

Resulta muy fácil observar las tomas aéreas exportadas por todo el mundo de las carreras ciclísticas del Tour de Francia y la Vuelta a España y comparar que en el caso galo se ha respetado, protegido y puesto en valor el poderoso patrimonio natural que atesora su campiña, mientras que en España se han arrasado costas y bosques en beneficio de la aplanadora inmobiliaria que, además de destrozar las costas del Levante, ha traído una burbuja inmobiliaria cuyas facturas y fracturas sigue pagando este país.

Ahora resulta que para construir un innecesario estadio con la forma de un batán, hay varias decenas de millones de dólares, pero para establecer un plan de recuperación, protección y manutención del patrimonio histórico, no. Para expropiar terrenos “ociosos y sin función social”, como los que atribuyen al Club Hípico, hay medio centenar de millones de dólares, pero para recuperar espacios que son derribados alegremente por sus patrones, no hay solo falta de dinero, sino de voluntad política y hasta abulia y desinterés.

Parece mentira que el único premio Nobel que ha vivido en patios y zaguanes cochabambinos, Vargas Llosa, haya escrito “El loco de los balcones”, texto dramático en forma de lamento a ese crónico desprecio por el patrimonio, hace 20 años, y no se le preste ninguna atención.

31 de mayo de 2015

La tetita de Gepe en los cholets alteños

Publicado en Los Tiempos
El salón de eventos “Príncipe Alexander” de El Alto, tuvo el semestre pasado un par de invitados de inusuales, psicodélicos y extravagantes, que dejaron como legado el video musical “Hambre”.
Fue lo más cercano a una foto del neoyorquino David Lachapelle, con una estética muy kitsch, entre goyesca, diabólica y de los Tele Tubies.  El video narra la última cena de un adolescente hípster y jailón, degollado y devorado por una serie de siniestros invitados entre los que hay escotadas bailarinas de morenada, un sudoroso bigotón que come con las manos, una desmelenada Cruella De Vil criolla, un elegante mayordomo k´ara, un monarca medieval y una turista gringa. Todos increpados por una desalmada ñusta que pone sobre la mesa a la siguiente víctima. Mientras se comen, la fiesta sigue al ritmo de un charango y con el colorido fondo del cholet.
Los dos protagonistas de este video eran Gepe y Wendy Sulca, cantantes andinos portavoces de la nueva generación de millennials que mandan en la cultura pop latinoamericana, y que se han hecho famosos primero en youtube que en MTV.
Gepe, cantante chileno que inserta toques folklóricos a sus melodías pegajosas, ha invitado para un dueto a la revelación de la música chicha de la década pasada. Sulca, la nueva diva peruana, se dio a conocer en 2006 con “La Tetita”, video casero que logró 16 millones de visitas en Youtube, grabado cuando tenía nueve años. Ahora ella, ya adulta, parece renegar de sus sintetizadores cumbieros  y ha dejado atrás la estética rural para tratar de posicionarse como la Lady Gaga latina, según proclaman desde la revista Rolling Stone con su propia versión de “Like a Virgin”.
Para la grabación de “Hambre”, Gepe ha contratado al cineasta británico Ian Pons Jewel, conocido por su video musical “La La La”, también rodado en Bolivia y que se metió en el top-20 de Billboard logrando más de 530 millones de visitas en su canal de Youtube.
Freddy Mamani Silvestre no se imaginaría que, 18 años después de comenzar como maestro albañil acogería a lo más granado del pop andino en una de sus obras arquitectónicas. Su estilo, más conocido como arquitectura andina, una suerte de neobarroco andino, ha logrado amplios espacios en medios como el Financial Times,  el Washington Post  o la BBC.
Todo ello retumba en el nuevo imaginario altiplánico, donde se ha erigido una metrópolis que hace tiempo ya superó el millón de habitantes y donde se forjan mitos como el de Ukamau y Ke, leyenda del hip hop aimara, que dejó profunda huella tras su muerte, dando visibilidad a la música en lenguas autóctonas inclusive en el New York Times. En las mismas corrientes mestizas surfea la franco-chilena Ana Tijoux, cuatro veces nominada al Grammy,  conocida por sus colaboraciones con Julieta Venegas.
Los tejidos que Beatriz Canedo Patiño le puso a Evo Morales en el pecho no parecen ya una moda exótica, sino una tendencia en alza. En ese ánimo de explorar territorios simbólicos nuevos está 12-na, plataforma creativa que usa el reciclaje como medio de expresión en temas de moda, y ya trabaja con artistas como el mismo Gepe o la banda de pop-folk andina Onda Vaga de Argentina.

Los caracteres distintivos alteños, el comercio informal, el baile, su arquitectura, las entradas folklóricas y su forma de concebir prestes o “fiestas-ahorro” –por contradictorio que pueda parecer– están marcando tendencia en Sudamérica. Esta ola es una señal clara, y merece algo más que una mirada por encima del hombro. 

13 de mayo de 2015

Segunda versión del Premio de Crónica Periodística Pedro Rivero Mercado

El trabajo titulado Policarpio Calizaya: el costurero que corría hasta sacarse el cuerpo será reconocido en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz

QUÉ:

La crónica de uno de los maratonistas más recordados en la historia del deporte boliviano ganó la segunda versión del Premio de Crónica Periodística Pedro Rivero Mercado, único premio de estas características en Bolivia.

El trabajo titulado Policarpio Calizaya: el costurero que corría hasta sacarse el cuerpo, presentada bajo el seudónimo de Goya, se alzó con este galardón que otorga la Fundación Cultural Pedro y Rosa y el Diario Mayor EL DEBER, como parte de una iniciativa de su director, cuyo nombre lleva el premio que otorga Bs 30.000 al autor de la mejor crónica, en este caso vencedora entre 45 trabajos que participaron de la convocatoria.

El  jurado compuesto por el colombiano Alberto Salcedo Ramos, Premio Rey de España de Periodismo, y Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar de Colombia, el español Alex Ayala, Premio Nacional de Periodismo en Bolivia 2008 y la boliviana Giovanna Rivero, Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo de Bolivia en 2005.

Según el veredicto de los tres, el texto de Iglesias “es entrañable, muy humano y cálido. Utiliza comparaciones naturales y en ningún momento cae en el sentimentalismo”.

“Hay respeto por los rasgos psicológicos y culturales del sujeto. Es una contraépica”, opinó Rivero. “El autor domina el tema: muchas de las cosas que cuenta son producto de la buena reportería”, agregó Ayala. “Gran mirada la de este cronista. Eso se nota, por ejemplo, cuando busca los vasos comunicantes entre el atletismo y la costura, las dos actividades que ejerce el personaje. Al hacer esto no se siente truculento, ni forzado; las comparaciones son naturales”, indicó, por su parte, Salcedo Ramos.

La primera versión del premio, otorgada en 2014, fue a parar a manos de Roberto Navia Gabriel por su crónica "Tribus de la Inquisición", texto que posteriormente fue merecedor del Premio Rey de España de Periodismo.

QUIÉN:
Fadrique Iglesias Mendizábal (Cochabamba, Bolivia), es especialista en gestión cultural, desarrollo local y comunicación con estudios de licenciatura y maestría por la Universidad de Valladolid, España.

Es autor del libro Klaus Barbie, Un novio de la Muerte (Plural, 2014) y editor y antologador del libro Gabo tiene quien le escriba (que aparecerá en 2015), publicación del Banco Interamericano de Desarrollo en honor a la figura del premio Nobel Gabriel García Márquez. Ha colaborado con columnas en varios medios de comunicación como Los Tiempos –desde su espacio quincenal El clavo en el zapato– y Página Siete, así como con crónicas y reportajes en El País de Madrid, AméricaEconomía (Bolivia y Paraguay), Noticias Culturales Iberoamericanas (España) y la revista de crónica FronteraD (España). Fue finalista del concurso de periodismo narrativo “Premio Las Nuevas Plumas” de la Escuela de Periodismo Portátil y la Universidad de Guadalajara, México, en los años 2010 y 2011. 

Iglesias vive actualmente en Washington, D.C. y trabaja como consultor en la Oficina de Relaciones Externas del Banco Interamericano de Desarrollo. Antes de ello, como atleta, fue subcampeón iberoamericano de atletismo en Puerto Rico 2006, participó en dos Juegos Olímpicos (Atenas 2004 y Beijing 2008) y cinco campeonatos del mundo representando a Bolivia. Aún posee los récords nacionales de 400, 800 y 1500 metros planos.

CUÁNDO:
El fallo del premio se dio a conocer el 10 de mayo y la premiación será el 3 de junio de 2015.

DÓNDE:
Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra.

Más información: Marcelo Suárez msuarez@eldeber.com.bo

Otras crónicas publicadas por el autor:
El Alto: donde las niñas mandan en el campo (de juego)
Claudio Ferrufino Coqueugniot: Gallo de hierro, gallo bronco
Afilando los cuchillos del Carnicero de Lyon
Del Gran Sueño a la somnolencia: la decadencia del deporte profesional
Otros títulos del autor: