7 de febrero de 2015

Carnaval: a pedradas, con moras y cristianas

Publicado en Los Tiempos. 

“Una mujer embarazada muere tras ser apedreada por su familia en Pakistán”, se lee en una nota de prensa reciente.

Malala, quizás más conocida que la anterior víctima, sufrió en ese mismo país agresión de bala por tratar de ir al colegio.

Por fortuna, ella sobrevivió y es ahora la Premio Nobel de la Paz más joven en la historia del galardón. Pero otras no tienen tanta suerte.

“Los moros son bárbaros” escucho decir a un amigo mío sobre los recientes acontecimientos de Charly Hebdo en París, mientras recoge a su hijo –Juancho pongámosle por nombre– de su habitual tiempo de ocio con los amigos. Es febrero y el chico, que ya tiene uso de razón suficiente para responder por su libertad civil y para lavarse los calzoncillos, ha decidido juntarse con sus cuates para endulzar sus jornadas de ocio precarnavalero con duros globos de agua, inflados “manzanita style”, con tanta presión que se marcan los pliegues derivados de la tensión de las gomas marca Payaso, con el objetivo de reventarlos en el parietal de alguna chica que les resulte atractiva.

El adolescente tiene las puntas  de los dedos coloradas de tanto atar globos. Cada vez que les da vueltas para comprimirlos, está dispuesto a gangrenar temporalmente sus falangetas, a cambio de una promesa futura de dolor. Cada vez que imagina a su víctima recibiendo el impacto de un globazo a 70 kilómetros por hora (calculemos someramente que tiene un tercio de fuerza que el revés de Federer), comienza a salivar como los perros de Pavlov.

Darwin señalaba que todos tenemos ese afán de violencia inherentemente, por el mismo instinto de supervivencia, y nos lo dijo hace dos siglos, tiempo suficiente para meditar sobre el control de nuestros instintos. Entre las propensiones naturales que tenemos los seres humanos está también el sexo, las necesidades fisiológicas y a la demostración de poder ante la tribu, y no por eso defecamos sobre el escritorio del jefe.

Cristiano Ronaldo ruge como una morsa al recibir un trofeo, Jesulín de Ubrique pone de pie a 10.000 personas simultáneamente cuando mete una espada cerca de la espina dorsal de un toro y yo me regocijo al ver al ciclista Alberto Contador escupiendo sangre en el ascenso de la cima del Galibier en el Tour de Francia. Todos primitivos, todos en la prehistoria.

Pero en un peldaño más abajo todavía de la evolución, está el tal Juancho, ese imberbe hijo de mi amigo, que calibra con sus globos, o pedruscos, qué más da, a la chica que quiere llamar su atención. Y lo logra, cautivando su sentido de odio y de desprecio. Levanta una onda expansiva de antipatía, en la que responder con una pedrada o un tiro en la sien sería socialmente reprobable, injustificable, pero plausible. Y a ratos, en caso de que fuera una ficción, deseable.

Muchos son los que desprecian de manera vehemente la violencia de Juancho para con quien no quiere jugar con él en Carnaval.

Pero quizás son más todavía quienes se sienten más abochornados al recordar que alguna vez lo hicieron (mi caso), y que se enteren allá afuera, de estas prácticas obsoletas ya en la época decimonónica. Es 2015, seguimos contando nuestros versos caníbales y trogloditas, en plena Edad post-espacial, edad de la información o de los avatares.

A ver si Malala va a ser también boliviana y víctima de nuestra fiesta fundacional, el Carnaval y su testosterona, solo que nuestra Malala no recibe premios Nobel, sólo las pedradas.

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