6 de marzo de 2015

La dieta del cemento


Publicado en Los Tiempos

En poco tiempo, el debate sobre la necesidad de un nuevo estadio de fútbol con capacidad para 50.000 personas, que tan sólo en expropiaciones costará más de 50 millones de dólares, ha cedido espacio al debate sobre la construcción de un espacio que potencialmente albergue un festival musical internacional en Cochabamba. ¡Bendita discusión! Vamos a aflojar los billetes de la chequera engordada con monedas de los contribuyentes.

Con la mirada distraída en el cemento y en los fuegos de artificio, se olvidan algunos de los más sensibles ejes de la gestión cultural y deportiva: las políticas públicas de incentivo, y en nuestro contexto, de supervivencia. No hay todavía una ley de mecenazgo que impulse a los mecenas a donar dinero desgravándoles impuestos, ideas impulsadas en ámbitos más anglosajones. No hay transferencias, becas y formas de retribución directas e indirectas a creadores y deportistas –mucho menos a sus gestores/entrenadores/directores--, acciones tradicionalmente utilizadas en países con sistemas culturales más progresistas.

El sistema educativo, base del sistema deportivo y cultural, sigue estancado y hay muy pocos recursos destinados a la investigación aplicada. Nótese que el sistema educativo no tiene que ceñirse al ente público o a las universidades estatales.

Pueden ser, igualmente, trasferencias condicionadas a universidades privadas o centros de investigación sin fines de lucro, si es que el retorno garantiza resultados.

El otro día vi un interesante infográfico sobre Estados Unidos, en el que resaltaban el funcionario público mejor pagado a nivel regional, y de los 50 Estados; en 40 eran entrenadores deportivos los empleados mejor pagados y los otros 10 eran decanos o funcionarios universitarios. Toda una declaración de intenciones, teniendo en cuenta la ausencia de políticos.

Lo que cambia la vida de la gente es la interacción directa con el hecho cultural o deportivo, no las mastodónticas obras.

Claro que ayudan, y no me opongo a que existan, al contrario. Pero en mi lista personal de urgencias, no están entre las necesidades prioritarias. Sí lo son los detonantes de cultura, los detonantes de procesos multiplicadores. Esa gente que está al pie del cañón, esa anciana profesora de piano que repite pacientemente las notas musicales, ese joven entrenador que se está quemando la piel día a día en la cancha de vóley, ese inversor que da oportunidades de capital a emprendedores creativos.

Sucre fue la tercera ciudad de Bolivia en tener una pista sintética de más de medio millón de dólares, allí por 1994, y sus resultados atléticos no han mejorado un ápice desde entonces. Ahí está esa cáscara de cemento que supuestamente es un teatro al aire libre a los pies del cerro San Pedro de Cochabamba, donde jamás se ha visto teatro. Los verdaderos impulsores de la cultura nacional son esos quijotes que “despilfarran” –en el sentido utilitario del término—su tiempo y recursos por lograr sus objetivos.

Los atletas que representan a Kenia en campeonatos internacionales de atletismo, muchos de ellos de la tribu Masai, visten indumentarias cómodas con tecnología de punta, pero casi todos tuvieron acceso a ello en su vida adulta. La mejora marginal vino con sus zapatillas Asics, pero la mejora real y motor de su éxito vino con  la perfección de la técnica. El Teatro de los Andes fue –y sigue siéndolo—una de las propuestas culturales de referencia en Sudamérica, desde Yotala.

Los atletas Masai –igual que nuestros marchistas-- y el Teatro de los Andes merecen mucho más, por supuesto. Pero sus entrenadores, gestores, artistas y deportistas necesitan vivir dignamente de lo que hacen, y hasta donde yo sé, del cemento no se vive.

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Infographic: Is Your State's Highest-Paid Employee A Coach? (Probably)

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