12 de junio de 2015

Mensajes destructivos, obras asesinas


Publicado en Los Tiempos. Foto: Patricia Dueri. 

La semana pasada el inescrupuloso propietario de una casona que forma parte del  conjunto histórico de la plaza 14 de Septiembre, recibió una penalización por devastar y hacer añicos (presumiblemente sin rubor) parte de uno de los rasgos que caracterizaron la arquitectura cochabambina de los últimos tres siglos: los bellos patios y zaguanes criollos.

Precisamente esos patios y zaguanes moldearon la cultura de la ciudad, que a diferencia de la bohemia paceña que se congregaba de noche, nuestros círculos sociales acostumbraban a reunirse en esos espacios semiabiertos, compartiendo el buen clima, la buena mesa, la buena chicha y la buena conversación, en un exquisito ejercicio de recreo que ha moldeado nuestras personalidades.

La pena recibida por ese infame exterminador patrimonial, se redujo a la ínfima y burocrática suma de 21.000 bolivianos, es decir, el equivalente de vender algo así como tres metros cuadrados de su propiedad. El castigo no recibió mayor sanción social, sino que fue interpretado como una simple traba administrativa, rutinaria digamos.

Es decir que el mensaje que se le da a la población es: haga lo que le dé la gana con su casa, inclusive si tiene un valor patrimonial y paisajístico que va más allá de su acervo personal –pues los bienes que representan parte del patrimonio local de alguna forma le pertenece a la memoria de los cochabambinos– que usted solamente tendrá que ceder el valor de tres metros cuadrados de su propiedad y luego hará lo que se le venga en gana, sin consultar a nadie. Enseñe a sus hijos que su patrimonio, historia, usos y costumbres valen un edificio nuevo de cristales reflectantes, al fin y al cabo queremos parecernos a Miami y no a las decrépitas Alejandría, Potosí o Atenas. No nos importa el turismo potencial, no nos importa la memoria, somos distintos y modernos. Adelante amigo, tiene de dónde aprender.

Pues bien,  ese mensaje es similar al que en su día utilizó un recientemente finado exalcalde en nombre del progreso: dar vía libre a una topadora, en pro del ansiado desarrollismo. Mensaje similar al emitido enTarata, conjunto histórico que se cae a pedazos.

Resulta muy fácil observar las tomas aéreas exportadas por todo el mundo de las carreras ciclísticas del Tour de Francia y la Vuelta a España y comparar que en el caso galo se ha respetado, protegido y puesto en valor el poderoso patrimonio natural que atesora su campiña, mientras que en España se han arrasado costas y bosques en beneficio de la aplanadora inmobiliaria que, además de destrozar las costas del Levante, ha traído una burbuja inmobiliaria cuyas facturas y fracturas sigue pagando este país.

Ahora resulta que para construir un innecesario estadio con la forma de un batán, hay varias decenas de millones de dólares, pero para establecer un plan de recuperación, protección y manutención del patrimonio histórico, no. Para expropiar terrenos “ociosos y sin función social”, como los que atribuyen al Club Hípico, hay medio centenar de millones de dólares, pero para recuperar espacios que son derribados alegremente por sus patrones, no hay solo falta de dinero, sino de voluntad política y hasta abulia y desinterés.

Parece mentira que el único premio Nobel que ha vivido en patios y zaguanes cochabambinos, Vargas Llosa, haya escrito “El loco de los balcones”, texto dramático en forma de lamento a ese crónico desprecio por el patrimonio, hace 20 años, y no se le preste ninguna atención.

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