8 de agosto de 2015

Martha Marín y el efecto multiplicador

Tan solo cuatro países en América Latina nunca han logrado medallas olímpicas. Al infortunio boliviano se suman las ausencias en los podios de premiación de El Salvador, Honduras y Nicaragua.
No obstante, Bolivia este último cuatrienio ha tenido una mejora sustancial respecto del último cuarto de siglo. Si desde Atlanta 96 únicamente dos atletas lograron marcas mínimas – las marchistas Geovanna Irusta y Claudia Balderrama—, este año han cumplido con dicho requisito formal hasta ocho atletas. Realmente el salto cualitativo más grande de la historia de nuestro deporte.
Ello nos puede llevar a repensar los indicadores de éxito del deporte nacional. Por un lado, y a mi modo de ver la faceta más importante, está el deporte formativo y lúdico. Su éxito o fracaso se puede medir a través de indicadores de inclusión, uso del espacio público, acceso a campos deportivos, participación, salud, y sobre todo satisfacción de la población.
El punto que nos atañe a pocos días del comienzo de Rio 2016, el deporte competitivo, es mucho más cruel en cuanto a los indicadores de éxito, puesto que en principio son más objetivos, ya que generalmente se miden con medallas y marcas.
Por supuesto que un tránsito de dos clasificados con marca mínima / clasificación directa en las dos previas décadas a ocho en el último año, es un salto cualitativo importantísimo, pero a fin de optimizar nuestros  escasos recursos habría que afinar la puntería para seguir creciendo en esta mejora.
La evidencia demuestra que aun cuando hay correlación entre infraestructura deportiva y resultados positivos, no se trata de una condición suficiente, y a veces ni siquiera necesaria, como puede verse en los conocidos casos de Kenia, Etiopía, Eirtrea, Uganda, Marruecos, Jamaica, Cuba y Trinidad y Tobago, por citar los más conocidos. Se trata de países con gran dotación de capital humano y talento, pero escasa infraestructura física dedicada a deportes.
El verdadero éxito de este salto del deporte nacional estos años sobre todo tiene como responsables a cuatro individuos principalmente –los entrenadores de los atletas, en este caso Martha Marín, José Quintanilla, Marco Condori y Marcos Ramírez. Y han llegado a resultados destacados luego de un largo tiempo de acumulación de conocimientos, de selección de recursos humanos –horas de horas en patios de colegio y en campos deportivos observando prospectos de campeones--, y sobre todo mucha energía invertida luchando con o contra la dirigencia deportiva.
La clave para que se consigan resultados deportivos escalables y replicables con recursos limitados, es ser eficientes, y la forma más eficaz de hacerlo es afectando positivamente a los nodos que detonan con mayor influencia estos núcleos de energía que son los clubes deportivos de base.
Nuestra aspiración deberá ser cuidar de esa base de la mejor forma posible, para que se tenga cantidad, pues la calidad será un efecto casi natural del proceso.

Hasta que no tengamos políticas que apunten directamente a estos núcleos multiplicadores –que ahora son cuatro entrenadores que afectan positivamente a cientos y miles—nos costará competir en igualdad de condiciones. Es hora de apostar y reconocer a los entrenadores, a los padres de familia y a los gestores de esos clubes que hacen soñar a los chicos que nos representan hoy y a los que nos representarán en las siguientes décadas.  

4 de agosto de 2015

¿Gobernados por el pato Donald?

Publicado en El Deber.


De cuando en cuando en la política (internacional, nacional, local) aparecen esos personajes histriónicos, exagerados y teatrales que absorben la atención de sus constituyentes, pasando pelotitas de mano en mano, cuales malabaristas. A todos nos seduce el espectáculo. La tragedia y la comedia griega no son inventos de ahora, tampoco la televisión. Lo que sí se nota más ahora es su profesionalización y copia del modelo en favor de la política. 

En EEUU, donde el asunto del simbolismo siempre ha funcionado, la moda del espectáculo se ha llevado al paroxismo, especialmente con la aparición del multimillonario Donald Trump como precandidato republicano. 


Se trata de dejar todo el protagonismo en una retórica sin contenido real, al estilo Las Vegas, con estatuas de la libertad y torres Eiffel de cartón piedra, poniendo como prioritaria la imitación estética, el maquillaje que disimule las indisimulables carencias o arrugas. En este ambiente de civilización del espectáculo –trampa en la que el propio Vargas Llosa ha caído– Donald Trump, el mago de los reality shows y de los concursos de belleza, ha soltado una serie de vituperios y mentiras de sobra conocidas que una importante porción de la población ha comprado rápidamente. 


Sus probabilidades de llegar a la Casa Blanca parecen escasas, aunque en las encuestas del partido conservador marche al frente, de momento. La especulación real de sus posibilidades adereza conversaciones en las parrilladas estadounidenses, tradicionalmente reacias a hablar de política y religión. Casos precedentes, como el de la familia de extrema derecha Le Pen en Francia, demuestran que la espuma suele bajar después de que pasa la ola.

Si algo nos ha mostrado a los bolivianos el documental estadounidense Our brand is crisis, a punto de reestrenarse en versión ficcional y con Sandra Bullock, es lo poco que reaccionamos los votantes ante la propuesta real en una elección. La empresa de marketing político que contrató Goni en 2001 y que encumbró a varios presidentes en otras partes del mundo, simplemente fue moldeando el discurso del candidato emenerrista según los recovecos por donde había un nicho de voto, nivelando al entonces favorito Reyes Villa con el poco conocido diputado cocalero Evo Morales. Sánchez de Lozada, aprovechando eso, ganó la elección por una nariz, confiando la retórica, puesto que de percepción favorable andaba escaso. Incluso la gente más ‘educada’ clama contra la falta de ‘carisma’ en los candidatos o ante una apariencia ‘siniestra’ como elemento primordial a la hora de una decisión, en detrimento de los programas electorales o de la coherencia discursiva de los candidatos. 


Si cada vez pesa más la retórica hueca, no será raro que acabemos un día, no tan lejano, gobernados por Donald, el pato.