4 de agosto de 2015

¿Gobernados por el pato Donald?

Publicado en El Deber.


De cuando en cuando en la política (internacional, nacional, local) aparecen esos personajes histriónicos, exagerados y teatrales que absorben la atención de sus constituyentes, pasando pelotitas de mano en mano, cuales malabaristas. A todos nos seduce el espectáculo. La tragedia y la comedia griega no son inventos de ahora, tampoco la televisión. Lo que sí se nota más ahora es su profesionalización y copia del modelo en favor de la política. 

En EEUU, donde el asunto del simbolismo siempre ha funcionado, la moda del espectáculo se ha llevado al paroxismo, especialmente con la aparición del multimillonario Donald Trump como precandidato republicano. 


Se trata de dejar todo el protagonismo en una retórica sin contenido real, al estilo Las Vegas, con estatuas de la libertad y torres Eiffel de cartón piedra, poniendo como prioritaria la imitación estética, el maquillaje que disimule las indisimulables carencias o arrugas. En este ambiente de civilización del espectáculo –trampa en la que el propio Vargas Llosa ha caído– Donald Trump, el mago de los reality shows y de los concursos de belleza, ha soltado una serie de vituperios y mentiras de sobra conocidas que una importante porción de la población ha comprado rápidamente. 


Sus probabilidades de llegar a la Casa Blanca parecen escasas, aunque en las encuestas del partido conservador marche al frente, de momento. La especulación real de sus posibilidades adereza conversaciones en las parrilladas estadounidenses, tradicionalmente reacias a hablar de política y religión. Casos precedentes, como el de la familia de extrema derecha Le Pen en Francia, demuestran que la espuma suele bajar después de que pasa la ola.

Si algo nos ha mostrado a los bolivianos el documental estadounidense Our brand is crisis, a punto de reestrenarse en versión ficcional y con Sandra Bullock, es lo poco que reaccionamos los votantes ante la propuesta real en una elección. La empresa de marketing político que contrató Goni en 2001 y que encumbró a varios presidentes en otras partes del mundo, simplemente fue moldeando el discurso del candidato emenerrista según los recovecos por donde había un nicho de voto, nivelando al entonces favorito Reyes Villa con el poco conocido diputado cocalero Evo Morales. Sánchez de Lozada, aprovechando eso, ganó la elección por una nariz, confiando la retórica, puesto que de percepción favorable andaba escaso. Incluso la gente más ‘educada’ clama contra la falta de ‘carisma’ en los candidatos o ante una apariencia ‘siniestra’ como elemento primordial a la hora de una decisión, en detrimento de los programas electorales o de la coherencia discursiva de los candidatos. 


Si cada vez pesa más la retórica hueca, no será raro que acabemos un día, no tan lejano, gobernados por Donald, el pato.

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