5 de febrero de 2016

Co-creando el apthapi del siglo XXI

Publicado en La Prensa y Los Tiempos. 
Esta semana quedé encantado con una charla sobre las bondades de la economía colaborativa de Robin Chase, creadora de Zipcar, una de las mayores cadenas del mundo de alquiler de autos compartidos.
Robin fundó esta empresa hace casi 15 años, y hoy tiene casi 1.000 millones de afiliados y 10.000 vehículos en varios países del mundo.
En su alocución, resaltó el poder empresas de recursos compartidos 2.0 creadas en última década, apoyándose en los ejemplos de sobra conocidos como  Airbnb, el hotel sin habitaciones propias, o Uber, la cadena de radiotaxis sin vehículos propios, haciendo énfasis en el inapelable argumento del potencial rendimiento de los recursos ociosos.
Otro ejemplo que mencionó en su intervención fue el de las cocinas comunitarias compartidas, modelo perfecto para aplicar en nuestra Cochabamba, lugar con todo el potencial de ciudad creativa gastronómica.
Se trata de sociedades en las que se alquila una capacidad de uso de un espacio común especializado, como si fuera una biblioteca o gimnasio, y donde pequeñas startups o negocios de restauración emergentes preparan sus productos gastronómicos, ahorrando en costos fijos de edificios, bienes y enseres y mantenimiento, de difícil acceso en los comienzos de un emprendimiento.
Estos negocios no deberían entenderse como una amenaza a la comida ambulante, sino como un complemento perfecto, permitiéndoles a éstas lograr mejores estándares de higiene y su inclusión en la economía formal.
Creative Catering DC es uno de los 37 negocios nuevos que forman parte de la incubadora de empresas alimentarias Mess Hall en Washington DC, y está liderado por una emprendedora boliviana, Maria Helena Iturralde, quien comparte cacerolas y hornos como otros miembros de un clúster gastronómico creativo. Al compartir gastos fijos, tienen oportunidades de utilizar remanentes en compartir las mejores prácticas de vecinos y en capacitación empresarial, tarea patrocinada por el gobierno local.
Los espacios de colaboración existieron desde épocas medievales, cuando los trabajadores de un rubro creaban clústeres, a veces compartiendo herramientas o fuentes de financiamiento: los gremios de toda la vida, aunque ahora adquieran dimensiones muy superiores. Algunos hablan ya del fenómeno actual como “economía colaborativa”, una tendencia que se da en todos los sectores de la sociedad, asunto facilitado en los últimos años por las posibilidades tecnológicas, hasta hace poco insospechadas.
Desde los debates ideológicos del partido político español podemos –llamados “círculos” –, pasando por los compromisos de gobierno abierto, hasta la realización de proyectos creativos colaborativos en temas culturales y de hackers, comparten la idea de que la mayor cantidad de mentes brillantes están al otro lado del muro.
En Cochabamba,  el liderazgo indiscutible de los procesos de co-creación viene del mARTadero, mediante su Hacklab, enfocado en proyectos tan diversos como la creación de drones hechos en Bolivia como en mapear los recursos culturales y de dotación urbana de la ciudad, mientras el hub privado pionero fue el Cowork Café.

Se trata de un asunto cuasi filosófico que nuestras autoridades y políticos, tan amigas de reglamentar y privatizar el uso del espacio público, deberán entender, antes de que los pongan en la calle.  Todavía están a tiempo de que los inviten al apthapi del siglo XXI. 

Foto: MessHall

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