29 de abril de 2016

Tráeme tu medalla, que quiero una foto

Han pasado días, meses y años de llantos, sufrimiento y emociones. Ilusiones y proyectos, goles y brazadas al agua, y finalmente, como por arte de magia, los resultados llegan. Además de los otros muchos que no llegan. Y sin querer casi, nos damos cuenta de que tenemos a siete u ocho deportistas listos para representarnos en los primeros Juegos Olímpicos que sucederán en Sudamérica, y todos ellos con marca mínima, clasificados por derecho propio.
Y de repente, nos damos cuenta de que estamos a tres meses de la cita cultural más importante de la humanidad, que ocurre cada cuatrienio. A 100 días de esas jornadas en las que se desplaza de la sobremesa al clima, a las marchas y huelgas, a la inflación y al querido  Wilstermann.  Esos días en los que bares, oficinas de burócratas, revistas y mesas de café se pasean, cual recorrido exótico, por los deportes más recónditos e inusuales. El pentatlón moderno, la lucha grecorromana, el lanzamiento de disco, piragüismo o el bádminton pasan a importarnos, e incluso a removernos emociones. Y los bolivianos, a última hora –como ya es un clásico–, tratamos de comprender por qué nunca hemos podido meter a uno de los nuestros en el podio. Por qué si Polonia lleva a 300 deportistas, Bielorrusia 250 y Japón 450, nosotros apenas tenemos siete deportistas y 20 dirigentes engrosando la delegación.
Son esas jornadas en las que también nos cuestionamos si toda esa inversión de cemento y césped artificial han valido la pena. Y si realmente necesitamos y queremos un representante en lo más alto del podio. Y es bueno cuestionarnos todo eso; el problema radica en que quienes toman las decisiones relevantes en materia deportiva hagan este ejercicio también cada cuatro años. O quizás ni eso.
¿Soy desconfiado por anticipar esto? Quizás. No tengo motivos para pensar lo contrario, precisamente cuando la evidencia nos demuestra que a todos nos gusta conversar y sacarnos fotos con esos atletas que están en la cresta de la ola ahora, pero que poco nos interesan –su vida y problemas al día siguiente del evento--, cuando tenemos el ch´aki deportivo.
Nos es indiferente que esta gente –sí, gente, no personajes de telenovela-- quizás dentro de tres meses y un día no tenga cómo pagar una cita en el dentista, y que haya diferido su maternidad/paternidad en busca de una medalla o de un récord que caducó tan rápido como pasó el desfile de clausura. No nos afecta que ellos hayan terminado su carrera deportiva prácticamente analfabetos por culpa de sus decisiones y de un sistema que no valora las capacidades intelectuales de un deportista, más que para no arremeter contra la dirigencia. El deportista se habrá sacrificado por voluntad propia, pero pasada la fiesta nadie se acordará que no tuvo acceso a calidad educativa y no importará si tiene cómo afrontar su vida laboral a partir de sus 30 años, con un conocimiento tan mal valorado en el mercado laboral como es la fisiología deportiva, si es que llega a eso.
Y si el ente público es incapaz de asumir estas responsabilidades, deberá ceder campo de acción al sector privado en una relación de corresponsabilidad, como ya se ha comenzado a hacer, pero con mayor decisión, para lo cual no nos cansaremos de repetir la necesidad de una Ley de Mecenazgo.
Así como este semestre estamos viviendo el periodo más fértil en cuanto a resultados individuales en el último cuarto de siglo en Bolivia, valdría la pena entender la situación con mayor amplitud. Ni esta decena de deportistas han tenido estas mejoras por decisiones de corto plazo, ni por haber sembrado cemento.
Los principales responsables de estos éxitos son ellos mismos, sus familiares, y sobre todo, sus entrenadores. Esos señores que son la parte más vulnerable de la cadena, y que siguieron su ilusión, sin importar las subvenciones y promesas. Y que en las siguientes semanas, deberán soportar, incómodos, un aluvión de flashes, y mordiéndose la lengua concentrarán su prioridad en aquellos atletas que están a punto de vivir el evento de sus vidas. Estamos a 100 días: nuestros mejores deseos.

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