29 de julio de 2016

Río 2016: ¿Con quién nos quejamos?

He aquí otra vez, a una semana del comienzo de los primeros Juegos Olímpicos en la historia que se celebran en Sudamérica, y nuevamente nos hacemos un montón de preguntas de última hora. Las más repetidas son qué tan cerca estamos de una medalla olímpica y quiénes nos representarán.
Somos el único país sudamericano que jamás ha ganado una de las 16.770 medallas que se han repartido en más de un siglo entre 143 países del mundo. Y aunque este año es histórico en cuanto al número de participación de atletas bolivianos –12 inscritos– duplicando el registro de Londres 2012, todavía estamos muy lejos de una medalla.
Y esta ignorancia no es sólo atribuible a la dirigencia, sino compartida por una mayoría de críticos de sofá, que durante dos semanas en agosto pasan a ser expertos en política pública deportiva.
Cuando se le cuestiona a la gente qué es lo que falta, las respuestas suelen ser parecidas: falta de inversión en infraestructura, en equipamiento o en becas directas a los deportistas. Justamente fue eso lo que se preguntó, con motivo del Foro Regional 2015, cuando se preparó una encuesta representativa al 95 por ciento de la población adulta en las tres áreas metropolitanas del eje central.
Las respuestas daban prioridad a dar becas económicas a los deportistas con un 55 por ciento. El equipamiento era prioritario para un 18 por ciento de los encuestados y un 26 por ciento opinaba que la prioridad era la infraestructura. Las respuestas variaban poco por género. Las personas de la tercera edad se inclinaban casi igualmente por invertir en equipamiento que por entregarle dinero a los deportistas, quizás recelosos de que éstos malgasten la plata.  Por último, los paceños eran más proclives a dar dinero a sus deportistas que los cochabambinos, que preferían infraestructura con respecto de aquellos  y de sus pares cruceños.
La mayor parte de la población se inclinó por darle los recursos directamente al deportista, quien finalmente sería el administrador que mejor conoce las necesidades, eliminando intermediarios.
La forma más eficiente empoderar a la población en estos temas es con transferencias directas, pero también potenciando al sector privado, justo lo contrario de lo que ha hecho Rusia y que ha desencadenado en el dopaje de Estado, dejándolos al borde de la marginación de estos juegos.
El Gobierno nacional ha facilitado la participación del sector privado a través de la persuasión de manera efectiva. Empresas como Cervecería Boliviana Nacional y Herbalife han secundado la iniciativa estos años y en el pasado también lo hizo Entel y Taquiña.
No obstante, ante la ausencia de una ley de mecenazgo –coordinada con cultura y desarrollo social–, que potencie las donaciones de filántropos y empresarios que escojan el destino de sus aportes desgravando impuestos, no se llegarán a crear fondos sostenibles que compitan entre sí. En el mundo anglosajón compiten –igual que los deportistas– parroquias, teatros, museos, oenegés, equipos deportivos y asociaciones de discapacitados por lograr esos patrocinios mutuamente beneficiosos para el contribuyente-patrocinador, que se quita un intermediario y premian directamente a una instrucción sin fines de lucro y con un explícito carácter social.
Si no podemos competir en igualdad de condiciones con otros países es porque nosotros, los espectadores –y contribuyentes– no somos lo suficientemente exigentes con legisladores, servidores públicos, clubes deportivos y periodistas. Toleramos que los recursos se pierdan en el camino, toleramos inexactitudes en información vertida por agencias de noticias y hasta en políticos de primera línea, atribuyéndose estas estadísticas históricas imprecisas.
Somos pasivos con los que toman decisiones, pero impacientes con el eslabón más débil de la cadena: los entrenadores y las familias de los deportistas, que son los que menos aplausos se llevan, pero quienes más se desgañitan gritando y animando.

24 de julio de 2016

El efecto multiplicador y los entrenadores


Tan solo cuatro países en América Latina nunca han logrado medallas olímpicas. Al infortunio boliviano se suman las ausencias en los podios de premiación de El Salvador, Honduras y Nicaragua.
No obstante, Bolivia este último cuatrienio ha tenido una mejora sustancial comparativamente con el último cuarto de siglo. Si desde Atlanta 96 únicamente dos atletas lograron marcas mínimas – Geovanna Irusta y Claudia Balderrama—ambas marchistas afincadas entonces en La Paz, este año han cumplido con dicho requisito formal hasta ocho atletas. Realmente el salto cualitativo más grande de la historia de nuestro deporte.
Ello nos puede llevar a repensar los indicadores de éxito del deporte nacional. Por un lado, y a mi modo de ver la faceta más importante, está el deporte formativo y lúdico. Su éxito o fracaso se puede medir a través de indicadores de inclusión, uso del espacio público, acceso a campos deportivos, participación, salud, y sobre todo satisfacción de la población.
El punto que nos atañe a pocos días del comienzo de Rio 2016, el deporte competitivo, es mucho más cruel en cuanto a los indicadores de éxito, puesto que en principio son más objetivos, ya que generalmente se miden con medallas y marcas.
Por supuesto que un tránsito de dos clasificados con marca mínima / clasificación directa en las dos previas décadas a ocho en el último año, es un salto cualitativo importantísimo, pero a fin de optimizar nuestros  escasos recursos habría que afinar la puntería para seguir creciendo en esta mejora.
La evidencia demuestra que aun cuando hay correlación entre infraestructura deportiva y resultados positivos, no se trata de una condición suficiente, y a veces ni siquiera necesaria, como puede verse en los conocidos casos de Kenia, Etiopía, Eirtrea, Uganda, Marruecos, Jamaica, Cuba y Trinidad y Tobago, por citar los más conocidos. Se trata de países con gran dotación de capital humano y talento, pero escasa infraestructura física dedicada a deportes.
El verdadero éxito de este salto del deporte nacional estos años sobre todo tiene como responsables a cuatro individuos principalmente –los entrenadores de los atletas, en este caso Martha Marín, José Quintanilla, Marco Condori y Marcos Ramírez. Y han llegado a resultados destacados luego de un largo tiempo de acumulación de conocimientos, de selección de recursos humanos –horas de horas en patios de colegio y en campos deportivos observando prospectos de campeones--, y sobre todo mucha energía invertida luchando con o contra la dirigencia deportiva.
La clave para que se consigan resultados deportivos escalables y replicables con recursos limitados, es ser eficientes, y la forma más eficaz de hacerlo es afectando positivamente a los nodos que detonan con mayor influencia estos núcleos de energía que son los clubes deportivos de base.
Nuestra aspiración deberá ser cuidar de esa base de la mejor forma posible, para que se tenga cantidad, pues la calidad será un efecto casi natural del proceso.
Hasta que no tengamos políticas que apunten directamente a estos núcleos multiplicadores –que ahora son cuatro entrenadores que afectan positivamente a cientos y miles—nos costará competir en igualdad de condiciones. Es hora de apostar y reconocer a los entrenadores, a los padres de familia y a los gestores de esos clubes que hacen soñar a los chicos que nos representan hoy y a los que nos representarán en las siguientes décadas.